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quarta-feira, 15 de junho de 2016

La Edad Media o la reconstrucción del mundo

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


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La Edad Media o la reconstrucción del mundo. 
Las cruzadas


En el siglo VII reinaba el desorden en Occidente. Sólo en Roma continuaba a duras penas la vida urbana, debido al papado. Pero, en medio de la anarquía merovingia, la Iglesia católica subsistía. Los invasores germanos o eslavos, al contrario que los árabes de Mahoma, no tenían una religión «fuerte»; como eran muy supersticiosos, respetaban en general a los religiosos cristianos, sacerdotes, monjes y obispos, que asimilaban a sus chamanes. 

La Iglesia, que conservaba en sus monasterios los manuscritos de la cultura antigua y se proclamaba «romana», emprendió la evangelización de los bárbaros y la reconstrucción de la civilización. Se empleó en ello por arriba y por abajo. «Por arriba», actuando sobre los jefes. El ejemplo más conocido es el del rey franco Clovis. Empujaron a su cama a una bella cristiana, Clotilde, y en el año 498 el obispo de Reims, Remy, bautizó al rey junto a centenares de sus guerreros. De este modo, los francos se convirtieron al catolicismo y quedaron bajo la protección del papado. 

Los merovingios eran unos completos negados. Roma alentó la toma de poder de Pepín el Breve, hijo de Carlos Martel, y, sobre todo, apoyó a fondo a su sucesor, el famoso Carlomagno (742-814). De este modo, los carolingios sustituyeron a los merovingios. En el año 800, el papa León III mandó a Carlos ir a Roma, donde lo coronó «emperador de Occidente». Carlos el Grande llevó a cabo la conquista del oeste de Europa hasta el Oder. Gobernaba desde la ciudad de Aquisgrán. Pero, tras su muerte, sus nietos se repartieron los territorios como si de una propiedad privada se tratase. 

En el año 843, Luis el Piadoso, por medio del tratado de Verdún, los dividió en tres: Luis el Germánico recibió Germania, al este del Rin; Lotario, los países situados entre el mar del Norte y Roma (en donde el Papa había obtenido un Estado, embrión de los Estados Pontificios que durarán hasta 1870); y Carlos el Calvo, las tierras situadas al oeste del Mosa, del Saona y del Ródano, la región que luego se llamó Francia. El tratado de Verdún es el acta oficial de su nacimiento. 

Los carolingios carecían del concepto de Estado. Carlomagno seguía siendo un bárbaro semiilustrado. Su buena reputación, que procede de la Iglesia, es muy exagerada. Los federalistas europeos tienen tendencia a comparar la actual Unión Europea y el Imperio de Carlomagno. ¡Podrían encontrar algo mejor! El dominio de Carlos se mantenía dentro de la barbarie. Cuando Carlomagno quiso pedir la mano de Irene, emperatriz de los romanos de Constantinopla, estalló una carcajada general en la corte bizantina: era como si Mobutu hubiera pedido en matrimonio a la reina de Inglaterra. 

De hecho, la Iglesia no estaba engañada. Por supuesto, el rey de Germania, Otón I, seguía soñando con reconstituir el Imperio carolingio. Obtuvo del Papa, en el año 962, la corona imperial, fundando así el Sacro Imperio romano germánico. Pero este título imperial fue una desgracia para Italia, que quedó dividida de modo duradero entre los Gibelinos, partidarios del rey alemán, y los Güelfos, opuestos a esta especie de eje medieval. Fundamentalmente, la idea del Sacro Imperio fue un factor de debilidad para los alemanes. A causa del sueño imperial, dispersaron sus fuerzas en ambiciones excesivas en lugar de consagrarlas a su país. 

En realidad, la Iglesia prefirió apoyar a las monarquías locales. En 987, el duque de Francia, Hugo Capeto, fue elegido rey de Francia y señaló París como capital. Un siglo más tarde, en 1066, un señor vikingo afrancesado, Guillermo el Conquistador, se convirtió en rey de Inglaterra (éste es el origen del lema de la monarquía inglesa: «Dios y mi derecho», traducido al castellano). Los Estados nacionales emergían con sus lenguas «vulgares» (populares): francés, inglés, alemán, junto al latín. 

