Luz para a inteligência, Calor para a vontade

sábado, 23 de julho de 2016

La Revolución Rusa

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


27 
La tentativa de una revolución mundial


El siglo XIX fue largo: desde Waterloo (18 de junio de 1815) hasta la Revolución de Octubre (6 de noviembre de 1917, según el calendario universal, pues los rusos utilizan un calendario diferente), es decir, algo más de cien años.

El siglo XX, al contrario, fue corto: de noviembre de 1917 hasta la caída del Muro de Berlín, noviembre de 1989, es decir, exactamente setenta y dos años, a penas tres generaciones. Los siglos no se corresponden con las fechas oficiales. 

Las revoluciones industriales habían marcado la unidad del largo siglo XIX. El comunismo y los soviéticos marcaron la del corto siglo XX: este siglo empezó con la toma del poder de los soviéticos y acabó con su caída. El comunismo fue su esperanza o su amenaza. 

Hoy el comunismo prácticamente ha desaparecido. China sigue siendo formalmente comunista, pero en realidad se trata de un estado capitalista totalitario. Sólo dos gobiernos subsisten como testimonio de una época desaparecida: Corea del Norte y Cuba (¿hasta cuándo?). 

El régimen de los zares no había resistido la guerra de 1914. En 1905, un Japón apenas modernizado había vencido al ejército ruso: ¿cómo habría podido resistir frente a la formidable máquina de guerra del ejército alemán de 1914? Los trenes eran muy lentos en Rusia, donde no existían verdaderas carreteras. 

Socialmente, la Alemania wilhelmiana vivía a años luz de una Rusia retrasada en la que los campesinos, los mujiks (el 90% de la población), estaban explotados por una pequeña casta de latifundistas. Por otra parte, los alemanes estaban bien vistos en Rusia, en donde muchos de ellos, ingenieros y oficiales, vivían en San Petersburgo. 

Cuando el zar fue apresado, el gobierno Kerenski se mostró inútil. Tras la caída del Imperio, en febrero de 1917, el poder entró en un auténtico agujero negro: los liberales, los socialistas, los mencheviques se lo disputaban dentro de la anarquía. Pero ¿cómo explicar la victoria de Lenin? Por supuesto, había regresado al país (en tren, desde Suiza) con la complicidad de los servicios alemanes, que detestaban a los revolucionarios, pero practicaban la antigua máxima según la cual «los enemigos de nuestros enemigos son nuestros amigos». (Así ayudó la CIA a Bin Laden.) 

Por supuesto, Lenin comprendió inmediatamente que el pueblo ruso, masivamente campesino y masivamente asqueado de la guerra, sólo quería dos cosas: tierra y paz. Él fue el único que les prometió ambas. Pero esto no habría sido suficiente. 

Por lo tanto, hay que hablar de Lenin, cuyo nombre era Vladimir Hitch Ulianov (1870-1924). Militante revolucionario, miembro de los círculos marxistas (en 1895, en San Petersburgo), pronto comprendió que, para ganar las guerras sociales, no bastaba con los ideales. No desconocía la importancia de las ideas, jugó con ellas. Pero era necesaria una organización. En 1902, escribió un ensayo, ¿Qué hacer?, en el que proporcionaba su concepto de partido político. 

Aquello era una novedad. Nunca hasta Lenin había existido un partido político como él lo describía. Ni siquiera en tiempos de la Revolución francesa la Montagne era un partido político, sino un grupo de diputados fascinados por Danton y Robespierre. El partido, según Lenin, tiene que ser una institución casi militar (militante = militar), jerarquizada y dirigida de manera permanente por profesionales, «los profesionales de la revolución», sometidos a un secretario general todopoderoso. 

Este concepto va a marcar la imaginería política. Durante mucho tiempo, cuando se decía «el Partido» con mayúscula y sin ningún adjetivo al lado, sólo se podía tratar del partido comunista. Aún hoy, al menos en Francia, los partidos, incluso los de derechas, se organizan siguiendo este modelo. 

No obstante, en 1902, Lenin no era más que el jefe de la mayoría bolchevique del partido socialdemócrata ruso. No fue hasta 1912 cuando fundó el «Partido» y su periódico, Pravda. De vuelta en Rusia después de febrero de 1917, ordenó a su organización la toma del poder; él se refugió en Finlandia y no volvió a San Petersburgo hasta la víspera del golpe de estado. 

La Revolución de Octubre no fue, como la Revolución francesa, un cambio de decorado casi involuntario. El pueblo formó parte de ella. Unos cuantos miles de militantes comunistas se apoderaron de los centros neurálgicos del estado: no sólo de las Cortes y del Palacio de Invierno, sino también de las centrales telefónicas y telegráficas, los cuarteles, las estaciones, las fábricas, tanto en San Petersburgo como en Moscú. De este modo, Lenin controló las dos capitales y la vía férrea que las unía, por la que circulaban trenes blindados con la bandera roja (Lenin había adoptado como estandarte la bandera roja de la Comuna de París). 

Malaparte, un escritor italiano admirador de Lenin, escribirá sobre este tema Técnicas de un golpe de estado. El golpe de estado leninista se convirtió en el modelo de los golpes de estado modernos. 

La Revolución de Octubre, que encarna el mito de Espartaco, la revuelta contra el orden, en realidad se impuso a un pueblo que consintió pero del que abusaron los intelectuales burgueses (Lenin entre ellos) seguidores de los ideales del Karl Marx, quien descendía de una buena familia. 

Por supuesto, los generales fieles al zar (Denikin, Wrangel, Koltchak) lanzaron sus tropas contra los soviéticos en 1918. Como, evidentemente, los militantes no podían enfrentarse a los aguerridos ejércitos, Lenin pidió a su compañero Trotski (cuyo auténtico nombre era Lev Davidovitch Bronstein), nombrado comisario del pueblo para la guerra, que creara el ejército rojo. Trotski, inspirándose en Carnot, consiguió hacer lo mismo que la Convención había hecho ciento veinte años antes: una amalgama entre oficiales de carrera de izquierdas, militantes y los marinos de Kronstadt. Aplastó sucesivamente a los ejércitos blancos, mientras los occidentales se mostraban pasivos a pesar del envío de buques al mar Negro y de algunas tropas a Odessa y Vladivostok. El dibujante Hugo Pratt dedicó un álbum a este acontecimiento: Corto Maltes en Siberia. 

Franceses e ingleses no tenían ningún motivo para llevar a Rusia en el corazón, ya que les había abandonado en pleno combate. En efecto, a principios de 1918, con la paz de Brest-Litovsk, Lenin había entregado una parte del territorio a los alemanes. Lenin, admirador de la Convención, se permitió hacer lo que Robespierre y Saint-Just (que fue, antes de Trotski, el comisario de los ejércitos) nunca hubieran hecho: aceptar la derrota exterior para consolidar mejor el poder interior. Lenin ordenó asesinar al zar Nicolás y a su familia en Ekaterimburgo. 

Hay una diferencia esencial, pero muy poco señalada: la Revolución francesa fue una revolución de la victoria; la Revolución rusa fue una revolución de la derrota. Esto explica muchas cosas. Siendo la victoria mejor consejera que la derrota, la Revolución francesa pudo detenerse en los «límites establecidos» por Bonaparte. Como la derrota no conlleva buen juicio, la Revolución rusa será incapaz de eso. 

El retroceso de las fronteras fue definitivo en 1920, establecido por el tratado de Riga. Las fronteras rusas retrocedieron quinientos kilómetros. También se puede desprender de esto una lección: para los rusos, el espacio no cuenta. Francia no puede perder quinientos kilómetros sin quedarse reducida a una mínima expresión de país; cuando los rusos se quedaron sin quinientos kilómetros, Rusia seguía existiendo (de nuevo es el mismo caso que en la actualidad, la Rusia de Putin se ha estrechado a los límites de la de Iván el Terrible). 

Hay que decir que, para la mentalidad de Lenin, Rusia sólo era una etapa. Despreciaba a los mujiks por el retraso en que vivían y, fiel al marxismo, creía que la verdadera revolución no podía estallar más que en los países industrializados con clase obrera muy numerosa: Francia, Inglaterra, Alemania. Rusia no era más que un punto de partida provisional y fruto del azar. Con este fin, Lenin creó la Tercera Internacional en marzo de 1919, el Komintern. 

