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domingo, 26 de junho de 2016

Las Reformas y las guerras de religión

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


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Las Reformas y las guerras de religión


Las costumbres de los papas del Renacimiento, quienes tenían amantes e hijos (César y Lucrecia Borgia, hijos de Alejandro VI) y vivían de un modo más bien poco evangélico, escandalizaba, cuando menos, a muchos creyentes, hasta el punto de hacerse evidente que la Iglesia tenía una gran necesidad de realizar reformas. 

La Iglesia católica ya las había experimentado, y sin ruptura: la reforma gregoriana, la reforma franciscana. Si los cristianos de Oriente detestaban a los de Occidente, no era tanto por una cuestión de costumbres o de dogmas, sino por el saqueo de Constantinopla que los navegantes venecianos y los caballeros latinos realizaron en 1204, y que dejó fuertes resentimientos. 

En el siglo XVI, la reforma trajo consigo cismas. Pero aquello no estaba previsto. Seamos conscientes de nuestra deformación óptica: nosotros conocemos el final, pero la mayoría de los acontecimientos podrían haberse desarrollado de otro modo. Nada está escrito, y los historiadores, desde que existen, se divierten reescribiendo la Historia: «Si la nariz de Cleopatra hubiera sido más corta...». 

A un monje alemán, en concreto, le parecía escandaloso lo que sucedía en Roma. Sobre todo, el tráfico al que se dedicaban los papas, al convertir en mercancías los asuntos del Templo; por ejemplo, el comercio de indulgencias (la remisión de las penas por medio del pago de una cantidad de dinero). 

Martín Lutero (1483-1586) colgó en las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg noventa y cinco propuestas para condenar aquel tráfico. Las más diversas presiones no pudieron hacer que se retractase; al contrario, en 1520 publicó un manifiesto, A la nobleza de la nación alemana, y quemó la bula del Papa que le condenaba. Su protesta estaba perfectamente fundada, los papas del Renacimiento guardaban muy poco parecido con Jesús de Nazaret. 

La desgracia llegó porque los papas no tomaron en serio a Lutero (tres siglos antes, Inocencio III había sabido recibir la lección de Francisco de Asís). Por eso se produjo la ruptura y el nacimiento de una reacción evangélica que se llamó «protestantismo». 

Hay que señalar que Lutero había sacado del Evangelio su gusto por la pureza, pero no el de la igualdad: al estallar en Alemania una revuelta campesina en 1525, se decantó por la  opción de los príncipes cuando éstos decidieron reprimir con sangre el levantamiento. 

Con Lutero, quien tradujo la Biblia al alemán, la nación alemana tomó conciencia de sí misma. Lutero desempeñó para los alemanes la misma función que Juana de Arco había desempeñado para los franceses —con la diferencia de que Juana de Arco se había preocupado por los pobres, mientras que Lutero era apasionadamente «reaccionario»—. La identidad nacional alemana conservará una huella de aquello. El aspecto obediente y disciplinado que se adjudica a los alemanes, su aspecto oscuro (las malas lenguas llaman a ese aspecto «germánico»), debe mucho al luteranismo. 

Alemania se dividió en dos, el norte y el sur de la antigua limes romana, católicos y protestantes. Muchos de los príncipes alemanes utilizaron este pretexto para liberarse de Roma y confiscar los bienes de la Iglesia. El emperador católico Carlos V, a pesar de haber desterrado a Lutero por decisión de la dieta de Worms, no pudo detener la reforma y se vio obligado a comprometerse con ella. 

El gran maestre, católico, de la orden militar de los Caballeros Teutones, Alberto de Brandeburgo, utilizó como pretexto su conversión al protestantismo para crear en 1524 el ducado de Prusia (de este modo entró Prusia en la Historia) y fundar la universidad de Konigsberg (Kaliningrado). 

Muchos otros príncipes se convirtieron al luteranismo, entre ellos, los reyes de Suecia y Dinamarca. En 1530, la dieta de Augsburgo enunció la regla: Cujus regio, ejus religio. Los sujetos deben profesar la misma religión que sus príncipes. Una reacción de libertad frente al Papa y el emperador, los amos lejanos, se había transformado en un recrudecimiento de la servidumbre a favor de los «príncipes», amos demasiado cercanos. 

En 1534, el rey de Inglaterra Enrique VIII (1491-1547), que quería divorciarse a pesar de la negativa del Papa (una negativa política, no religiosa), se fijó en el luteranismo para dar con una cómoda salida. Rompió con Roma y fundó el «anglicanismo». En realidad, un catolicismo cismático, la Iglesia anglicana —sobre todo, los altos rangos de la Iglesia— permanece dentro del modelo católico. 

A partir de 1588 nace en Londres un importantísimo teatro con Shakespeare: Ricardo III se representó en 1592. De este modo, Inglaterra hizo (casi al mismo tiempo que Prusia) una ruidosa entrada en la competición cultural. Pero Enrique VIII tropezó en su propio reino con un fuerte bando fiel a Roma y tuvo que dar la orden de ejecutar a su canciller Tomas Moro, amigo de Erasmo, en 1535. 

En Francia, Juan Calvino (1509-1564) se unió a la Reforma y se exilió en Suiza, donde escribió en 1539 La institución de la religión cristiana. Desde 1541 hasta su muerte, fue el dictador de la ciudad de Ginebra, en donde aplicó un protestantismo mucho más radical que el de Lutero: el calvinismo. En Ginebra, una especie de policía religiosa a orillas del lago Lemans comprobaba que los fieles no disfrutaban del placer, llegando hasta a probar las comidas de los albergues para verificar que no estuvieran demasiado buenas; en caso contrario se imponía una multa o la prisión. Los talibanes no inventaron nada. 

Los protestantes, a quienes los bienpensantes contemporáneos presentan en la actualidad como cristianos iluminados, fueron, a menudo, unos fanáticos (similares a las sectas fundamentalistas americanas). Por otra parte, en 1553, Calvino (a pesar de todo, un genial ensayista: su Institución es una obra maestra de la lengua francesa) no dudó en condenar a la hoguera a su amigo Miguel Servet, sospechoso de desviacionismo. 

Así, a mediados del siglo XVI, la Europa latina estaba en plena crisis: una buena parte de ella había abandonado la Iglesia católica para unirse a los luteranos; Inglaterra había provocado un cisma y, en Francia, los calvinistas intentaban desde Ginebra empujar a su país hasta el protestantismo. Era evidente que la partida se iba a jugar en Francia. Si ésta se inclinaba hacia la Reforma, se impondría el protestantismo; si permanecía dentro del catolicismo, la Reforma quedaría como algo «regional», porque Francia en aquel entonces era la mayor potencia del mundo (y lo seguiría siendo hasta Waterloo). 

El calvinismo consiguió muchos adeptos en Francia, sobre todo entre los nobles iluminados. En la noche del 23 al 24 de agosto de 1572, la regente Catalina de Médicis, tras urdir el intento de asesinato del almirante De Coligny, jefe de los partidarios de la Reforma, arrancó a su hijo, el rey Calos IX, la orden de masacrar a los jefes protestantes reunidos en París para los esponsales de Enrique de Navarra con Margarita de Valois (la reina Margot). Hubo más de tres mil muertos, entre ellos Coligny. Entonces se desencadenaron las guerras de religión entre protestantes y católicos. El rey, influenciable y frágil, sobrevivió pocos meses. (Enrique II, su padre y esposo de Catalina, había muerto trece años antes en un torneo, debido a un desgraciado golpe de lanza.) 

Enrique III, hermano de Carlos IX, tenía más sentido común. Un personaje complejo, culto, homosexual, que concedía demasiado crédito a sus «jovencillos», aunque conservaba el sentido de Estado. Cuando los partidarios del catolicismo se hicieron poderosos bajo la dirección de los Guises (la Liga), Enrique III aprovechó la reunión de los Estados Generales en Blois (1588) para llamar a sus habitaciones al duque de Guise, jefe de la Liga. Este último había dejado escapar palabras imprudentes, dando a entender que se iba a sustituir al rey y que él ceñiría la corona. No tuvo ese placer: los guardias de Enrique III lo mataron. A pesar de que, por lo general, se habla del «asesinato del duque de Guise», se trató más de una ejecución que de un asesinato. El legítimo soberano mandó ejecutar a un rebelde, católico, es verdad, pero también sedicioso. El pobre Enrique III sí será realmente asesinado un año más tarde por un monje de la Liga. 

Según la orden de sucesión monárquica, al no haber dejado descendencia el hijo de Catalina de Médicis, la Corona debía recaer en Enrique de Navarra. Pero éste era protestante. Dos principios se enfrentaban en aquel momento decisivo: el religioso (el de Lutero: Cujus regio, ejes religio) y el de legitimidad (el de los juristas). Aunque Enrique era protestante, también era de un modo incuestionable el rey legítimo. Los católicos «iluminados» estaban de acuerdo en ello. Pero las masas populares de Francia se mantenían obstinadamente católicas. Enrique de Navarra tuvo la suficiente inteligencia como para entenderlo: abjuró del protestantismo y así pudo, en 1549, entrar en París. A él se le adjudica la frase: «París bien vale una misa». Si no fue él quien la pronunció, seguramente la pensó. 

En 1598, ya rey coronado, Enrique IV promulgó el famoso edicto de Nantes, que concedía a los protestantes una cierta libertad religiosa. A pesar de que el edicto mantenía la prudencia, sus consecuencias ideológicas son inmensas. A partir de su promulgación, se puede disociar religión y ciudadanía. Con esa disociación, el protestante renegado se revela infinitamente más progresista que Lutero y Calvino. Podría decirse que la concepción francesa del laicismo no nació, como se piensa, en 1905, sino en 1598... 

