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domingo, 29 de maio de 2016

El Imperio romano o el primer apogeo histórico

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


El Imperio romano o el primer apogeo histórico


Lugarteniente de César en Galia, Marco Antonio, tras el asesinato de su jefe, tuvo que plantar cara al joven de veinte años Octavio, nieto del gran general, erigido en el heredero designado por el dictador. Intentó embaucarle formando con él y un tal Lépido el segundo triunvirato. Entre los tres mandaron ejecutar a Bruto y a un buen número de partidarios de la República. 

Pero esto no impidió una guerra civil entre Marco Antonio y Octavio. Marco Antonio se apoyó en Egipto y en Cleopatra. Tras la batalla naval de Actium (31 a.C), Marco Antonio, refugiado en Alejandría, se dio muerte; también Cleopatra se suicidó, poniendo fin de este modo a la dinastía de los Ptolomeos. 

El imperio había quedado definitivamente establecido. Octavio se hizo llamar Augusto y gobernó hasta el año 14 d.C, es decir, durante cuarenta años. Desde el punto de vista constitucional, el régimen es específico. Puesto que los romanos sentían fobia por la monarquía, el imperio nunca se constituyó como tal (no lo será hasta los bizantinos). Simplemente, el poder estaba concentrado en una sola cabeza; el poder de los tribunos y el poder militar (el emperador es imperator, jefe de los ejércitos) se concentraba en el poder consular (el emperador se hacía nombrar cónsul). Pero el emperador no portaba ningún título real. Sencillamente se le llamaba, como en la actualidad en Inglaterra, el Primero (princeps, de donde procede la palabra «príncipe»). 

El Senado seguirá subsistiendo, y la ficción del poder del pueblo también: no se promulgaban las leyes en nombre del emperador, sino «del Senado y del pueblo romano», Senatus populusque romanus. Estas iniciales forman la sigla SPQR, los lictores las enarbolaban ante las legiones en movimiento, y todavía aparecen grabadas sobre las tapas de las alcantarillas de la Roma actual. 

Para recordar los nombres de los emperadores romanos de los dos primeros siglos de nuestra era, antiguamente se utilizaba una cantinela nemotécnica: «Cesautica-Claunegalo-Vivestido-Nertraa-Antmarco», que procede de: César. Augusto. Tiberio, Caligula. Claudio. Nerón, Galba, Otón, Vitelio, Vespasiano. Tito, Domiciano, Nerva. Trajano. Adriano, Antonino, Marco Aurelio

Se puede considerar que el Imperio romano fue el Estado más importante que los hombres jamás hayan construido. Es cierto que el de los persas, el de Alejandro Magno, y más tarde el de Gengis Khan o el Imperio británico, fueron mayores, pero duraron infinitamente menos tiempo. La propia China era inferior. Y, sin embargo, en la misma época, la dinastía Han la había unificado. Los dos imperios del mundo antiguo se conocían, comerciaban por la ruta continental de la seda, intercambiaban diplomáticos. En lo que se refiere a los reinos indios del Indo y del Ganges, estuvieron casi  siempre divididos, a pesar de que aquella civilización ganó Birmania, Tailandia e Indonesia (todavía hoy, la isla de Bali es hinduista). Los persas, bajo el nombre de partos, habían reconstruido un Estado, pero mucho menor. 

Los romanos reinaron durante cinco siglos desde Escocia hasta Arabia, de Crimea al norte de África. Al contrario que Alejandro Magno, ellos mismos se impusieron límites. No conquistaron Germania y evacuaron voluntariamente Escocia, demasiado lluviosa para su gusto, limitándose a edificar al norte de Inglaterra una «muralla china» (aún visible) para contener a los bárbaros. Aquella línea fortificada, el limes, rodeaba todo el Imperio. Había un limes germánico al norte y un limes sahariano al sur, las ruinas de Timgad dan testimonio de ello. 

