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sexta-feira, 24 de junho de 2016

El Renacimiento, Carlos I y V y Francisco I

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


Carlos I

Francisco I

15
El Renacimiento, 
Carlos I de España y V de Alemania y Francisco I de Francia


Mientras los españoles conquistaban el Nuevo Mundo, el mundo antiguo explotaba sobre sí mismo. Italia fue el epicentro del seísmo cultural que se llama «Renacimiento». 

Ya hemos subrayado la importante función de los intelectuales griegos exiliados de Bizancio; «Renacimiento» porque, para ellos, los contemporáneos redescubrían en directo la Antigüedad. 

Italia inventó todo: la economía moderna, la ciencia moderna, el arte moderno y la visión moderna del mundo. Por supuesto, también desempeñaba una misión política y militar (una gran parte del vocabulario militar es italiano). 

Venecia, en particular, en 1509, planta cara a Europa entera coaligada contra ella (la liga de Cambrai) y supo aniquilar, aliada con España, a la flota turca de Alí Pacha en Lepanto, en 1571: doscientas galeras turcas fueron hundidas al precio de centenares de patricios venecianos muertos. 

Pero la tarea decisiva de las ciudades italianas fue la cultural. Florencia estaba gobernada por una rica familia de banqueros, los Médicis, de los que Lorenzo el Magnífico fue el más famoso (1449-1492). Aquellos financieros extremadamente cultos leían, en griego, a Aristóteles y a Platón y se habrían sentido avergonzados si no hubieran mandado construir plazas, teatros y fuentes para el pueblo. Practicaban el precepto de «nobleza obliga». 

Sin emitir un juicio de valor, se puede pensar que los agentes financieros actuales apenas se parecen a los de Florencia: no consideran que tienen obligaciones sociales y, en general, son bastante incultos: ¡Qué diferencia de los Médicis a Messier! 

En 1532, un consejero del gobierno florentino, Maquiavelo, escribió un tratado político aún vigente, El príncipe, una cínica reflexión sobre la manera de gobernar con inteligencia y astucia. La «razón de Estado» permite a Maquiavelo justificar, en ciertos casos, el asesinato y la mentira, una libertad de pensamiento de una temeridad inaudita, dentro de una época todavía cristiana. El «Príncipe», sin embargo, nunca olvida que su poder reposa sobre el consentimiento del pueblo y que está justificado por el bien público. Un fin moral que justifica, es cierto, medios amorales. 

En Roma ejercían el papado pontífices poco cristianos: Alejandro VI Borgia (1492-1502), Julio II (1503-1513) y León X (1513-1521). Lo que demuestra que una gran institución puede estar dirigida por individuos que han dejado de creer en el mensaje que esa institución difunde. (En el siglo XXI, ¿los dirigentes chinos aún creen en el comunismo?) 

Pero, por otro lado, aquellos papas del Renacimiento eran humanistas y encargaban trabajos por su cuenta a los mejores artistas: Rafael, Leonardo, Miguel Ángel. 

Miguel Angel, de apellido Buonarroti (1475-1564), fue primero un protegido de los Médicis (el David de la plaza del Señorío), y luego vivió en Roma (la Piedad). El papa Julio II le confió la ejecución de los frescos de la capilla Sixtina, y más tarde el techo (el Juicio Final). Miguel Ángel pintó aquel techo tumbado de espaldas en lo alto de un andamio. Cuando el Papa se impacientó por la duración del trabajo, Miguel Ángel le vertió el contenido de su cubo de pintura sobre la cabeza. Y el terrible pontífice no protestó. En aquellos tiempos de mecenazgo, el artista tenía derecho a todo. 

Escultor, pintor, hombre de letras (le gustaba leer a Platón), Miguel Ángel fue un admirable arquitecto que concibió la plaza del Capitolio en Roma y la extraordinaria cúpula de la basílica de San Pedro, mayor que la que Brunelleschi construyó en Florencia. Cuando, con noventa y ocho años murió, a consecuencia de una caída de caballo, su gloria ya había quedado consagrada con un libro de Vasari y una biografía de Condivi. 

Miguel Ángel es el prototipo de los genios del Renacimiento, resplandeciente época que vio convivir a Miguel Ángel, Maquiavelo y Leonardo da Vinci (igual que en los tiempos de Pericles se encontraban en el teatro Sófocles, Aristóteles y Tucídides).