En todo el mundo se produjo una escisión dentro del socialismo, entre demócratas y totalitarios. En Francia, este cisma se produjo en el seno de la SFIO, en el congreso de Tours (1920), donde vio la luz el partido comunista francés. Ni en Inglaterra ni en Francia tuvo éxito el comunismo. La Francia victoriosa era refractaria a la llamada de Lenin. Habrá que esperar hasta los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial para que los comunistas se hagan poderosos. Ni siquiera hubo una tentativa de golpe de estado. La Comuna de París no se repite. 

Sin embargo, una ola revolucionaria barrió el resto del mundo. En primer lugar, en Alemania, la patria de Karl Marx, los comunistas, a los que se llamaba «espartaquistas», conducidos por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, se levantaron y tomaron el control de Berlín a principios de 1919. En el mismo momento, en Munich, con la caída de los príncipes bávaros, Kurt Eisner proclamó la República de los Consejos (soviets). Tras el hundimiento del Imperio de los Habsburgo, Bela Kun instauró en marzo de 1919, en Budapest, la dictadura del proletariado tan querida por Lenin. 

El comunismo fue una religión. Una religión es algo por lo que se da la vida. La fe en Dios no es necesaria. En Francia se dio entre los soldados la religión de la patria. Pues bien, millones de hombres dieron sus vidas por la esperanza comunista, por otra parte perfectamente adaptada (algo que Lenin no había previsto) a un fondo místico ortodoxo: Marx, Lenin y Stalin formaban la Santísima Trinidad, y Moscú se conservaba como «la tercera Roma». 

De hecho, se convirtió en la capital de Rusia con los soviets. Pero ni el ejército alemán ni siquiera el austríaco eran comparables al ejército de los zares, disuelto en la anarquía. A pesar de sus derrotas, estaban intactos. Por lo tanto, los regimientos a las órdenes de los generales conservadores aplastaron las revueltas de Berlín. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron asesinados (al igual que Kurt Eisner en Munich). En Budapest, el almirante Horthy expulsó a Bela Kun. 

El ejército rojo intentó conquistar Polonia (protegida del comunismo por su catolicismo), pero esta vez, los franceses reaccionaron y ayudaron con eficacia al general Pilsudski (la misión francesa, al mando de Weygand, incluía a un oficial llamado De Gaulle) a rechazar a los soviéticos. 

En China, Sun Yat Sen había proclamado la República en 1912. Después de una corta restauración imperial. Chiang Kai-chek, que realizó su aprendizaje político en el Moscú de los soviets, le sustituyó sobre un fondo de insurrecciones revolucionarias que Malraux relata en Los conquistadores. Chiang, cediendo a las «sirenas» occidentales, aceptó masacrar a los comunistas en Shangai (tragedia de fondo en la novela de Malraux La condición humana). Pero el jefe del Kuo Ming-tang antes que nada estuvo muy influido por Moscú. 

Si el comunismo de Rosa Luxemburgo, de Karl Liebknecht y de Bela Kun es indiscutible, el de Chiang Kai-chek en la actualidad se oculta porque todos sabemos el giro que tomó. Está emparentado con otros sobre los que, hoy en día, parece un sacrilegio hablar. 

En Italia, Benito Mussolini (1885-1945) fue un jefe socialista, director del diario Avanti. Si su patriotismo le levantó contra los alemanes (al contrario que a Lenin), el partido fascista, que conquistó el poder en 1922, todavía se inspiraba mucho en el modelo leninista. Malaparte, intelectual italiano, en un principio partidario del Duce, admiraba a Lenin. 

Mussolini fue lo suficientemente inteligente como para dejar una función honorífica al rey y sobre todo para no tocar al Papa, el auténtico soberano del país (al contrario de Lenin, quien cayó en los excesos de la persecución anticristiana), pero conservaba sus ideas socialistas. En aquella época no era antisemita: apoyaba al sionismo. Su amante, Margarita Sarfati, la mujer de su vida, era una intelectual judía de Venecia. El era completamente ateo. Por supuesto, sabemos cómo siguió aquello: asesinato del diputado socialista Matteotti en 1914, la oposición comunista... Pero si el Duce no hubiera firmado la alianza con el demonio hitleriano, habría muerto en su cama y en el poder. 

Turquía, también en 1922, vio triunfar a Mustafa Kemal (1881-1938), emparentado con el leninismo, igualmente olvidado... Turquía, victoriosa en los Dardanelos, no había sido vencida, pero el Imperio otomano no pudo sobrevivir a la derrota de su poderoso protector alemán. De un modo inconsciente, los aliados —ingleses, franceses, italianos y griegos— creyeron en la desaparición de los turcos. Se repartieron los restos del Imperio (Siria para Francia; Irak para Inglaterra; a Italia el Dodecaneso, etcétera). 

Los griegos, que habían entrado tarde en la guerra, tenían una idea fija: restaurar el Imperio bizantino, recuperar de manos turcas la Constantinopla que habían perdido en 1453. Aquella idea no era una locura: los helenos, mayoría en Constantinopla, también ocupaban el oeste de Anatolia. Se les entregó Esmirna, donde fueron recibidos por los griegos de Asia como libertadores. 

Pero el pueblo turco existía, el ejército turco también, y Mustafa Kemal había vencido a los aliados en los Dardanelos. Se sublevaron. El propio Kemal, originario de Salónica, instauró una república en Ankara y su ejército aplastó al de los griegos en 1922. A continuación, expulsó a la población helena (igual que otros generales turcos habían expulsado poco antes a los armenios). 

Nadie ha subrayado que la Grecia actual ocupa apenas la mitad del antiguo territorio poblado por los helenos. Homero era de Asia Menor, los filósofos presocráticos también. Cuando, hoy día, se recorre Anatolia, convertida en turca, allí se pueden admirar las más bellas ruinas helenísticas del mundo: Éfeso, Afrodita, el teatro de Aspendos, Marmaris, Pérgamo, etcétera. Aquella tragedia supuso el éxodo de millones de griegos de Asia Menor, adonde nunca volverán. Territorialmente hablando, la actual Grecia vendría a ser como si Francia se hubiera quedado reducida al territorio de «zona libre» de Vichy. 

Se ha olvidado que Kemal y Lenin se apreciaban y se admiraban. Kemal era ateo, persiguió al sultán, jefe de los creyentes, y abolió el califato. Suprimió la saria y creó un estado laico, llegó incluso a sustituir los caracteres árabes por caracteres latinos en la escritura turca. Firmó un tratado de buena vecindad con los soviéticos y en 1938 murió, cubierto de gloria, en su casa (como habría podido hacerlo su vecino Mussolini). Constantinopla se había convertido en Estambul. 

Los campesinos musulmanes de Anatolia prefirieron salvar la patria con un general notoriamente ateo (y dado al alcohol) a mantenerse en la servidumbre con el califato. Los turcos son «ante todo, turcos» (eslogan que se puede leer por las carreteras de Anatolia). También detestan a los árabes, que se levantaron contra ellos en 1914-1918 (éste es el motivo por el que, hoy en día, los turcos son excelentes aliados de Israel). 

No obstante, los partidos árabes de Oriente Próximo también pretendían ser laicos y socialistas. El partido Baas, siempre en el poder en Siria, también lo estuvo en Irak con Sadam Husein, fue —hasta la desaparición de éste— protegido de la Unión Soviética. 

Sin embargo, la revolución mundial había sido pólvora mojada. Disminuido por un derrame cerebral, Lenin murió en 1924. Le sucedió Stalin —Iossif Vissarionovitch Yugachvili es su verdadero nombre—. Stalin renunció a la subversión internacional, y se limitó a utilizar la fe de los comunistas extranjeros en favor de Rusia. Inventó la teoría del «comunismo en un solo país» y,  bastante poco ideólogo, estableció — bajo una tapa de  comunismo— una terrible y sangrienta dictadura: multiplicó las purgas y los asesinatos y abrió por todas partes campos de concentración (el gulag). Expulsó a Trotski, un competidor con demasiada gloria, quien se refugió primero en Francia, donde André Malraux le conoció, y luego en México. Stalin dio la orden de asesinarlo a un agente soviético, en 1940, en México. 