Inglaterra, Francia, Bélgica, el sur de Alemania, Suiza, España, Portugal, Italia, Austria, Hungría, Croacia, Serbia, Albania, Bosnia, Grecia, Bulgaria, Rumania («tierra de los romanos»), Turquía, Siria, Líbano, Palestina, Jordania, el norte de Irak, Egipto, Libia, Túnez, Argel y Marruecos, formaban parte del Imperio (sin contar, por supuesto, todas las islas del Mediterráneo). Alrededor del Imperio sólo se encontraban tribus prehistóricas de beduinos o criadores de ganado, excepto hacia Oriente, en donde el Estado persa (los partos) lo separaba de la India. Se estima la población imperial entre cincuenta y cien millones de habitantes: la tercera parte de la población mundial de la época. 

Las fronteras del Estado marcaron la historia. Por ejemplo, la diferencia entre ingleses y escoceses es simplemente que los primeros fueron romanizados. Siglos más tarde, cuando los problemas de religión los enfrentaron, los alemanes se separaron según el trazado del ex limes: aquellos que conservaban el recuerdo de Roma se sometieron de modo natural a la Iglesia «romana», el resto se hicieron protestantes. La frontera actual entre los alemanes católicos y los alemanes luteranos conserva grosso modo el trazado del limes imperial. 

Todo esto demuestra la inexactitud del eslogan de moda: «Las fronteras están superadas». En contra de esto, Fernand Braudel escribió que una frontera no desaparece jamás. Una frontera se parece a una vieja cicatriz: no hace sufrir, pero de vez en cuando aparece. El pasado deja su huella y explica muchas de las características del presente. 

El imperialismo romano inauguró una idea muy original: «la integración». Roma era imperialista (la palabra procede de allí), pero no racista. Practicó desde muy pronto la integración completa de los pueblos conquistados, o por lo menos de sus élites. Todas las personas indígenas destacadas podían aspirar a adquirir la ciudadanía romana (el apóstol Pablo, aquel rabino judío, era romano de nacimiento por parte de padre) e incluso a gobernar: habrá emperadores galos, españoles, árabes. Los romanos habían comprendido que la fuerza sola no garantiza la duración. Talleyrand volverá a decirlo: «Con una bayoneta se puede hacer de todo, excepto sentarse encima». 

Ya hemos subrayado que los gobiernos necesitan cierta adhesión por parte de los gobernados. Roma se hacía con las riquezas del mundo, cobraba impuestos y dominaba, pero como contrapartida aseguraba la «paz romana»: la ley, la seguridad, el orden y cierta libertad local (las «ciudades» conservaban su municipalidad y sus propios reglamentos). 

Es un error decir que Estados Unidos es la Roma de la actualidad. No son una nación imperial como lo fue la Italia romana (y como lo fueron Francia e Inglaterra), sino una nación «hegemónica». Para que haya imperio, es necesario que haya un intercambio — desigual, es cierto— por medio del cual el dominante toma mucho de los dominados, pero también les da algo. Los americanos no se sienten responsables de ese modo. Son hegemónicos en Latinoamérica desde hace dos siglos, pero no les preocupa en absoluto que una guerra en Colombia pueda hacer perecer a un millón de personas en treinta años. 

Inglaterra era una nación imperial y no es erróneo hablar del Imperio británico. Aunque es cierto que estrujaba a la India, hubiera sido impensable que allí una guerra causara miles de muertos durante años sin que el ejército de Su Graciosa Majestad interviniera. 

