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quinta-feira, 30 de junho de 2016

El Siglo de las Luces

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


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El Siglo de las Luces


Una serie de trágicas muertes habían trastocado el orden de sucesión al trono (y oscurecido los últimos años de Luis XIV), de modo que la Corona recayó, en 1715, en un sobrino nieto —todavía niño— del difunto rey, y la Regencia en su sobrino Felipe de Orleans (de 1715 a 1723). 

Aquello fue como la descompresión de una máquina de vapor. Los nobles estallaban de alegría. La Regencia fue una fiesta muy bien ilustrada en la película de Bertrand Tavernier 'Que empiece la fiesta'. 

Felipe de Orleans habría podido limitarse a permitir que escapara el vapor. Pero cometió un grave error: rompió la secular alianza entre los Capetos y el pueblo. Luis XIV, su tío, se había cuidado mucho de gobernar con los nobles, limitándoles a una función militar. Pues ahora, Felipe les dio el poder del que el Rey Sol les había alejado. Nombró a nobles dentro de las comisiones cuyas opiniones eran necesarias para todo: la «polisinodía». Los burgueses (clase media), en quienes confiaban los reyes Capetos, quedaron descontentos (ésta es una de las lejanas causas de la Revolución) y el gobierno se volvió bastante ineficaz. 

De hecho, el siglo XVIII empezó en 1715, con la muerte de Luis XIV. La duración secular se adapta a la psicología, a la duración de la vida humana. Un siglo son cuatro generaciones. Un hombre mayor puede tener todavía padre y también nietos. Pero el principio y el final convencionales de los siglos no se corresponden con los hechos históricos. El siglo XVII había empezado en 1610, con el asesinato de Enrique IV, y duró hasta 1715. El siglo XVIII empezó en 1715 y terminará cien años más tarde, en 1815, en el campo de batalla de Waterloo. 

En Europa central y oriental, los soberanos continuaron practicando la monarquía absoluta de Luis XIV (aunque en todos los casos, su poder quedaba limitado por las exenciones municipales, los privilegios de los nobles y del clero). 

En Prusia reinaba el gran Federico II (1712-1786). A la cabeza de un ejército eficaz y agresivo, el rey estratega amplió Prusia, que se convirtió en una potencia militar en detrimento de sus vecinos. En el Imperio —ampliado hacia el este de Hungría, tras las victorias sobre los turcos—, María Teresa (1740-1780), quien compartirá el poder desde 1765 con su hijo José II, construyó el Imperio de los Habsburgo, que durará hasta 1918. En Rusia, Catalina II (1762-1796) consiguió, a pesar de ser mujer, mantener el mismo puño de hierro que Pedro el Grande. 

Prusia, Rusia y Austria se las arreglaron para repartirse el aciago reino de Polonia, que en 1772 desapareció de entre los Estados independientes (y no resurgirá hasta 1918). 

Pero, en el Reino Unido, la monarquía se había vuelto «constitucional». Tras Walpole (1721-1742), los Pitt serán los primeros ministros (el primero de 1757 a 1760, y el segundo de 1783 a 1789) bajo una dinastía descendiente de los Hanover. 

En Francia, Luis XV, ya mayor de edad, realmente no gobernó, acaparado como estaba por los placeres y sus amantes (la Pompadour y la Du Barry). Todos sus primeros ministros fueron mediocres, excepto el cardenal Fleury (1726-1743). 

Luis XVI, coronado rey a la muerte de Luis XV en 1774, no tendrá amantes y será de costumbres austeras; sin embargo, se mostrará tan indeciso como su predecesor. 

El siglo XVIII estuvo marcado por la rivalidad naval anglo-francesa. En efecto, aunque Inglaterra había reemplazado con rapidez a Holanda en los océanos, Francia también disponía de una buena marina. Los robles que Colbert había plantado en los bosques comunales, al siglo siguiente se convirtieron en poderosos navíos de guerra. 