En el año 1000, Esteban I se convirtió en rey de Hungría por decisión del Papa, y en 1034, Casimiro I instaló en Cracovia el reino de Polonia. Pero la Iglesia actuaba sobre todo «por abajo», a un nivel más local. Supo persuadir a los jefes germanos o eslavos de que enviaran a sus hijos a sus escuelas. Allí, los monjes les enseñaban a leer y a escribir en latín, y les proporcionaban una fuerte educación cívica: no matar a los eclesiásticos, ni a las mujeres ni a los niños. Los monjes consiguieron que estos jóvenes comprendieran que era más hábil cargar a los campesinos con impuestos que dilapidar su trigo, y más rentable imponer tasas a los comerciantes que cortarlos en trocitos. Los obispos no despreciaban la fuerza viril de aquellos jóvenes señores; les enseñaban a utilizar la fuerza al servicio del bien —«de la viuda y del huérfano»—. La transformación de estos bandoleros en «caballeros» fue el gran logro histórico de la Iglesia católica

El caballero (que cabalga sobre un gran caballo de guerra, de ahí la expresión «montar sobre sus grandes caballos») protege (dentro de un ideal —de hecho, hubo mucha violencia—, pero el ideal acaba por formar a quienes lo comparten) al campesino en lugar de matarlo. Acorazado, apoyado en los estribos (un invento medieval), es invencible. Los caballeros rinden honores a las damas en lugar de violarlas. Tienen derechos (señoriales), pero también deberes: aplicar una buena justicia, hacer reinar la paz entre sus feudatarios. 

El feudo es el territorio en el que reina la ley, el hogar del feudatario. Los bucaneros, al igual que los bandidos o los proscritos, quedan excluidos del feudo. En la fortaleza del señor se diferencia la haute-cour, en donde se aplica la justicia, de la basse-cour, accesible a todo el mundo. El propio señor debe rendir homenaje al rey (de Francia, de Inglaterra, de Hungría, etcétera). A partir del mundo rural, el feudalismo restaura el derecho. Y como los comerciantes pueden de nuevo comerciar, renacen las ciudades. 

El Papa reside en Roma; los reyes en París, Londres, Cracovia... Por fin se diferencia el poder político del espiritual. La «querella entre el sacerdocio y el imperio», inconcebible para un musulmán, demuestra esa separación. El prestigio del papado era tan grande que un emperador germánico, Enrique IV, tuvo que acudir a Canosa en camisa (en enero de 1077) para implorar el perdón del Papa, lo que no le impidió seguir oponiéndose a la Iglesia. 

Los papas de aquella época fueron gigantes: Gregorio VII (1073-1085), Inocencio III (1160-1216), y los reyes tremendamente laicos. Las órdenes religiosas dejaron sus monasterios para andar por los grandes caminos (había vuelto la seguridad). Dominicos y franciscanos contribuyeron con eficacia a la transformación de las costumbres. Francisco de Asís (11811226) recuperó de una manera reseñable un acento casi evangélico: «El único discípulo que Cristo haya tenido jamás», dirá de él Nietzsche. 

La hegemonía (no el imperio) pertenecía a la corona de Francia: Felipe Augusto (1165-1223) venció al emperador germánico en Bovinos, en 1214. San Luis (Luis IX, 1226-1270) encarnó el ideal del rey cristiano, impartiendo justicia y asegurando la paz; Felipe el Hermoso (1285-1314), el soberano laico y político, cuyos legisladores se valían del derecho romano. 

De este modo, hacia el año 1000, los «tiempos bárbaros» llegaron a su fin. Entonces empezó la Edad Media, que, al contrario de lo que establecen los lugares comunes, puede rivalizar con la civilización de la Antigüedad. Pero, de la caída de Roma (410) a la coronación del primero de los Capetos (987) fueron necesarios cinco siglos para volver a poner en marcha la civilización. 

El sistema feudal era, en ciertos aspectos, inferior al sistema romano: el concepto de Estado en el primero era menos fuerte, al verse sustituido por las cadenas de vasallos que iban desde los pequeños señores hasta los reyes. En otros, era comparable o incluso superior. 

