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segunda-feira, 29 de fevereiro de 2016

Los ríos nutricios, los primeros estados, las religiones (Barreau & Bigot)

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo",
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)

3. Los ríos nutricios, los primeros estados, las religiones


"Hay que dejar claro (es una de las lecciones de la Historia)
que las ideas son las que hacen avanzar a los hombres.
La economía es importante, el marxismo lo ha subrayado;
pero, al contrario de lo que pensaba Marx,
no es el motor supremo del ser humano.
El fondo del hombre es metafísico,
como hemos señalado al describir su surgimiento
en la prehistoria."


Probablemente fue la presión del clima la que transformó a algunos primates en seres humanos. Esta misma presión es la que hizo que la historia sucediera a la prehistoria.

La última glaciación finalizó hace aproximadamente catorce mil años. Retrocedieron los glaciares, subió el nivel del mar, surgió el Sahara.

Los cinturones de desierto en la Tierra son característicos de los períodos interglaciares. Al mirar las fotos de los satélites, esos cinturones se ven a primer golpe de vista en nuestro Planeta Azul. En el hemisferio norte se distinguen los desiertos americanos (que se nos han hecho familiares gracias a las películas del Oeste); luego, más allá del Atlántico, un gran desierto continental que empieza en Mauritania y acaba al norte de China. Se conoce con nombres diferentes — Sahara, en África; desierto Arábigo, en Oriente Próximo, desiertos de Irán y de la India occidental y desierto de Gobi —, pero es el mismo. Este desierto va perdiendo dureza de oeste a este: muy rudo en Tanezruft, relativo en las estepas mongolas.

Durante el transcurso del último período glaciar, los hombres cazaban en el Sahara, cubierto de hierba y surcado de ríos. Se sabe porque los cazadores dejaron pinturas rupestres ricas en vegetación y caza. La desertización los condenó a la hambruna.

Por fortuna había ríos que atravesaban el gran desierto continental por cuatro lugares. A estos ríos nunca les faltó el agua, puesto que bebían de fuentes que se encontraban más allá del desierto, en montañas bien regadas.

El más famoso de estos ríos es el Nilo, que nace de una fuente en Uganda, en el lago Victoria, y recibe afluentes de las alturas etíopes, regiones en las que llueve. Por lo tanto siempre conserva suficiente agua para cruzar el Sahara de norte a sur y desembocar en el Mediterráneo.

La segunda región por la que discurren ríos perennes es Mesopotamia. Aquí hay dos ríos, el Éufrates al oeste y el Tigris al este, que se unen para desembocar en el golfo Pérsico. Corren de norte a sur, siempre con agua porque proceden de las montañas ricas en agua del Kurdistán.

El tercer lugar es el desierto de la India, regado de norte a sur por el río Indo, que, junto a sus afluentes, nace en el Himalaya.

El último es la estepa china, salvada de la sequía por el río Amarillo, que llega desde las montañas para morir en el Pacífico.

Evidentemente, los cazadores prehistóricos fueron a refugiarse junto a estos ríos. Pero en sus orillas ya no podían vivir de la caza; no había suficiente espacio. Entonces inventaron la agricultura, una fantástica revolución que en términos cultos se conoce con el nombre de Neolítico («nueva edad de piedra»).

Cerca de los ríos crecían cereales silvestres. Los cazadores prehistóricos ya condimentaban sus menús con plantas. La genial idea fue seleccionar las mejores, sembrarlas y arrancar el resto. Al mismo tiempo, empezaron a domesticar ganado en lugar de cazarlo.

Las consecuencias de esta mutación técnica fueron formidables. ¿Por qué? Porque la agricultura permite, sobre idéntico territorio, alimentar a cien veces más hombres que la caza. Por ejemplo, el actual territorio francés puede mantener a trescientos mil cazadores como máximo y alimentar a treinta millones de campesinos.

De pronto, la humanidad, que durante los años de bonanza podía reunir como mucho a unos millones de individuos en el planeta, tras la revolución agrícola contó con unos centenares de millones de hombres, cifra que ya no variará hasta la Revolución industrial del siglo XIX, ¡ocho mil años más tarde!