Aquella época vivió el apogeo de la navegación a vela. Tres magníficos mástiles, armados con decenas de cañones en cada flanco, y manejados por centenares de marineros (de Cornualles o del Támesis, de Bretaña o de Provenza) podían dar fácilmente la vuelta al mundo transportando pesadas cargas (aquello distaba mucho de las carabelas de Cristóbal Colón). Eran los tiempos de la exploración de los mares del Sur, guiados por el inglés James Cook y el francés La Perouse, quienes descubrieron Australia y Oceanía. 

En América, los franceses, instalados en San Lorenzo desde 1607 (fecha en la que Champlain fundó Quebec), se habían extendido por el continente. En el siglo XVIII, los franceses eran los dueños de casi toda América del Norte, cuya toponimia da muestras de su presencia: Montreal, Detroit, San Luis, Nueva Orleans. Éstos poseían los dos grandes ríos: el San Lorenzo al norte y el sistema del Misisipí hacia el sur, recorridos por intrépidos barqueros (Cavelier de La Salle). Nueva Orleans, capital de Luisiana, estaba fundada. 

Sin embargo, aquella inmensa América francesa tenía una debilidad: la falta de hombres. Los franceses siempre se han negado a expatriarse. ¿Por qué iban a hacerlo? ¿No hay un refrán alemán que dice «felices como Dios en Francia»? Aventuras científicas o militares, sí. Emigración, no. Resultado: la parte francesa de América estaba ocupada por menos de cien mil colonos, obligados a mantener excelentes relaciones con las tribus indias nómadas (los hurones). 

Por su parte, el Reino Unido sólo poseía en América una estrecha franja costera (las trece colonias), que se alargaba desde Maine hasta Carolina; pero aquel territorio atlántico lo poblaban cerca de un millón de colonos británicos, muy a menudo puritanos enfrentados con la iglesia anglicana (los peregrinos del Mayflower habían fundado Plymouth en 1620). 

En la India, con Dupleix, los franceses lograron, de acuerdo con los soberanos mongoles en plena decadencia, imponer su protectorado desde Pondichéry hasta los rajás o príncipes de seis provincias de la península del Dekkán. En 1750, los franceses dominaban América del norte y el subcontinente indio. Los ingleses no podían aceptar aquello. 

Para Inglaterra, que no se abastecía a sí misma, el dominio de los océanos era una apuesta vital. De 1756 a 1763, la guerra de los Siete Años enfrentó en ultramar a ingleses contra franceses. La desproporción de las fuerzas y de la población era grande; la diferencia de motivación de los gobiernos y de los pueblos también. A Francia, muy rica, profundamente integrada en el continente europeo, con un rey inconstante, Luis XV, le preocupaba mucho menos ultramar que al Reino Unido. Recordemos las despectivas palabras de Voltaire sobre los «arpendes* nevados» americanos. [* Arpende es una medida agraria francesa que equivale a 34,2 áreas. (N. de la T.)]

El marqués de Montcalm (quien cosechó varias victorias sobre los ingleses), a pesar de su valentía y talento, no pudo impedir la pérdida de Québec (1759), ciudad ante la cual cayó gravemente herido. Aun así, de allí fue a la India. El subcontinente pasó a estar bajo un dominio británico que durará hasta 1947. (La última resistencia india, la de la confederación de los Maratás, se romperá en 1618).  

En 1784  se promulgó el Acta de la India, por la que la India pasó a ser el Raji británico. En 1763, el tratado de París decretó la muerte del primer Imperio francés de ultramar (excepto las Antillas) y el triunfo de Inglaterra sobre los océanos: Rule Britannia. Si Luis XV hubiera sido más combativo, el mundo hoy sería francófono. 