Enrique IV fue un gran rey que, junto a sabios ministros como Sully, restableció la ley y el orden y, por lo tanto, la prosperidad. Se conoce su deseo de que todos los franceses pudieran comer su cazuela de pollo en paz («la fractura social», ¡ya!). Vividor, buen amante (un mujeriego), buen dirigente, el 14 de mayo de 1610 moría asesinado por un fanático católico llamado Ravaillac. Pero, gracias a él, el catolicismo (un catolicismo tolerante) había ganado la partida en Europa. Francia no había cambiado. Aquella victoria de la Iglesia fue mucho mayor porque por fin había comprendido la lección de Lutero y emprendía su reforma. La «Contrarreforma». 

Desde 1544 hasta 1563, el concilio de Trento, en el que se reunieron los principales obispos y teólogos, sentó las bases de aquella reforma católica. La Iglesia abrió multitud de seminarios (por una extraña paradoja, en la actualidad también se llaman «seminarios» a las reuniones civiles, a menudo comerciales) destinados a formar a un nuevo clérigo, digno y culto, que pudiera compararse con los pastores protestantes. Los papas volvieron a tener fe (Pío V). 

Surgieron muchos héroes católicos, entre ellos Ignacio de Loyola (1491-1556), español que fundó su orden en Montmartre. El 15 de agosto de 1534 creó allí la orden de los Jesuitas, religiosos modernos, sabios, cultos, y fundamentalmente entregados por entero al papado. Muy dóciles y algo maquiavélicos, supieron emplear medios inteligentes «para mayor gloria de Dios» (Ad majorem Dei gloriam). Los Ejercicios Espirituales de san Ignacio fueron un best-seller. 

Muchos misioneros fueron jesuitas. Pues la Iglesia católica quería evangelizar el mundo. Como los americanos y filipinos ya eran católicos por el hecho de la conquista española, el jesuita Francisco Javier se dirigió, en 1549, a Japón, en donde el catolicismo vivió un gran éxito (que se quebró un siglo más tarde a causa de las persecuciones). 

Otro jesuita, Mateo Ricci, dejó caer los fundamentos del cristianismo en China y se convirtió en el primer «sinólogo». En Pekín, capital de China desde el siglo anterior, este jesuita admiró enormemente la elegancia de las costumbres en la corte de los emperadores Ming. Multitud de personas cultas chinas se convirtieron, puesto que Ricci adoptó una actitud conciliadora respecto a los ritos del confucionismo, actitud que no siempre se entendió en Roma (la querella de los «ritos chinos»). Ricci se consideraba una especie de mandarín católico. 

En la India, otro misionero, Nobili, se vestía como un brahmán y se creía un gurú. En Paraguay, los jesuitas lograron proteger eficazmente a los guaraníes de la rapiña colonial (véase la película La misión). Y en Europa, la Iglesia católica también recuperaba terreno. 

Sin embargo, Inglaterra, convertida en una gran potencia marítima bajo el mandato de la reina Isabel I (1558-1603) —la Inglaterra isabelina —, se le escapaba. En 1588, el rey de España Felipe II, muy católico, envió contra Inglaterra una inmensa flota, «la Armada Invencible», que quedó disuelta en gran medida más por el mal tiempo que por los marinos ingleses (Drake). Sólo regresaron a Cádiz sesenta y tres de los ciento treinta navíos que partieron. Aquella batalla marcó el principio de la supremacía marítima británica. Pero Irlanda se mantenía obstinadamente fiel al Papa y al catolicismo triunfante en Europa central y oriental (Polonia). 

Y, sobre todo, había muchos genios que rendían honores a la Iglesia. Obispos progresistas: Carlos Borromeo (1538-1583) en Milán, Francisco de Sales (1567-1622) en Annency. Místicos de un extraordinario talento literario: la madre Teresa de Ávila (1515-1582) y su amigo Juan de la Cruz (15421591), reformadores de los Carmelitas, fueron grandes poetas. El libro de Las Moradas de santa Teresa y La Noche Oscura de san Juan de la Cruz, publicados en 1588 (año de la derrota de la Armada. ¡Las auténticas victorias son ideológicas!); siguen siendo obras maestras de la literatura castellana y espiritual. Por eso Carlos V no estaba equivocado al dirigirse a Dios en español. En el mismo momento, Felipe Neri fundaba en Roma la orden de lo Oratorio. 

Mientras el protestantismo, algo «iconoclasta», no conseguía inventar su arquitectura, los jesuitas lanzaron una moda que causó furor: la del Barroco. Se inauguró en Roma, en 1568, con la iglesia del Gesú y triunfará desde Salamanca hasta Cracovia, e incluso en México... 

Aquellos acontecimientos dejaron sus huellas. El presidente americano Bush hijo es protestante fundamentalista. Sin embargo, la Unión Europea sigue siendo tan católica que su bandera es la de la Virgen María y se puede hablar de una «Europa vaticana». 

Si el Renacimiento fue un período de humanismo y gloria, también fue un período de tragedia: se produjo la muerte de las civilizaciones precolombinas y se vivieron las guerras de religión. No hay nada más horrible que una guerra religiosa, por lo que se debe agradecer al buen rey Enrique el hecho de haber terminado con ellas tiempo atrás. ¡Ojalá no resurgiesen en la actualidad!

sexta-feira, 24 de junho de 2016

El Renacimiento, Carlos I y V y Francisco I

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


Carlos I

Francisco I

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El Renacimiento, 
Carlos I de España y V de Alemania y Francisco I de Francia


Mientras los españoles conquistaban el Nuevo Mundo, el mundo antiguo explotaba sobre sí mismo. Italia fue el epicentro del seísmo cultural que se llama «Renacimiento». 

Ya hemos subrayado la importante función de los intelectuales griegos exiliados de Bizancio; «Renacimiento» porque, para ellos, los contemporáneos redescubrían en directo la Antigüedad. 

Italia inventó todo: la economía moderna, la ciencia moderna, el arte moderno y la visión moderna del mundo. Por supuesto, también desempeñaba una misión política y militar (una gran parte del vocabulario militar es italiano). 

Venecia, en particular, en 1509, planta cara a Europa entera coaligada contra ella (la liga de Cambrai) y supo aniquilar, aliada con España, a la flota turca de Alí Pacha en Lepanto, en 1571: doscientas galeras turcas fueron hundidas al precio de centenares de patricios venecianos muertos. 

Pero la tarea decisiva de las ciudades italianas fue la cultural. Florencia estaba gobernada por una rica familia de banqueros, los Médicis, de los que Lorenzo el Magnífico fue el más famoso (1449-1492). Aquellos financieros extremadamente cultos leían, en griego, a Aristóteles y a Platón y se habrían sentido avergonzados si no hubieran mandado construir plazas, teatros y fuentes para el pueblo. Practicaban el precepto de «nobleza obliga». 

Sin emitir un juicio de valor, se puede pensar que los agentes financieros actuales apenas se parecen a los de Florencia: no consideran que tienen obligaciones sociales y, en general, son bastante incultos: ¡Qué diferencia de los Médicis a Messier! 

En 1532, un consejero del gobierno florentino, Maquiavelo, escribió un tratado político aún vigente, El príncipe, una cínica reflexión sobre la manera de gobernar con inteligencia y astucia. La «razón de Estado» permite a Maquiavelo justificar, en ciertos casos, el asesinato y la mentira, una libertad de pensamiento de una temeridad inaudita, dentro de una época todavía cristiana. El «Príncipe», sin embargo, nunca olvida que su poder reposa sobre el consentimiento del pueblo y que está justificado por el bien público. Un fin moral que justifica, es cierto, medios amorales. 

En Roma ejercían el papado pontífices poco cristianos: Alejandro VI Borgia (1492-1502), Julio II (1503-1513) y León X (1513-1521). Lo que demuestra que una gran institución puede estar dirigida por individuos que han dejado de creer en el mensaje que esa institución difunde. (En el siglo XXI, ¿los dirigentes chinos aún creen en el comunismo?) 

Pero, por otro lado, aquellos papas del Renacimiento eran humanistas y encargaban trabajos por su cuenta a los mejores artistas: Rafael, Leonardo, Miguel Ángel. 

Miguel Angel, de apellido Buonarroti (1475-1564), fue primero un protegido de los Médicis (el David de la plaza del Señorío), y luego vivió en Roma (la Piedad). El papa Julio II le confió la ejecución de los frescos de la capilla Sixtina, y más tarde el techo (el Juicio Final). Miguel Ángel pintó aquel techo tumbado de espaldas en lo alto de un andamio. Cuando el Papa se impacientó por la duración del trabajo, Miguel Ángel le vertió el contenido de su cubo de pintura sobre la cabeza. Y el terrible pontífice no protestó. En aquellos tiempos de mecenazgo, el artista tenía derecho a todo. 

Escultor, pintor, hombre de letras (le gustaba leer a Platón), Miguel Ángel fue un admirable arquitecto que concibió la plaza del Capitolio en Roma y la extraordinaria cúpula de la basílica de San Pedro, mayor que la que Brunelleschi construyó en Florencia. Cuando, con noventa y ocho años murió, a consecuencia de una caída de caballo, su gloria ya había quedado consagrada con un libro de Vasari y una biografía de Condivi. 

Miguel Ángel es el prototipo de los genios del Renacimiento, resplandeciente época que vio convivir a Miguel Ángel, Maquiavelo y Leonardo da Vinci (igual que en los tiempos de Pericles se encontraban en el teatro Sófocles, Aristóteles y Tucídides).