La humanidad dejó de ser una especie amenazada para convertirse en una especie amenazante también para el medio ambiente —. Puesto que se acaba de constatar que una gran parte de la contaminación es de origen agrícola: emisiones de metano por los cultivos y los arrozales, las roturaciones, etcétera.

Cierto es que todo esto no ha sucedido en un día (en Jericó, hacia el 8850 a.C, ya aparecen mercados agrícolas amurallados), pero sí bastante rápido, en virtud de la velocidad propia del hombre debida a la transmisión cultural.

Fuera de estas cuatro regiones mencionadas seguía la vida prehistórica. Sin embargo, en estos cuatro lugares, la humanidad no cambió desde el punto de vista psicológico sino desde el de la organización.

Una tribu prehistórica son doscientas personas — cazadores, mujeres, niños, chamanes, ancianos — en continuo desplazamiento; en Egipto pronto fueron millones de campesinos y un Estado.

El Estado nació por primera vez en Egipto debido al reparto de las aguas. Como en ese país no llueve prácticamente nunca, los cultivos dependen por completo del regadío. Los pobladores de la zona alta (de río arriba) tenían tendencia a consumir toda el agua en detrimento de los de la zona baja (de río abajo). Ambos se enfrentaron por el agua y luego pensaron que sería preferible tener un rey, el faraón, que vigilara el reparto equitativo del agua.

El segundo factor es que los campesinos necesitan imperiosamente la paz. El cazador prehistórico era guerrero. El campesino ya no tiene tiempo suficiente para la guerra. Utiliza el tiempo para sembrar, labrar y recolectar — trabaja durante toda la jornada —. No obstante, también necesita protección; si los nómadas o bandidos se comen su trigo o matan a su ganado, muere de hambre. De ahí la necesidad de un Estado que asegure el orden; más cuando, precisamente, la agricultura produce un excedente alimentario que permite alimentar a un rey y a los militares. El Estado grava ciertos impuestos, pero es un mal menor respecto al bandolerismo.

Estas consideraciones sobre el Egipto faraónico no son especulaciones del pasado; son muy actuales. Las hambrunas en el mundo actual están muy relacionadas con el desorden, el pillaje, con la desaparición de los Estados — como sucede, por ejemplo, en África, devastada por guerras civiles —. Cuando vuelve el orden, el campesino se reencuentra en el camino de la recolección, pero para él, la anarquía es el horror.

El Estado es una fuerza armada especializada, pero también es una administración. Porque hay que ocuparse de la gestión de los excedentes, conservar el grano en los graneros en previsión de años malos (las épocas de las «vacas gordas» y de las «vacas flacas» que se relatan en la Biblia). Para gestionar ese grano, se impone la escritura; hay que llevar al día los libros. Por lo tanto, la revolución agrícola trae consigo la invención de la escritura. Y en el momento en que nace la escritura, entramos en la Historia, puesto que ya nos podemos fiar no sólo de la arqueología, sino también de los libros del pasado. La escritura es el criterio técnico que distingue la Historia de la prehistoria.

La escritura nace de un modo natural, de la multiplicación de pequeños dibujos estilizados que se llaman «ideogramas» (los jeroglíficos egipcios). Estos ideogramas son de fácil concepción, pero exigen mucha memoria porque existen miles de ellos, de ahí el nacimiento de una casta de escribas. De este modo, la escritura nació en Egipto, tres o cuatro mil años antes de Jesucristo, por lo tanto, hace cinco o seis mil años. En la actualidad, chinos y japoneses todavía conservan este tipo de escritura.

El Estado nace en Egipto porque allí la necesidad climática hace imperiosa su existencia, con el Nilo discurriendo por el medio del Sahara. Ese Egipto independiente de la Antigüedad durará veinticinco siglos. Se trata de una población muy numerosa, de siete a ocho millones de habitantes, gobernada por un Estado muy organizado. La historia del antiguo Egipto es fácil de entender: cuando el Estado es fuerte, hay abundancia; cuando el Estado se descompone, aparecen la anarquía y las invasiones: los beduinos del desierto, los hicsos llegados del este.