Por otra parte, la reconstrucción medieval se vio beneficiada por un largo período cálido y propicio para la siega del heno, como antes señalamos hablando de Groenlandia. El «óptimo climático» durará hasta finales del siglo XIII. La agricultura se aprovechó de ello, al mismo tiempo que de la seguridad recuperada. Gracias a la paz, se reanudó el comercio internacional (las ferias de las aldeas). 

Las ciudades pudieron renacer y muchas «nuevas ciudades» vieron la luz. Las capitales reales o eclesiásticas (París, Londres, Viena, Roma) y las grandes ciudades comerciales (Génova o Venecia) superaron los cien mil habitantes. Se vuelve a las cifras de la Antigüedad; igualmente hay una explosión demográfica global. La Francia medieval cuenta con entre diez y quince millones de habitantes. 

Una extraordinaria arquitectura, digna de la Antigüedad pero con una nueva concepción, nació entonces. Aunque en un principio era copia de la de Bizancio, y por este motivo conocida con el nombre de «románica» (romana), encuentra sus fórmulas originales. Fue la edad de las catedrales. Alrededor de Notre-Dame de París se pueden censar decenas (75 en Francia y 350 en Europa): Amiens, Sens, Chartres, Reims, Burgos, etcétera. 

Mirando la nave de Notre-Dame, a orillas del Sena, se entiende que la construcción de semejantes monumentos exigía paz, mucho dinero e inmensos conocimientos técnicos. Al mismo tiempo, Europa se cubría «con una floración de miles y miles de blancas iglesias», dicen las crónicas, pero también de fortalezas, de mercados y palacios. 

Los campesinos de la Europa actual continúan estando tremendamente marcados por la Edad Media. Y los monumentos medievales no están en ruinas (excepto las fortalezas desmanteladas por los reyes debido a motivos políticos), lo que demuestra que, desde entonces, la civilización no ha vuelto a derrumbarse. Por ejemplo, en el centro de París, en la isla de la Cité, siguen en pie el palacio real (en la actualidad el Palacio de Justicia) y la catedral. Al norte del Sena, en una zona pantanosa seca (el Marais), se conserva la ciudad de los comerciantes y el Ayuntamiento. En la orilla del Sena —la grève—, delante de la casa del pueblo, se reunían los artesanos y obreros descontentos, de ahí procede la expresión faire greve, hacer huelga. Al sur del río, en el Barrio Latino (llamado así porque los estudiantes hablaban  latín, permanecen vastos conventos y la universidad. 

Efectivamente, los obispos abrían en las grandes ciudades escuelas eclesiásticas en donde de nuevo se estudiaban las artes y las ciencias. Los maestros allí eran famosos y sabios, y los estudiantes (los «escolares») numerosos y turbulentos. Como escribe Villon: «¡Oh!, Dios, si yo hubiese estudiado / en tiempos de mi loca juventud / y dedicado a las buenas costumbres / tendría casa y colchón mullido. / pero, ¿qué quieres?, huía de la escuela / como hacen los niños malos. / Al escribir estas letras / estoy a poco de que mi corazón se rompa». 

Gracias a las universidades, la Edad Media fue una época de grandes descubrimientos científicos y técnicos. Entonces se inventó el arado de tiro, que reemplazó, con grandes ventajas porque labraba el campo a mayor profundidad, al antiguo arado sin juego delantero. Se inventó la chimenea; por muy curioso que pueda parecer, los romanos no la conocían y ahumaban sus palacios con los braseros. De ese invento procede la costumbre de censar a la población por medio del número de chimeneas: los «fuegos». 

Se inventó la rotación de cultivos, que consistía en alternar los cultivos según la largura de las raíces. La agricultura medieval se reveló muy productiva, mucho menos «frágil» que la antigua. El arnés permitió utilizar la fuerza de los caballos, que los antiguos enganchaban del cuello; por eso no podían tirar sin estrangular a los animales. El estribo transformó la caballería ligera de la Antigüedad en caballería pesada, permitiendo al jinete (caballero) cargar sin caer de la montura. 

