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sexta-feira, 29 de janeiro de 2016

Toda la Historia del Mundo (Barreau & Bigot) - início



Toda la Historia del mundo

- De la prehistoria a la actualidad -

Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot

 Índice
* Los desmemoriados
1. La prehistoria 
2. Los ríos nutricios, los primeros Estados, Las religiones
3. El Mediterráneo: cretenses, griegos, fenicios y judíos
4. El Imperio persa y el mundo griego
5. Alejandro Magno o la primera globalización
6. El mundo se inclina hacia el oeste: Cartago y Roma, Aníbal y César 
7. El Imperio romano o el primer apogeo histórico
8. El judeo-cristianismo
9. Los tiempos bárbaros o el declive
10. La época del islam
11. La Edad Media o la reconstrucción del mundo. Las cruzadas 
12. El nacimiento de las naciones. La guerra de los Cien Años
13. Los grandes descubrimientos y la muerte de las civilizaciones precolombinas
14. El Renacimiento, Carlos I de España y V de Alemania y Francisco I
15. Las Reformas y las guerras de religión
16. El gran siglo XVII
17. El Siglo de las Luces
18. La Gran Revolución 
19. El Imperio
20. Las «réplicas» de la Revolución. El fracaso de las restauraciones
21. La Europa de las naciones
22. Estados Unidos y la Secesión
23. La conquista colonial. Japón
24. La Belle Époque
25. La Gran Guerra
26. La tentativa de una revolución mundial
27. La crisis, el New Deal, el nazismo
28. Hitler y las democracias  
29. La campaña francesa
30. La apuesta de la Francia libre
31. La II Gran Guerra Mundial
32. La Guerra Fría
33. La descolonización. La guerra de Argelia
34. Israel y los palestinos
35. La caída de la URSS, la globalización
36. El World Trade Center, la demografía y el futuro
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Los desmemoriados

En Francia, hace un siglo, todo aquel que sabía leer también sabía situarse en el tiempo y en el espacio. Un manual redactado por dos eminentes profesores, el «Malet-Isaac», mencionaba las referencias históricas y geográficas que conocían las personas que habían superado el graduado escolar.

Sin embargo, esto ya no es así. La mayor parte de los franceses, y de los occidentales en general, se han convertido en personas sin pasado, en «desmemoriados» (esta palabra describe bastante bien la situación).

Por una irónica paradoja, nunca se ha hablado tanto del «deber de la memoria» como en esta época de olvido; ya se sabe, sólo se insiste en una cualidad  cuando ésta se ha olvidado.

Hasta hace poco tiempo, aún se escuchaba a los franceses quejarse cuando no se sentían contentos: «Si una vez hicimos la Revolución, podríamos volver a hacerla», manifestaban así que eran conscientes de una bonita continuidad histórica.

¿Qué encontraríamos hoy en la cabeza de sus hijos (al menos en la de los que no han cursado el tercer ciclo)? ¡Un caballero de la Edad Media con su armadura, cabalgando sobre un cohete interplanetario, a modo de caballo, en un lugar indeterminado! La película en varias entregas El señor de los anillos, una epopeya que no se desarrolla en ninguna parte, nos proporciona con su éxito el testimonio de la ignorancia universal.

La culpa no es de nuestros contemporáneos si se ha descuidado instruirles sobre hechos y lugares. Un mundo apremiante ha querido sustituir el estudio de la historia cronológica por el de los temas que cabalgan por los siglos, del tipo «Los medios de comunicación a través de los tiempos».

En cuanto a los lugares, todos son iguales para los apresurados técnicos que ya no quieren tener en cuenta los parajes, las ciudades actuales alinean por todas partes las mismas torres de cristal.

Dentro de este barullo, los paisajes se difuminan, las culturas se disuelven, las historias colectivas se borran. Esta mezcolanza provoca la desaparición de aquello que permitía a los individuos efectuar el inventario de su herencia.

Si a esto se añade un tremendo desprecio por el pasado lejano y el culto a lo «inmediato», se entiende que nuestra modernidad fabrique más consumidores, «zapea-dores» e hijos de la publicidad que ciudadanos responsables, deseosos de comprender y construir.

