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terça-feira, 28 de junho de 2016

El gran siglo XVII

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)




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El gran siglo XVII


Tras la muerte de Enrique V, María de Médicis actuó como regente de Francia en nombre de su hijo Luis XIII. En los Estados Generales de 1614 tuvo que hacer concesiones a la nobleza. Poco inteligente, influida por un entorno detestable (los Concini), quiso conservar el poder cuando el rey cumplió su mayoría de edad. Pero tuvo el inmenso mérito de introducir a Richelieu en el Consejo. 

Cuando la Regente cayó en desgracia, Luis XIII conservó a Richelieu. Era el año de 1624. El rey tenía veinticuatro años; el ministro, convertido en cardenal, treinta y nueve. Luis XIII era un hombre de pobre aspecto con un ingrato físico, tartamudo y tímido con las mujeres (tardó trece años en tener un hijo con la suya, Ana de Austria). 

No obstante, aquel tímido rey fue capaz, porque reconocía su talento, de mantener junto a él al cardenal como ministro durante veinte años. Armand du Plessis tenía sentido de Estado. Luchó contra todo lo que podía entorpecer la autoridad monárquica. Cuando los protestantes, que dominaban La Rochelle, aprovecharon la muerte de Enrique IV para dejar entrar a los ingleses, Richelieu mandó tirar un dique situado delante del puerto marítimo y obligó a las gentes de la RSR (Religión Supuestamente Reformada) a obedecer, al mismo tiempo que respetó su libertad religiosa. Empujó al rey a castigar a los «grandes» sediciosos. Aquello no era fácil: «Me resultó más difícil conquistar los cuatro pies cuadrados del gabinete del rey que los campos de batalla de Europa», diría Richelieu. Luis XIII no era un «florero». Pero Montmorency y Cinq-Mars fueron decapitados. 

En Europa, Richelieu practicó una política hábil para restaurar la preponderancia francesa, sin dudar en aliarse con los príncipes protestantes contra los Habsburgo católicos, lo que escandalizaba a los devotos. Subvencionó al rey de Suecia, Gustavo Adolfo, para que interviniera en Alemania. En aquel tiempo, Suecia vivió sesenta años de grandeza militar. 

Eficaz y fructífera, aquella política tuvo consecuencias desastrosas para Alemania. La guerra de los Treinta Años, de 1618 a 1648, que terminó de manera ventajosa para Francia y Suecia con el tratado de Westfalia* (1618), para Alemania fue una terrible tragedia (destrucción y muerte) de la que tardaría mucho tiempo en recuperarse; Prusia y los Estados hereditarios de los Habsburgo se salvaron. 

Richelieu también intervino en el terreno cultural; fundó la Academia Francesa en 1634, mandó construir la iglesia de la Sorbona y el Palacio Real en París. Frágil de salud a pesar de su enorme energía, murió en 1642, y su rey, tuberculoso, pocos meses más tarde, en 1643. 

En aquella época, un extraño acontecimiento se produjo en Inglaterra: la proclamación de una República en 1649, tras la decapitación del rey Carlos. (No, los franceses no fueron los primeros en cortar la cabeza a su rey.) 

Oliver Cromwell, se convirtió en el dictador (el «lord protector») de aquella República, que dirigió con puño de hierro hasta su muerte (el 3 de septiembre de 1658). Aprovechó para conquistar Escocia e Irlanda, que hasta entonces habían permanecido prácticamente independientes. Los partidarios del lord protector se llamaban «puritanos», protestantes rígidos. El nombre se ha conservado. 

La anexión de Escocia, protestante como Inglaterra, resultó bastante fácil a pesar de las revueltas. Ésta será ratificada por medio de un tratado de unión en 1765. Y éste es el motivo por el que desde entonces se habla del Reino Unido. 