Leonardo da Vinci, aunque vivió menos tiempo, fue un genio aún más universal: a la escultura, la pintura y la arquitectura añadía la mecánica y fue un ingeniero incomparable. Como testimonio de la variedad de su talento, podemos leer un 'curriculum vitae' que dirigió al príncipe Ludovico el Moro, duque de Milán, a la edad de unos treinta años:

"Tengo el medio para construir puentes muy ligeros, sólidos y robustos, de fácil transporte, para perseguir y vencer al enemigo; y otros más sólidos que resisten el fuego y el asalto, ligeros y fáciles de poner y quitar. Y medios para destruir y quemar los puentes del enemigo. Para el sitio de una fortaleza, sé cómo sacar agua de las fosas y construir infinidad de puentes, arietes, escalas para trepar y otras máquinas relativas a este género de empresas. Si una plaza no puede ser reducida con los bombardeos debido a la altura de su glacis, tengo los medios para destruir toda la ciudadela u otras fortificaciones cuyos cimientos no descansen sobre roca. También dispongo de métodos para hacer bombardas muy cómodas y fáciles de transportar, que lanzan cascajo casi como las tempestades, causando un gran terror al enemigo por la humareda, los grandes destrozos y la confusión. Y si la aventura del enfrentamiento tuviera lugar en el mar, tengo planos para construir instrumentos muy propios para el ataque o la defensa de los navíos, que resisten el fuego de los más grandes cañones. También haría carros cubiertos, seguros e imposibles de atacar, que se adentrarán en las filas enemigas con su artillería, y que ninguna artillería sería capaz de destruir, y los hombres de armas podrán seguir impunemente a sus carros, sin encontrar obstáculos. Si fuera necesario, fabricaría morteros, muy bellos, útiles, diferentes de los que se emplean comúnmente. Allí donde no fuera posible el uso del cañón, inventaría catapultas, almajaneques, trabucos y otras máquinas de una admirable eficacia. Sencillamente, según las necesidades, construiría un número infinito de instrumentos variados para el ataque y para la defensa. En tiempos de paz, creo poder daros absoluta satisfacción, sea en arquitectura, construyendo edificios públicos y privados, sea en la conducción del agua de un lugar a otro. Además, puedo ejecutar escultura de mármol, bronce o barro. A lo que añado que, en pintura, mi obra puede igualar a la de cualquiera." 

La última frase, haciendo referencia al autor de La Gioconda, no carece de enjundia... Leonardo acabó su vida a orillas del Loira, adonde el rey de Francia le había hecho acudir tras haber ideado la escalera de doble tramo simétrico para el castillo de Chambord. 

En definitiva, Italia era en el siglo XVI el centro del poder y de la gloria. Por eso se entiende que todos los soberanos de la época quisieran controlarla. Y el primero de ellos, el más poderoso: Carlos V (1500-1556). 

Carlos V había reunido una fabulosa sucesión: siendo duque de Borgoña (que, si bien había quedado reducida a los Países Bajos, la actual Bélgica, aquellos Países Bajos estaban muy desarrollados), heredó de su madre, Juana la Loca, hija de Isabel de Castilla y de Fernando de Aragón, la Corona de España (y, por lo tanto, también de América Latina) y, de su padre, Felipe el Hermoso, las tierras de los Habsburgo (Austria actual). El Reino de Nápoles y de Sicilia se añadía a aquella extraordinaria herencia. 

Carlos se hizo elegir emperador germánico. El título imperial recaía desde hacía mucho tiempo en los Habsburgo. Pero como, a pesar de todo, se trataba de una «elección» (por parte de los grandes señores alemanes), Carlos tuvo que batallar contra la candidatura del rey de Francia. Y sólo lo consiguió comprando a los electores gracias al dinero de un banquero de Francfort, Jacob Fugger (llamado el Rico). 

Evidentemente, tras haber hecho retroceder a los turcos ante Viena en 1529, Carlos quiso dominar Europa —con más motivo aún, porque tras la desaparición del Imperio de Oriente, no existía más que una única corona imperial—. 

Carlos V fue un gran «europeo» (infinitamente más que el bárbaro Carlomagno). Decía: «Hablo francés a los hombres, italiano a las mujeres, español a Dios y alemán a mi caballo». Señalemos que ignoraba el inglés... 

Pero la Corona del Sacro Imperio era una quimera. Obligó a Carlos I a dispersar sus fuerzas desde Castilla hasta Bohemia. Su sueño imperial fracasó. Dos años antes de su muerte, se retiró al monasterio español de Yuste. Es el único ejemplo en que un emperador abandona por sí mismo el poder, junto con el de Diocleciano, que trece siglos antes se había retirado a Split (a su villa privada de Salona), en Dalmacia. 

El sueño europeo de Carlos V desapareció con él. Tras su muerte, sus posesiones fueron racionalmente divididas en dos: para Felipe II, su hijo, los territorios españoles; para Fernando, su hermano, Austria y la Corona del Sacro Imperio. (El Imperio seguirá en manos de la familia de los Habsburgo hasta 1918.) 

El Imperio había fracasado a causa de la oposición del reino de Francia, que ocupaba una posición estratégica en medio de las posesiones de los Habsburgo. Aquella ubicación central obligaba a las tropas imperiales, que iban de Austria a España, a efectuar un peligroso recorrido por Italia. Puesto que muchos de aquellos soldados eran mercenarios alemanes, los «lansquenetes», aunque el emperador era católico, no pudo impedir que saquearan Roma en 1527. Fue un terrible expolio. 

El Imperio no pudo abatir a la Corona de Francia. La monarquía francesa había ganado poder desde Juana de Arco. El hijo de Carlos VII, Luis XI (1423-1483), había logrado con la anexión de Borgoña someter a un peligroso vasallo (1482) a fuerza de astucia y paciencia. También había puesto la mano sobre Provenza. Su hijo, Carlos VIII, se casó en 1491 con Ana de Bretaña, con lo que incluyó aquel ducado, muy autónomo dentro de sus territorios, pero principalmente será conocido por haber empezado las «guerras de Italia», atraído como estaba por las luces de las ciudades de la península. No pudo contenerse, y en 1495 cabalgó sobre aquel territorio. Luis XII, su sucesor, hizo lo mismo. 

Francisco I (1494-1547) se convirtió en rey de Francia en 1515. Continuó con fuerza la línea de sus predecesores: la famosa victoria de Mariñano, en 1515 (la única fecha que los franceses conocen), le abrió las puertas de Italia y aseguró a Francia el apoyo militar de los suizos, vencidos pero domesticados (los mercenarios helvéticos aún formarán la guardia de Luis XVI en vísperas de la Revolución). 

Al no haber conseguido la Corona imperial, Francisco I se opuso al Imperio. Carlos V le venció en Pavía (1525), pero Francia logró finalmente provocar el fracaso del sueño hegemónico de los Habsburgo. La nación triunfaba sobre el Imperio, y Francisco I, sin dudarlo —y con gran escándalo para el clero—, se alió con el turco Solimán el Magnífico en contra del emperador, tremendamente católico. El tratado de Cateau Cambresis, en 1559, puso fin a las guerras de Italia. 

Francisco I fue un brillante rey, un hombre guapo, culto y «renacentista» donde los haya. (Él fue quien hizo acudir a Francia a Leonardo da Vinci.) Italia estaba de moda desde Carlos VIII. Emergieron los castillos del Loira: Amboise en 1498, Chenoceaux en 1520, Chambord (con la escalera de Leonardo) en 1526, y el hecho de que este magnífico edificio no sea más que un «pabellón de caza» da una idea del poder de la monarquía francesa en aquel momento. En 1528 se construyó Fontainebleau, y el viejo castillo del Louvre se transformó en un palacio renacentista (1549). 

Francia se iluminó con la luz italiana. Entonces surgieron grandes escritores, el más famoso de ellos fue Rabelais (1494-1553), doctor en medicina, monje, padre de dos hijos y cura de Meudon, quien creó los fabulosos personajes de Gargantea (1523) y Pantagruel (1531), desbordantes de buen juicio, de optimismo y de libertinaje, que «rascan el hueso para encontrar la parte más sustanciosa de la médula». 

Por medio del edicto de Villers-Cotterêts, Francisco I había ordenado en 1539 el uso obligatorio del francés en los actos jurídicos. Los poetas de la «Pléyade»* proporcionaron a esa lengua su resplandor literario: Ronsard (1524-1585), un noble de Vendóme, cortesano, autor algo ligero («¡Oh amante mía!, acércate / Huyes temblando como un cervatillo / Al menos sufre que mi mano /Juguetee sobre tu seno / O más abajo si bien te pareciere»), y el nostálgico Du Bellay, amigo suyo desde 1547, cantor de la grandeza de la Nación («Francia, madre de las artes, las armas y las leyes»), que prefería antes que Italia (había sido diplomático en Roma), y todas sus glorias: «Antes mi Loira galo que el Tíber latino / Antes mi pequeño Liro que el monte Palatino / Y antes que los aires marinos, la dulzura angevina». [* Pléyade, grupo de siete grandes poetas franceses del Renacimiento. (N. de la T.)]

El Renacimiento no se produjo únicamente en Italia, España, Alemania y Francia. También despertó en la Inglaterra de Enrique VIII Tudor y de Tomás Moro, en Holanda (Erasmo, Elogio de la locura, 1509) e incluso en Polonia. Así, en Cracovia, el astrónomo Copérnico publicó en 1523, en latín, un libro subversivo, La revolución de los astros, en el que afirmaba que la Tierra no era el centro del universo, que no era el Sol el que giraba a su alrededor, sino la Tierra la que giraba alrededor del Sol. Una revolución total respecto a la concepción que los hombres tenían del cosmos (incluidos los sabios helenísticos). «La Revolución copernicana» de nuestra visión del mundo. 

