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segunda-feira, 13 de junho de 2016

La época del Islam

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)

Centro supremo do Islam: a Caaba, em Meca
(visitação proibida para não-muçulmanos, sob pena oficial de morte)

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La época del Islam


Al norte del Imperio romano vivían los germanos, los eslavos, los hunos y los mongoles; en la orilla sur del mundo mediterráneo sólo se encontraban tribus de beduinos, en particular, árabes de la península arábiga. Todos estos nómadas, tanto los del sur como los del norte, estaban influidos por el Imperio. Los del norte controlaban la ruta de las caravanas hacia China; los del sur, la ruta comercial marítima de la India al Yemen y también la de las caravanas de Hadramaut hasta el limes. Pero sus invasiones fueron completamente diferentes. ¿Por qué? 

Los bárbaros del norte sólo practicaban religiones «débiles». Aunque contribuyeron al suicidio del Imperio, su única aspiración era convertirse en romanos (o chinos en el este). Por su parte, los árabes tenían una religión «fuerte». (Los términos «débil» y «fuerte» no implican juicios de valor; en física nuclear, por ejemplo, también se habla de atracciones «débiles» o «fuertes».) Éstos no quisieron convertirse en romanos, sino crear un nuevo mundo. Así pues, su acción fue mucho más duradera. 

En el año 571 había nacido en La Meca, una ciudad de la ruta de las caravanas, un hombre que se hizo caravanero al servicio de una rica viuda, Jadiya. Este hombre, Mahoma, andaba por los cuarenta años cuando tuvo una crisis mística. No podía soportar las idolatrías de la población de La Meca. Durante sus viajes había conocido a judíos y cristianos, y la religión de sus antepasados no le convencía en absoluto. Se había convertido al monoteísmo, e intentaba en vano convertir a los habitantes del oasis. Su opción fue mal recibida y tuvo que huir con una decena de compañeros a través del desierto, hacia Medina. Allí convirtió a los ciudadanos. 

Aquella huida de la ciudad idólatra a través del desierto en nombre de un único Dios se llama hégira, y es el origen de la cronología musulmana, que, por lo tanto, empieza en el año 622. Mahoma es el autor, directo o indirecto, del libro santo del islam, escrito bajo el dictado de Dios: el Corán. En 630, el profeta regresó victorioso a La Meca. Los idólatras habitantes de esta ciudad adoraban allí una piedra negra, objeto de productivos peregrinajes. Mahoma tuvo la suficiente inteligencia como para recuperar este culto pagano (exactamente igual que la Iglesia católica recuperó los templos de los ídolos). Así, en el sagrado corazón del monoteísmo más riguroso, se sigue venerando a un antiguo ídolo. Mahoma murió en plena gloria en La Meca, en junio de 632. 

El genio del profeta fue presentar una especie de «kit» del judeocristianismo. Aunque llegado mil años después, Mahoma guarda un gran parecido con el profeta Abraham. Ambos vivían en los límites del mismo desierto —Ur, en Caldea; La Meca, en Hiyaz—, y la idea de un único Dios nace con más facilidad en el desierto que en la selva politeísta. Los dos abandonaron la ciudad idólatra por la llamada de Dios. El es un nombre semítico de Dios: Alleluia, judío; Alia, musulmán. 

El islam es una especie de judaísmo en sus orígenes, pero universalizado, puesto que su ley no está destinada a un solo pueblo, sino a todo el universo. Del cristianismo, Mahoma retuvo la historia de Jesús, considerado un profeta, y de María, venerada. Así, el islam se presenta como el sucesor del judaísmo y del cristianismo. Sin embargo, Mahoma vivía en un tiempo mental muy anterior al de los profetas judíos, a fortiori el de las bienaventuranzas. Esta anexión del judeo-cristianismo fue su golpe genial. 

Mahoma supo crear una religión sencilla. Es fácil hacerse musulmán. Basta con pronunciar ante un testigo la chahada (la profesión de fe): «Yo juro que no hay más que un Dios y que Mahoma es su profeta». Del judaísmo, el islam recuperó las prohibiciones alimenticias (el hallal sustituye a la casherut, dentro de la misma obsesión con la carne de cerdo), y añadió la prohibición del alcohol (palabra que, sin embargo, es árabe). 