En cualquier caso, la esperanza casi religiosa se mantenía a pesar de la dictadura estalinista. El sol rojo de Octubre seguía iluminando fuera de la URSS a millones de militantes de buena fe. Es difícil entender el prestigio de los soviéticos, al que fueron sensibles personas no comunistas como Malraux y Gide, si no se tiene en cuenta su dimensión mesiánica. También esto explica por qué, hasta los años sesenta, ni la desilusión de Gide en El regreso de la URSS (1936), ni la de Boris Souvarine, expulsado del partido comunista francés por haber apoyado a Trotski, consiguieran hacer perder la fe a los creyentes. «Júpiter vuelve locos a los que quiere perder», recuerda el refrán latino. 

quinta-feira, 21 de julho de 2016

A possibilidade da volta da monarquia no Brasil

- Artigo de Leonildo Trombela Junior
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Um amigo me perguntou se acho possível a volta da monarquia no Brasil. A minha resposta foi: somente se acontecer algo totalmente imprevisto; um acontecimento tão imprevisível que só tenha explicação ex post factoenfim, um Cisne Negro¹.
Apesar de termos um movimento monarquista dotado de pessoas inteligentes, podemos dizer que ainda estamos na etapa “pré-imaginativa” do processo de implantação de uma monarquia brasileira, pois sequer existe romance, peça de teatro, filme ou obra artística que possa colocar no campo da imaginação a existência de uma Casa Imperial governando o Brasil em pleno século XXI. Como disse Hugo von Hofmannsthal, sempre lembrado nas colunas do professor Olavo de Carvalho, “Nada está na realidade política de um país se não estiver primeiro na sua literatura”. Talvez meia dúzia dos que frequentam o encontro monárquico anual consigam imaginar um governo imperial, mas e o povo? Não é possível exigir do povo algo que ainda é inimaginável. Seria até macabra tal exigência.
Se um dia for transpassada essa barreira artística do discurso poético, há ainda o desafio do discurso retórico, isto é, o discurso que trata da verossimilhança. Como diz o professor Olavo de Carvalho, enquanto o primeiro discurso aristotélico opera em camadas muito mais profundas a ponto de predispor-nos de longe a certas atitudes, o segundo discurso é menos profundo, porém mais imediato; é um comando “prático” que pode ser entendido graças à disposição imaginativa proporcionada pelo primeiro discurso.
Para a segunda etapa, Olavo também já deu a dica para a casa monárquica brasileira: façam um shadow cabinet². Até o presente momento, parece que o conselho foi solenemente ignorado (ou pior: talvez sequer tenha sido repassado aos responsáveis)…
Essa superação imaginativa e prática, todavia, é apenas a inscrição para a “batalha rumo ao trono”, pois sabemos que o mundo de hoje é bem mais complexo do que era no século XIX. Há hoje um número muito maior de variáveis que aumentam formidavelmente a complexidade e a imprevisibilidade dos campos político e econômico. Para citar apenas um exemplo, existem hoje sociedades e poderes secretos internacionais com alcance e influência política e social praticamente inimagináveis 130 anos atrás. Há também literalmente milhares de outros obstáculos gigantescos (a ocupação de espaço perpetrada pelos comunistas nas últimas décadas, os psicopatas no poder, a inexistência de uma cultura católica que daria suporte moral ao regime imperial, o problema dos militares, etc. etc.). Desnecessário dizer que ele, Olavo de Carvalho, também já deu o caminho das pedras para combater esses problemas.
E se essa monarquia ascender ao poder, ela poderia dar certo?
Que a monarquia é o melhor regime para o Brasil pouco duvido, considerando a história do país. O Segundo Reinado — um modelo monárquico inspirado no britânico, mas completamente adaptado à realidade local — foi o modelo que fez o país “dar certo”³. Durante as décadas de Segundo Reinado houve maior predomínio da ordem política e econômica e da superação dos conflitos, se comparadas às demais décadas. (Há, evidentemente, o risco de cairmos numa falácia indutiva ao supormos que uma experiência passada prova um prognóstico; todavia, considerando a formação, o patriotismo, a envergadura moral e os interesses da Casa Imperial atual, tudo leva a crer que eles têm o potencial para fazer um trabalho muitíssimo melhor que qualquer opção republicana disponível.)
Ademais, como mostrou José Pedro Galvão de Sousa em Raízes Históricas da Crise Política Brasileira, a república brasileira é fruto do apriorismo político⁴; daí podemos concluir que a república foi coisa empreendida por pessoas que obviamente sofriam da incapacidade cognitiva chamada efeito Dunning-Kruger. Esse apriorismo político resultou num sistema de governo cuja base é um amálgama de “Revolução de 1789, instituições americanas e filosofia de Augusto Comte”.
Assim, por conta desse sistema criado por sujeitos “Dunning-Kruger”, vivemos desde 1889 uma sucessão de golpes, crises econômicas e instabilidades que já beira os 130 anos. Difícil imaginar que uma monarquia possa ser pior que isso.
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Notas:
1. Aqui, o termo Cisne Negro tem a acepção dada pelo ensaísta Nassim Nicholas Taleb, no livro The Black Swan — The Impact of the High Improbable, para referir-se a acontecimentos que estão fora do âmbito das expectativas comuns e que não poderiam ser previstos no presente estado de coisas, embora esses acontecimentos sejam caracteristicamente explicáveis retroativamente. O termo, que já foi usado por outros autores para tratar do problema da indução, faz referência à crença de que, até dado momento da história acreditava-se que todos os cisnes eram brancos, até o dia em que descobriram a Austrália e, respectivamente, seus cisnes negros.
2. O conselho foi dado por Olavo numa teleconferência do canal Terça LivreShadow cabinet é um gabinete paralelo — uma espécie de “gabinete espelho” do gabinete oficial — com os melhores nomes da oposição. Cada um dos seus integrantes analisa seu contraparte oficial e propõe medidas alternativas. Desnecessário enfatizar que o shadow cabinet teria de ser um modelo próprio, e não um modelo copiado de maneira apriorística de modelos internacionais — como foi nosso modelo de República. Outra das razões de ser de um shadow cabinet é combater o discurso único imposto pelo governo.
3. Espero que ninguém interprete “dar certo” como um “dar-certo-como-o-Canadá-deu-certo”. Sejamos modestos.
4. Nas palavras do próprio Galvão de Sousa, “O raciocínio apriorístico, em matéria política, é aquele que desdenha da realidade e dos conhecimentos da história para construir sistemas baseados tão somente em princípios jurídicos.”

Leonildo Trombela Júnior é jornalista e tradutor.


(Fonte: MSM)

terça-feira, 19 de julho de 2016

La Gran Guerra

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


26 
La Gran Guerra


Esta guerra fue esencialmente europea: en un bando Francia e Inglaterra, unidas en 1915 por Italia; en el otro, Alemania y sus vasallos austríacos, turcos y búlgaros, cuya unión se había formado tras la sangrienta destrucción de Serbia. Una diagonal del mar Báltico al golfo Pérsico. Así la establecieron los «imperios centrales», implicando a Oriente Próximo y separando a los occidentales por el noroeste y el sureste de sus aliados rusos. 

La guerra no tuvo repercusiones en otras partes, salvo en las colonias alemanas (rápidamente ocupadas por los occidentales, a excepción del este africano, en donde el general alemán Von Lettow peleó hasta después del armisticio) y debido a la participación tardía de Estados Unidos. Así pues, nosotros preferimos llamarla la Gran Guerra, en lugar de la Primera Guerra Mundial; porque, en efecto, muchos países —Japón, América latina— sólo fueron virtuales beligerantes. 

También es errónea la expresión, de moda en la actualidad, «guerra civil europea». Una guerra civil, la forma más terrible de guerra, enfrenta a personas de la misma comunidad; separa a los hijos de los padres y a los hermanos entre ellos. El odio es personal. Los europeos de 1914 en ningún caso pertenecen a una única comunidad, sino a naciones con lenguas, costumbres e ideas distintas. El odio era colectivo. 

Los soldados no odiaban en absoluto a un enemigo en particular y, en general, se admitieron las «leyes de la guerra» (respecto a heridos, prisioneros, la Cruz Roja, etcétera). 

Sin embargo, la guerra de 1914 fue «Grande» —digamos mejor «terrible»— por su grado de violencia. Fue la clase de conflicto que ya anunció la guerra de Secesión, nunca antes visto en Europa: la guerra de masas, a escala industrial. 

En todos los países se estableció el reclutamiento, incluso en Inglaterra. La artillería pesada, las armas químicas, las ametralladoras, provocaron hecatombes. La caballería, sustituida por las armas de tiro rápido, desapareció para siempre. 

