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sábado, 19 de março de 2016

El Imperio persa y el mundo griego (Barreau & Bigot)

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo",
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


5. El Imperio persa y el mundo griego

Hacia el siglo VI a.C, el hombre dominaba la Tierra en Egipto, Mesopotamia, la India y China, además de las costas marítimas de Eurasia. En esta fecha, asistimos a la primera tentativa de globalización.

Los hititas de Anatolia habían intentado conquistar Oriente Próximo. El faraón los había vencido en Qades, en 1299. Sin embargo, los persas lo conseguirán. Los persas serán el instrumento de este universalismo.

Estos eran unos nómadas indoeuropeos (el persa está emparentado al mismo tiempo con el griego y el sánscrito), herederos de los escitas, un pueblo de las grandes estepas. Con ellos se impusieron el caballo y el jinete. Es cierto que egipcios y mesopotámicos utilizaban los caballos, pero no se les había ocurrido montarlos. En los bajorrelieves de esos países, el rey siempre aparece en su carro, y el caballo enganchado por el cuello, lo que reduce su fuerza. Pero escitas, medos y persas son antes que nada jinetes. El jinete se va a convertir en una formidable arma militar. No obstante, hay que subrayar que, en la Antigüedad, no existía el estribo. Dada la inestabilidad, los jinetes no eran una fuerza de choque. Los jinetes persas galopaban hacia el enemigo; cuando llegaban a una cierta distancia, tiraban de la brida, realizaban medio giro y lanzaban una lluvia de flechas, lo que se conoce como la «flecha de Parto».

Gracias a esta caballería, los persas, civilizados por sus vecinos, los conquistaron a su vez, y su dominio se mantuvo treinta años bajo el mando de dos emperadores: Ciro (550-530 a.C) y su hijo Cambises (530-522 a.C), poniendo así fin a la independencia de Mesopotamia, del Estado indio y de Egipto.

Hay que decir que aquellas civilizaciones estaban desprovistas del sentimiento patriótico. Por eso los Grandes Reyes persas fueron aceptados con facilidad. Desde sus distintas capitales — Ecbatana y Persépolis —, ubicadas en la vasta meseta iraní que separa el Tigris del Indo, construyeron rutas para sus mensajeros y ciudades que, sobre todo, eran palacios reales. Aún hoy, las ruinas de Persépolis, en el desierto iraní, siguen siendo impresionantes.

Los persas tenían su propia religión, el mazdeísmo (del nombre de su dios, Ahura Mazda), profetas que inspiraron a los de los judíos (el Zaratustra de Nietzsche), y un libro sagrado, el Avesta. Más tarde apareció Maní, un profeta cismático que enfrentará al dios del bien contra el dios del mal. Esta oposición entre el bien y el mal, el maniqueísmo, subyace en la religión de los persas.

Los Grandes Reyes (los reyes persas son conocidos como los Grandes Reyes) no buscaban imponer su religión a los pueblos conquistados, a los que respetaban sus costumbres. Se mostraron tolerantes (por ejemplo, permitieron el regreso a Palestina de los judíos deportados por Babilonia al Éufrates). Los gobiernos iraníes, los «sátrapas», cobraban bajos impuestos.

Sin embargo, las ciudades griegas provocaron el fracaso de aquella débil globalización. Cuando un tercer emperador, Darío, envió sus barcos a Grecia (los jinetes persas habían anexionado a la marina fenicia) y un pequeño ejército cerca de Atenas, los soldados atenienses, los «hoplita», aplastaron al cuerpo expedicionario en Maratón (victoria que se conoce por haber dado su nombre a una carrera olímpica). En efecto, para anunciar la buena noticia, el estratega griego envió a Atenas a un corredor que murió de un infarto al llegar. Dentro del ejército del Gran Rey, sólo los persas estaban motivados, en ningún caso la multitud de soldados que procedían de los pueblos conquistados. Pero los griegos, ciudadanos libres, eran muy patriotas y, por lo tanto, peleaban mejor. Esta expedición fracasada se conoce como la primera guerra Médica.