Así pues, hay que ponerse en guardia: la misión más importante de una civilización es transmitir a sus hijos un patrimonio - queda a cargo de estos últimos rechazar, dilapidar o hacer fructificar esa herencia.

Cuando en la noche de Pascua, un joven israelí interroga de manera ritual a los adultos que lo rodean sobre el sentido del rito que se celebra, éstos le responden, de un modo no menos ritual, con el relato de la liberación del pueblo judío de la esclavitud egipcia. Este hecho, expresado de un modo sobrecogedor durante la cena pascual del judaísmo, constituye el acto fundamental de la educación.

No fue por casualidad que Pol Pot, en Camboya, quisiera arrancar radicalmente a los jemeres de su pasado: sabía lo que se hacía. De este modo, sin esas preguntas del discípulo al maestro, sin la transmisión de los maestros a los más jóvenes, deja de subsistir la civilización y sólo queda la barbarie; ni siquiera sobrevive la especie humana, lo que subrayaremos haciendo alusión a la prehistoria. Esta convicción nos ha empujado a intentar contar la historia de los hombres.

Sabemos que numerosos profesionales, muy eruditos en tal o cual cuestión, escriben cantidad de obras, la mayoría excelentes, que se publican todos los años (por ejemplo, en esta misma editorial); pero esas historias tratan de problemas concretos, de épocas precisas y de personajes aislados. Y nuestros contemporáneos — que no han aprendido en el colegio la cronología — no encuentran ningún equivalente actual al «Malet-Isaac», (que, es verdad, se ha reeditado en bolsillo, pero ese manual daba por supuesta una enseñanza de Historia que ya no se proporciona).

En la actualidad, la gente tiene dificultades para hacer un estudio comparativo de los temas, para situarse en la cadena del tiempo. Sin embargo, Malraux nos explica en sus Antimemorias que sin un punto de comparación, los problemas dejan de ser comprensibles. «Pensar es comparar», escribe.

¿Es posible, por tanto, descifrar la actualidad sin referencias históricas; si los acontecimientos más actuales siempre se enraizan en un pasado lejano? ¿Cómo situar, por ejemplo, las guerras de Irak sin haber oído hablar de Mesopotamia?

Sin referencias cronológicas ni geográficas, los telediarios se transforman en historias fantásticas, en episodios de "El señor de los anillos". Sus imágenes nos disgustan sin que nos sintamos concernidos.

Hoy en día se ve todo, de inmediato, en directo, pero no se entiende nada. En las librerías se encuentran excelentes diccionarios históricos, pero para consultar un diccionario hay que saber por dónde hincarle el diente. En los monitores de internet aparece más o menos todo lo que se busca, pero en la «red», en la «web», coexisten lo mejor y lo peor, y sin cultura general se hace difícil distinguir lo uno de lo otro.

De ahí la idea simple, ambiciosa y modesta a la vez, de escribir un libro bastante corto que sea el relato de la historia del mundo; un relato necesariamente incompleto y orientado desde el punto de vista de sus autores, por lo tanto discutible, pero firmemente cronológico.

Retomando el título de una famosa colección de libros franceses, «La historia contada a mi hija o a mi hijo», nuestra historia se dirige a todos los lectores que deseen «encontrarse», y situar sus destinos personales (para lo que multitud de psicólogos les ofrecen sus servicios) en la gran historia colectiva, heroica y trágica, absurda o llena de sentido, de la especie humana.

Nosotros hemos querido «narrar» un relato cronológico; un cuento, es verdad, pero el más apasionante (la realidad supera la ficción), basado en lo real y no en las fantasmagorías de la literatura fantástica (género literario que se puede apreciar, pero solamente sabiendo que es «fantástico»).

Este libro no es un libro de sabios. Pretende ser una especie de resumen de la historia de la humanidad; rudimentario, aunque lleno de acercamientos sorprendentes y de cuestiones impertinentes; un cuento verdadero en donde el lector podrá encontrar interpretaciones discutibles de hechos que no son cuestionables. Está dirigido a todos, con excepción de los historiadores de oficio...


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