Desde las Púnicas hasta las de Napoleón (a pesar de las armas de fuego), todas las guerras habían sido siempre iguales. No había frente. Los soldados caminaban mucho, pero se enfrentaban en pocas ocasiones. Las batallas, muy cruentas (decenas de miles de muertos), duraban desde que salía el sol hasta el ocaso (Waterloo), excepcionalmente dos o tres días. Se libraban a caballo o a pie, envueltas en la exaltación de las banderas o estandartes, de los toques de corneta y de los tambores. El general en jefe podía abarcar con la mirada su desarrollo. Nada tenían que ver con los terroríficos combates de la Gran Guerra, librada durante meses, bajo los obuses de un enemigo invisible, entre el barro y el horror. 

Nadie ha descrito el ambiente de 1914 como Maurice Genevoix en sus diarios. En agosto de 1914, Genevoix tenía veintidós años. Acababa de aprobar la oposición de profesor de lengua y literatura. Alumno de la École Normal Superieure de la calle de Ulm, se disponía a ir de vacaciones cuando fue movilizado como oficial (igual que todos los alumnos de la Normal, había hecho el servicio militar y, como la mayoría de ellos, había pasado por la escuela de oficiales de la reserva). De pronto se vio convertido en subteniente a la cabeza de una sección de ciudadanos (obreros, campesinos) movilizados igual que él. El mando de la sección vecina estaba en manos de un oficial en activo de su misma edad, alumno de la Escuela Militar de Saint-Cyr, que se llamaba Porchon. 

"Porchon marcha a mi lado. Yo le pregunto: 
—¿Lo estás oyendo? 
—¿El qué? 
—El tiroteo. 
—No. Cómo es posible que no oiga... esa especie de chisporroteo... 
Es la encarnizada batalla a la que nos dirigimos y que jadea allá, al otro lado de la cresta que vamos a atravesar. Poco a poco, mis hombres se ponen nerviosos. Dicen: «Ahora somos nosotros los que vamos allí. ¡Maldición!.... Aquí mismo, en el sendero por el que caminamos, han aparecido dos hombres... Veo sus rostros ensangrentados sin ninguna venda que los esconda y que van a mostrar a los míos. El primero nos grita: «A cubierto, vienen hombres detrás de nosotros». No tiene nariz. En su lugar, un agujero que sangra y sangra. Junto a él, el otro tiene la mitad inferior de la cara colgando,  sólo es un trozo de carne roja, blanda... ¡A cubierto, a cubierto!» Lívido, titubeante, éste se agarra con las manos los intestinos, que se escapan de su reventado vientre... El que corría se detiene, se arrodilla de espaldas al enemigo, frente a nosotros, con el pantalón completamente abierto, sin apresurarse, retira de sus testículos, con sus dedos pegajosos, la bala que le ha acertado y la guarda en la cartera. Estos hombres que vienen con sus heridas, con su sangre, con su aspecto extenuado, es como si dijeran a mis hombres: «Mirad, esto es la batalla, mirad lo que ha hecho con nosotros..., y hay centenares más de los nuestros cuyos cadáveres, todavía calientes, yacen en el bosque, por todas partes. Si vais los veréis. Pero si vais, las balas os matarán como a ellos u os herirán como a nosotros. No vayáis. 
—Porchon, mírales —digo muy bajo. Y muy bajo también él me responde: 
—Malo; vamos a tener problemas dentro de poco. —Es que al darse la vuelta ha visto todos los rostros ansiosos, los ojos febriles... Sin embargo, nuestros soldados marchan detrás de nosotros. Cada paso que dan les acerca a ese rincón de la tierra en donde hoy se muere. Van a entrar allí dentro, sobrecogidos por el terror..., pero harán los gestos de la batalla. Los ojos apuntarán, el dedo se apoyará en el gatillo del fusil, tanto tiempo como sea necesario, a pesar de las obstinadas balas que silban..., a pesar del horroroso ruido que hacen cuando aciertan y se adentran... Se dirán: «Quizá el siguiente sea yo». Y tendrán miedo en todo su cuerpo. Tendrán miedo, es seguro, es fatal, pero teniendo miedo seguirán vivos."

Al aplicar el plan Schlieffen, el poderoso ejército alemán cruzó Bélgica y, como tenía previsto, atacó a los franceses por la espalda y por sorpresa. Hay que entender que en aquella época todavía se creía en el valor de los tratados. El general en jefe francés, Joffre, no era un genio. (No hubo grandes estrategas en la guerra de 1914-1918, excepto, quizá, Gallieni, Foch y Ludendorff.) Pero grueso y plácido, no perdió la sangre fría y ordenó la retirada general. 

Entre el 4 de agosto y el 6 de septiembre, durante cuatro semanas, la infantería francesa dio marcha atrás, agotada, perseguida por unos alemanes exaltados debido a su triunfo. Los jefes alemanes creyeron que se repetían los acontecimientos de 1870. Cometieron el error de subestimar a su adversario y pasaron sin precaución al este de París, adentrándose hacia el sur. Entonces, el ejército alemán presentaba su flanco a la trinchera parisiense, al mando del general Gallieni. Este sugirió a Joffre un contraataque al flanco. Joffre lo ordenó el 6 de septiembre. Los soldados franceses pasaron a la ofensiva entre el 6 y el 9 de septiembre (el joven Genevoix se refiere a esta batalla en el texto citado más arriba). 

Los alemanes retrocedieron. Uno de sus jefes, el general von Kluck, sancionado, declaró ante la comisión de investigación prusiana: «¿Qué tienen que reprocharme? Todos somos responsables de la derrota. Porque, después de una infernal retirada, padeciendo horribles sufrimientos, sólo hay en el mundo un soldado capaz de levantarse o de atacar..., y ese soldado es el soldado francés, ¡esto nunca nos lo enseñaron en las academias de la guerra!». 

Sin embargo, los alemanes no abandonaron Francia, donde permanecieron durante cuatro años. Fue la horrible «guerra de las trincheras». De febrero a diciembre de 1916, el general alemán Falkenhayn y el káiser confiaron en aniquilar al ejército francés en Verdún, aplastándolo bajo el tiro concentrado de miles de cañones de calibre grueso. Los soldados resistieron. Lo describe Jean-Jacques Becker en el prólogo del libro de Genevoix: 

"Aquellos estudiantes que se preparaban para marchar de vacaciones..., aquellos campesinos arrancados a los trabajos del campo, los obreros, los millones de simples personas con destinos tan diferentes tenían un punto en común. Un amor común a su patria, la convicción de que nada era más importante que salvaguardar su nación, aunque, por supuesto, esto no es algo que dijeran normalmente."

Esta mentalidad nos es tan ajena que, para bien o para mal, nos cuesta mucho entender los resortes de la Gran Guerra. 

La guerra también se desarrollaba fuera de Francia (aunque Francia fue el epicentro). En Rusia, prusianos y zaristas no cesaban de avanzar y de retroceder. Los austríacos aplastaron a los italianos en Caporeto (salvados por la rápida ayuda francesa). Los ingleses, que habían enviado a un millón de hombres al Soma, condujeron a sus aliados (franceses y australianos) hasta Gallipoli. Se trataba de agarrar al Imperio turco por el cuello. El general Mustafá Kemal los empujó hacia el mar. No obstante, los occidentales mantuvieron un pie en los Balcanes, en Salónica (Tesalónica). 

Tras haber liberado el canal de Suez, a Gran Bretaña se le ocurrió la idea de incitar a los árabes a que se rebelaran contra los turcos. El coronel Lawrence (Lawrence de  Arabia) se ilustró en esta acción, en la que se inspiró para escribir su obra maestra de la literatura universal: Los siete pilares de la sabiduría. Pero, al mismo tiempo que prometían la independencia a los árabes (de Siria, Jordania e Irak), los ingleses, con una urgente necesidad de los banqueros que abrazaban las ideas del movimiento sionista, prometían crear en Palestina el «hogar nacional judío» que Herzl había soñado. Dos compromisos contradictorios. 

Durante ese tiempo, el Gobierno otomano desplazaba en masa a los armenios, sospechosos de ser amigos de los rusos. Decenas de miles de ellos murieron de agotamiento por las carreteras de Anatolia. Un cruel genocidio que la actual Turquía sigue negándose a reconocer. En 1917 se produjo un bajón de moral en todos los beligerantes. 