La anexión de Irlanda, católica, fue sangrienta. Cromwell envió allí a sus puritanos, quienes se apropiaron de las mejores tierras, robadas a los nobles católicos (muchos de los cuales se refugiaron en Francia). Desde entonces surgió un odio secular de los irlandeses para con los ingleses, que llevará a la independencia de Irlanda en 1920. Durante la Segunda Guerra Mundial, y a pesar de Hitler, Irlanda se mantendrá neutral por su aversión hacia Inglaterra. Los ingleses, aglutinados en el Ulster, siempre conservaron un cuarto de Irlanda. Este vestigio explica los combates del IRA —es de esperar que finalicen, puesto que en la actualidad han concluido con la firma de un armisticio—. Es probable que este conflicto secular (en el que ahora Estados Unidos ejerce de árbitro, puesto que son muchos los americanos católicos de origen irlandés, por ejemplo, el presidente Kennedy) conduzca a la reunificación de la isla; los protestantes del Ulster tienen que elegir entre hacerse realmente irlandeses o volver al país del que partieron sus antepasados. 

Dicho esto, la República inglesa, al contrario que la francesa, no durará. A la muerte de Cromwell se restableció la monarquía en Gran Bretaña. Y todavía se mantiene. 

Muerto Luis XIII, su esposa, Ana de Austria, una descerebrada hasta entonces, sabe ponerse a la altura de las circunstancias. Empezó por mantener en su puesto al primer ministro que Richelieu había elegido para sucederle: Giulio Mazarini, conocido como Mazarino, un diplomático pontificio que Richelieu había «señalado» y reclutado. 

Mazarino, aparentemente un pusilánime, en realidad tenía mucho carácter. Y necesitaría de ese carácter. Tras la muerte de Richelieu y de Luis XIII, los nobles se sublevaron. Esta última sedición de los «notables» es conocida como «la Fronda», y quizá tuvo su origen en el divorcio existente en Francia entre el pueblo y las élites. Los componentes de la Fronda no dudaron en aliarse con enemigos extranjeros; el famoso «partido del extranjero», ¡ya! Mazarino y Ana de Austria formaron una sólida pareja. No eran amantes (aunque Mazarino fuera un cardenal laico, la unión entre un plebeyo y una descendiente de Carlos I era impensable), pero sí muy amigos. Se enfrentaron a la Fronda. Y a pesar de que huyeron cuando fue necesario (por este motivo el joven delfín, el futuro Luis XIV, tuvo una tormentosa infancia), siempre regresaban. 

En 1653, la Fronda quedó aplastada. Dos extranjeros habían salvado al Estado: una española y un italiano. El tratado de los Pirineos, firmado en 1659, puso igualmente fin a las hostilidades exteriores. Mazarino, por mucho que confundiera el tesoro público con su tesoro privado (hoy en día, se le acusaría de malversación de fondos públicos), fue digno de la patria. 

Con Richelieu y Mazarino, el prestigio intelectual de Francia eclipsó al de Italia. René Descartes, instalado en Holanda —más por comodidad que por prudencia— pero leído y comentado con fervor en Francia, había publicado en 1637 su famoso Discurso del Método. Regresó en tres ocasiones a París, en donde se reunió con otro genio, Blaise Pascal, un excepcional físico autor de sabios estudios sobre la vida, el pensamiento y la mecánica de los fluidos. Los dos hombres tenían en común el «método experimental»; Pascal, además, era un místico más conocido por sus famosos Pensamientos que por su Tratado del triángulo aritmético. 

Cuando, en 1661, Mazarino —el padrino y maestro en política del Luis XIV— murió, el rey tenía veinticuatro años. Mientras el cardenal vivió, le había dejado actuar. Nadie sabía lo que le rondaba por el cerebro (excepto Mazarino, quien juzgaba grandes las capacidades de su ahijado y alumno). En la corte se pensaba que seguiría con sus amoríos (el joven, muy atractivo, era un gran amante de las damas) y permitiría gobernar a su madre.

Mientras Europa se reformaba, ¿qué sucedía en Asia? En el Imperio otomano y en China, la respuesta puede ser: nada. Los turcos conservaban su poder militar: Se presentaron a las puertas de Viena por última vez en 1682, y libraron con la República de Venecia una guerra de veinticinco años (1644-1669) disputándose la isla de Creta. Pero su Estado estaba muy mal administrado, y esto era demasiado grave dado el enorme tamaño del Imperio, que alcanzaba desde Serbia hasta Armenia y desde La Meca hasta Argelia (Marruecos siempre se le escapó). Se iniciaba su larga decadencia. 