Leonardo da Vinci, aunque vivió menos tiempo, fue un genio aún más universal: a la escultura, la pintura y la arquitectura añadía la mecánica y fue un ingeniero incomparable. Como testimonio de la variedad de su talento, podemos leer un 'curriculum vitae' que dirigió al príncipe Ludovico el Moro, duque de Milán, a la edad de unos treinta años:

"Tengo el medio para construir puentes muy ligeros, sólidos y robustos, de fácil transporte, para perseguir y vencer al enemigo; y otros más sólidos que resisten el fuego y el asalto, ligeros y fáciles de poner y quitar. Y medios para destruir y quemar los puentes del enemigo. Para el sitio de una fortaleza, sé cómo sacar agua de las fosas y construir infinidad de puentes, arietes, escalas para trepar y otras máquinas relativas a este género de empresas. Si una plaza no puede ser reducida con los bombardeos debido a la altura de su glacis, tengo los medios para destruir toda la ciudadela u otras fortificaciones cuyos cimientos no descansen sobre roca. También dispongo de métodos para hacer bombardas muy cómodas y fáciles de transportar, que lanzan cascajo casi como las tempestades, causando un gran terror al enemigo por la humareda, los grandes destrozos y la confusión. Y si la aventura del enfrentamiento tuviera lugar en el mar, tengo planos para construir instrumentos muy propios para el ataque o la defensa de los navíos, que resisten el fuego de los más grandes cañones. También haría carros cubiertos, seguros e imposibles de atacar, que se adentrarán en las filas enemigas con su artillería, y que ninguna artillería sería capaz de destruir, y los hombres de armas podrán seguir impunemente a sus carros, sin encontrar obstáculos. Si fuera necesario, fabricaría morteros, muy bellos, útiles, diferentes de los que se emplean comúnmente. Allí donde no fuera posible el uso del cañón, inventaría catapultas, almajaneques, trabucos y otras máquinas de una admirable eficacia. Sencillamente, según las necesidades, construiría un número infinito de instrumentos variados para el ataque y para la defensa. En tiempos de paz, creo poder daros absoluta satisfacción, sea en arquitectura, construyendo edificios públicos y privados, sea en la conducción del agua de un lugar a otro. Además, puedo ejecutar escultura de mármol, bronce o barro. A lo que añado que, en pintura, mi obra puede igualar a la de cualquiera." 

La última frase, haciendo referencia al autor de La Gioconda, no carece de enjundia... Leonardo acabó su vida a orillas del Loira, adonde el rey de Francia le había hecho acudir tras haber ideado la escalera de doble tramo simétrico para el castillo de Chambord. 

En definitiva, Italia era en el siglo XVI el centro del poder y de la gloria. Por eso se entiende que todos los soberanos de la época quisieran controlarla. Y el primero de ellos, el más poderoso: Carlos V (1500-1556). 

Carlos V había reunido una fabulosa sucesión: siendo duque de Borgoña (que, si bien había quedado reducida a los Países Bajos, la actual Bélgica, aquellos Países Bajos estaban muy desarrollados), heredó de su madre, Juana la Loca, hija de Isabel de Castilla y de Fernando de Aragón, la Corona de España (y, por lo tanto, también de América Latina) y, de su padre, Felipe el Hermoso, las tierras de los Habsburgo (Austria actual). El Reino de Nápoles y de Sicilia se añadía a aquella extraordinaria herencia. 

Carlos se hizo elegir emperador germánico. El título imperial recaía desde hacía mucho tiempo en los Habsburgo. Pero como, a pesar de todo, se trataba de una «elección» (por parte de los grandes señores alemanes), Carlos tuvo que batallar contra la candidatura del rey de Francia. Y sólo lo consiguió comprando a los electores gracias al dinero de un banquero de Francfort, Jacob Fugger (llamado el Rico). 

Evidentemente, tras haber hecho retroceder a los turcos ante Viena en 1529, Carlos quiso dominar Europa —con más motivo aún, porque tras la desaparición del Imperio de Oriente, no existía más que una única corona imperial—. 

Carlos V fue un gran «europeo» (infinitamente más que el bárbaro Carlomagno). Decía: «Hablo francés a los hombres, italiano a las mujeres, español a Dios y alemán a mi caballo». Señalemos que ignoraba el inglés... 

Pero la Corona del Sacro Imperio era una quimera. Obligó a Carlos I a dispersar sus fuerzas desde Castilla hasta Bohemia. Su sueño imperial fracasó. Dos años antes de su muerte, se retiró al monasterio español de Yuste. Es el único ejemplo en que un emperador abandona por sí mismo el poder, junto con el de Diocleciano, que trece siglos antes se había retirado a Split (a su villa privada de Salona), en Dalmacia. 

El sueño europeo de Carlos V desapareció con él. Tras su muerte, sus posesiones fueron racionalmente divididas en dos: para Felipe II, su hijo, los territorios españoles; para Fernando, su hermano, Austria y la Corona del Sacro Imperio. (El Imperio seguirá en manos de la familia de los Habsburgo hasta 1918.) 

El Imperio había fracasado a causa de la oposición del reino de Francia, que ocupaba una posición estratégica en medio de las posesiones de los Habsburgo. Aquella ubicación central obligaba a las tropas imperiales, que iban de Austria a España, a efectuar un peligroso recorrido por Italia. Puesto que muchos de aquellos soldados eran mercenarios alemanes, los «lansquenetes», aunque el emperador era católico, no pudo impedir que saquearan Roma en 1527. Fue un terrible expolio. 