La Rusia zarista no sobrevivió a aquello. De hecho, los rusos, cuya independencia no se veía realmente amenazada, no entendían por qué luchaban. En febrero de 1917, el zar Nicolás II abdicó y fue encarcelado. El Gobierno de Kerenski, preso de la agitación obrera (los alemanes habían permitido a Lenin, exiliado en Suiza, atravesar en tren su Imperio para ir a sembrar la subversión en Rusia), firmó la paz en Brest-Litovsk. 

Aquélla era una formidable victoria para Alemania. Así pudo ocupar los campos de trigo de Ucrania. Y, sobre todo, sólo tenía que batirse en un frente. Pero, por suerte para los aliados, los jefes alemanes dieron entonces muestras de su presunción. Para hacer pasar hambre a Inglaterra, no dudaron en hundir con sus submarinos (un arma nueva y técnica en la que eran superiores) a los barcos de Estados Unidos que abastecían a Gran Bretaña. El 4 de abril de 1917, el presidente Wilson declaró la guerra a Alemania.

La intervención americana no tuvo la importancia militar que se afirma. En aquella época, Estados Unidos no tenía más que un pequeño ejército y, aunque consiguió enviar a Francia un millón de hombres, éstos fueron equipados, armados e instruidos por los franceses, y no entraron en batalla hasta julio de 1918. Además tuvieron muy pocas bajas. Pero esta intervención tuvo una importancia psicológica capital: compensaba simbólicamente la deserción rusa. La esperanza, después de un período de incertidumbre, volvió a los aliados. 

Por otra parte, no hay que exagerar, como pretende el conformismo antimilitarista actual, la importancia de los «motines» de 1917. Sólo se produjeron en la retaguardia, ningún soldado abandonó su puesto en las trincheras. El general Pétain, con mucha sensatez y muy poca represión (unas cincuenta ejecuciones), supo restablecer la confianza. El 16 de noviembre de 1917, la Asamblea Nacional invistió a Georges Clemenceau, a quien había nombrado Poincaré (aunque el presidente de la República no sentía ningún cariño por él). Pero el viejo (tenía setenta y siete años) supo galvanizar las energías y se convirtió en una especie de dictador al uso romano. 

De marzo a julio de 1918, los mejores generales alemanes, Hindenburg y Ludendorff, libres de preocupaciones en el este tras el hundimiento de Rusia, se dedicaron a lanzar furiosas ofensivas — Clemenceau, que había ascendido a Foch como jefe del Estado Mayor aliado, no se desalentó—. Finalmente, las ofensivas prusianas fueron aniquiladas. 

Desde entonces, la partida estaba jugada. Los ejércitos aliados hicieron retroceder, en octubre, a los ejércitos alemanes hasta la línea de salida. Desde Salónica, el ejército francés de Oriente, comandado por Franchet d'Esperey, aplastó a los búlgaros y amenazó a Austria subiendo hacia el norte. En Siria, el inglés Allenby hizo lo mismo con los turcos. Los italianos ganaron su primera victoria en Vittorio Véneto. El Imperio turco entregó las armas el 30 de octubre. El Imperio austríaco hizo otro tanto el 3 de noviembre. Al káiser sólo le quedaba huir a Holanda. El 11 de noviembre de 1918, el Gobierno alemán pidió el armisticio. Fue aceptado bajo unas condiciones draconianas: Alsacia-Lorena sería devuelta a Francia, el ejército alemán desmovilizado, la flota destruida y Renania ocupada por los franceses. 

Por lo tanto, Francia resultó victoriosa —junto a sus aliados, es cierto, pero dominando—. Sin embargo, el precio de esta victoria había resultado muy caro. De los ocho millones de hombres movilizados, más de dos millones habían resultado gravemente afectados; de ellos, 1.360.000 muertos: casi uno de cada cuatro hombres, uno de cada dos jóvenes. Ningún otro país beligerante había padecido, en proporción a su población, tan enormes pérdidas. 

A esto hay que añadir que la guerra se había desarrollado, principalmente, en territorio francés. Nunca en la historia del mundo, ninguna ciudad, ninguna patria, había pagado semejante precio por su supervivencia. Los campesinos resultaron diezmados. Cuando se recorre las aldeas de Francia, en los monumentos a los muertos se pueden leer decenas de nombres: no falta ni una sola familia... 

También la burguesía resultó afectada de un modo similar, desaparecieron centenares de estudiantes de los centros de estudios superiores, de militares de academia, decenas de escritores, entre ellos el autor de El gran Meaulnes, Alain Fournier, Péguy y Apollinaire. 

Hay que subrayar que los viejos imperios monárquicos y totalitarios (el de Alemania, el de Austria, el de los zares y el de los otomanos) no superaron la prueba. La democracia coronada inglesa tuvo mejor suerte. Sin embargo, hubo algo de romano (de la Roma de la República) en aquella débil democracia francesa que vivió varias crisis ministeriales durante la guerra, ¡pero aguantó! Es un error creer que la democracia es forzosamente incapaz. 

He señalado a menudo la importancia de que los gobiernos consigan la adhesión popular: la mentalidad rusa, alemana y turca cedió; la República de los Julios se mantuvo con Clemenceau. 

Quedaba ganar la paz. El tratado de Versalles (28 de abril de 1919) dio lugar al nacimiento de una Sociedad de Naciones y —junto a los tratados de Saint-Germain, de Sèvres y de Neully— reorganizó Europa. Pero el tratado de Versalles no fue ratificado por el Senado de Estados Unidos, que no participó (no más que Rusia) en la Sociedad de Naciones, instalada en Ginebra. El presidente Wilson, aquejado de una parálisis, vio cómo su candidato perdía las elecciones de 1920. Estados Unidos volvió a su aislamiento tradicional, del que  sólo le habían podido sacar las provocaciones alemanas. Inglaterra le siguió. 

Por supuesto, aparentemente Inglaterra y Francia triunfaban. Se repartieron las colonias alemanas (Camerún para Francia, Tanzania para Inglaterra). Se repartieron también el Imperio turco —Francia recibió Siria y Líbano, e Inglaterra, Irak—. Pero aquello era un timo. 

Los árabes de Siria, Palestina e Irak, engañados en sus esperanzas nacionales, irritados por la creación del hogar judío en Palestina, tuvieron la impresión, justificada, de haber sido traicionados. De ahí procede el resentimiento antioccidental (y antiisraelí) que explica muchos dramas actuales. 

Sin embargo, Polonia, liberada desde el siglo XVIII, renacía de sus cenizas como un Estado independiente con la ayuda de los franceses. Francia dominaba, en apariencia, el mundo —al menos el mundo continental: los océanos para los ingleses, los continentes para los franceses—. América y Gran Bretaña habían vuelto a sus políticas tradicionales (aislamiento americano y British Empire) y habían abandonado el reclutamiento. En cuanto a Rusia, era presa de la anarquía. 

El ejército francés seguía siendo hegemónico, presente en Alemania, Turquía y los Balcanes. Pero Francia estaba desangrada (al contrario que Alemania, cuyo territorio, apenas menguado, no había sufrido) y sin aliado para colmar su deseo de venganza contra los alemanes. Mientras que Alemania se mantenía como la primera potencia económica de Europa (y quizá del mundo).

En efecto, Clemenceau cometió el terrible error de borrar del mapa a Austria-Hungría. Es cierto que el Imperio de los Habsburgo había perdido la guerra. Pero, tras la muerte del viejo Francisco José, su sucesor, Carlos I, estaba dispuesto a una alianza con Francia (que debería haber existido para detener las ambiciones de Prusia desde Sadowa). 

Hubiera sido inteligente instigar a los pueblos de la doble monarquía para que permanecieran juntos convirtiendo el imperio en triple o cuádruple monarquía: los eslavos del norte o del sur accediendo al poder en igualdad con los húngaros y los austríacos. ¿Qué ganaron checos, eslovacos, croatas y húngaros con separarse? La invasión nazi y, después, cuarenta años de dominación soviética. La desesperanza y el servilismo. Francia habría encontrado en el Imperio que conservaban los Habsburgo, un útil contrapeso al poder de Berlín. 

El principio de las nacionalidades, llevado al absurdo, dio origen a estados débiles con poblaciones entremezcladas, cuando esos pueblos habían vivido durante siglos con los austríacos. Basta con visitar Praga, Budapest, Viena y Zagreb para comprobar su herencia común. Francia, que les ayudó a nacer, no pudo apoyarse en ellos cuando Berlín se volvió amenazante. Igual que el renacimiento de Polonia estaba justificado, la destrucción del Imperio de los Habsburgo fue un error. 