China, por su parte, estaba bien administrada por parte de sus mandatarios, pero se mantenía cerrada (excepto el preciso comercio de la ruta de la seda). En aquella época vivió el último ciclo —continuamente reiniciado durante miles de años— de su conquista por parte de los nómadas de las estepas y de la rápida adaptación a su cultura por parte de los conquistadores. Por lo demás, persistía dentro de su majestuosa inmovilidad. En 1644, los nómadas manchúes se instalaron en Pekín. Se hicieron chinos y la dinastía Manchú durará hasta 1911. 

Japón se había centrado e praticaba persecución de sus cristianos. En la India, un emperador mongol, además de musulmán, Akbar el Grande (1542-1605), intentó fundar una nueva religión, Din i ihali, en sincretismo con el islam, el cristianismo y el hinduismo (las tres religiones del subcontinente). Pero fracasó, y su hijo Selim se sublevó. Por culpa de este fracaso, Aurangzeb, el último gran soberano mongol (1658-1707), fue un fanático musulmán que mandó destruir multitud de templos de Siva y persiguió a los hinduistas: el 90% de la población del subcontinente le era hostil, lo que favorecerá enormemente las ulteriores empresas europeas. 

Sin embargo, en Persia, en esta época, con la dinastía Safevida, se asiste a un renacimiento de la antigua cultura iraní tradicional. Si bien es verdad que los Safevidas oficialmente seguían siendo musulmanes, en la práctica lo eran muy poco. Abas el Grande (1571-1629) modernizó su ejército con ayuda de consejeros ingleses y consiguió que su país evolucionara siguiendo los pasos de Europa. Estableció la capital en Ispahan, ciudad del estilo de las romanas, con un cardo y un decumanus, grandes avenidas, magníficas plazas, mezquitas, pero principalmente, con palacios. Potenció la pintura (algo herético para el islam) y los partidos de polo. Todavía se pueden admirar los frescos en Shehel Sotun: unas jóvenes y bellas mujeres sirven vino a los jóvenes príncipes. También se pueden admirar bonitas esculturas. Gran tolerante, Abas instaló en la capital a numerosos cristianos armenios, de los que admiraba su ciencia y su artesanía. «Ispahan, es la mitad del mundo», se decía. Se esforzó por enviar suntuosas embajadas a los soberanos de Europa, proponiendo una alianza de espaldas contra los turcos, a los que detestaba. Todos los shas de la dinastía le imitaron (también Napoleón recibirá una embajada persa en Polonia durante el invierno de 1807).

En París, mientras tanto, el apuesto Luis XIV reunía a su Consejo por primera vez desde la muerte de su Padrino. Dijo a los ministros: 
"Señores, hasta ahora he tenido a bien dejar la tarea de gobernar mis Estados en combate al cardenal Mazarino. A partir de ahora, esto ya no será así, no designaré primer ministro y seré yo mismo quien gobierne. Solicitaré vuestros consejos cuando así lo necesite. Podéis estar preparados." 

Al mismo tiempo, ordenaba a sus mosqueteros detener al poderoso superintendente de finanzas Nicolas Fouquet, quien le hacía sombra. Una detención injusta, cierto, pero dictada por la «razón de Estado» tan querida por Maquiavelo. El fastuoso superintendente, constructor del castillo de Vaux, murió ignorado en la ciudadela real de Pignerol. Este auténtico golpe de efecto revelaba una energía que su padrino Mazarino había sabido discernir. El rey había sucedido a su padre en 1643 («¡El rey ha muerto, viva el rey!»), pero este año de 1661 inició un reinado personal que durará cincuenta y cuatro años, y que será grande. 