Para terminar señalaremos —aunque todo el mundo lo sepa— la generalización de la imprenta tras Gutenberg. La primera Biblia se imprimió en 1455. Al sustituir los pergaminos escritos a mano (manuscritos) por libros encuadernados e impresos, la imprenta proporcionó a sabios y pensadores los medios técnicos para una difusión de sus escritos mucho más amplia que en tiempos anteriores, porque los impresores hacían cien libros en el mismo tiempo que un copista empleaba para copiar uno. 

quarta-feira, 22 de junho de 2016

Los grandes descubrimientos y la muerte de las civilizaciones precolombinas

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


14 
Los grandes descubrimientos 
y la muerte de las civilizaciones precolombinas


En el siglo XV cambia la escena. Este cambio viene anunciado por una mala noticia para la cristiandad: la toma de Constantinopla por parte de los turcos el 29 de mayo de 1453. Algunos historiadores consideran esta fecha como la que pone punto final a la Edad Media e inaugura los «tiempos modernos». 

Hemos visto a los turcos, unos nómadas islamizados, conquistando Bagdad el año 1055 y colocando a su sultán a la cabeza del islam (la dinastía Selyuquí), al que restituyeron la fuerza conquistadora que desencadenó la contraofensiva de las cruzadas. Como Oriente estaba debilitado por el «asalto» de 1204, fueron los turcos quienes se encargaron de la ofensiva. El sultán Mahoma II consiguió tomar Constantinopla; el último emperador bizantino, Constantino IX, encontró una muerte gloriosa durante el asalto. 

Curiosamente, Occidente, excepto venecianos y genoveses, que acudieron de manera esporádica en su ayuda, pareció desinteresarse de la caída de Bizancio. Sin embargo, los otomanos no se limitaron a Constantinopla, sino que siguieron con la conquista de los Balcanes, bajo el mando de un sucesor de Mahoma II, Solimán el Magnífico (1494-1566). Sólo los austríacos detuvieron a los turcos ante las puertas de Viena, en 1529. Éstos volverán a atacar Viena en 1683; el Imperio turco no se destruirá hasta el año 1918. No se puede entender nada de los problemas actuales de los Balcanes si se olvida al Imperio otomano

La caída de Constantinopla aparece como una gran victoria del islam. Con tres restricciones, en cualquier caso. En primer lugar, la cristiandad, junto con Génova y Venecia, conservaba la hegemonía naval en el Mediterráneo. Los turcos eran soldados de infantería. En el mar, sólo podían contar con los corsarios bereberes (Argelia, Túnez), crueles con sus prisioneros y molestos en los puertos pesqueros, pero no realmente peligrosos. Por otra parte, Génova y Venecia se acomodaron bastante bien al dominio otomano en los Balcanes (Venecia conservó en aquella zona las islas, el Peloponeso, Creta y Chipre). Aquellos negociantes no hacían demasiado caso de la religión y, al margen de las crisis, comerciaban con la «Sublime Puerta» (nombre oficial del Gobierno del sultán), que a sus ojos sencillamente sustituía al Imperio romano de Oriente. 

Luego, los bizantinos, antes de perder su independencia, habían «transmitido la llama» de su cultura y de la ortodoxia a una recién llegada: Rusia. Primero fue en Kiev, cuyo rey, Vladimir, se había convertido al cristianismo y se había casado con la hermana de Basilio II en 988; a continuación, a partir del siglo XIV, en Moscú, donde Iván el Terrible (1530-1584) acabó por asumir el título imperial (zar = César). 

Por fin, y fundamentalmente, los europeos dejaron actuar a los turcos porque los occidentales en ese momento daban la espalda al Oriente clásico: habían iniciado la conquista de la Tierra. Los musulmanes no se dieron cuenta de que su mundo saheliano se había deformado y convertido, de alguna manera, en «provinciano». 

Paradójicamente, la caída de Constantinopla desencadenó lo que se llama el «Renacimiento». Durante el sitio, centenares de intelectuales y dirigentes griegos habían huido de la ciudad para llegar a Italia. Muchos lo lograron; uno de ellos, Besarión (1400-1472), incluso se convirtió en cardenal de Roma y fundó la biblioteca de Venecia. Aquellos intelectuales provocaron en Occidente una auténtica revolución. 

Se podría decir que el rasgo distintivo de la «modernidad», lo que la distingue de las civilizaciones «tradicionales», es la exaltación del individuo, el espíritu crítico y de cambio. Tres características que hasta entonces nunca se habían dado juntas. La Antigüedad practicaba dos de ellas: conoció flamantes individualidades (Alejandro, Aníbal, César) y un sentido crítico llevado hasta el cinismo (Diógenes), pero concebía mal el cambio, su visión del tiempo era la del «eterno retorno» (que aparece hasta en la Biblia: «Nada nuevo bajo el sol», dice el Eclesiastés). 

La Edad Media conjugaba otras dos: fue propicia a las individualidades (la extraordinaria aventura de Juana de Arco da testimonio de ello) y le gustaba el cambio. Ya hemos visto cuántos inventos mayores (la brújula, el cañón) pudieron florecer en aquella época. Pero la Edad Media no estaba muy abierta al espíritu crítico, a causa de la influencia de la Iglesia católica. 

Cuando centenares de intelectuales griegos, huyendo de los turcos, recalaron en Italia, llevaron precisamente allí el espíritu crítico que faltaba, además de toda una parte olvidada de la Antigüedad (fundamentalmente a Platón, ídolo del cardenal Besarión). Por primera vez se encuentran unidas las características de la modernidad: iniciativa individual, gusto por el cambio y sentido crítico. Aquello fue una explosión. 

Esto viene a confirmar lo que hemos intuido desde el principio: la Historia depende infinitamente más de factores ideológicos que de factores económicos. A pesar de las apariencias, son las ideas las que mueven el mundo

Aquella explosión tuvo como actores principales a dos países nuevos: España y Portugal. Desde las invasiones árabes, la historia de la península ibérica había sido la de la lucha de pequeños príncipes cristianos, que conservaban su independencia cerca de los Pirineos, contra los musulmanes, lucha que se llamó Reconquista. 

En 1469, Isabel de Castilla, soberana de un reino cristiano continental, se casó con Fernando de Aragón, un reino marítimo alrededor de Barcelona y de Valencia. Esta unión multiplicó la fuerza de los Reyes Católicos. En 1492 tomaron la magnífica ciudad árabe de Granada (el palacio de la Alhambra) y expulsaron a los musulmanes (y también a los judíos 
sefarditas, muchos de los cuales fueron a instalarse en el Imperio otomano). La Reconquista había terminado y se había formado la potencia española. 

La formidable infantería ibérica, aguerrida por la Reconquista, se disponía a invadir Marruecos y Argelia cuando un acontecimiento imprevisto cambió el curso del torrente español: Isabel de Castilla financió la expedición de un marino genovés (desde entonces se produjo una simbiosis entre los navegantes genoveses y España) que quería cortocircuitar el Imperio turco para lograr el tráfico de «especias», aquellas preciosas mercancías (seda, pimienta) que llegaban desde tiempos inmemoriales de la India y China. Porque entre la India, China y España se encontraba el Imperio otomano, que cobraba enormes impuestos por el paso de las mercancías. 

Cristóbal Colón había leído a los sabios de la Antigüedad. Creía, al igual que los sabios de la Alejandría helenística, que la Tierra era redonda. Probablemente también conociera los «cuadernos de bitácora» de los vikingos. Su idea era sencilla y genial: llegar a China navegando hacia el oeste a través del océano. 

Aquella idea se podía llevar a cabo porque la navegación había experimentado grandes progresos. La carabela, invención veneciana, navegaba desde 1415 con velas, timón y codaste. Venecia estaba en contacto con China, en donde, en aquella época, ya navegaban juncos sin remeros, equipados con doce velas de seda. Pero sólo el conocimiento de la «mecánica de las fuerzas» permitió a los occidentales intentar remontar el viento (una vez más, la preponderancia de las ideas). Esta simple ley explica que jamás se haya visto a los juncos chinos llegar a Occidente. 

Los ibéricos se atrevieron con la navegación de alta mar, de «altura». Todo el mundo sabe que un obstáculo imprevisto impidió a las tres carabelas de Colón llegar a China: América. Cristóbal Colón pisó aquellas tierras el 12 de octubre de 1492. No se dio cuenta de inmediato de que se trataba de un nuevo continente. Fue un geógrafo alemán quien lo comprendió y, por error, le dio el nombre de un navegante veneciano al servicio de España, Américo Vespucio. Por este motivo, Colón, que se creía en la India, llamó a los indígenas «indios». No hay que confundir a los indios de América, los «amerindios», con los habitantes de la India. 

1492 fue un año decisivo que vivió la toma de Granada y el descubrimiento de América. En lugar de extenderse hacia África del norte, la fuerza española dio un giro hacia el Nuevo Mundo. 

No obstante, fueron los portugueses quienes inventaron la navegación de altura. Portugal había nacido un siglo antes. Por su geografía se situaba de cara a alta mar y, por lo tanto, se interesó por el Atlántico mucho antes que los castellanos o catalanes. El verdadero iniciador de las exploraciones de alta mar fue el príncipe portugués Enrique el Navegante (1394-1460). Desde su palacio en el cabo de Sagres, el Finisterre portugués, alentó las expediciones navales. 