Mahoma ha sido el único fundador de una religión de la que, al mismo tiempo, fue jefe político y jefe militar, cuando lo normal es que las tres funciones —religión, política y guerra— estuvieran separadas. No sólo fundó una religión, sino también un Estado, al unir a las tribus árabes, divididas hasta entonces, y dirigió los ejércitos. Ya hemos comprobado que la superioridad de los sedentarios sobre los nómadas reside únicamente en la organización. Así, además de una fuerte ideología, Mahoma dio a los árabes la organización. 

Por otra parte, en el islam, el emperador es al mismo tiempo el Papa. En esa religión se ignora la separación de los poderes civil y religioso. La «lucha entre el sacerdocio y el imperio» es inconcebible. Todavía en la actualidad, por ejemplo, el sultán de Marruecos es también el «jefe de los creyentes». 

El Corán considera legítimo conquistar con las armas nuevos espacios en nombre de la auténtica religión. La «guerra santa», la yihad, es original del islam —numerosos versículos del Corán lo confirman—. Es cierto que en sus páginas se puede leer: «Nada de coacciones en religión», pero esta tolerancia sólo concierne a los creyentes de las religiones reconocidas por Mahoma: judíos y cristianos pueden conservar su fe bajo mandato musulmán a condición de aceptar un estatuto inferior (el de dhimmi) y de pagar impuestos. Pero no se ha previsto ningún lugar para los politeístas ni para los paganos. 

Mahoma dividía el mundo en tres parte: el Dar al islam (el mundo bajo mandato musulmán, el de la paz); el mundo de la tregua (posible con los cristianos y judíos), y el mundo de la guerra (contra los paganos). La guerra santa es fundacional dentro del islam. Sus teólogos y místicos supieron explicar más tarde que la yihad también podía ser una ascesis espiritual. El islam es una religión de héroes (más que de mártires). 

Inmediatamente después de la muerte del profeta, la formidable fuerza que él había creado va a lanzarse a la conquista del mundo. Tras Mahoma asumieron el poder los primeros califas —por orden: Abu Bakr, Ornar, Otmán y Alí (este último había desposado a Fátima, una de las hijas del profeta)—. Pero hubo una contestación contra el poder hereditario del califato. En enero de 661, Alí fue asesinado: una parte de los musulmanes quisieron permanecer fieles a su línea, así se provocó el cisma chiíta. 

Más tarde, con la dinastía de los Omeyas (que reinó desde 650 hasta 750), la capital árabe se trasladó a Siria, conquistada a los bizantinos. En 639, los árabes habían ocupado Egipto y fundaron El Cairo cerca de la antigua Memphis. A partir de 707 sometieron a África del norte (con la construcción de Kairuán). En 712 pasaron a España. El estrecho de Gibraltar no es otro que el de Yebel al Tarik, que hace referencia al nombre de un jefe beréber. Pronto los jinetes de Alá traspasaron los Pirineos por el oeste. En el Este, los ejércitos árabes subyugaron con facilidad la Sasánida persa. Sin embargo, el mundo iraní, al querer conservar su originalidad, adoptó el chiísmo y consiguió iranizar un poco el islam. 

Los jinetes árabes parecían invencibles, principalmente porque no traían consigo la anarquía, sino un nuevo orden. Poco se preocupaban por conservar el pasado. Por ejemplo, abandonaron las magníficas ciudades romanas de Libia o de Siria (Leptis Magna, Palmira). 

Hicieron lo mismo con los monumentos egipcios. La arquitectura faraónica se había mantenido «como nueva» hasta su llegada, en el siglo VII. A pesar de haber perdido su independencia, Egipto había conservado hasta entonces su civilización. Los reyes griegos, los emperadores romanos o bizantinos construían templos idénticos a los que veían. Con los nuevos amos se derrumbó todo. No es que fueran indiferentes al arte: en Damasco, en Córdoba, en Granada, edificaron mezquitas y palacios sublimes, pero despreciaban todo lo que había sucedido antes de Mahoma. 