Ya lo hemos dicho, los romanos inventaron el derecho. En los Hechos de los Apóstoles se puede leer una significativa historia sobre este asunto: Pablo predicaba en Efesia, una gran ciudad de Asia Menor que albergaba el templo de la diosa madre mediterránea (culto que hoy se sigue practicando en Marsella bajo el barniz católico de la «Buena Madre»). Los comerciantes del templo vieron con malos ojos el anuncio de un Dios único que haría periclitar sus negocios. Estalló una revuelta. La muchedumbre capturó a Pablo. El gobernador romano dijo entonces a los sublevados: «Efesios, ¿qué estáis haciendo? Si tenéis algo que reprochar a Pablo, existen leyes y tribunales, presentad una denuncia. Si no, lo que estáis haciendo se considerará sedición», y despidió a la muchedumbre. (Hechos de los Apóstoles, XIX, 35.) 

Así era Roma. Se sabe que Pablo, aun estando en una difícil situación con las autoridades de su pueblo, apeló al emperador. Puesto que era ciudadano romano (de lo que se sentía orgulloso), fue conducido, con grandes gastos, a la capital. 

En 212, el edicto de Caracalla concedió la ciudadanía romana a todos los hombres libres. También los romanos inventaron la idea de la primacía del poder civil sobre el militar. Cedant arma togae, proclamaban. «Las armas ceden ante la toga» (la toga era el traje civil). El propio Julio César era senador. Roma otorgó el mando de sus ejércitos a los civiles. 

Roma dominaba el mundo mediterráneo con una gran economía de medios. Sólo dispuso, en general, de treinta legiones. Cada legión se correspondía con nuestros actuales regimientos. Allí se enrolaban a los veinte años y durante veinte años. Por lo tanto, los legionarios no eran jóvenes, sino más bien tropas viejas. Tras cuarenta y cinco años, con la jubilación, recibían una parcela de tierra y un modesto capital. 

Cada legión tenía un nombre (igual que nuestros submarinos nucleares). Estaba la «Fulminante», la «Triunfante», la «Augusta» (aquí se ha citado la carta de un oficial de esta legión), etcétera. Es verdad que el ejército romano, culto y disciplinado, era el mejor del mundo. Una legión podía recorrer a pie cincuenta kilómetros al día (José María de Heredia lo evoca: «El sordo pisotear de las legiones en marcha») y construir para acampar fortificaciones impenetrables. 

También es cierto que los romanos se mostraban despiadados. Querían que los indígenas participaran en sus gobiernos, pero reprimían las rebeliones de un modo terrorífico. En el año 70 de nuestra era, Tito, futuro emperador, aplastó la revuelta de los judíos destruyendo Jerusalén. Como recuerdo de aquel expolio, mandó construir en Roma un arco de triunfo que todavía existe, y en sus bajorrelieves se puede ver el candelabro de los siete brazos llevado a Roma como botín. Más tarde, el emperador Adriano dispersará a los israelitas. 

Entonces, el judaísmo cambió su naturaleza. Era una religión con su clero, centrada en el Templo, y se convirtió en una religión sin sacrificio, unida en su dispersión alrededor de sus maestros espirituales, los rabinos. Jerusalén fue siempre una obsesión: «El próximo año en Jerusalén». 

Cuando hoy en la televisión vemos los acontecimientos de Palestina, lo que vemos son las ruinas del Templo que Tito destruyó. Al empezar, hablábamos de la importancia de la Historia: ¿cómo comprender los conflictos de Palestina sin saber que Tito y Adriano arrancaron a los judíos de su tierra y les prohibieron que se establecieran allí? 

El apogeo del Imperio se situó en el segundo siglo de nuestra era con los grandes emperadores Trajano (117-137), Adriano (137-161), Antonino (161-181) y Marco Aurelio (181-190), cuatro emperadores para un siglo. No eran jóvenes. Se asumía el cargo de emperador hacia los cuarenta y cinco años, y la responsabilidad se extendía a lo largo de veinte. 

La muerte de un emperador siempre planteaba problemas: al no ser una monarquía, el Imperio no conocía la sucesión hereditaria y, para designar a un nuevo emperador actuaba un frágil equilibrio entre el Senado, el ejército (los pretorianos) y los «proletarios» (la categoría más baja de hombres libres). 