En 1445, las carabelas portuguesas habían doblado el cabo Verde. En 1471, habían sobrepasado el cabo de Buena Esperanza, habían rodeado África por el sur (igual que lo habían hecho, según se dice, dos mil años antes los fenicios, pero en sentido inverso). En 1498, Vasco de Gama desembarcaba en Calcuta, en la India. Si los españoles privilegiaron la ruta del oeste, los portugueses prefirieron la ruta del este. Fundaron desde su capital, Lisboa, una gigantesca talasocracia sembrando de escalas la ruta de la India: Cabo Verde, Angola (incluso en Brasil, adonde les dirigió una tormenta), Mozambique. Crearon un próspero enclave en Goa (que seguirá siendo portugués hasta 1962) y en China, el de Macao (que no fue devuelto a China hasta 1999). Entre China y la India, también controlaban los estrechos de Malasia con Malaca. 

Cabral en Brasil (1500) y Albuquerque (1453, 1515) en Ormuz impusieron la supremacía naval lusitana en los océanos Atlántico, Indico y Pacífico. Los portugueses fueron los mayores navegantes de la historia. Aquí hay que hacer la misma consideración que se hizo páginas antes sobre Dinamarca: Portugal no es un «pequeño país». Fue un Estado oceánico, cuya lengua todavía se habla en Brasil y en África, e incluso en Timor (Indonesia). 

La cumbre de aquella navegación de altura fue alcanzada por un portugués, Magallanes, bajo las órdenes de la monarquía española. Por lo tanto, Magallanes siguió la ruta española del oeste. En octubre de 1520 consiguió bordear Suramérica por el estrecho que lleva su nombre. El 28 de noviembre se adentró en el mayor océano de la Tierra (al que llamó Pacífico porque, por casualidad, no se encontró con ninguna tempestad). Murió durante un enfrentamiento con los indígenas de Filipinas (que se llama así debido al rey de España, Felipe II). Sólo uno de los barcos volvió a España en 1522. Se había realizado la primera vuelta al mundo. Había durado tres años. 

Aquellos navegantes eran mucho más audaces que nuestros astronautas actuales, ya que éstos están en contacto directo con su base, desde donde se les aconseja permanentemente, mientras que los marinos de Magallanes no mantenían relación con nadie durante meses. 

Pero Portugal no era lo suficientemente poderosa como para mantener su talasocracia. Fue España la que fundó un Imperio «en el que nunca se ponía el sol». Los portugueses se limitaron a algunos enclaves; los españoles iban a conquistar el interior de las tierras. A los navegantes les sucedieron los conquistadores. Así pues, el interior de las tierras americanas estaba ocupado por magníficas civilizaciones, llamadas precolombinas («anteriores a Colón»). 

Ya hemos indicado que América estaba ocupada, desde la prehistoria, por hombres que habían pasado a pie por el estrecho de Bering y luego se quedaron aislados debido a la subida del mar. Éste es el motivo por el que todavía allí se hablan lenguas del sureste asiático; así, el apache está próximo al jemer. Aquellos hombres siguieron, dentro de su aislamiento americano, la misma evolución que los de Eurasia, pero con un gran «desfase temporal». 

Al norte de Río Grande habían seguido siendo cazadores nómadas, pero al sur habían construido civilizaciones agrícolas desarrolladas. Ellos inventaron esas plantas que nos resultan tan familiares: la patata es amerindia, igual que el chocolate (cacao) y también el maíz y el tomate. Apenas se puede imaginar hoy a los españoles sin patatas y al Mediterráneo sin tomates (desconocidos, sin embargo, en la Antigüedad grecolatina). Los amerindios también habían construido Estados, y por las mismas razones que lo habían hecho en el antiguo mundo. 

Los mayas, ya en decadencia cuando llegaron los españoles, vivían en Guatemala, en pequeñas ciudades-estado comparables a las de los griegos de los tiempos de Homero. 

Los aztecas, en plena expansión en el siglo XV, crearon en México un Estado guerrero que, por la arquitectura, los sacrificios humanos, la importancia de la guerra y de la religión, se parecía mucho a lo que podría ser la Asiría de Sargón y de Asurbanipal. 

Los incas, principalmente, habían construido en América del Sur un inmenso Imperio (desde el actual Ecuador hasta Chile, pasando por Bolivia y Perú) que recuerda, sin exagerar mucho, al antiguo Egipto. El Inca era una especie de faraón, un Rey sol. Igual que a orillas del Nilo, se adoraba al Sol. Allí se pueden encontrar las clases de escribas, soldados y campesinos que había en el valle del Nilo. En cuanto a la arquitectura inca, era tan faraónica como podamos imaginar: ciudadelas, caminos, grandes templos. 

Los mayas y los aztecas construían pirámides. El Imperio inca tenía tres capitales, en las que el soberano vivía alternativamente: al norte, Quito; en el centro, Cajamarca; al sur, la ciudad santa de Cuzco, origen de la dinastía que fundó el rey Pachacuti en 1438, que conoció su apogeo con el gran emperador Huayna Capac (1493-1527). Tras la muerte de éste, sus hijos se disputaron el poder en una guerra fratricida en la que triunfó el emperador Atahualpa. 

Aquellas grandes civilizaciones sabían contar y acababan de inventar la escritura. Salían de la prehistoria y entraban en un triunfante neolítico. Se comunicaban entre ellas y con los nómadas de las praderas norteamericanas, pero ignoraban la existencia del mundo exterior (a excepción de algunos recuerdos legendarios). Eran campesinos, para ellos el océano era lo mismo que para nosotros el espacio interplanetario antes del inicio de la conquista espacial. 

El «contacto» entre las civilizaciones precolombinas y las europeas fue devastador. En 1519, el gobernador Español de Cuba confió la dirección de una expedición a México a un noble llamado Cortés. Llegó a la capital azteca de Tenochtitlán (México) sin ningún impedimento. Cortés fue recibido por el rey Moctezuma, quien durante unos días le tomó por un dios. Cuando llamaron a Cortés desde la costa, su lugarteniente, Alvarado, aprovechó para masacrar a los dignatarios aztecas, provocando un levantamiento en el que murió Moctezuma. Los españoles fueron obligados a abandonar la ciudad el 30 de junio de 1520, por la noche, la Noche triste. Cortés volvió con refuerzos, sitió Tenochtitlán; la tomó el 13 de agosto de 1521, y permitió terribles represalias. El reino azteca había quedado subyugado. 

Los españoles continuaron hasta la tierra de los mayas por el sur, y hasta California por el norte. En 1531, otro capitán español, Pizarro, dirigió una expedición que recorrió la costa americana del Pacífico hacia Perú. El emperador Atahualpa sabía que los españoles no eran dioses. Como sentía curiosidad por verles, les invitó a ir a visitarle cerca de Cajamarca, en donde había levantado su campamento. El 16 de noviembre de 1532, recibió a los «visitantes del otro mundo» sobre su trono, rodeado por su guardia, miles de soldados. Los españoles sólo eran ciento sesenta y tres, con una docena de caballos y algunos cañoncitos. Por la noche, en un gesto de audacia inaudita y de una absoluta deslealtad (eran los huéspedes del Inca), Pizarro secuestró al monarca y el Imperio se derrumbó. 

Se trata de una de las páginas más terroríficas de la historia del mundo. ¿Por qué ese Imperio inca, con una población de entre diez y quince millones de habitantes, se destruirá con tanta rapidez bajo la acción de un puñado de castellanos? ¿Los ejércitos? La pólvora no explica nada: los arcabuces difícilmente lanzaban un tiro por minuto (los arcos de las guardias imperiales eran más eficaces) y su detonación no aterrorizó durante mucho tiempo a los indios. ¿Los caballos? Es cierto que los amerindios desconocían el caballo. Los incas no «montaban» a ningún animal, sólo utilizaban llamas como animales de carga. Al ver cabalgando a los indios en las películas del Oeste, se olvida con facilidad que los europeos fueron quienes llevaron el caballo a América. Pero, precisamente, los indígenas pronto dejaron de temer a los caballos y aprendieron a montar con maestría. 

De hecho, Atahualpa habría podido mandar degollar a los españoles. Bien es cierto que habrían llegado otros, pero, teniendo en cuenta la organización inca y la enorme distancia que separaba a los españoles de su base, la lucha no habría sido desigual. Una vez más, la respuesta se encuentra en la psicología de los indios, en su «mentalidad», en sus ideas. Eran personas muy civilizadas, pero fatalistas y colectivistas, para ellos, la iniciativa individual no existía (¿qué hacer si el emperador está prisionero?). Su civilización era incapaz de reaccionar ante lo imprevisto. La conducta de Pizarro les resultaba inimaginable. Para ellos, los españoles eran una especie de «extraterrestres» (realmente venían de «otro mundo»). El «desfase temporal» entre españoles y amerindios era inmenso (mucho mayor que el desfase comprobado entre los romanos de César y los galos de Vercingetórix). Los incas apenas acababan de salir de la prehistoria. Por su parte, los conquistadores eran comandos individualistas, superhombres casi nietzscheanos (a pesar del anacronismo) que no temían ni a Dios ni al diablo y que sabían explotar las imprevisiones. De este modo, la modernidad puede matar. Entre los españoles de Pizarro y los incas de Atahualpa, se puede decir que había seis mil años de desfase. 

No tengamos miedo del anacronismo pedagógico: ya lo hemos subrayado, el Imperio inca recuerda al de los faraones. Pues bien, si los españoles del Renacimiento hubieran podido desembarcar en Egipto en la época de Ramsés II, creemos que la sorpresa habría sido comparable y que los castellanos habrían destruido el Egipto de los faraones. 

Los españoles fueron crueles (cuando combatían, los franceses no lo eran menos), pero no fueron racistas. A menudo los conquistadores se casaron con princesas indias. Hasta el punto de que, a día de hoy, todos los «grandes de España» tienen sangre india por las venas. 