La Edad Media tomó de los chinos la brújula y la pólvora. Fundió los primeros cañones. Si existió un milagro griego, también se puede hablar del «milagro medieval». La Edad Media fue superior a la Antigüedad en lo que se refiere a los derechos del hombre. Seguía existiendo la esclavitud, pero ya sólo era marginal. Contrariamente a las ideas que hemos recibido, los campesinos —los siervos— no eran esclavos: tenían muchas obligaciones, pero también derechos. La mayoría de los hombres de la Edad Media eran hombres libres. 

Pero, fundamentalmente, la cristiandad medieval inventó a la mujer en el siglo XIII. La idea de cortesana, de amor cortesano, procede de la corte de las fortalezas. Los caballeros habían aprendido a «hacer la corte» a las mujeres, a seducirlas, a obtener sus favores; la violación se había convertido en un acto despreciable. Las novelas de caballería están ilustradas con amores platónicos, desde Lanzarote del lago hasta Don Quijote. Aquí tenemos la primera civilización en que la mujer realiza estudios. Ya no sirve la mesa de los hombres, la «preside». Incluso llega a designar a los vencedores de los «torneos». Todo caballero se siente obligado a «rendir honores» a la «dama de sus pensamientos». Por fin se escriben cartas de amor entre hombres y mujeres. 

Además, la Iglesia pretende prohibir el matrimonio precoz. El griego antiguo, ya lo hemos dicho, se casaba con una cría de trece años sin cultura alguna. Un importante hombre medieval lo hacía con una chica de su edad, a menudo culta. Hemos subrayado que, fuera del mundo judeo-cristiano, la mujer estaba, y aún hoy lo está, oprimida. En el islam se la cubre con un velo (y el matrimonio en la pubertad es una norma), y en China se la mata siendo aún bebé. El ejemplo que anuncia esta revolución (que lo es para la mitad femenina de la humanidad) fue el celebrado amor de Abelardo por Eloísa, aunque mejor habría que decir de Eloísa por Abelardo. 

Este último era el mejor profesor de su tiempo y enseñaba, principalmente en París, durante los primeros años del siglo XII. Tenía treinta y siete años cuando sedujo a una estudiante de diecisiete, Eloísa, en la casa de cuyo tío se alojaba. Eloísa era de buena familia e inmensamente culta: leía latín, griego y hebreo. Tuvieron un hijo, Astrolabio, pero Abelardo quiso que su matrimonio se mantuviera en secreto. Furioso, el tío y tutor pagó a unos capadores de cerdos para que castraran a Abelardo, crimen por el que se le condenó. El profesor continuó con sus enseñanzas y Eloísa se convirtió en abadesa de un convento. Continuaron escribiéndose. La siguiente carta es una magnífica misiva redactada por Eloísa, mucho tiempo atrás. La misiva es sublime, y el texto agradable:

"A su señor, o mejor dicho a su padre —a su esposo, o mejor dicho a su hermano—, su servidora, o mejor dicho su hija —su esposa, o mejor dicho su hermana—. A Abelardo, Eloísa. Tan augusto, el dueño del universo me había juzgado digna de ser su esposa, me habría parecido más precioso poder ser llamada tu puta que su emperatriz. ¿Qué rey, qué sabio podía igualar tu reputación? ¿Qué ciudad no entraba en efervescencia para verte? Todo el mundo se precipitaba y te seguía con la mirada, estirando el cuello, cuando te mostrabas en público. ¿Qué mujer casada, qué joven soltera no te desearía durante tu ausencia y no ardería en tu presencia? ¿Qué reina, qué gran dama no sentiría celos de mi alegría y de mi cama? Tú poseías un don del que por lo general carecen completamente los filósofos: sabías componer versos y cantarlos. Tú dejaste numerosas canciones, más universalmente conocidas que los sabios tratados, para los propios iletrados. Gracias a ellas, el gran público conoce tu nombre. Como muchos de aquellos versos cantaban nuestro amor, esas canciones extendieron mi nombre al mismo tiempo que el tuyo y excitaron contra mí los celos de numerosas mujeres. Aquellas voluptuosidades, tan queridas para los amantes, que hemos saboreado fueron muy dulces para mí. Aún hoy, no puedo echarlas de mi memoria. Se imponen en mis recuerdos con los deseos que las acompañan. En plena liturgia, cuando más pura debe ser la oración, todavía me abandono a ellas. Suspiro por los placeres perdidos. Los revivo..." 