Aunque los franceses aceptaron bastante bien la pérdida de sus colonias, conservaron una cierta inquina contra los ingleses. Cuando los colonos ingleses de América se levantaron contra su metrópoli, los franceses salieron volando en ayuda de los «insurgentes». Así, en 1776, los colonos ingleses de Boston y de Nueva Inglaterra se sublevaron contra Inglaterra, desde donde se les imponía pesados impuestos sobre la exportación y la importación. Como quien no quiere la cosa, la insurrección ganó en las trece colonias y Georges Washington, un rico terrateniente de Virginia, fue nombrado general. 

La opinión pública francesa apoyó a los sediciosos con más ímpetu aún porque éstos —al menos sus jefes— se guiaban por las ideas de los filósofos franceses. En 1778, Benjamin Franklin fue enviado a París. Muchos jóvenes aristócratas cruzaron el Atlántico para pelear al lado de los insurgentes, el más conocido de ellos fue La Fayette (1757-1834). En aquel momento (igual que en la «guerra civil española» del siglo XX), los intelectuales franceses, cuando apoyaban una causa no se limitaban a dar su opinión en televisión: acudían al frente. 

En cualquier caso, los rebeldes solos no habrían podido expulsar al ejército inglés. Es una constante: si es cierto que la pura fuerza no basta para establecer un dominio permanente, una guerrilla siempre se muestra impotente para vencer a un ejército regular.

Fue necesario que el gobierno de Luis XVI, a modo de revancha contra Inglaterra, declarara la guerra en 1778 a la Corona británica, que la marina francesa de De Grasse impusiera su ley sobre la marina inglesa (aquélla fue la única vez: los ingleses aprendieron la lección) y se revelara capaz de transportar a América un cuerpo expedicionario de treinta mil hombres comandados por el general Rochambeau, para que el ejército inglés capitulase, la derrota de Yorktown en 1781. 

Sin el poder militar y naval francés, Washington y sus insurgentes nunca hubieran podido vencer a las tropas del rey de Inglaterra. En 1783, el tratado de Versalles decretó la independencia de las colonias sublevadas, que adoptaron el nombre de Estados Unidos de América. 

Veinte años después del tratado de París, el tratado de Versalles (1783) era una extraordinaria venganza para los franceses. No obstante, no sacaron ninguna ventaja de aquello, mientras que el Reino Unido se consolaba de la pérdida de América (conservaban Canadá, el reino francés no aprovechó la ocasión para liberar a la población de Quebec, sometida desde 1763 al dominio inglés) consolidando su poder en el subcontinente indio: el Acta de la India data precisamente de 1784. 

Pero un nuevo actor entraba en escena: Estados Unidos. La Constitución americana, adoptada el 17 de septiembre de 1787, creaba una República federal de la que George Washington fue el primer presidente. En realidad, creaba una nación: We the People, «Nosotros, el Pueblo», son las primeras palabras de la Constitución federal. Por primera vez veía la luz una República según los deseos de los intelectuales franceses. 

Pues Francia, en el siglo XVIII, fue más grande por sus letras que por sus armas. Todo el mundo conoce a Voltaire (1694-1778) y sus cuentos, a Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) y su famoso Contrato social (1762). Las ideas de Rousseau, más que las de Voltaire, están de moda actualmente. Él es el inventor del «niño rey»: Emilio fue publicado el mismo año que el Contrato. Los principios constitucionales de Montesquieu en El espíritu de las leyes (1750) —la separación de poderes— inspiraron ampliamente la Constitución americana. Publicados entre 1791 y 1792, los diecisiete volúmenes de la Enciclopedia, de la que Diderot y D'Alembert fueron los principales redactores, presentan una síntesis general del saber humano y hacen del francés la lengua universal, afirmando en todas partes la preeminencia de la razón sobre los dogmas. 