Aquel apogeo romano fue también un apogeo histórico, y coincidió con el apogeo de China y de la India. Roma mantenía la paz en aquel inmenso espacio con sólo doscientos mil hombres y treinta legiones. En África del norte no había más que una única legión. Es la mejor relación calidad-precio de la historia: la mínima fuerza para el máximo efecto. 

Aquel apogeo significó también un intenso urbanismo. Para los romanos (igual que para los griegos, que fueron quienes los educaron), la ciudad pasó a ser el lugar de la «civilización» (la palabra procede de civis, «ciudad»). Una paradójica situación para antiguos soldados-agricultores. Por otra parte, el imperio dejó periclitar a sus agricultores; la agricultura se hizo frágil. 

En la capital había una enorme concentración humana. En la Roma actual todavía quedan magníficas ruinas y monumentos de aquellos tiempos: el Coliseo, el Foro, el Panteón, los arcos de triunfo y los acueductos. Porque los romanos adoraban bañarse: las inmensas termas, lujosas y abiertas a todos los ciudadanos, eran el lugar social por excelencia. La gente pasaba allí al menos una o dos horas al día. Por lo que era necesario llevar a esos lugares grandes cantidades de agua y desde muy lejos. Así pues, los acueductos son el símbolo de la civilización latina. 

Por todas partes alrededor del Mediterráneo, Roma sembró ciudades, construidas según un mismo plan (un eje norte-sur, el cardo, y otro esteoeste, el decumanus), con anfiteatros, templos, foros, teatros y termas. París, que entonces se llamaba Lutecia, sólo era una pequeña ciudad. Sin embargo, Lutecia tenía sus termas y su anfiteatro, que todavía hoy se pueden ver. Se sigue pudiendo admirar, alrededor del mar interior del imperio (Mare nostrum, lo llamaban los romanos: «Nuestro mar»), magníficas y grandiosas arquitecturas, siguiendo el modelo griego pero aún más llamativas: Petra en Jordania, Palmira en Siria, Dajmila y Cherchel en Argelia, Leptis Magna y Sabrata en Libia, Segovia en España, Arles y Nimes en Francia, Split en Croacia, Efesia en Asia Menor, por citar sólo las más famosas. 

Por todas partes había grandes calzadas por las que se podían desplazar comerciantes y soldados. Las vías romanas, «muros descansando sobre el llano», convergían hacia la capital. El imperio duró porque, aunque se apoderó de mucho, también aportó mucho. Allí la administración era eficaz a pesar de las distancias. Si sucedía cualquier cosa en el actual Irak, tres semanas más tarde el emperador estaba al corriente. Dos meses después del acontecimiento, las órdenes llegaban al limes. En la actualidad, cuando nuestras comunicaciones ya no viajan a la velocidad del mensajero (cincuenta kilómetros al día como máximo), ni a la del caballo (cien kilómetros) sino a la de la luz, es raro que una decisión se ejecute sobre el terreno antes de meses... 

Los romanos destacados conservaron durante mucho tiempo la idea de que tenian obligaciones. Como testimonio, disponemos de notas personales de Marco Aurelio. Estas notas no estaban destinadas a su publicación. El emperador escribía (en griego) «para sí mismo». ¿Qué pensaba «el hombre más poderoso del mundo»? (título que a los americanos les gusta otorgar a su presidente, pero que expresa con más justicia lo que podía ser Marco Aurelio). En esas notas encontradas por azar se pude leer:

"Mantente sencillo, bueno, íntegro, serio, amigo de la justicia, indulgente, amistoso, pero resuelto en el cumplimiento de tus deberes. Venera a los dioses, acude en ayuda de los hombres. Sé en todo discípulo de Antonino [el emperador precedente]. Imita su energía para actuar conforme a la razón, su constante carácter equilibrado, la serenidad de su rostro, su dulzura, su desdén por la gloria banal, su ardor por el trabajo. Jamás abandonaba un problema antes de haberlo resuelto y de haber decidido. Soportaba los reproches injustos. No se precipitaba con nada. Rechazaba la calumnia. Estudiaba con atención los caracteres y los hechos. No injuriaba a nadie. No era ni tímido ni suspicaz. Se contentaba con poco para sí mismo. Era magnánimo". 