Hay que reconocer que el conformismo de la época empujaba a ello y que los nacionalistas eslavos tenían el viento a su favor. Pero Clemenceau, aun siendo el «padre de la victoria», no tuvo una mentalidad lo suficientemente abierta como para dominar sus reflejos antimonárquicos. 

Desde entonces, la Austria residual estaba condenada a desaparecer si quería permanecer dentro de la cultura alemana. Viena (que antes de 1914 era la capital de Europa, al igual que París, con los austro-marxistas y Freud) se sumergió en una profunda depresión: imaginad por un instante a París reinando sólo en Île-de-France. 

Y ya se sabe lo que ha sucedido con la única construcción inteligente ideada por París: la unión de los eslavos del sur, croatas y serbios, en Yugoslavia. ¡Cómo se ha podido fracasar tan absolutamente en la paz habiendo ganado con tanto coraje la guerra!

domingo, 17 de julho de 2016

La Belle Époque

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


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La Belle Époque


En Francia, después de la tragedia de la Comuna, el vencedor, Adolphe Thiers, fue nombrado jefe del Ejecutivo. En 1873 consiguió que Bismarck ordenara la evacuación del país (excepto Alsacia-Lorena) a cambio de una indemnización de guerra como contrapartida. Una vez se hubieron marchado los prusianos, el mariscal Mac-Mahon le sucedió en el poder. 

En consecuencia, aunque la Comuna había surgido de una insurrección de izquierdas el 4 de septiembre de 1870, la derrota y la propia Comuna habían empujado a la República muy hacia la derecha, lo que no se contradice con la Constitución de 1875, que, aprobada por referéndum con una débil mayoría, habría podido convenir una monarquía constitucional. La restauración monárquica fracasó como consecuencia de la obstinación del conde de Chambord, quien no quería conservar la bandera tricolor. 

La Tercera República durará hasta 1940. En mayo de 1877, los republicanos, tras ganar las elecciones legislativas, dieron al régimen un giro hacia la izquierda. Mac-Mahon se vio forzado a dimitir, y el poder real quedó repartido entre la Asamblea Nacional y el que entonces se llamaba presidente del Consejo, puesto que el presidente de la República sólo gozaba de un cargo honorífico. La «República de los Julios» (denominada así porque muchos de sus ministros se llamaban Julio; el más conocido fue Jules Ferry) pasó por muchas crisis, pero su gobierno fue grande. La crisis más famosa y la más grave fue el caso Dreyfus. Pero antes de esta crisis, los ciudadanos habían tenido tentaciones bonapartistas, encarnadas en un apuesto general, el general Boulanger (ministro de Guerra en 1884). Boulanger había ganado las elecciones de enero de 1889, pero no se atrevió a tomar el Elíseo, sintió miedo, huyó a Bélgica y allí se suicidó en 1891.

El caso Dreyfus fue mucho más serio. Al capitán Dreyfus, miembro de una familia judía de Alsacia, se le acusó, basándose en un simple parecido caligráfico, de haber entregado importantes secretos al agregado militar alemán. El capitán trabajaba en el servicio de información del Estado Mayor. Un consejo de guerra lo detuvo y juzgó con demasiada rapidez. La sentencia le condenó al penal de Guayana (octubre-diciembre de 1894). 

El caso estalló en 1896, cuando se empezó a sospechar que el culpable no era Dreyfus, sino otro oficial llamado Esterhazy. El Estado Mayor se negó a revisar el juicio y absolvió a Esterhazy, entonces, los intelectuales franceses se movilizaron para liberar a Dreyfus. En 1898, Émile Zola escribió en el diario L’Aurore su famoso editorial: J 'accuse. El juicio se revisó en 1899 y el general alsaciano recuperó, en 1906, todos sus derechos. 

Dreyfus fue víctima de una violenta ofensiva antisemita generalizada en Europa. En Rusia se vivía la época de los «progromos». Fue a consecuencia del caso Dreyfus cuando Theodor Herlz llegó a la conclusión de que era necesario crear en Palestina un refugio para los israelitas. Sin embargo, había «dreyfusianos», partidarios de la revisión del juicio, tanto de derechas (el padre de De Gaulle, Lyautey), como de izquierdas (Péguy, Zola). Todos los que en la actualidad utilizan el «caso» como ejemplo de una caza de brujas (y de antisemitismo) contra Francia olvidan que los intelectuales franceses, la audiencia, el ejército y la opinión pública hicieron justicia a Dreyfus. ¿En qué otro país, en aquella época, se habría declarado equivocada la razón de Estado? 

A pesar de las crisis, los aciertos de la «República de los Julios» fueron muchos. El primero de ellos se debe a Jules Ferry, quien en 1881 convocó a las urnas para votar una ley sobre la educación pública obligatoria hasta los catorce años. Aquélla fue la primera en el mundo. Los policías iban a buscar a los recalcitrantes. Se obligó a todos los municipios a construir una escuela (en la que los chicos y las chicas estudiaban separados; entonces no existía la escuela mixta). 

Al mismo tiempo, en todas las provincias, el Estado abría escuelas de magisterio para formar a los maestros. Estos maestros, a los que Pégui llama los «húsares negros de la República» enseñaban a los niños a leer y escribir, cálculo y ciencias naturales, pero también civismo y amor a la patria. En la calle de Ulm, en París, se creó la escuela de magisterio superior para formar a los maestros de los maestros. 

Francia se convirtió en un pueblo completamente alfabetizado. Los periódicos entonces tenían unas tiradas de uno o dos millones de ejemplares (contra los doscientos o trescientos mil de hoy en día). La Tercera República convirtió La Marsellesa en el himno nacional, y el 14 de julio en la fiesta nacional. El Estado adoptó el rostro de «Marianne» como símbolo. En 1901 se votó una ley fundamental (aún en vigor) que reconocía la total libertad de asociación para los ciudadanos. Basta con tener un presidente, un secretario y un tesorero, además de entregar los estatutos y el objetivo de la asociación en la Jefatura de Policía. Por eso existen en Francia miles de asociaciones. 

El país tenía en la Asamblea sus cimientos políticos: dos derechas (una liberal y otra bonapartista) y dos izquierdas (una liberal y otra totalitaria). 

La República también supo facilitar la promoción social y reclutar a un nuevo personal dirigente: el maestro de los pueblos detectaba a los buenos alumnos y los enviaba internos a la capital de la provincia; si respondía a las expectativas, viajaba a París para ingresar en las Escuelas Superiores. 

Sin embargo, como contaba con el apoyo de las clases medias de la ciudad y del campo, la República no fue tan clarividente en materia social. Había autorizado los sindicatos en 1884, pero subestimó las condiciones miserables en que se encontraban los obreros. La industrialización era violenta. La represión de la Comuna había dejado malos recuerdos a los obreros; recíprocamente, los republicanos temían a los agitadores. 

También la Segunda Internacional, nacida en 1889, fue mucho más reivindicativa que la primera, y la agitación obrera continua. En 1895 se fundó la CGT [Confederación General de Trabajadores], (el partido laborista inglés, en 1901), poco antes que la SFIO, la Sección Francesa de la Internacional Obrera, de Jean Jaurès (1905). El marxismo se convirtió en un modo intelectual apremiante y fueron muchas las huelgas. 

Paradójicamente, el papa León XIII, en su encíclica Rerum novarum, se mostraba más abierto a la cuestión social que los republicanos. León XIII, sin embargo, recomendó a los católicos apoyar el régimen y olvidar sus ilusiones monárquicas: fue la consigna de la «adhesión». A pesar de esto, el conflicto entre la Iglesia y la República dominó una época en la que clericales y anticlericales se enfrentaban con facilidad. En 1905 se votó la famosa ley de «Separación entre Iglesia y Estado». Desde Enrique IV, la ciudadanía en Francia no se sentía vinculada a la religión, pero el concordato napoleónico (acto legítimo pero de circunstancia) seguía garantizando a la Iglesia católica un estatuto particular (el Estado pagaba a los sacerdotes). La separación puso fin a aquella situación. Al final, ganó la Iglesia. 