Hay que tener en cuenta que esta carta la escribió una abadesa. La religión medieval no era puritana en absoluto. Villon cantó a Eloísa en su Balada de las damas de antaño: «Dónde está la bondadosa Eloísa / por quien fue castrado y luego cenobio / Pedro Abelardo en Saint-Denis /[...] Pero ¿dónde están las nieves de antaño?». En Italia, Dante exalta la figura femenina de Beatriz en su obra maestra metafísica, La divina comedia (1516).

Aquel siglo femenino fue también el de las cruzadas. Los árabes se habían vuelto pacíficos (con los abasíes), pero, hacia el año 1000, unos nómadas asiáticos convertidos al islam, los turcos, tomaron el poder en Bagdad y volvieron a inculcar en los musulmanes el ardor conquistador de los primeros tiempos. Las peregrinaciones cristianas a Jerusalén se hicieron complicadas. Principalmente en 1071, en Manzikert, los turcos aplastaron a los ejércitos bizantinos e invadieron Anatolia, hasta hacerse con ella. El Asia Menor griega se convirtió entonces en «Turquía». 

El emperador de Oriente, Alexis Comnéne (1081-1118) —cuya hija relató su gloriosa vida en una magnífica biografía, La Alexiada— llamó en su ayuda a los cristianos de Occidente. El papa Urbano II accedió a su demanda y en 1905, en Clermont, exhortó a la cruzada. (Aquellos que partían portaban una cruz.) 

La cruzada de los caballeros, en la que los reyes se abstuvieron de participar (San Luis y Federico Barbarroja serán una excepción), se puso en marcha bajo el mando de Godofredo de Buillón y de los duques occitanos y normandos. Los cruzados reconquistaron Anatolia occidental por cuenta de los bizantinos, más tarde desembocaron en Siria y lograron ocupar Jerusalén el 15 de julio de 1099, masacrando allí a sus habitantes. 

Entonces se creó un reino latino en Jerusalén. A los campesinos sirios, musulmanes o cristianos, no les expulsaron de sus tierras. El reino cristiano fue un asunto de caballeros y pronto tuvo falta de soldados. Para suplir esa escasez, se fundaron aquellas órdenes poco ordinarias de monjes guerreros que fueron los hospitalarios (en 1113) y los templarios (en 1118). Éstos fueron los que construyeron las formidables fortificaciones que podemos admirar en Siria y Jordania —aún en pie porque nunca fueron asaltadas sino evacuadas por tratados, y no hubo ningún rey con interés en desmantelarlas (como sucedió en Europa). Señalemos en concreto la imponente Kark de los Caballeros. 

Pero el reino latino, por la escasa inmigración europea, fue frágil. En 1187, el sultán ayubida de Egipto y de Siria, Saladino (traducción de su verdadero nombre Sala al Din, 1138-1193), aplastó a la cruzada en Galilea y recuperó la ciudad santa en nombre del islam. Los reyes de Occidente, como el francés Felipe Augusto o el inglés Ricardo Corazón de León, hicieron un simulacro de intervención. Pero sólo estaban preocupados por sus reinos y pronto vencieron al sultán, aunque sin recuperar Jerusalén. El único con auténtico interés era el emperador germano Federico Barbarroja, que se ahogó en un río de Cilicia en ll90. 

Los cruzados traen consigo una malísima reputación trenzada no tanto por los musulmanes —Saladino y Corazón de León formaban parte del mismo universo guerrero y se respetaban (Sala al Din, por otra parte, había frecuentado las escuelas cristianas)—, sino por los historiadores de la Europa moderna, fascinados por el islam y los «orientalistas». En realidad, la noción de «guerra santa» no fue un invento de la cristiandad, sino, ya lo hemos dicho, del islam —la yihad—, cuatro siglos antes. Es molesto, pero indiscutible. Y los teólogos cristianos necesitaron mucha casuística para utilizarla. 