El hijo de Darío, Jerjes (486-465 a.C), vejado, no quiso conformarse con esta derrota. Movilizó a su ejército y a su marina y atacó por tierra y por mar. La segunda guerra Médica empezó diez años después de la primera, en 480 a.C. Las ciudades griegas, incluidas las rivales Esparta y Atenas, formaron una alianza. En el desfiladero de Termopilas, los espartanos detuvieron durante unos días la invasión, luego fueron aniquilados. En aquel lugar se gravó la siguiente inscripción: «Cuando pases, ve a decir a Esparta que sus hijos han muerto por ser fieles a sus leyes». La misma Atenas fue invadida y arrasada. El Gobierno había evacuado a la población hacia las islas y conservaba su marina bajo el mando de Temístocles. Las galeras atenienses aplastaron la flota del Gran Rey en Salamina. Esquilo escribió el relato de esta primera gran batalla naval en su tragedia Los persas. (Hay que subrayar que, en realidad, se trata de un combate — el primero — entre griegos y fenicios, puesto que la marina persa era libanesa, los iraníes seguían siendo los jinetes de las estepas.)

El inmenso Imperio persa, que abarcaba la mitad de Eurasia, acababa de ser derrotado por unas cuantas ciudades libres. Hubo miles de muertos. Fue la victoria de la ciudadanía libre frente al sometimiento. Atenas alcanzó entonces su apogeo, puesto que era principalmente esta ciudad la que había vencido a Irán. Así se convirtió en la ciudad «hegemónica», e impuso sus modas en toda Grecia y, también, en el Imperio iraní, que, no obstante, continuó durante dos siglos su primera aventura.

Habrá muchas más: Irán resurgirá en la Historia con el Imperio parto (a caballo entre nuestra era y la anterior) y con el Imperio sasánida, cuyo rey más famoso será Cosroes II (590-628 d.C). Incluso hoy, Irán conserva su arquitectura (cúpulas de bulbo), su lengua (el iranio sigue siendo el persa, «farsi») y su especificidad.

Atenas era una democracia. Todos los ciudadanos varones de más de dieciocho años se reunían en el ágora (una gran plaza) para elegir la asamblea, la bulé, que nombraba al Gobierno. Sin embargo, el más famoso de sus dirigentes, Pericles (495-429 a.C), permaneció como «estratega» durante treinta años, logrando que le reeligieran constantemente. Pericles proporcionó a su ciudad una inmensa gloria. Él fue quien reconstruyó la ciudad y encargó al escultor Fidias los monumentos de la Acrópolis.

Es ésta una arquitectura de proporción humana y muy hábil. En el Partenón, el templo de la diosa Atenea, por ejemplo, todo está construido en función de la perspectiva. A pesar de las apariencias, allí se encuentran pocas líneas rectas: para parecer derechas, las columnas tienen que estar inclinadas hacia el centro — y lo están —. Las columnas que se destacan sobre el cielo deben ser más gruesas que las que están delante de los muros — y lo son —. El suelo, para parecer horizontal, debe ser curvo — y lo es —. Para que se distingan todas las columnas, éstas deben estar a diferentes distancias unas de otras — lo están —. Ésa es la diferencia entre el Partenón y la iglesia de la Magdalena de París.

En Atenas, todos los jóvenes varones iban al colegio, al instituto (al gimnasio), luego hacían el servicio militar (la efebía), que también cumplía la función de enseñanza superior, pues los griegos nunca separaban lo físico de lo mental. Los ciudadanos sabían leer, y discutían mucho. Los griegos inventaron el teatro y la filosofía.

El más famoso de los filósofos de la historia fue el ateniense Sócrates, quien vivió del 470 al 399 a.C. Sin embargo, será condenado a muerte, a la edad de setenta años, por sus ideas subversivas. Como su madre que era comadrona, Sócrates pretendía «hacer que las personas dieran a luz sus ideas» (lo que se conoce como la mayéutica). Cuando Sócrates iba al teatro, en las gradas estaba rodeado de genios: Sófocles, Eurípides, Aristófanes, Tucídides, todos contemporáneos suyos.

En la historia abundan las tragedias y los horrores, pero también se dan momentos magníficos en los que en un mismo lugar conviven varios genios. (Esto se volverá a producir en el Renacimiento. Florencia verá convivir a Miguel Ángel con Leonardo da Vinci y Maquiavelo.)

Aquellos hombres inventaron el Humanismo. Decían: «Conócete a ti mismo (gnothi seautón) y conocerás el Universo y a sus dioses». Y también: «El hombre es la medida de todas las cosas». Antes de ellos, el mundo era espantoso, angustioso (dioses con cabeza de monstruo, sacrificios humanos), y la arquitectura sofocante (excepto en Creta, su civilizadora). El Panteón es un mensaje de alegría.