Racionalistas y humanistas, los filósofos de la Ilustración no eran demócratas; se enorgullecían del «despotismo ilustrado». Es cierto que Rousseau concebía la idea de una democracia, pero en ese punto estaba solo. Como a Voltaire y a Diderot los recibían los reyes extranjeros, se especializaron en proporcionar consejo a los soberanos. Hoy se considerarían 'coaching' —término adoptado de los americanos y que procede del francés cocher «dirigir» (le cocher d'un fiacre [el cochero de una calesa])—. Escribían a Catalina de Rusia y a Federico de Prusia, y recibían de ellos decenas de cartas. Pero Catalina II y el gran Federico no eran precisamente demócratas... 

Se puede establecer una filiación entre el despotismo ilustrado de los filósofos y los bienpensantes contemporáneos (de calidad literaria muy inferior, es verdad, a los del siglo XVIII). Las semejanzas son asombrosas: el cosmopolitismo; la idea de que el pueblo es demasiado ignorante como para ser libre; el libertinaje; la buena conciencia y la predilección por las causas humanitarias pero, a poder ser, lejanas (el terremoto de Lisboa); una disposición excepcional a la incoherencia ideológica (ideología humanista, pero con barcos de negreros en propiedad); y para terminar, una sorprendente facultad para precipitar la catástrofe debido a su comportamiento. 

Cuando las duquesas encontraban a Rousseau «tan espiritual» y le reían sus ocurrencias a mandíbula batiente, no imaginaban que ellas mismas, un día, iban a perder sus bonitas cabezas. Es interesante comprobar cómo se pueden superar las ideas con su puesta en práctica. ¿Podía Rousseau imaginar a Robespierre? 

La Ilustración (Aufklärung [Luces] en alemán) fue, sin embargo, un formidable movimiento de libertad y de emancipación. La idea de la igualdad entre los hombres sobrevive a cualquier moda. Ya conocemos las palabras de uno de los personajes de Las bodas de Fígaro de Beaumarchais, un hombre del pueblo respondía a un noble que hacía ostentación de su arrogancia: «¡Usted sólo se ha preocupado de nacer!». 

Aquellas ideas subversivas encontraron un hueco en la Francmasonería. Las corporaciones obreras de la Edad Media, en particular la de los albañiles (francs quiere decir libres y maçon albañil), disfrutaban de libertades corporativas. Unos intelectuales pensaron refugiarse en ellas y fueron muy bien recibidos por los albañiles (por eso el mandil y la trulla). Progresivamente, las «logias» se convirtieron en sociedades de libre pensamiento y perdieron su carácter profesional. 

La Gran Logia de Londres, llamada especulativa (y ya no obrera), fue fundada en 1717. En Francia, la francmasonería se desarrolló a través de los exiliados ingleses, a partir de 1725, y conoció una rápida expansión bajo el impulso del Duque de Orleans, que fue el primer Gran Maestre de la Gran Logia de Francia en 1773. 

El Siglo de las Luces tiene su lado oscuro. Fue la gran época de la trata de negros, en virtud del progreso de la navegación. África (exceptuando el Magreb, Egipto y Etiopía) permanecía en la prehistoria; era un continente de tribus nómadas, muy a menudo de pastoreo o agrícolas, pero sin nada semejante a los Imperios azteca o inca. Ya hemos señalado que «prehistórico» no tiene ningún significado moral. Las civilizaciones africanas producían arte, religión y belleza, pero no estados en el sentido histórico de la palabra. 

Estaban indefensas frente a la gente que llegaba del extranjero, de la que sólo les protegía la inmensidad del continente, impenetrable: el Sahara, al norte, y la gran selva ecuatorial, hostil al ser humano, en el centro. Los fenicios y los portugueses la habían bordeado, en sentido inverso unos de otros, pero sin penetrar en su interior. Allí sólo fundaron enclaves comerciales. En lo que se refiere a los jinetes de Alá, los había detenido la selva. 

No obstante, prosperaba el tráfico de esclavos, las tribus africanas eran incapaces de resistir frente a los comandos bien organizados y armados. También hay que tener el valor de reconocer que muchos de los jefes africanos hacían su negocio con aquello y se llevaban su porcentaje. 