Con ellos, como subrayó el historiador Henri Pirenne, el mundo mediterráneo, unido durante cinco siglos por el Imperio romano, se partió en dos —y así continúa en la actualidad—. Incluso se podría decir que, hoy día, existen tres Mediterráneos: dos al norte (el latino católico al oeste y el bizantino ortodoxo al este) y uno al sur (el árabe musulmán, que ya no habla ni latín ni griego, sólo árabe). En la época actual, el Mediterráneo ya no es el mar de la unidad, sino un mar de enfrentamientos. 

La cabalgada árabe parecía irresistible. Sin embargo, fue detenida en el siglo VII. En primer lugar, el ejército y la marina bizantinos la detuvieron a las puertas de Constantinopla en el año 717. Los bizantinos empujaron a los árabes hasta los montes Taurus (en donde se estableció la frontera para los siglos), no sin sufrir la influencia musulmana —da testimonio de ello la querella iconoclasta—. En efecto, el islam prohíbe el culto a las imágenes. Los emperadores bizantinos se vieron tentados a hacer lo mismo, hasta que sus teólogos les señalaron que era legítimo representar el rostro de Dios, hecho hombre en Jesús. 

Luego, en el año 732, fue la caballería pesada de los invasores francos en los alrededores de Poitiers. Los árabes no pudieron repeler los combates de Poitiers (aunque éstos se sitúan de una manera aproximada y no constituyeron la inmensa batalla que los cronistas de ambos bandos, preocupados por la propaganda, inflaron). Los francos los vencieron. ¿Por qué? Porque estos germanos montaban pesados caballos de labor (perche-rones) y utilizaban estribos. Los árabes, que todavía montaban pequeños caballos a la antigua usanza, fueron a estrellarse contra el «muro de hierro» de la caballería de Carlos Martel (la expresión «muro de hierro» procede de las crónicas árabes). También es cierto que los francos combatían cerca del Soma y del Rin, mientras que los árabes se encontraban muy alejados de Arabia. Clausewitz explicará que el ejército que combate lejos de sus bases está en desventaja. 

Por otra parte, sería inexacto interpretar la victoria del jefe franco Carlos Martel como una victoria de la civilización sobre la barbarie. En aquella época, todavía merovingia, los francos eran seguramente más bárbaros que los árabes (los primeros, al contrario que los árabes, estaban intimidados por la civilización romana). De hecho, Poitiers fue la batalla de los bárbaros del norte contra los nómadas del sur unidos por el islam. 

A partir del año 750 disminuyó el riesgo para el Occidente cristiano. En efecto, la dinastía de los Omeyas perdió el poder, y la de los Abasíes (descendientes de Al Abas, un tío de Mahoma) la sucedió. Los Abasíes trasladan la capital del Imperio de Damasco a Bagdad, a orillas del Tigris: el enemigo se alejaba. Los Abasíes, que reinaron de 751 a 945, fueron, además, menos guerreros que los Omeyas. Su soberano más conocido fue el famoso Harun al Rachid, quien gobernó Bagdad de 768 a 809 en un largo y fastuoso reinado (es la época de las Mil y una noches). El Imperio árabe conoció entonces su apogeo, a pesar de algunas disidencias (por ejemplo, la España musulmana siguió siendo omeya) y también de algunas disonancias. 

En virtud del estatuto de dhimituda que les concedió el profeta, judíos y cristianos siguieron siendo numerosos dentro del Dar al islam. Todavía hoy lo son en Oriente Próximo (millones), en Egipto (los coptos), en Siria, Palestina, Irak (el ministro de asuntos exteriores de Sadam Husein era cristiano). 

Obstinadamente apegados a su cultura, los iraníes continuaron (y continúan) hablando persa. De este modo, el islam se disocia de lo árabe. El árabe es la lengua sagrada y litúrgica, pero en la actualidad, la gran mayoría de musulmanes ya no son árabes ni hablan el árabe. 

Sin embargo, en el siglo IX, el Dar al islam se extendía desde los Pirineos hasta Afganistán. Las invasiones musulmanas empezaron en la India hacia el año 1000. En aquella época, Mahmud de Gazni (en Afganistán) emprendió la conquista de toda la cuenca del Indo, el río original de la India; luego, la del valle del Ganges, el río sagrado del hinduismo. 