Además, recordemos que la primera cruzada fue una guerra defensiva —una contraofensiva victoriosa, para ser más exactos—, en respuesta a la llamada del emperador bizantino amenazado e invadido. Por lo demás, en un siglo, el islam restableció su poder en Oriente Próximo. Si los cruzados se cubrieron de vergüenza, no fue tanto por los musulmanes como por los judíos y cristianos de Oriente. Efectivamente, en el año 1204, el dogo veneciano Dándolo (de veinticuatro años de edad) desvió la cuarta cruzada del Dar al islam y conquistó la extraordinaria ciudad cristiana de Constantinopla, que, cien años antes, la primera cruzada había acudido a defender. Allí se creó un efímero imperio latino antes de que los bizantinos volvieran a instalarse en 1261 con Miguel Paleólogo. El Occidente católico asesinó al Oriente ortodoxo. El Imperio griego, después de aquello, no será más que la sombra de sí mismo. Lo occidente olvidó aquella siniestra etapa y renegó de su parte bizantina (si Belgrado hubiera sido una ciudad católica, no habría sido bombardeada a finales del siglo XX). La ortodoxia lo recuerda. 

Hay una profunda cicatriz que explica la reticencia de los cristianos de Oriente a unirse a Roma. Y de manera aún más evidente si se tiene en cuenta que el saqueo de Constantinopla por parte de los cruzados fue bárbaro y sangriento: 1204 es la auténtica tara de la aventura de las cruzadas, su inefable vergüenza, no 1099, la contraofensiva de la cristiandad unida en contra de los guerreros turco-árabes. 

Las cruzadas tuvieron efectos colaterales beneficiosos para la Europa latina. Estas permitieron a los reyes, que sólo habían participado de puntillas (volvemos a decir que con excepción de Federico Barbarroja y San Luis, quienes murieron en el intento, el primero en las aguas de un torrente anatolio en 1190, el segundo delante de Túnez en 1270), desembarazarse de sus turbulentas tropas de vasallos. Occidente ganó allí la paz, y también la autoridad real. 

Por otra parte, el nuevo mundo musulmán y el nuevo mundo medieval estaban hechos para entenderse, los señores turcos tenían la misma concepción del honor que los caballeros. Los intercambios culturales fueron numerosos. El emperador germano Federico II, quien reinó de 1220 a 1250, construyó en Palermo su capital (lejos de Alemania, pues) y admiró mucho las artes musulmanas. Sobre esta cuestión no hay que tener miedo a romper con las ideas preconcebidas de los orientalistas, que atribuyen al islam una influencia exagerada. En nada disminuye la grandeza de la civilización árabe si se dice que Occidente le debe bastante poco

La España árabe, el al-Andalus de Córdoba, fue brillante, y también Granada (en parte gracias a los judíos). Pero, como estaban separadas de la cristiandad por zonas de guerra, no tuvieron la importancia que se les atribuye en la actualidad. La influencia principal que absorbió la cristiandad católica fue la de Bizancio, cuya función histórica ahora se rechaza. El Imperio de Oriente fue el que salvaguardó la cultura grecolatina. Incluso fue este Imperio el que civilizó a los beduinos de Mahoma cuando, procedentes del desierto, las caravanas de Alá conquistaron Siria y Egipto; sin su mediación, ¿cómo habrían podido aquellos nómadas leer a Aristóteles o a Platón? En realidad, de las cien informaciones asimiladas por la cristiandad medieval, la mitad proceden de la Iglesia católica romana (a su vez influida por Bizancio; todos los concilios fundacionales del cristianismo se reunieron cerca de Bizancio), un tercio de Constantinopla (los cruzados, que no dejaban de atravesar las tierras bizantinas para dirigirse hacia Oriente, contribuyeron a ello de manera importante), y sólo un 20% del islam —como mucho—. 

Se puede discernir, bajo la exageración de la función civilizadora del islam, una especie de «odio a sí mismo» de los occidentales. En cualquier caso, esto no tiene nada de científico. 