Hay cuatro períodos de poder: el Imperio Antiguo, hacia 2800 a.C; el Imperio Medio, hacia 2000 a.C; el Imperio Nuevo, hacia 1500 a.C, y la dinastía «Saita», del 663 al 526 a.C. La historia del Egipto independiente acaba con la conquista persa en 525 a.C. (y no vuelve a empezar hasta 1950, con Nasser). Esos períodos de poder se ven entrecortados por tres largas épocas de anarquía.

El primer faraón del Imperio Antiguo se llamaba Menes y la capital se situaba en Menfis (no lejos de la actual, El Cairo). Durante el Imperio Antiguo fue cuando se construyeron las pirámides y las tumbas de los faraones Keops, Kefrén y Micerinos. Ante ellas puede entenderse la extraordinaria revolución técnica que significó la revolución agrícola.

En el momento en que hay un Estado, una administración y un ejército, pueden construirse pirámides para mayor gloria de los reyes. Los excedentes agrícolas permiten mantener a los escribas, soldados, artesanos y a todos los individuos que ya no son campesinos. Surge la ciudad, puesto que el rey necesita una administración y palacios.

Egipto alcanzó su apogeo durante el Imperio Nuevo e instaló la capital en Tebas, al sur del país. Se ha podido estudiar de cerca el cuerpo del faraón Ramsés II, que reinó entre 1301 y 1235 a.C, y que murió a los noventa años. En efecto, los egipcios embalsamaban los cuerpos de las personas notables, y la momia del rey viajó a Francia para que la examinaran minuciosamente.

La avanzada edad de Ramsés II nos permite contradecir una idea extendida, según la cual las expectativas de la vida humana habrían aumentado. En realidad, esas expectativas apenas han cambiado: «Vivimos hasta los setenta años, los más vigorosos llegan hasta los ochenta», dice la Biblia.

Sencillamente, por entonces, los viejos eran pocos (había un número más elevado entre los dirigentes que entre los campesinos; los primeros bebían agua limpia y se cansaban físicamente menos que los segundos).

La última dinastía independiente de Egipto estableció su capital en Sais, junto al Delta. Todo el mundo conoce la prodigiosa arquitectura egipcia, de la que pueden admirarse las ruinas ciclópeas de Luxor y Karnak. Pero se ignora que los dirigentes egipcios vivían rodeados de un lujo muy moderno.

Tras Egipto, el Estado surgió en Mesopotamia: primero en el sur, en Sumeria, hacia 2600 a.C; luego en el medio Éufrates, con el antiguo Imperio babilónico, en donde reinó hacia 1730 el rey Hamurabi, famoso por haber legado un código de leyes sobre unas tablillas;  más  tarde, en el alto Tigris, que dominaron desde la capital, Nínive (cerca de la actual Mosul), las dinastías militares y conquistadoras de reyes asirios, con nombres que suenan como declaraciones de guerra (Teglat-Falazar; Sargón, de 669 a 630 a.C; Asurbanipal); y, por fin, de nuevo en el sur, el último Imperio mesopotámico con la prodigiosa ciudad de Babilonia (cercada de la actual Bagdad, pero junto al Éufrates) y el gran rey Nabucodonosor, maldito en la Biblia por haber expulsado a los judíos de Palestina (587 a.C). «A orillas de los ríos de Babilonia estábamos sentados y llorábamos, acordándonos de Sión; habíamos colgado nuestras harpas en los álamos de alrededor», dice el Salmo.

También los estados mesopotámicos conocieron una maravillosa arquitectura. Irak es menos rico en monumentos que Egipto sólo porque los mesopotámicos no construían con piedras, como hacían los egipcios, sino con ladrillos, y éstos se conservan mal. Pero basta con entrar en el Louvre y admirar los dragones alados que allí se exponen para convencerse de la fuerza del arte asirio.

Los estados egipcio y mesopotámico, que se tocan en Palestina, mantuvieron intensas relaciones, de paz y, a menudo, de guerra. Eran rivales y aún lo son. En aquellos tiempos se trataba de dos potencias mundiales.

Remontando hacia el este, y quince siglos más tarde, nos encontramos alrededor del río Indo los reinos arios. ¿Por qué quince siglos más tarde? Porque en la región del Indo, aunque es desértica, también llueve. La presión geográfica, por lo tanto, es menos fuerte.