Sólo Holanda consiguió detener realmente a Luis XIV. Holanda, aquella porción de los Países Bajos, había encontrado en el protestantismo, en la circunstancia calvinista, un pretexto para liberarse del pesado dominio español. En 1609, España había reconocido la independencia del norte de los Países Bajos, guardándose para sí el sur. Éste es el motivo por el que los flamencos, que hablan holandés, son católicos. A partir de 1648, Ámsterdam arrebataba a Venecia la supremacía marítima. Los holandeses enviaron muchos colonos al sur de África, a Ciudad del Cabo (allí siguen todavía, y los afrikaners aún hablan neerlandés). Conquistaron el gran archipiélago de Indonesia, que les pertenecerá hasta 1945. Fundaron en América, en la desembocadura del Hudson, la «Nueva Ámsterdam», que, cuando los ingleses sucedan en el mar a Holanda, se convertirá en Nueva York. 

Siempre se ha subestimado el papel de los holandeses. Desde el punto de vista cultural, su actuación fue fundamental. Ámsterdam había dado cobijo a Erasmo, y allí vivió Descartes. Spinoza (1632-1677) fue en aquel país una figura dominante. Al ser excomulgado por la Sinagoga, debido a su racionalismo, fue a vivir a La Haya, donde escribió la Ética, al tiempo que imponía el uso de las lentes. De igual modo que había una pintura flamenca, hubo una pintura holandesa. 

La guerra franco-holandesa (1672-1678) se saldó como un partido nulo. Los republicanos batavios habían confiado su defensa a un príncipe alemán, que también era señor de la ciudad francesa de Orange (por eso llevaba el título de Guillermo de Orange), quien galvanizó su resistencia y salvó a los holandeses abriendo los diques (una parte del país se encuentra por debajo del nivel del mar). 

Tras la paz de Nimega (1678), Guillermo fue llamado a Inglaterra, en donde se convirtió en rey (ésta es la razón por la que los protestantes monárquicos del norte de Irlanda, en el Ulster, en la actualidad se llaman «orangistas»). El naranja sigue siendo el color holandés. 

En todos los demás frentes, Luis XIV salió victorioso. Había formado, junto con su ministro de la Guerra, Louvois, el mejor ejército de Europa, y el más numeroso (cuatrocientos mil hombres más de los que tuvo el Imperio romano). En ocasiones, las guerras fueron cruentas. La llamada de «sucesión de España» estuvo a punto de terminar mal, y Luis XIV se vio obligado a apelar a la buena voluntad de las personas por medio de una carta que se leyó en todas las parroquias de Francia. Este episodio es significativo. Demuestra que, a pesar de las apariencias, el Rey Sol seguía siendo fiel a la tradición de los Capetos y se apoyaba en el pueblo. Francia logró la victoria en Denain (1712) y Luis consiguió asentar a uno de sus nietos en el trono de España, poniendo así fin a una rivalidad secular. 

En la actualidad, la Corona de España está en manos de los Borbones: Juan Carlos es descendiente de Luis XIV. 

A pesar del coste financiero y humano, aquellas guerras, llevadas a cabo por un ejército profesional en la periferia del reino, fueron más bien acciones de propietarios deseosos de redondear sus campos que aventuras de conquista. A Luis XIV no se le habría ocurrido la peregrina idea de ocupar Berlín. De hecho, fue él quien prácticamente acabó de dibujar el actual hexágono francés al anexionar al reino Artois, Flandes (Lille), Alsacia, el Franco-Condado y el Rosellón. 

En política interna, su único error fue abolir en 1685 el edicto de Nantes. Entonces, muchos franceses protestantes emigraron a Prusia o a Sudáfrica, en manos holandesas. Aquello supuso una gran pérdida para el país, mal compensada con la llegada de católicos irlandeses. Por lo demás, su política fue eficaz (el edicto de Nantes, sin embargo, fue puesto de nuevo en vigor por su sucesor). 

Luis XIV conservaba desde su infancia, bajo la Fronda, una profunda desconfianza hacia la nobleza. Hay que entender que la construcción de Versalles fue un acto de alta política. Versalles, inaugurado en 1682, no fue sólo el palacio más bello del mundo imitado en toda Europa; era una máquina para domesticar a los «grandes»; todos los «importantes» estaban prácticamente obligados a vivir en la nueva ciudad para formar la corte del rey. Hay que imaginar a todos los nobles reunidos en la galería de los espejos y a un guardia gritando: «Señores, el Rey». Todos se inclinaban... 