El efecto más importante de las cruzadas fue el de haber restablecido la preponderancia marítima de Occidente. Ello se debe en gran parte a las ciudades comerciantes y a sus galeras. A Venecia y a Génova principalmente. Ya hemos mencionado la mala actuación del dogo de Venecia en 1204. Pero, desde el principio, los navegantes italianos tuvieron una participación decisiva en las cruzadas. Las dos ciudades son tan opuestas en todo como las dos orillas típicamente mediterráneas que las albergan. En Génova, la montaña se lanza al mar; en Venecia ocurre al contrario, la laguna es la que inunda la tierra llana. Las dos ciudades fueron competidoras y se enfrentaron en guerras (la más encarnizada, la guerra de Chioggia, entre 1378 y 1381, vio a los genoveses instalarse hasta en los alrededores de la laguna veneciana), pero acabó triunfando Venecia. Aquí se puede apreciar un determinismo geográfico: las calas genovesas separan las ciudades empujando hacia la dispersión, mientras que para dominar las traidoras aguas de la laguna, se impone un fuerte poder centralizado. 

Tras 1204, Venecia dominó un auténtico imperio marítimo, una talasocracia: Dalmacia, Split, Zara, Grecia y sus islas. Poseía Creta y Chipre. El Peloponeso fue veneciano hasta el siglo XVIII, y las islas Jónicas hasta que Napoleón las ocupó. La Serenísima comerciaba desde China hasta el Báltico (Marco Polo era veneciano). Practicaba la contabilidad por partida doble, la letra de cambio. Su arsenal, en donde se construían las galeras de combate, fue durante mucho tiempo la gran fábrica del mundo. Dante habla de ello en La divina comedia. 

Génova nunca supo sobrepasar los picos que la dominan; Venecia, al contrario, consiguió un vasto dominio terrestre (Verona, Padua). Venecia se mantuvo como una República medieval aristocrática: «la Serenísima República dominante». Nosotros solemos llamarla «Serenísima» (muy tranquila); los contemporáneos la llamaban la «Dominante». De cualquier modo, su gobierno fue muy admirado. El Senado había comprendido que era necesario pagar dignamente a los obreros; por lo tanto, Venecia no conoció las luchas sociales que desgarraron otras ciudades medievales. También escapó de la tiranía y se mantuvo como República. Y para terminar, Venecia supo inventar una arquitectura admirada por Froissart, quien la evocaba como «la más triunfal ciudad» que él jamás había visto. De este modo, los navegantes italianos dominaron el Mediterráneo, igual que lo hicieron los fenicios y griegos dos mil años antes. 

El apogeo medieval llegó a su fin en el siglo XV. Primero hubo una gigantesca y mortífera epidemia de peste. La «gran peste» asoló Europa de 1347 a 1352, sin llegar a desaparecer del todo en los años posteriores. De esta época datan las Danzas macabras. La mitad de la población europea y quizá asiática (puesto que la epidemia llegaba de China) murió en pocos años. Ni siquiera había tiempo para enterrar a los muertos, a los que se quemaba o amontonaba en fosas comunes. Una catástrofe formidable. Pero la cristiandad mostró su solidez sobreviviendo a ella. 

Al mismo tiempo —y quizá porque, como dice el refrán, «las desgracias nunca vienen solas»—, el «óptimo climático» llegó a su fin. El clima global se enfrió, haciendo salir a los vikingos de Groenlandia. Entonces empezaron climatologías más duras. Se trata de lo que los especialistas han llamado «una era glacial menor»: no una auténtica glaciación, sino un evidente enfriamiento. El Sena se helaba en invierno. Esta era glacial menor durará seis siglos —hasta la guerra de 1914-1918—. El calentamiento climático del que tanto se habla, y no sin razón, empezó realmente a partir de 1960. 

Con la peste y el frío, los tiempos felices de la cristiandad medieval habían terminado. Pero hoy en día podemos situar aquellos siglos entre los más fecundos de la humanidad y comparar el «milagro gótico» con el «milagro griego» incluso concediendo ventaja al primero (la mujer, la técnica) sobre el segundo; más aún si tenemos en cuenta que la curva del progreso no se ha detenido desde la Edad Media.

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