En Francia están autorizados tanto los creyentes como los ateos, lo que se llama «laicidad». Esto no significa que el Estado no mantenga ninguna relación con los cultos, el ministro de Interior está obligado a debatir con las distintas religiones las cuestiones prácticas que plantea su libre ejercicio. Sin embargo, aquella reforma fue impuesta de una manera demasiado violenta. Las congregaciones religiosas fueron proscritas y se censó el inventario de la Iglesia; los edificios religiosos construidos antes de 1905 pasaban a ser propiedad del Estado. Pero los moderados de la República y de la Iglesia consiguieron evitar los enfrentamientos frontales. Se abandonaron los inventarios. 

La laicidad francesa, una idea original, está aislada en una Europa en la que la reina de Inglaterra es el Jefe de la Iglesia anglicana, los alemanes pagan impuestos «religiosos», igual que los italianos, españoles y polacos. De hecho, en muchos Estados no existe la religión oficial. Éste es el caso de Estados Unidos. Pero sólo Francia (junto con México) es perfectamente neutra y no confiere ninguna marca de reconocimiento a una religión particular. Y, sobre todo, pocos estados protegen a los agnósticos. 

La Belle Époque fue también la de la segunda Revolución industrial. La primera, que dominó Inglaterra, había sido la del carbón, el ferrocarril y el acero. La segunda fue la de la electricidad, que entonces se aprendió a transportar. La electricidad no era tanto una energía como un modo cómodo de transportar la energía, pues siempre es necesario que la producción se corresponda, en el mismo instante, con la demanda. También fue la de la generalización del uso del petróleo, mucho más fácil de manipular que el carbón. A partir del petróleo, en 1883 se inventará el motor de explosión. El motor de explosión dio origen al automóvil y a la aviación. Los cálculos técnicos estaban hechos desde hacía mucho tiempo, pero a Leonardo da Vinci le faltaba un motor lo suficientemente potente y ligero como para mover sus máquinas. 

Estados Unidos y Francia fueron los países pioneros de la segunda Revolución industrial. En 1903, los hermanos Wright consiguieron que un primer avión (así lo llamó el francés Clement Ader) volara en América, pero Francia fue la patria de la aviación: en 1909, Blériot sobrevoló el canal de la Mancha y, en 1913, Roland Garros cruzó el Mediterráneo. El automóvil se extendió por todas partes. El americano Edison creó el micrófono y el fonógrafo. La fotografía la habían inventado Niepce y Daguerre; los hermanos Lumière proyectaron su primera película (L'Arroseur arrosé) en 1895. En 1898, Pierre y Marie Curie descubrieron la radioactividad y, a partir de 1905, Einstein formuló su teoría de la «relatividad universal» (en Alemania y en Suiza). Freud, en Viena, inauguró las primeras terapias de psicoanálisis a partir de 1895. La telegrafía sin hilo la puso a punto Édouard Branly. Empezaba la era de la radio. 

Para conmemorar con dignidad el centenario de la Revolución, en 1889, la República organizó en París una exposición universal. Pensando en aquella exposición, el ingeniero Eiffel construyó una torre (en principio provisional) en el Campo de Marte. En el parque de las Tullerías se invitó a un banquete a todos los alcaldes de Francia. 

Por otra parte, en aquella época se cruzaban fácilmente las fronteras sin pasaporte (La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne). Aquel final del siglo XIX fue infinitamente más «globalizado» que la actualidad. Había mucho menos papel mojado, mucho más comercio internacional y movimientos migratorios. 

Francia, superada en hegemonía por Gran Bretaña y amenazada por Alemania, brilló con luz propia. En los bares del barrio de Montparnasse, en París, se reunían los mejores pintores: Corot, Manet, Monet, Picasso, Degas, Seurat, Toulouse Lautrec, Van Gogh, Cézanne, los impresionistas, los cubistas, los fauvistas... Una explosión de arte plástico sólo comparable con el del Renacimiento italiano. 

En literatura ya hemos visto a Zola y a Péguy en relación con el caso Dreyfus; además surgían genios como Proust (En busca del tiempo perdido empezó a aparecer en 1913), Gide (quien publicó Los alimentos terrestres en 1897) y los grandes poetas —Rimbaud, Verlaine y Wilhlem Apollinaris de Kostrowitzky (quien adoptó el pseudónimo de Guillaume Apollinaire)—, que ilustraban las letras francesas a la sombra de los grandes hermanos mayores del Segundo Imperio: Baudelaire y Flaubert, quienes habían desaparecido recientemente. En los funerales de Victor Hugo —que había vuelto del exilio con la República—, celebrados en el Panteón en 1885, se alcanzó la cumbre de la liturgia republicana. (La historia de esta ceremonia la escuchó muy a menudo uno de los autores de este libro de boca de su abuelo, Théodule Ladislas-Albert Barreau, quien asistió a ella a la edad de veinte años.) 

Ésta es la razón por la que aquella época, a pesar de la miseria obrera, está legítimamente calificada como Belle [bella], puesto que se creía en el progreso: «La humanidad se levanta, todavía vacilante pero, con la frente bañada por la oscuridad, camina hacia la aurora». La felicidad procede de la esperanza, mucho más que del dinero. Nuestra época es infinitamente más rica en el aspecto material, pero los jóvenes, mucho más mimados, tienen menos esperanza. 

Por otra parte, éste fue un período de paz. La guerra de 1870 había sido corta y la de Secesión lejana. En cuanto a las expediciones coloniales, que exaltaban a Psichari, y sus sombras (represiones, masacres), se ignoraban. Una vez más, se consideraba superada la posibilidad de la guerra. En 1911, Norman Angell, ensayista inglés, se permitía escribir: «La guerra entre Gran Bretaña y Alemania es imposible, porque si se produjera se arruinarían las Bolsas de Londres y de Berlín...». 

Sin embargo, las amenazas pesaban sobre el siglo. El gran Imperio austríaco caía en la ruina. En 1867, Francisco José se veía obligado a conceder una amplia autonomía a Hungría. Desde entonces se habló de «Austria-Hungría». Pero checos y croatas se agitaban. A pesar de todo, los Habsburgo ocuparon en 1878 Bosnia, arrancada al Imperio otomano y que contaba con un número importante de población serbia (que soñaba con anexionarse a la Serbia independiente). La anexión se produjo en 1908. Las reivindicaciones de los eslavos del sur fueron incrementando su violencia, adquiriendo un carácter terrorista. 

Las islas británicas, por su parte, se veían desgarradas por el patriotismo irlandés. En Irlanda, el Sinn Fein («nosotros solos») de Arthur Griffith reclamaba el Home Rule, que Westminster rechazó en 1886 y 1892, a pesar del primer ministro Gladstone. Este bloqueo desembocó en un levantamiento sangriento contra los ingleses en la Semana Santa de 1916 (en plena guerra). Pero más tarde, las amenazas procedieron de la expansión alemana.

Unificada e industrializada, Alemania, con sesenta y siete millones de habitantes, se había convertido en la primera potencia económica de Europa. Buscaba su lugar bajo el sol. En 1890, el káiser se deshizo de Bismarck. Éste se retiró a Pomerania, criticando con amargura al emperador, y murió en 1898. Guillermo II, nieto de Guillermo I (reinaba desde 1888), no valía lo mismo que su abuelo. A pesar de su formidable industria, Alemania sólo se había quedado con las migajas del festín colonial. Alsacia-Lorena le había alineado con los franceses; entonces, Guillermo entró en conflicto con el zar, su aliado tradicional. 

Como contrapartida, Alemania ejercía una especie de protectorado sobre Austria-Hungría y Turquía; pero se trataba de imperios inestables. Su ejército, el más poderoso del mundo, era tan fuerte que Guillermo II, muy poco inteligente, se creyó invencible. Con el fin de deshacerse para siempre de Francia, el Estado Mayor alemán había ideado un plan, el plan Schlieffen, que consistía en sorprender al ejército francés por la espalda violando la neutralidad de Bélgica. Imparable estratégicamente, aquel plan —que recuperó Moltke, sucesor de Schlieffen, en 1906— era políticamente absurdo por lo evidente que resultaba que Gran Bretaña, que había creado Bélgica para salvaguardar Amberes, nunca aceptaría la ocupación de ese país por parte de un ejército continental. De hecho, ésta había sido la razón principal de su encarnizada oposición a Napoleón. Y Alemania, a pesar de sus recientes construcciones navales, no tenía medios para enfrentarse en altamar a la flota inglesa. 