Los estados arios son famosos principalmente por sus tradiciones religiosas. La religión de la India es el brahmanismo.

La religión, en el momento del paso a la agricultura, no experimentó la formidable revolución técnica que trajo consigo el nacimiento de los estados. Siguió siendo animista. El hombre, desde el origen, se pensó como una conciencia, «un ojo abierto al mundo». Así pues, imaginó toda cosa «consciente» y un espíritu divino por todas partes.

Influidos por el judeo-cristianismo, los hombres modernos tienden a pensar que la religión es por naturaleza monoteísta. Esto es falso. La religión natural de los hombres es politeísta, el monoteísmo es mucho más reciente. Y el politeísmo no ha desaparecido: la India sigue siendo politeísta. Si queremos entender las religiones de la Antigüedad, no hay más que mirar a la India actual. La verdad del animismo es que lo divino está en todas partes, verdad que se impone de manera extrema en los indios.

Todavía más al este y hacia la misma época, alrededor del río Amarillo, aparecieron los estados chinos.

Por lo tanto, en el 1000 a.C. nacieron cuatro civilizaciones: Egipto, Mesopotamia, la India y China, agrupando cada una de ellas a una decena de millones de habitantes. Las cuatro permanecen en contacto: muy estrecho, como hemos visto, entre Egipto y Mesopotamia; más lejano, la India y China — separadas por inmensos espacios y que nunca se enzarzaron en guerras —, pero entre todas había un contacto comercial intenso. Entre estos cuatro centros, la ruta de las caravanas y la ruta de la seda, unen por vía terrestre, a través del gran desierto continental, a Egipto, la India y China.

Los estados chinos, sin embargo, se enfrentaron entre ellos en cruentas guerras. Por eso se les conoce bajo el nombre genérico de «los reinos combatientes». No se unificarán hasta mucho más tarde, en 220 a.C, con el primer emperador Tsin Che Huang Ti, que reinará de 246 a 216 a.C. y quien dará su nombre al país: China es el país de Tsin. Tras él, en 202 a.C, un aventurero, Lieu Pang, fundó la primera dinastía china, la Han.

La historia de China es comparable a la de Egipto: períodos de fuerza y unidad — el Imperio de los Han de 200 a.C. a 200 d.C; el Imperio Tang, alrededor del año 1000 de nuestra era; el Imperio Song en la Edad Media; el Imperio Mongol en 1206; el Imperio Ming, época de apogeo chino, del siglo XIV al XVI; el Imperio Manchú, de 1644 hasta principios del siglo XX —, distanciados por períodos de división y anarquía.

Con una diferencia: China está mucho más expuesta que Egipto a asaltos de los guerreros del otro lado de la Gran Muralla, que continúan en la prehistoria. A menudo, los nómadas la invaden y saquean todo. Pero China posee un enorme poder de absorción. El guerrero nómada, sentado en el trono por la fuerza de la espada, no tarda en asumir por completo la cultura china, hasta que se inicia una nueva invasión.

Los grandes soberanos mongoles (Kubilai, nieto de Gengis Khan, descrito por Marco Polo) o los manchúes (cuyo arquetipo fue la última emperatriz china, llamada Tseu Hi, muerta en 1908) eran originariamente nómadas. Pero ¿cómo imaginar a alguien más chino que Tseu Hi?

La humanidad tal y como la conocemos ha nacido. Nosotros estamos muy próximos a ese mundo agrícola de los primeros estados. China, la India, Oriente Próximo siguen estando en el centro de la actualidad. Sin embargo, nuestras ideas no son las mismas. Hay que dejar claro (es una de las lecciones de la Historia) que las ideas son las que hacen avanzar a los hombres. La economía es importante, el marxismo lo ha subrayado, y está claro que es la necesidad de gestionar el agua y los graneros lo que provocó el nacimiento del Estado; pero, al contrario de lo que pensaba Marx, no es el motor supremo del ser humano. El fondo del hombre es metafísico, como hemos señalado al describir su surgimiento en la prehistoria. Aunque las ideas neolíticas tienen sus consecuencias.