Los españoles eran «marcianos». Las inmensas civilizaciones amerindias desaparecieron como por «encanto» (sería mejor decir como por «maleficio»). La modernidad mató a las civilizaciones precolombinas, pero las poblaciones amerindias siguen existiendo. En América Central y en América del Sur, los indios aún se cuentan por millones (la mayoría en Perú y en Bolivia). Pero de su glorioso pasado sólo quedan lenguas locales (el aymará y el quechua) y supersticiones populares. Se han convertido en católicos e hispánicos; hablan español. 

La catástrofe se agravó con lo que los médicos llaman el «choque de microbios», o viral. Dado su aislamiento, las poblaciones de América no eran inmunes a los microbios de Eurasia. El sarampión y la gripe, a que los españoles resistían, tuvieron el mismo efecto devastador entre los indios que la gran peste había tenido en el siglo XIV sobre los europeos. Murieron a millones; principalmente los dignatarios, más en contacto con los invasores. Siempre se subestima la función histórica de las epidemias. 

Así, la conquista de América fue una terrible tragedia, sin que siquiera los españoles fueran conscientes de ello, ya que no entendían muy bien lo que sucedía. 

A algunos españoles les atrapó la simpatía de aquellos nuevos sujetos, como por ejemplo, al dominico Bartolomé de las Casas, quien escribió al rey de España una Muy breve relación de la destrucción de Las Indias en 1542, pero en vano. Evidentemente, los españoles no eran mejores que los indios. Incluso se puede pensar que, desde el punto de vista moral, los incas eran más simpáticos. Pero los españoles eran más modernos. 

Los valores de la modernidad —iniciativa individual, espíritu crítico, gusto por el cambio— aseguraron en el siglo XV la victoria de los europeos sobre los otros pueblos de la Tierra. ¿Son suficientes esos valores para dar sentido a la vida? No cabe duda de que no. Son valores de acción. Sólo las religiones y el conocimiento justo de las cosas permiten vivir. Por otra parte, aunque los españoles actuaban de manera «moderna», utilizaban, para dar sentido a sus vidas, los valores espirituales del cristianismo, en cierto modo su «capital moral». En el siglo XXI, se puede pensar que el mundo moderno dilapidó ese capital, quedándose como única referencia el placer individual. Pero esto es «otra historia» de la que hablaremos más adelante.

terça-feira, 21 de junho de 2016

La guerra de los Cien Años

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


13 
El nacimiento de las naciones. 
La guerra de los Cien Años


El siglo XIV conoció otra catástrofe: la guerra de los Cien Años. A Hugo Capeto le sucedieron en Francia sus descendientes directos hasta 1328. En esa fecha, se enfrentaron dos candidatos al trono: el hijo de un hermano del rey difunto (un sobrino, por lo tanto), Felipe de Valois, y el hijo de su hija (un nieto), Eduardo, que se había convertido en rey de Inglaterra con el nombre de Eduardo III y que, en 1337, reivindicó la corona de Francia. 

La Edad Media había inventado la legitimidad monárquica hereditaria, acabando de este modo con uno de los grandes motivos de agitación del Imperio romano: la incertidumbre sobre la sucesión. Con la monarquía medieval dejó de existir el vacío de poder: «¡El rey ha muerto, viva el rey!», decían los juristas, afirmando con ello que la defunción de un soberano traía consigo de manera automática la llegada al poder de su sucesor. Existía un orden de sucesión. 

Cuando Carlos IV murió en 1328, su pariente de sangre más próximo era su hija, madre de Eduardo III. En derecho medieval, la cuestión no planteaba ninguna duda. Pero los barones de Francia no quisieron un rey «extranjero». Invocaron una ley franca, la ley sálica, que excluía a las mujeres del orden sucesorio. Según el derecho feudal estaban equivocados, pero según la opinión pública francesa tenían razón. Esto significó el principio de la guerra de los Cien Años. Una simple querella de sucesión, que afectaba poco a los pueblos, se convirtió en una guerra entre Francia e Inglaterra. 

El reino de Francia, con sus quince millones de habitantes, era el más poblado de Europa; Inglaterra sólo contaba con cuatro millones. Pero la paradoja fue que la idea, «progresista» en la época, de «un rey nacional» la defendía un ejército arcaico de caballeros que peleaban «cada uno por su propio fin», mientras que la concepción «reaccionaria» del pretendiente de Londres estaba apoyada por un ejército muy moderno de burgueses disciplinados. 

Así pues, los partidarios de Valois padecieron una serie de sangrientos desastres que diezmaron la caballería francesa: Crécy en 1346, Poitiers en 1356, en donde Juan el Bueno cayó prisionero. Encabezado por el Valois Carlos V y su general Guesclin, se produjo un levantamiento, pero su hijo Carlos VI era un enfermo mental y, por este motivo, los partidarios del otro lado del canal de la Mancha encontraron aliados en el continente; en particular el poderoso duque de Borgoña (1404-1419), quien desde su encantadora ciudad de Dijon extendía su señorío feudal hasta Flandes. 

La nobleza borgoña, las más de moda en Francia, prefería claramente al soberano inglés antes que al pobre rey loco de París. Esta nobleza carecía por completo de sentimiento nacional alguno (así ocurrirá a menudo en Francia con las clases dirigentes). 

El 25 de octubre de 1415, lo que quedaba de la caballería fiel a los Valois fue aplastado en Azincurt. Y, en 1420, con el tratado de Troyes, se pone un fin teórico a la querella dinástica, reconociendo al pretendiente inglés como rey de Francia, con el nombre de Enrique V. Puesto que entonces Enrique V era sólo un niño, un regente inglés, el duque de Bedford, se instaló en París. Quedaba aún un Valois, el enclenque Carlos, refugiado al sur del Loira, pero la Francia más rica, la de la cuenca del Soma y del Loira, estaba ocupada por los ingleses, y Borgoña era casi independiente. 

Esto significaba no haber tenido en cuenta la opinión pública, la de las «buenas gentes» del reino. Ya que Francia empezaba a existir en sus corazones. Aquella originaria fusión entre el Mediterráneo y los mares del Norte, creada de un modo accidental por el tratado de Verdún en 843, había alcanzado el éxito. Era deseada. 

Con más motivo aún, cuando el único poder supra-nacional, la Iglesia, estaba dividida por el «Gran Cisma»: varios papas se disputaban el poder eclesiástico entre Aviñón y Roma. Fue necesario un concilio, el de Constanza (en 1417), para acabar con el cisma, pero el prestigio del papado se tambaleaba. En Bohemia, un héroe checo, Juan Hus (1369-1415), había sublevado al pueblo contra Roma. Y casi en todas partes, un sentimiento nacional tomaba el relevo al sentimiento de unidad católico. 

Así las cosas, los pretendientes ingleses a la corona de Francia habían cometido el error de ignorar aquel sentimiento nacional. Al ser grandes señores feudales dentro del reino (y además hablar francés), habrían podido utilizar a las tropas francesas para apoyar su querella. Pero por razones de comodidad (Inglaterra era más sumisa) y de modernidad (los soldados ingleses, arqueros e infantería, eran más disciplinados), prefirieron utilizar a los soldados llegados del otro lado del canal de la Mancha, a los que los campesinos llamaron «godos» porque juraban en inglés: God Damned! Éste fue un error fatal que permitió la intervención de una de las figuras más extrañas de toda la Historia: Juana de Arco. 

Los franceses querían que les gobernasen quienes compartieran su cultura. Los griegos de la Antigüedad habían tenido la misma exigencia, lo que justificó la guerra contra los persas. Pero como el patriotismo todavía nunca había superado el marco de la ciudad, los imperios fueron multiculturales. El milagro francés, como subrayó el historiador Pierre Chaunu, fue transferir a una inmensa realidad (para la época) el fervor que sentía el ciudadano ateniense que podía contemplar la Acrópolis desde su casa o sus campos. 

Nacida en 1412 en Domrémy, junto al río Mosa, en la misma frontera del reino —de ahí el apodo de «Lorraine»—, Juana era hija de unos campesinos destacados. En aquella región, el capitán local, asentado en Vaucouleurs, era partidario de los Valois. Los campesinos también. La aldea se mantenía bien informada. No había ni radio, ni televisión, ni periódicos, pero los vendedores ambulantes, junto a sus mercaderías, llevaban las últimas noticias. Juana estaba más interesada en la política de lo que hoy en día se interesarían las personas de su edad (dieciséis años). Ella lamentaba «la gran desgracia del reino de Francia». Las gentes canturreaban un estribillo que demuestra hacia dónde dirigían sus simpatías: «Amigos míos, ¿qué le queda a este delfín tan amable?» (se trataba del delfín Carlos). Y enumeraban las pocas tierras que no estaban ocupadas por los ingleses: «Orleans, Beaugency, Notre-Dame-de-Cléry, Vendóme». Es comprensible que la noticia de que los invasores habían sitiado Orleans agitara la aldea. 

Juana pensó que había que acudir en ayuda del delfín (nombre del heredero de Francia: por tradición «el señor del Dauphiné», como el heredero de España es el Príncipe de Asturias). Un banal pensamiento, es cierto, para una patriota. Pero lo que resulta extraordinario es que creyera que ella misma, una chica de diecisiete años, podría liberar el país. Esta idea se le imponía (a través de unas voces) y fue a ponerse bajo las órdenes del señor del castillo local, quien la devolvió a casa de su padre. Pero insistió tantas y tantas veces que el capitán mandó que le dieran un pequeño séquito y un caballo. Con tres o cuatro caballeros a sus órdenes, se dispuso a acudir junto al delfín. 