Aquel palacio de espejos, sublime y frágil, también nos demuestra hasta qué punto reinaba el orden en el interior del país: el castillo era indefendible en caso de revuelta, como demostrará la Revolución. 

El orden tras las fronteras queda patente por el hecho de que el París de Luis XIV (seguía siendo la capital) no tenía murallas. «La muralla que amuralla París crea un murmurante París», no era más que una muralla de fielato adornada con unas bonitas puertas: Saint-Denis, Saint-Martin. La paz francesa hacía inconcebible un ataque enemigo. Hasta el siglo siguiente no aparecerán fortificaciones en París. 

A un buen dirigente se le reconoce por las personas que le rodean: los jefecillos no soportan el talento de los demás y eligen a incapaces; los grandes jefes saben que la gloria de sus consejeros no les hace sombra, sino que recae sobre ellos. Desde este punto de vista, a Luis XIV bien se le podría considerar Luis el Grande: «Nec pluribus impar» —«No hay otro igual»— era su lema. Hoy, éste es el lema oficial de Estados Unidos (y la consideración oficiosa de Francia respecto a sí misma). 

Entre los que rodeaban al Rey Sol, se podía ver al arquitecto Mansart, al músico Lully, al paisajista Le Notre, y a una pléyade de hombres de letras: Corneille, Racine, La Fontaine, Moliere, Boileau, La Bruyère. 

Hay que detenerse en Moliere. Jean-Baptiste Poquelin (1622-1673) había renunciado al banquillo de los abogados por las tablas del teatro. Luis XIV le nombró «actor oficial del Rey», con una pensión y la creación de la Comédie-Française. Lo más importante es que le dejó escribir e interpretar piezas sediciosas que todavía hoy serían escandalosas —pensemos en Tartufo, una despiadada crítica de los talibanes de todos los tiempos—. Al final de la representación, los bienpensantes, ofendidos, guardan un gélido silencio, el rey aplaude muy fuerte, desencadenando los aplausos de los cortesanos. Ante Luis XIII o Luis XIV se permitía que un personaje del Cid dijera: «Por muy grandes que sean los reyes, son como nosotros. Pueden equivocarse como el resto de los humanos», y que los reyes aplaudieran. 

Hay que subrayar el genio de Racine y de Corneille, que, con unos miles de palabras, ateniéndose a unas reglas extremadamente estrictas, dicen de todo sobre todo, exploran con una increíble precisión el alma humana, la desmenuzan como nunca antes se había hecho, con escalpelo, y condensan en algunos actos las pasiones del hombre (el amor, el odio, la ambición, la gloria, la avaricia, la hipocresía, el miedo). Se acercan al genio de los antiguos griegos: Racine es Sófocles; Moliere, Aristófanes. La sencillez «clásica» expresa la complejidad de las cosas. La sobriedad sugiere brillantez, la ligereza revela profundidad. Boileau, un genio clásico, lo resume: «Lo que bien se concibe, bien se enuncia». Es el genio propio de Francia, su capacidad de acceder a la grandeza dentro de la mesura. Todo el estilo Luis XIV está ahí. «Pues bien, conozco Fedro y toda su exaltación. Me gusta», escribía Racine con sobriedad. 

Si se habla del Gobierno, Francia ha conocido pocos más brillantes. Hemos citado a Louvois en el departamento de Guerra. Pero evidentemente hay que pensar en Colbert como ministro de Finanzas, de Interior y de Economía. El rey mandó edificar famosas fábricas manufactureras, como la de los Gobelins, a partir de las cuales nacieron grandes empresas capitalistas, como la de Saint-Gobain. El «Estado colbertista» existió realmente. Todavía marca el estilo de gobierno francés, una armoniosa mezcla, como quien dice, de iniciativa privada y de intervención pública. Vauban fue el más característico de aquellos grandes administradores franceses. Vauban mandó construir en Francia innumerables fortalezas de nueva concepción, capaces de resistir los cañonazos. Se recuerda menos que fue un gran fiscalista. En cierto modo, se le podría atribuir la creación del INSEE, porque estaba obsesionado con los censos. 