Los pensadores griegos meditaron sobre todas las pasiones humanas. El mito de Edipo muestra que son los primeros en psicoanalizarse. Miraron a la humanidad con ojos benevolentes. Los griegos son los primeros hombres en admirarse (Narciso), en encontrarse bellos, en rivalizar con los dioses (Prometeo). Ya no sienten miedo del mundo, sino que se esfuerzan por descifrar sus misterios, que están muy cerca de adivinar (Pitágoras, Euclides, Tales).

En Atenas, ese pequeño rincón del Mediterráneo, el hombre por fin se siente en la Tierra como en su casa. La modernidad y el legítimo orgullo del discurso de Pericles, relatado por el historiador Tucídides, son extraordinarios. Es el Discurso para los muertos de la ciudad:

"Nuestra Constitución proporciona el ejemplo a seguir. El Estado, en nuestra tierra, se administra buscando el interés de la mayoría, y no de una minoría. Por este hecho, nuestro régimen ha tomado el nombre de democracia. Respecto a los asuntos privados, las leyes aseguran la igualdad para todos, sobre todo, aquellas que salvaguardan la defensa de los débiles y procuran un desprecio universal a quienes las violan. Respecto a los asuntos públicos, nadie resulta incomodado por su pobreza o la oscuridad de su condición, siempre que sea capaz de rendir un servicio a la ciudad... Sabemos conciliar el gusto por los estudios con la energía y el gusto por lo bello con la sencillez. Nuestra ciudad es la escuela de Grecia y del mundo. Aunque todo esté destinado al declive, los siglos futuros podrán decir de nosotros que construimos la más famosa y la más feliz de las ciudades."

Veinticinco siglos más tarde, podemos asegurar que Pericles tenía razón. El mundo actual, un mundo que apenas aprecia el esfuerzo físico y desprecia las «humanidades», debería reflexionar sobre el lema de Atenea, la diosa de Atenas: «valor y cultura».

Recordemos que Sócrates fue el maestro de Platón, quien será el maestro de Aristóteles, quien, a su vez, será el maestro de Alejandro Magno.

Sin embargo, quedan sombras en este cuadro. En primer lugar, no todos los hombres eran ciudadanos. En Atenas había esclavos. El propio Aristóteles se preguntaba si los esclavos tendrían alma. El universalismo griego no concernía a todo el mundo. En particular, ignoraba a la mujer. Atenas era una ciudad sin mujeres en la vida publica. Si bien la educación era obligatoria para los chicos, la mayoría de las chicas, exceptuando a las cortesanas, no sabían leer. Confinadas a su función de reproductoras, vivían encerradas en el «gineceo». En aquellas condiciones, los jóvenes no podían amar sino a las mujeres que las familias les destinaban como esposas siendo apenas púberes. Tradición que aún se conserva en el Mediterráneo, y que volvemos a encontrar en el islam.

El amor entre los griegos era homosexual (no hay más que leer El Banquete de Platón), y la pederastia una práctica común: las personas mayores se enamoraban de los jóvenes al mismo tiempo que les educaban. En Tebas (de Grecia, no de Egipto), un regimiento del ejército se llamaba «regimiento de los amantes». Esto durará hasta el triunfo del judeo-cristianismo. Julio César era bisexual. Con motivo de su triunfo en Roma, sus legionarios cantaban: «Éste es nuestro calvo general, el amante de todas las mujeres, la amante de todos los hombres». Si los hombres eran pederastas, las pocas mujeres evolucionadas eran cortesanas (como la compañera de Pericles) o lesbianas (el nombre procede de la isla griega de Lesbos).

Las ciudades griegas sólo consiguieron unirse esporádicamente. En 431 a.C. empezó una terrible guerra entre ellas que no terminará hasta 401 a.C: la guerra del Peloponeso. Atenas no resistió la tentación de un mezquino imperialismo. Esparta no alcanzó a salir de su militarismo.

Las ciudades griegas están llenas de enseñanzas muy actuales sobre la posible decadencia de las democracias. Platón, en La República, escribió sobre esa cuestión unas páginas que deberíamos leer con atención infinita.

A pesar de sus sombras, la Grecia antigua iluminó el mundo como un sol. Las sombras de la esclavitud y de la reclusión de la mujer no deben hacer olvidar el esplendor de la Acrópolis. Así pues, en aquella época nacieron las dos fuerzas de donde procede la civilización moderna: el humanismo griego en Atenas y el monoteísmo judío en Jerusalén.


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