El Imperio no pudo abatir a la Corona de Francia. La monarquía francesa había ganado poder desde Juana de Arco. El hijo de Carlos VII, Luis XI (1423-1483), había logrado con la anexión de Borgoña someter a un peligroso vasallo (1482) a fuerza de astucia y paciencia. También había puesto la mano sobre Provenza. Su hijo, Carlos VIII, se casó en 1491 con Ana de Bretaña, con lo que incluyó aquel ducado, muy autónomo dentro de sus territorios, pero principalmente será conocido por haber empezado las «guerras de Italia», atraído como estaba por las luces de las ciudades de la península. No pudo contenerse, y en 1495 cabalgó sobre aquel territorio. Luis XII, su sucesor, hizo lo mismo. 

Francisco I (1494-1547) se convirtió en rey de Francia en 1515. Continuó con fuerza la línea de sus predecesores: la famosa victoria de Mariñano, en 1515 (la única fecha que los franceses conocen), le abrió las puertas de Italia y aseguró a Francia el apoyo militar de los suizos, vencidos pero domesticados (los mercenarios helvéticos aún formarán la guardia de Luis XVI en vísperas de la Revolución). 

Al no haber conseguido la Corona imperial, Francisco I se opuso al Imperio. Carlos V le venció en Pavía (1525), pero Francia logró finalmente provocar el fracaso del sueño hegemónico de los Habsburgo. La nación triunfaba sobre el Imperio, y Francisco I, sin dudarlo —y con gran escándalo para el clero—, se alió con el turco Solimán el Magnífico en contra del emperador, tremendamente católico. El tratado de Cateau Cambresis, en 1559, puso fin a las guerras de Italia. 

Francisco I fue un brillante rey, un hombre guapo, culto y «renacentista» donde los haya. (Él fue quien hizo acudir a Francia a Leonardo da Vinci.) Italia estaba de moda desde Carlos VIII. Emergieron los castillos del Loira: Amboise en 1498, Chenoceaux en 1520, Chambord (con la escalera de Leonardo) en 1526, y el hecho de que este magnífico edificio no sea más que un «pabellón de caza» da una idea del poder de la monarquía francesa en aquel momento. En 1528 se construyó Fontainebleau, y el viejo castillo del Louvre se transformó en un palacio renacentista (1549). 

Francia se iluminó con la luz italiana. Entonces surgieron grandes escritores, el más famoso de ellos fue Rabelais (1494-1553), doctor en medicina, monje, padre de dos hijos y cura de Meudon, quien creó los fabulosos personajes de Gargantea (1523) y Pantagruel (1531), desbordantes de buen juicio, de optimismo y de libertinaje, que «rascan el hueso para encontrar la parte más sustanciosa de la médula». 

Por medio del edicto de Villers-Cotterêts, Francisco I había ordenado en 1539 el uso obligatorio del francés en los actos jurídicos. Los poetas de la «Pléyade»* proporcionaron a esa lengua su resplandor literario: Ronsard (1524-1585), un noble de Vendóme, cortesano, autor algo ligero («¡Oh amante mía!, acércate / Huyes temblando como un cervatillo / Al menos sufre que mi mano /Juguetee sobre tu seno / O más abajo si bien te pareciere»), y el nostálgico Du Bellay, amigo suyo desde 1547, cantor de la grandeza de la Nación («Francia, madre de las artes, las armas y las leyes»), que prefería antes que Italia (había sido diplomático en Roma), y todas sus glorias: «Antes mi Loira galo que el Tíber latino / Antes mi pequeño Liro que el monte Palatino / Y antes que los aires marinos, la dulzura angevina». [* Pléyade, grupo de siete grandes poetas franceses del Renacimiento. (N. de la T.)]

El Renacimiento no se produjo únicamente en Italia, España, Alemania y Francia. También despertó en la Inglaterra de Enrique VIII Tudor y de Tomás Moro, en Holanda (Erasmo, Elogio de la locura, 1509) e incluso en Polonia. Así, en Cracovia, el astrónomo Copérnico publicó en 1523, en latín, un libro subversivo, La revolución de los astros, en el que afirmaba que la Tierra no era el centro del universo, que no era el Sol el que giraba a su alrededor, sino la Tierra la que giraba alrededor del Sol. Una revolución total respecto a la concepción que los hombres tenían del cosmos (incluidos los sabios helenísticos). «La Revolución copernicana» de nuestra visión del mundo. 

Para terminar señalaremos —aunque todo el mundo lo sepa— la generalización de la imprenta tras Gutenberg. La primera Biblia se imprimió en 1455. Al sustituir los pergaminos escritos a mano (manuscritos) por libros encuadernados e impresos, la imprenta proporcionó a sabios y pensadores los medios técnicos para una difusión de sus escritos mucho más amplia que en tiempos anteriores, porque los impresores hacían cien libros en el mismo tiempo que un copista empleaba para copiar uno. 

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