Carlos estaba instalado al sur del Loira, en Chinon. Vestida de hombre, Juana recorrió a caballo (montaba muy bien, como hija de notables) cerca de quinientos kilómetros en tres semanas. Cabalgaba cruzando la Francia ocupada, en pleno invierno y a menudo por la noche —para escapar de los soldados ingleses—. Llegó a Chinon el 8 de marzo de 1429. Carlos la envió a Potiers para que una comadrona y unos expertos la reconocieran (examen de virginidad). La virginidad de Juana no resulta sorprendente: sólo tenía diecisiete años y había sido prometida. Su inteligencia sí que lo era. A los juristas del delfín, que precisamente le preguntaban: «Si Dios quiere la marcha de los ingleses, ¿para qué necesita soldados?», les respondió: «Las personas de la guerra combatirán y Dios les dará la victoria». 

Al final, el delfín se decidió a jugar con Juana su última carta. Ella obtuvo permiso para acompañar al último ejército francés a Orleans. Aquel ejército estaba bajo el mando de sólidos y robustos hombres. Dunois, el Bastardo de Orleans, el duque de Alençon y Gilles de Rais quedaron subyugados por aquella joven (Pucelle, su apodo, quiere decir sencillamente «chica joven»). Liberaron Orleans y, el 18 de junio de 1429, aplastaron al ejército inglés en Patay. Pero Juana tenía una cabeza política y se daba cuenta de que la victoria militar no bastaba para legitimar al delfín. Convenció al delfín de que acudiera al arzobispado de Reims para ser coronado y le acompañó. 

La liberación de Orleans y la figura de Juana suscitaron una especie de insurrección general de los campesinos. Aunque Reims estuviera en la Francia ocupada, los ingleses se encontraron en una difícil situación y se replegaron a Normandía. En julio de 1429, Carlos fue coronado en Reims con el nombre de Carlos VII. La partida política estaba ganada. 

A partir de ese momento, Carlos VII sólo protegió a la Pucelle de lejos. Tras haber tomado Compiègne, los borgoños la capturaron y la vendieron a los ingleses. Éstos, queriendo desacreditarla, hicieron que fuera juzgada por bruja en Ruán. Su proceso es el prototipo de un proceso político. El 30 de mayo de 1431, Juana fue quemada en la hoguera. Tenía diecinueve años. 

Veinte años más tarde, Carlos VII, que no quería sustentar su trono en una bruja, mandó organizar un proceso de rehabilitación, al término del cual quedó anulada la condena de bruja. André Malraux escribió sobre Juana una magnífica oración fúnebre:

"Juana era muy femenina. No por ello dejó de demostrar una incomparable autoridad. Esta jovenzuela exasperó a los capitanes, a los que quería enseñar el arte de la guerra. En aquel mundo en el que Ysabeau de Baviera había firmado en Troyes la muerte de Francia, anotando sencillamente en su diario la compra de una nueva pajarera, en aquel mundo en el que el delfín dudaba de ser delfín, Francia de ser Francia, el ejército de ser un ejército, ella rehízo al ejército, al rey y a Francia. Ya no quedaba nada, y de pronto, una esperanza; de ella fueron las primeras victorias que restablecieron el ejército. Más tarde, por ella y en contra de casi todos los jefes militares, la coronación que restableció al rey... 

"Veinte años después de su muerte, Carlos VII, al que atormentaba haber sido coronado gracias a una bruja, ordenó el proceso de rehabilitación. Su madre fue a presentar el decreto del Papa por el que se autorizaba la revisión. Volvió todo el pasado y salió de la vejez como se sale de la noche. Había transcurrido un cuarto de siglo. Los pajes de Juana se habían convertido en hombres maduros. Todos habían visto o se habían cruzado con aquella joven. El duque de Alençon la había visto, una noche, desnuda mientras se vestía, cuando junto a muchos otros se acostaba sobre la paja: «Era bella —dijo—, pero nadie hubiera osado desearla». 

"Ante los atentos escribas, el jefe de la guerra recordó aquel minuto, hace ya veintisiete años, a la luz de la luna." 

La historia de Juana de Arco no es una leyenda. Es la mujer de la Edad Media sobre la que más documentación existe porque hubo dos procesos, el de condena y el de revisión. Dos «grandes procesos», así los vivieron los hombres de leyes de la época, de los que se conservan centenares de páginas de la instrucción, en varios ejemplares: interrogatorios, declaraciones, etcétera. 

Aquella extraordinaria y breve aventura es rica en enseñanzas. En primer lugar, la importancia de la adhesión popular (como ya hemos señalado a propósito de la Atenas de Pericles): Juana fue la abanderada del pueblo de Francia. Hizo cambiar la opinión campesina, y la hostilidad del pueblo les puso las cosas muy difíciles a los ingleses. Es absurdo legar la figura de Juan de Arco a un Le Pen. Juana fue antes que nada una resistente. Y si hay alguien estúpido, no fue ella, sino el obispo Cauchon, que la condenó en Ruán. Por otra parte, ella no detestaba a los ingleses; sólo deseaba verles de regreso a su país. 

La función de lo profético en la Edad Media permite explicar la importancia de Juana. Hoy su historia nos resulta incomprensible. A Juana no se la recibiría en el Elíseo. Los generales no la obedecerían. Por otra parte, historiadores fantasiosos intentan encontrar en la historias de Juana atribuciones inconfesables. Dicen que era un pariente secreto del delfín y otras banalidades. Todo eso es ridículo. 

Los reyes medievales creían que Dios podía dirigirse a ellos por mediación de cualquiera. Creían (igual que el Israel bíblico) que había profetas. Juana fue un profeta del patriotismo francés. Vox populi, vox Dei, “la voz del pueblo es la voz de Dios”, afirma una máxima eclesiástica. 

Por fin, la historia de Juana confirma, tras la de Eloísa (quien tenía la misma edad, pero procedía de un medio literario parisiense, en lugar de un medio rural provinciano), el extraordinario feminismo de la Edad Media. A pesar de las apariencias, nuestra época es mucho menos feminista que la de Juana. No olvidemos que en 1429, en el momento de sus victorias, Juana sólo era una joven de diecisiete años. Pues esa joven cambió realmente la historia del mundo; Francia e Inglaterra, las más viejas naciones de Europa, también eran las primeras potencias del momento. Se podría añadir que la debacle de las élites es algo bastante frecuente. Mientras que generales, juristas, obispos y barones colaboraban o se echaban a dormir, una joven desconocida supo levantar Francia.

segunda-feira, 20 de junho de 2016

O Totalitarismo Islâmico, herdeiro do Comunismo e do Nazismo (Olavo de Carvalho)

A guerra das universidades contra a verdade

- Artigo de Roger Scruton -
mrms

Há enorme relutância hoje entre os jovens para assumir certezas, e essa relutância se revela na linguagem. Em qualquer assunto onde haja possibilidade de discordância, coloca-se um ponto de interrogação no final da frase. Para reforçar a postura de neutralidade, inserem-se palavras que cumprem a função de “aviso legal”. Entre elas, a favorita é “tipo”. A despeito do quão inflexível eu possa ser em relação ao fato que a Terra é esférica, surgirá alguém para sugerir que ela é “tipo, esférica?”
De onde surgiu essa hesitação onipresente? Em minha opinião, ela está ligada à nova ideologia da não-discriminação. A educação moderna almeja ser “inclusiva”, o que significa nunca soar demasiadamente certo de algo, para não deixar desconfortável quem não comunga de suas crenças. Na verdade, a própria afirmação de que se trata de “crenças” derrama certa suspeita sobre o que dizemos. O correto são “pontos de vista”. Afirmar certezas em uma sala de aula hoje em dia invoca sempre olhares de desconfiança – não porque se possa estar errado, mas pela extravagância do próprio ato de ter certezas e, mais estranho ainda, querer comunicá-las a outrem. Quem tem certezas exclui, desrespeita o direito que todos temos de formar pontos de vista sobre aquilo que importa.
Todavia, basta olhar de perto a própria ideia de inclusividade para entender que ela não tem nada a ver com liberdade. Os estudantes estão mais prontos que nunca para exigir que se negue palanque a quem fala ou pensa de forma errada. Falar ou pensar de forma errada, entretanto, não significa discordar das crenças dos estudantes – afinal, eles não têm crenças. Significa pensar como se realmente houvesse algo em que pensar – como se realmente houvesse uma verdade a ser buscada, e que faz sentido, uma vez que a encontremos, falar dela demonstrando certezas. Aquilo que talvez tenhamos tomado como liberdade de pensamento revela-se em realidade ausência de pensamento: recusa a crenças e uma reação negativa a quem demonstre tê-las. O pecado capital é negar-se a encerrar cada frase com um ponto de interrogação.
Assim como muitas das mudanças em nossa linguagem e cultura nos últimos 25 anos, o objetivo é descobrir, e também proibir, as formas ocultas de discriminação. Quase todo sistema de crença que no passado pareceu objetivo e importante é agora desprezado como um “ismo” ou uma “fobia”, de forma que aqueles que aderem a suas proposições são vistos como fanáticos ideológicos.
Nos anos 1970, quando o feminismo começou a adentrar a cultura pública, surgiu a questão de se não haveria, afinal de contas, distinções radicais entre os sexos que explicassem por que os homens eram bem sucedidos em algumas esferas e as mulheres em outras. As feministas se rebelaram contra a ideia. Como resultado, elas inventaram o “gênero”, que não é uma categoria biológica, mas uma maneira de descrever características maleáveis e culturalmente mutáveis. Você pode não escolher seu sexo, mas pode escolher seu gênero. E era isso que as mulheres estavam fazendo – redefinindo a feminidade, como uma forma de ocupar um território antes monopolizado por homens. Daí em diante, a biologia foi retirada de cena e o gênero tomou seu lugar.
Essa estratégia teve tanto sucesso que agora “gênero” substituiu “sexo” em todos os documentos sexuais, e a sugestão de que diferenças sexuais são bem definidas foi relegada à classe de pensamentos proibidos. Já que gênero é um construto social, as pessoas devem ser livres para escolher o seu, e quem achar o contrário é um opressor e um fanático. Mesmo uma feminista pioneira como Germaine Greer é proibida de dar palestras em campi, porque sua crença em diferenças sexuais reais e objetivas pode ameaçar estudantes vulneráveis que ainda precisam decidir qual seu próprio gênero. Diferença sexual foi marcada como uma área perigosa, sobre a qual crenças, mesmo as de Germaine Greer, não são indicadas.
Onde isso tudo vai parar, ninguém sabe. Uma por uma, todas as antigas certezas estão sendo denunciadas como “ismos” e “fobias”. Você acha que os humanos são distintos de outros animais? Então você é culpado de “especismo”. Acha que existem distinções reais e objetivas entre homens e mulheres? “Transfobia”. Acha que atitudes que levam a assassinatos em massa são suspeitas? “Islamofobia”. A única certeza sobre o mundo em que vivemos é que, se você acredita que existem distinções reais e objetivas entre pessoas, então é melhor ficar quieto, especialmente quando for verdade.