En un principio, la trata fue por parte de musulmanes y árabes, a través del desierto y con las caravanas, o por mar desde Zanzíbar hasta el golfo Pérsico. Con los grandes descubrimientos, los europeos se incorporaron a la trata, la cual tuvo su punto álgido en el siglo XVIII. 

Las plantaciones de Las Antillas y Virginia no podían mantenerse sin abundante mano de obra. Los indios de América latina, personas habituadas a la altitud (la cordillera de los Andes, el altiplano mexicano), no soportaban el calor. Por lo tanto, se importaron negros. La navegación triangular producía grandes beneficios. El barco negrero salía de Londres o de Nantes repleto de abalorios, llegaba al golfo de Guinea e intercambiaba los abalorios por los esclavos. Luego vendía a los esclavos en Las Antillas o en Virginia y cargaba azúcar o algodón y volvía a Londres o a Nantes. Cada barco negrero transportaba centenares de esclavos, muchos de los cuales morían en el camino. 

Podría decirse que la esclavitud es el pecado original de Norteamérica, el fuerte racismo de los puritanos la permitía. El desprecio hacia los negros se mantendrá vivo mucho tiempo en Estado Unidos, hasta la llegada del movimiento de los derechos cívicos y Martin Luther King. 

En las tropas que desembarcaron en Normandía, en junio de 1944, sólo había blancos, excepto los conductores y el personal de servicio. En efecto, no se consideraba a los negros dignos de entrar en combate (cuando la segunda división blindada del general Leclerc fue transportada de Marruecos a Inglaterra con vistas al desembarco, se le pidió que «blanquease» sus filas, y Leclerc se vio obligado a deshacerse de excelentes tiradores africanos que le seguían desde El Chad). 

El tráfico de negros devastó el África negra. Directa o indirectamente, causó decenas de millones de muertos, un auténtico genocidio durante siglos. La trata por parte de los árabes (a menudo silenciada por los bienpensantes) y la trata del siglo XVIII fueron igualmente destructoras para el continente africano. Sin embargo, es la causa de la fuerte comunidad negra de Estados Unidos (o de Brasil), del gospel y del jazz. 

Al margen de la devastación de la trata, el siglo XVIII fue una época de paz para los pueblos; sin interés en las guerras marítimas. (Excepto el injusto reparto de Polonia entre Rusia, Austria y Prusia.) La agricultura hizo grandes progresos, los sabios se interesaron en ella (los fisiócratas). Se elevó el nivel de vida, cedió el bandolerismo. Por fin se respetaron las libertades (salvo las de los negros). Incluso se humanizó la guerra, plegándose a los derechos de las personas: los estatutos de los prisioneros, de los no combatientes, etcétera. 

Nunca el pensamiento, a pesar de las hipocresías señaladas anteriormente, fue tan libre y tan alegre. «Quien no haya conocido esta época —dirá Talleyrand— ignora lo que puede ser la alegría de vivir.» 

El Siglo de las Luces también fue el siglo de la música sinfónica. Las músicas tradicionales de todos los países se parecían, eran algo monótonas. Desde la Edad Media, la música polifónica, el canto gregoriano y el canto ortodoxo, había florecido en los monasterios tanto de Occidente como de Oriente. La revolución técnica del Renacimiento permitió la puesta a punto de nuevos instrumentos (el clavicordio, el piano) y el perfeccionamiento de las claves de lectura (el solfeo). A la Contrarreforma la acompañó la creación de una fabulosa música barroca. 

En el Siglo de las Luces trabajaron y vieron extraordinarios compositores: en Viena, Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) y en la corte del Elector de Colonia, Ludwing van Beethoven (1770-1827), por citar sólo a los más geniales. Francia fue la patria de las nuevas ideas; Alemania y Austria las de la música sinfónica; Italia siguió siendo la de la ópera, desde que Monteverdi (1567-1643) estableció el modelo del género. De aquella época data La Scala de Milán, construido por orden de María Teresa de Austria.

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