¿Alguna vez se ha escrito mejor retrato de un gobernante? Sobre todo, cuando se sabe que Marco Aurelio no escribía estas líneas para hacer propaganda a favor de su imagen como hizo César con La guerra de las Gaitas, sino para sí mismo. Roma dejó una formidable herencia: el Derecho Romano, el buen gobierno, una cierta dignidad exaltada por sus pensadores, el estoicismo (Marco Aurelio era estoico). 

A los días de la semana los llamamos con nombres latinos: lunes, el día de la Luna (en inglés Monday); martes, el día de Marte; miércoles, el día de Mercurio; jueves, el día de Júpiter; viernes, el día de Venus; sábado, el día de Saturno (Saturday); domingo, el día del Sol (Sunday). En lo más esencial, nuestro calendario data del imperio: diez meses, septiembre era el séptimo y octubre el octavo, a los que los romanos añadieron dos más para llegar a los doce: julio, el mes de Julio César, y agosto, el mes del emperador Augusto (que todavía es más evidente en lengua inglesa: August). 

Nunca, ni antes ni después, la paz y el orden reinaron en el Mediterráneo como durante todos aquellos siglos. También fue la única época de la Historia en que el Mediterráneo estuvo unido. Ya no lo está. En aquella época, de Antioquía a Nápoles o a Nimes, reinaba la misma civilización, limitada al sur por el Sahara, y al norte por el Rin, el Danubio y los bosques germánicos, unidos a la India y a China por los iraníes. 

El helenismo triunfó en el tiempo gracias a los romanos. Sin embargo, aquella formidable grandeza también tenía sus sombras y sus abismos. Aquella civilización ignoraba la piedad. Era extraordinariamente cruel. En el mismo momento en que el emperador Marco Aurelio escribía las sublimes líneas datadas con anterioridad, acudía (en lo que a él se refiere, más por obligación que por placer) a los juegos del anfiteatro, en donde centenares de hombres se degollaban entre ellos para halagar el sadismo de los espectadores: Morituri te salutant, «Los que van a morir te saludan»... 

Para reprimir la revuelta de Espartaco, Roma hizo levantar cruces de Nápoles hasta en los suburbios, a lo largo de la vía Apenina — miles de cruces en las que se exhibía a los que padecían el suplicio—. La cruz era la manera de dar muerte a los esclavos: Roma reservaba la espada para sus enemigos y el veneno para los patricios. 

Hay algo de incomprensible en ese gran espectáculo de sadomasoquismo, que Ridley Scott muestra bastante bien en Gladiator; incomprensible al menos para nosotros, marcados como estamos por el judeo-cristianismo. Incluso los nazis, homenaje del vicio a la virtud,* escondían sus campos de exterminio y de humillación. Los romanos, sin embargo, hacían de los suyos un teatro de guiñol. La filósofa Simone Veil, que murió como «una francesa libre» en Londres, no dudaba en comparar a los romanos con los nazis. Aunque algo excesiva, esta comparación no deja de esconder una parte de verdad. [* Hace referencia a una frase de La Rochefoucauld: «La hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud». (N. de la T.)]


Y, además, no hay que olvidar la esclavitud. Es cierto que a los esclavos domésticos se les trataba bien, a menudo se les concedía la libertad y entonces podían acceder a los más altos cargos. Pero Roma conoció una servidumbre de masas que la antigua Grecia ignoraba, con miles de muertos vivientes en los latifundios y en las minas: su «gulag» particular. En cualquier caso, a pesar de esos horrores, el imperialismo romano no dejó demasiado mal recuerdo.

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