Publicado originalmente na The Spectator Life.
Tradução publicada na revista Amálgama.


Tradutores: Daniel Lopes e Pedro Novaes

(Fonte: MSM)

sexta-feira, 17 de junho de 2016

Resenha do livro The Organizational Weapon: A Study of Bolshevik Strategy and Tactics

- por Herbert Blumer -
(Fonte: MSM)
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Este livro é uma obra de primordial importância. O professor universitário Selznick executou excelentemente sua tarefa de delinear as estratégias e táticas utilizadas pelos comunistas em sua missão revolucionária habitual. Ademais, este trabalho renderá ao leitor perspicaz uma compreensão muito clara a respeito da estrutura fundamental da sociedade moderna. Pois, ao retratar as maneiras por meio das quais os comunistas procuram ganhar controle sobre grupos e organizações cruciais, Selznick ressalta, semelhantemente ao que ocorre quando se aplica corante a um tecido vivo, as linhas básicas de controle na sociedade moderna. Nesse importante sentido, o livro acaba sendo uma análise muito mais penetrante na organização da vida moderna do que tudo que está contido nos inúmeros estudos, baseados tanto em teorias quanto em investigações, atualmente feitos por sociólogos no campo da organização social.
A descrição das estratégias e táticas bolcheviques feita pelo professor Selznick teve como base uma análise cuidadosa de escritos leninistas e stalinistas, comentários feitos por terceiros, registros de investigações e audiências que tratam das atividades comunistas e, aparentemente, um considerável acervo de materiais protegidos pelo governo federal. Ele se mostra incrivelmente à vontade com esses materiais, ao ser capaz de reconhecer o que há de essencial em meio ao vasto volume de materiais sobre o procedimento comunista, ao entender suas implicações e ao compreender suas inter-relações.
Um resumo dos pontos principais de sua análise pode ser apresentado, embora em detrimento da riqueza de se adentrar profundamente a questão. O objetivo dos comunistas, demonstra Selznick, não é tanto doutrinar as massas de pessoas com uma ideologia ou tomar o controle do governo no estilo revolucionário tradicional, mas, em vez disso, buscar a conquista das unidades funcionais estratégicas em uma sociedade – grupos como sindicatos, organizações de veteranos, grupos de jovens, desempregados, na verdade, qualquer grupo que ofereça uma base para operações expansionistas. Portanto o esforço dos comunistas tem como prioridade número um a procura por pontos de apoio iniciais em grupos e instituições que possam oferecer, por sua vez, meios de se moverem, progressivamente, em direção à usurpação cada vez maior do poder, até que o controle do aparato social de uma coletividade esteja garantido. O ponto de partida para que seja empregada essa forma de trabalho é a criação do partido comunista – um “partido de combate”, que consiste em uma elite de agentes de confiança completamente doutrinados, habilmente treinados e rigidamente disciplinados. A integridade do partido de combate é desenvolvida e preservada pelo isolamento psicológico de seus membros e pela proibição rígida de disputas internas a respeito de metas ou objetivos. Isso fornece uma membresia confiável e fortemente unida, que pode ser mobilizada, manipulada, posicionada e dirigida conforme seja necessário à política e à estratégia empregadas pelo líder que esteja na direção.
O partido de combate é o instrumento empregado para utilizar a energia potencial encontrada nas massas e dirigi-la aos objetivos do partido. A massa é concebida não como um agregado amorfo e difuso, mas como um conjunto de grupos e organizações especializados que estão vantajosamente posicionados e que são, ou podem ser, fontes de poder. Tais grupos e instituições tornaram-se os alvos para os esforços que os comunistas empregam na busca pelo poder. Existem quatro princípios ou demandas pelos quais o partido de combate é guiado nessa persistente busca pelo poder: (1) desenvolver meios de abordar seus grupos-alvo; (2) neutralizar elites concorrentes que possam estar se esforçando para controlar esses grupos-alvo; (3) legitimar quaisquer posições de poder que sejam conquistadas, de modo que tais posições de poder sejam reconhecidas e aceitas pelas pessoas como autoridades sancionadas; e (4) mobilizar os grupos capturados, de forma que possam ser postos em movimento em conformidade com as diretrizes desejadas pelo partido.

O professor Selznick analisa de forma eficaz (a) o conjunto de estratégia desenvolvido pelos comunistas em relação a essas quatro demandas e (b) muitas das táticas operacionais utilizadas para implementar tais estratégias. Apenas algumas das estratégias precisam ser mencionadas aqui: a formação, nos grupos-alvo, de equipes clandestinamente treinadas [1]; seus esforços mútuos para ganhar cargos decisórios; o descrédito de funcionários e grupos internos que estejam em seu caminho; a prontidão para cumprir rigorosamente as metas nas organizações-alvo como um meio de mover-se em direção ao poder; a participação em frentes unidas, fazendo exigências impossíveis e, depois, jogando em outros grupos a responsabilidade pela quebra da frente unida; o ato de levar a atividade conspiratória não só aos bastidores dos órgãos públicos, como também para além de seus muros. Em geral, como mostra o professor Selznick, a busca pelo poder por parte dos comunistas é marcada pela alta adaptabilidade e rapidez nas táticas. Em última instância, os comunistas procuram desenvolver, progressivamente, uma rede fluida de poder e controle dentro de grupos e instituições estabelecidos, e, desse modo, no momento propício, encontrar-se-ão em posição de deslocar a autoridade constitucional em uma dada sociedade.
Com base na sua profunda análise sobre tais estratégias e táticas, o professor Selznick apresenta um capítulo final intitulado “Problems of Counteroffense” (“Problemas da Contraofensiva”), no qual, sabiamente, comprova que a estratégia passo a passo dos comunistas fornece os mesmos itens de conhecimento que podem ser utilizados para bloquear e anular o esforço comunista. A forma como ele trata esse assunto revela, claramente, a estupidez dos esforços gerais hoje em voga na repressão do comunismo em âmbito nacional, particularmente as táticas, amplamente usadas, de minar e desacreditar os sujeitos que são exatamente os arquirrivais dos comunistas na luta pelo controle de grupos e instituições.
Para voltar a um pensamento expresso por este resenhista no parágrafo inicial, esta ponderada e penetrante análise da estratégia comunista de conquista do poder revela precisamente coisas muito importantes sobre a estrutura do nosso tipo moderno de sociedade – tais como os centros estratégicos de poder, o fato de se mudar o foco da liderança para a membresia, as formas fundamentais de funcionamento interno das instituições e organizações, a coordenação e manipulação de pessoas, as atividades conspiratórias encobertas sob a fachada de organizações notáveis e a captação e utilização de poder. Na verdade, é precisamente na identificação dos procedimentos por meio dos quais a organização é formada e por meio dos quais as unidades sociais operacionais são controladas que a estrutura de funcionamento da nossa sociedade moderna é descoberta. Esse tipo de enfoque, é de se notar, é bastante diferente do estabelecido pela discussão sociológica convencional sobre organização social. O professor Selznick tem procurado traçar um panorama geral da situação em suas discussões, especialmente no capítulo intitulado “Vulnerability of Institutional Targets” (“Vulnerabilidade de Alvos Institucionais”). O tratamento que ele dá à natureza da “sociedade de massas” parece a este resenhista ser, de longe, o melhor na literatura disponível. Ele certamente merece ser estudado em seus pormenores por sociólogos.
A discussão ora apresentada aponta para a fraqueza número um da análise extraordinariamente bem feita que o professor Selznick fez, qual seja a ausência de uma maior atenção aos muitos casos em que as estratégias e táticas comunistas provaram ser ineficazes. Esse é exatamente o exemplo do que significa organização recalcitrante. Esses casos tornam-se as pistas para a exumação da organização sólida de uma sociedade em funcionamento. É de se esperar que o professor Selznick prossiga nos seus estudos sobre tais assuntos, pois eles oferecem o que seja, talvez, a linha mais frutífera de desenvolvimento de uma análise realista e significativa de organização social.
Nota da tradutora:[1] Equivale às células de base, aos núcleos de base ou às organizações de base previstas nos estatutos partidários da extrema esquerda. Para melhor compreensão da composição, finalidade e funcionamento da organização de base, recomenda-se a leitura dos artigos 34 – 37 do estatuto do PCdoB, bem como do artigo “Organizações de Base: os alicerces do PCdoB”.

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Tradução: Gleice Queiroz