Cada gran nación europea marcó un siglo: el siglo XV fue Italiano; el XVI español. Los siglos XVII y XVIII fueron franceses. 

La lengua francesa era universal: en Austerlitz, todos los soberanos, enemigos de Francia, hablaban francés entre ellos. En el siglo XIX y en el XX se impondrá el inglés; 
en primer lugar debido a Inglaterra, luego debido a América. 

El rey «muy cristiano» era un vividor. Tuvo multitud de amantes, tres de ellas marcaron las etapas de su reinado. La señorita de La Vallière fue la mujer de los inicios triunfantes; la señora de Montespan, la de la gloriosa madurez, y la señora de Maintenon, la mujer del ocaso. Esta última fundó la casa de educación para señoritas de Saint-Cyr. Pero estas amantes no tuvieron ninguna capacidad de decisión en asunto públicos. 

Luis XIV montaba a caballo y cazaba lobos y ciervos durante dos horas seguidas; por la noche, presidía las cenas rodeado de mujeres bonitas, pero, antes que nada, era un trabajador consagrado a desarrollar su «oficio de rey» (como él decía), estudiando los informes en su oficina durante diez horas al día. 

Además de Versalles, nos dejó magníficos monumentos. Todas las ciudades de Francia le deben edificios públicos de magnífica imagen. París, que podría pensarse abandonado porque la corte estaba en Versalles, debe a Luis XIV tres grandes hospitales situados en la línea del bulevar sur: los Inválidos (para los viejos soldados heridos), el Val-de-Grâce y la Salpêtrière, con sus cúpulas y capillas. 

Los Inválidos, quizá el monumento más bonito de París, sólo era un hospital. Pero estos edificios dicen más en favor de Luis XIV de lo que pueda decir Versalles. Cuando se quiere juzgar la grandeza de una civilización, no hay que mirar las moradas de los ricos, sino los hospicios destinados a los pobres. 

Todos los soberanos europeos, adversarios o aliados, querían imitar al rey de Francia. Cerca de Viena, el emperador de los Habsburgo mandaba construir su propio Versalles en Schönbrunn. En Rusia, al otro extremo de Europa, el zar Pedro el Grande abandonaba el Moscú ortodoxo para construir, mirando hacia Occidente, una nueva capital de estilo clásico, San Petesburgo, un sueño europeo en el extremo del Báltico. Modernizó su país con violencia (comparado con el zar, Luis XIV fue blando). Bajo el reinado de Pedro el Grande (1672-1725), Rusia se convirtió en una potencia del concierto europeo. Cuando Luis XIV murió «viejo y harto de días», el antiguo elector de Brandeburgo, convertido en rey de Prusia en 1701, inauguró en Berlín su Consejo de Ministros diciendo sólo en francés: «El rey ha muerto». No tuvo necesidad de precisar de qué rey se trataba. 

¿Y el pueblo francés? Ya hemos indicado que Luis XIV, durante la guerra de sucesión española, se había vuelto hacia el pueblo y que el pueblo le había respondido como él esperaba (contribuciones, voluntarios, vajillas, etcétera). Los protestantes (que volverán a ser numerosos en el reino cuando la monarquía hubo restablecido el edicto de Nantes) le detestaron, y muchos nobles también (como el duque de Saint-Simon). Pero la burguesía le amaba. 

En lo que a los veinte millones de campesinos se refiere, no fueron tan desgraciados durante el mandato del Rey Sol como afirma una determinada escuela histórica contemporánea. Se beneficiaron de la paz (excepto en las regiones del noreste y del este) y de una buena administración. En los últimos tiempos, el fisco —que de manera injusta recaía esencialmente sobre ellos— se volvió aplastante. Guerras, edificios, diplomacia: todo aquello costaba muy caro. Al final de aquel largo —demasiado largo— reinado, los campesinos no podían más. La muerte del rey fue para ellos una liberación, igual que para los «importantes» a los que mantuvo durante medio siglo bajo su puño de hierro.

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