Además, Guillermo II, a quien Moltke mantenía aislado, estaba convencido de que el Reich aplastaría a Francia en pocas semanas, igual que en 1870. Pero Francia había cambiado desde el Segundo Imperio. Ahora estaba dotada de un ejército de reclutamiento que compensaba con la duración del servicio militar (tres años) la inferioridad de su población (treinta y nueve millones). 

Como consecuencia de su malthusianismo demográfico, Francia, el país más poblado de Europa en 1815, se había convertido en la potencia con menor población, superada por Alemania, Rusia e Inglaterra. 

Pero la Francia de los maestros patriotas esperaba, con la «revancha», recuperar Alsacia-Lorena. La rápida victoria de griegos, serbios y búlgaros frente a los turcos en 1913 reafirmó a Guillermo II y a Moltke en su idea de «guerra iluminada». 

El tratado de Londres, de ese mismo año, expulsó a los otomanos de Europa, excepto de Constantinopla. Aquello no convenía a los alemanes, aliados del Imperio turco: Alemania alentó a los búlgaros, descontentos con el tratado, a volverse contra sus aliados. Los otomanos vencieron a Bulgaria, esa guerra les permitió recuperar Andrinópolis y a los alemanes implantarse aún más en el Imperio turco. 

El 28 de junio de 1914, un joven nacionalista serbio-bosnio asesinó al archiduque de Austria y a su esposa en Sarajevo, Bosnia. El Gobierno serbio probablemente no tenía ninguna relación con el atentado, pero Austria-Hungría aprovechó la ocasión para acabar con el eslavismo que comprometía la solidez del Imperio.

El 23 de julio, el Gobierno de Viena remitió un ultimátum al de Belgrado, que incluía una cláusula inaceptable (la participación de Austria en la investigación llevada a cabo en Serbia). Con la excusa de esa negativa, Austria declaró la guerra a Serbia el 28 de julio. Este conflicto habría podido quedar como un conflicto local de los Balcanes si no hubiera sido por la inconsciencia de Guillermo II y de su Estado Mayor, que estaban convencidos de que debían aprovechar las circunstancias para eliminar a Francia. 

Creían que, como en 1870, Francia quedaría aislada. Pero ya hemos visto que, desde Napoleón III, Francia había cambiado de enemigo hereditario. Preocupados por la expansión germánica, Inglaterra y Francia se habían acercado a través de la Cordial Entente, firmada en 1904. Además, el Imperio del zar, protector natural de la ortodoxia, no podía desentenderse de la suerte de Serbia. 

El 29 de julio, Rusia se movilizó y el 1 de agosto arrastró con ella la movilización muy organizada del poderoso y moderno ejército alemán. Como medida de precaución, Francia también se movilizó. El 3 de agosto, París recibió la declaración de guerra de Alemania. Puesto que Berlín ya había violado la neutralidad de Bélgica —con la aplicación del plan Schlieffen—, Gran Bretaña reaccionó declarando, para sorpresa de Guillermo II, la guerra a Alemania... 

La Primera Guerra Mundial había empezado, desencadenada por la irresponsabilidad y la presunción de Moltke y de Guillermo II. Este será el fin del siglo XIX. Una espantosa aventura en la que se vieron ensombrecer las esperanzas pacifistas. 

El asesinato del socialista Jean Jaurès el 31 de julio, la víspera del conflicto, no impidió que, a pesar de las ilusiones de la Internacional, los obreros franceses aceptaran con entusiasmo la movilización. Los obreros alemanes hicieron otro tanto. Nosotros, que conocemos las dimensiones de la masacre, no podemos juzgar como absurda aquella actitud. Pero ¿tenía elección la República? Un segundo fracaso de Francia en cincuenta años habría borrado del mapamundi al país. Si un hombre de Estado tan hábil como Bismark se había dejado llevar exigiendo la anexión de Alsacia-Lorena, se pueden imaginar las exigencias que habrían tenido los enanos políticos que fueron Guillermo II y Moltke.

sábado, 16 de julho de 2016

Estupradores e medeias

- Texto de Mário Chainho
medeia

(Eugène Delacroix, 'A Fúria de Medeia', ou 'Medeia Prestes a Matar seus Filhos', óleo sobre tela, 1862)

Dizer que todo o homem é potencialmente um estuprador é o mesmo que afirmar que toda a mulher é uma Medeia em potência. Em Portugal, num espaço de poucas semanas, três mulheres acabaram por matar os filhos, quando também tentavam se suicidar, tendo o objectivo de se vingar dos maridos. No modo de raciocinar que se tornou habitual, estes exemplos seriam suficientes para criar uma mancha sobre todas as mulheres.
Raciocínios deste tipo são obviamente forçados mas rapidamente espalham-se pelas redes sociais como ‘slogans’ mobilizadores de idiotas vazios de sentido, que na sua histeria vão repeti-los para um círculo mais alargado até eventualmente se incorporarem no “senso comum”, especialmente se patrocinados pela comunicação social.
Mas quase todo o tipo de manipulação de massas parte de algum erro de lógica, de categorização ou de interpretação. Quando se diz que todos os homens ou mulheres são em potência alguma coisa, isto é uma argumentação de tipo erístico que confunde propositadamente o ‘possível’ com o ‘provável’. Todos os seres humanos têm a possibilidade de serem santos ou monstros, mas a probabilidade disso acontecer para uns é de 99% e para outros é de 0,01%. A tentação de conceber apenas percentagens de 0% ou de 100% mostra o ódio moderno ao livre arbítrio, a tentativa de eliminar o ser humano como “variável da equação” e torná-lo numa constante. Isso gera inevitavelmente um certo fatalismo, ou seja, o indivíduo acha que para ele quase tudo é impossível de alcançar com a excepção de umas poucas coisas, que são inevitáveis ou obrigatórias. Ele sente-se menos livre do que um animal doméstico ou mesmo do que um rato de laboratório.
Quase todos nós vivemos numa certa mediocridade, afastada tanto da santidade quanto da monstruosidade. Na verdade, estamos tão afastados que as consideramos coisas igualmente temíveis, mas talvez a santidade seja uma coisa mais aterradora por ser tão desconhecida. O ser humano perde a noção de quem é e do que pode fazer quando estas possibilidades remotas saem do seu horizonte de consciência. Todos nós estamos imensamente afastados da santidade mas, se essa possibilidade ainda está presente para nós de alguma forma, em momentos especiais somos capazes de actos de auto-sacrifício ou de uma coragem extrema. Por outro lado, se descartamos a hipótese de nos tornarmos monstros, isso abre a porta para cairmos da mediocridade para a bestialidade sem percebermos, porque continuamos achando que somos pessoas “normais”. A possibilidade de sermos monstros é não apenas um aviso, ainda que remoto, mas também pode ser útil em situações em que somos agredidos, porque naqueles momentos ou nos tornamos predadores ou somos vítimas inermes de um sacrifício.
Mas quando alguém diz que todo o homem é um estuprador em potência (ou que toda a mulher é uma Medeia disfarçada), não quer afirmar que existe uma pequena probabilidade disso acontecer mas sim que a probabilidade é grande, ao ponto de quase afirmar que a verdadeira natureza do homem é a de ser estuprador, não a colocando mais vezes em prática apenas por receio de ser punido. A monstruosidade deixa de ser uma hipótese limite e passa a ser a norma, ainda que encoberta. A possibilidade de santidade obviamente que desaparece neste cenário.
A ideia de que todo o homem é um estuprador em potência é, num certo sentido, reforçada com a imagem de que vivemos numa “cultura do estupro”, porque ambas reflectem a propaganda feminista de que o homem não presta e tem uma dívida histórica para com a mulher. Na verdade, são ideias que se cancelam uma à outra. Se o homem é naturalmente um estuprador, então, não é necessário um reforço cultural, porque sempre que ele tiver oportunidade iria violentar as mulheres. A cultura é algo que redirecciona as inclinações naturais ou que cria algo diferente delas. A “cultura do estupro” seria a coisa mais ineficiente do mundo porque com toda a propaganda ao sexo desregrado, com a impunidade de crimes sexuais em muitos sítios e com a pretensa natureza de estuprador dos homens, ainda assim, o número efectivo de estupradores é ínfimo.
Podia terminar dizendo que não existe cultura do estupro em relação ao corpo mas em relação à inteligência. Mas nem isso é muito certo. Realmente existe a tentativa de imposição de uma cultura do estupro com a apologia cada vez mais descarada da apologia. E uma cultura de Medeias também já está em pleno andamento em muitos países, com o aborto livre.

(Fonte: MSM)