El progreso no existe en el seno de esas civilizaciones. Ellas representan en sí mismas un inmenso progreso, pero, una vez realizada la revolución agrícola, ya no desean cambiar. Allí el tiempo se concibe como una rueda que gira, como un eterno retorno. La esvástica, o cruz gamada, es un símbolo indio (Hitler arrebató ese logo a los brahmanes): es la rueda del tiempo que gira eternamente alrededor de sí misma. Para el indio, que respeta la tradición, el cambio es una especie de pecado.

Aquellas gentes, mesopotámicos, chinos, indios, egipcios, inventaron muchas cosas — el cero, la pólvora, la brújula —, pero nunca imaginaron utilizar sus inventos como palanca para transformar el mundo; éste es el motivo de la extraordinaria inmovilidad de esas civilizaciones que se transformarán por influencias externas: Egipto, Mesopotamia y la India.

Para «el Imperio del Medio», China, aislada, la influencia de las invasiones bárbaras será demasiado débil y siempre absorbida, hasta la llegada de los europeos. Tampoco existe la revolución — al menos la revolución individual —. Hay que entender que el escándalo ante la injusticia es una idea judeo-cristiana. Todos los animismos son fatalistas. Aún en la actualidad, un brahmán que se cruza con un mendigo moribundo a un lado del camino no siente la necesidad de socorrerlo, piensa que ese hombre, en una vida anterior, debió de cometer muchas malas acciones. Una parte de la miseria que prevalece en esas sociedades procede de ese modo de soportar la injusticia. Según palabras de Edgar Morin, «allí lo intolerable es intolerablemente tolerado».

Los dioses antiguos no son ni buenos ni malos. Son lunáticos y conviene apaciguarlos ofreciéndoles regalos: metales preciosos, sacrificios de animales y, en ocasiones, sacrificios humanos. Grosso modo, la moral se resume en la obediencia a la autoridad. El más importante filósofo chino, Confucio (555-479 a.C), cuya doctrina impregnó profundamente la sociedad china, predica el respeto a las tradiciones y la conformidad social. El místico chino Lao Tse (570-490 a.C.) aconseja a la persona juiciosa la no intervención. De los Vedas, las escrituras sagradas brahmánicas, una especie de Ilíada, apenas pueden extraerse consignas morales.

Entonces aparece en la India el príncipe Sidarta Gautama (560/480 a.C), llamado Buda. Se trata de la primera revolución de la que haya constancia. Su padre, un príncipe muy rico, no quería que su hijo tuviera conocimiento de las tragedias de la existencia. Así pues, el joven vivía rodeado de belleza en el palacio real. Pero un día se fugó, salió de incógnito del palacio con un criado y se paseó por la ciudad. Allí se cruzó con un cuerpo que llevaban a la pira crematoria. Le preguntó a su criado qué era eso, y aquél le respondió: «Príncipe, a eso se le llama muerte». También se topó con muchos pordioseros y comprendió lo que su padre le había escondido: que el mundo es trágico, que la muerte y la opresión existen. Su reacción fue abandonar el palacio de su padre y retirarse para dedicarse a la oración y a la contemplación.

Esta revolución no da lugar a una transformación de la sociedad, es una renuncia individual, una huida. Buda es el arquetipo del monje, del solitario contemplativo. En cierto modo, el suicidio es el ideal budista. Todo el mundo conoce las imágenes de los bonzos que se inmolan con fuego.

Buda será objeto de una gran veneración y vivirá hasta muy viejo porque no amenazaba el orden social (no será lo mismo que, más tarde, fueron Sócrates para los griegos o Jesús para los judíos). Pero, como el budismo amenazaba al brahmanismo tradicional, lo expulsaron de la India. Sin embargo, durante un tiempo hubo reyes budistas, entre otros, el famoso y sabio Asoka (273-237 a.C). Expulsada de la India, esta religión domina el sureste asiático.

En la actualidad, a algunos intelectuales «hippie-progres» les tienta el budismo precisamente porque, como Buda, piensan que el mundo es malo y que resulta imposible cambiarlo. El budismo es una religión de desencanto. De esta manera, en el primer milenio antes de nuestra era, el mundo ya estaba bien dibujado.


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