Aquella conquista, obra de Tamerlán o Timur Lang (1336-1405), fue extraordinariamente violenta. Aclamado emperador musulmán, invadió la India en 1398. ¿Por qué esta violencia? Porque el Corán no había previsto un estatuto para los hinduistas, los cuales, según las categorías musulmanas, sólo eran unos idólatras. El Imperio mongol (distinguir de los mongoles de Gengis Khan, completamente paganos) fundó en la India ciudades como Lahore y tuvo grandes soberanos, como Akbar (1542-1605), que lograron unificar el subcontinente. Pero el islam siempre chocó contra el problema del hinduismo, que no sabía cómo tratar. Religión «fuerte», incluso muy fuerte, el islam no es una religión que «lo engulle todo» como el cristianismo. Por lo tanto, suscita alergias considerables en sus fronteras. 

Aún hoy, las tensiones son extremadamente vivas entre el Pakistán musulmán y la India hinduista: guerra en Cachemira, atentados recíprocos, masacres de infieles por un lado y demolición de mezquitas por otro. Hay que entender que el subcontinente enfrenta al monoteísmo absoluto del islam con el politeísmo que todo lo envuelve, «fuerte» a su manera, del brahmanismo. No es de extrañar que esto haga saltar chispas. 

No sucedió así en China. El islam nunca pudo imponerse allí. Por una sencilla y casi trivial razón: China es la civilización del cerdo, y los chinos nunca renunciarían a comer cerdo. Es cierto que hay minorías musulmanas en China, pero marginales. 

Al final de esta inmensa y secular aventura, podemos comprobar la fuerza de atracción del islam, también su fuerza militar (en todas partes, las conversiones siguieron a los jinetes de Alá, excepto en Indonesia, donde la religión del profeta la transmitieron los comerciantes navegantes, cuyo arquetipo es Simbad el Marino) y su grandeza, de la que dan testimonio los magníficos monumentos. 

Sin embargo, el islam fue una religión de ruptura, que trajo consigo el olvido y el rechazo del pasado, como sucedió en el caso de Egipto. Tampoco consiguió (a excepción, una vez más, del particular mundo del comercio de Malasia o Indonesia) salir de un modo duradero de su «nicho ecológico» originario, el del Sahel, del que el islam ocupa el echarpe geográfico de Marruecos hasta Penjab. La humedad, la lluvia, le hacían dar marcha atrás. 

Esta es una cuestión importante que está en juego en la historia contemporánea: hoy en día, cuando la inmigración ha llevado a millones de musulmanes a Europa del norte y a América, ¿el islam va a poder romper esa especie de fatalidad espacial? El ayuno del Ramadán estaba previsto para los países en los que alternan el día y la noche (se ayuna durante el día, se come por la noche). Al norte del círculo polar, en donde durante el verano no hay noche, ¿cómo lo harán? En cualquier caso, algunos teólogos musulmanes han encontrado una respuesta a esta pregunta. Una señal de esperanza. 

Tampoco hay que olvidar que el islam conoció un movimiento místico, el sufismo. Al Gazel (1058-1111) fue el gran maestro del sufismo, una espiritualidad principalmente iraní, mal vista y reprimida por los sultanes sunitas. 

Completamente al margen del Dar al islam, al sur de Arabia, en sus montañas cultivadas y bien regadas, los yemeníes se hicieron musulmanes, pero, al resistir con obstinación a los sucesivos imperios del islam, permanecieron independientes dentro de los salvajes macizos del Yemen, bastante próximos a La Meca. Es imposible, dentro de la misma península, encontrar un contraste más acusado que el que existe entre los beduinos del desierto (jinetes de Alá) y los montañeses yemeníes, campesinos que explotan millares de parcelas agrícolas y construyen bellas ciudades prearábigas (casas muy altas, sin patio). La oposición entre los nómadas de Mahoma y los montañeses que mantuvieron, bajo un islam superficial, la antigua civilización surarábiga de la reina de Saba, es total. Incluso los turcos fracasaron ante Sanaa.

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