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terça-feira, 21 de junho de 2016

La guerra de los Cien Años

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


13 
El nacimiento de las naciones. 
La guerra de los Cien Años


El siglo XIV conoció otra catástrofe: la guerra de los Cien Años. A Hugo Capeto le sucedieron en Francia sus descendientes directos hasta 1328. En esa fecha, se enfrentaron dos candidatos al trono: el hijo de un hermano del rey difunto (un sobrino, por lo tanto), Felipe de Valois, y el hijo de su hija (un nieto), Eduardo, que se había convertido en rey de Inglaterra con el nombre de Eduardo III y que, en 1337, reivindicó la corona de Francia. 

La Edad Media había inventado la legitimidad monárquica hereditaria, acabando de este modo con uno de los grandes motivos de agitación del Imperio romano: la incertidumbre sobre la sucesión. Con la monarquía medieval dejó de existir el vacío de poder: «¡El rey ha muerto, viva el rey!», decían los juristas, afirmando con ello que la defunción de un soberano traía consigo de manera automática la llegada al poder de su sucesor. Existía un orden de sucesión. 

Cuando Carlos IV murió en 1328, su pariente de sangre más próximo era su hija, madre de Eduardo III. En derecho medieval, la cuestión no planteaba ninguna duda. Pero los barones de Francia no quisieron un rey «extranjero». Invocaron una ley franca, la ley sálica, que excluía a las mujeres del orden sucesorio. Según el derecho feudal estaban equivocados, pero según la opinión pública francesa tenían razón. Esto significó el principio de la guerra de los Cien Años. Una simple querella de sucesión, que afectaba poco a los pueblos, se convirtió en una guerra entre Francia e Inglaterra. 

El reino de Francia, con sus quince millones de habitantes, era el más poblado de Europa; Inglaterra sólo contaba con cuatro millones. Pero la paradoja fue que la idea, «progresista» en la época, de «un rey nacional» la defendía un ejército arcaico de caballeros que peleaban «cada uno por su propio fin», mientras que la concepción «reaccionaria» del pretendiente de Londres estaba apoyada por un ejército muy moderno de burgueses disciplinados. 

Así pues, los partidarios de Valois padecieron una serie de sangrientos desastres que diezmaron la caballería francesa: Crécy en 1346, Poitiers en 1356, en donde Juan el Bueno cayó prisionero. Encabezado por el Valois Carlos V y su general Guesclin, se produjo un levantamiento, pero su hijo Carlos VI era un enfermo mental y, por este motivo, los partidarios del otro lado del canal de la Mancha encontraron aliados en el continente; en particular el poderoso duque de Borgoña (1404-1419), quien desde su encantadora ciudad de Dijon extendía su señorío feudal hasta Flandes. 

La nobleza borgoña, las más de moda en Francia, prefería claramente al soberano inglés antes que al pobre rey loco de París. Esta nobleza carecía por completo de sentimiento nacional alguno (así ocurrirá a menudo en Francia con las clases dirigentes). 

El 25 de octubre de 1415, lo que quedaba de la caballería fiel a los Valois fue aplastado en Azincurt. Y, en 1420, con el tratado de Troyes, se pone un fin teórico a la querella dinástica, reconociendo al pretendiente inglés como rey de Francia, con el nombre de Enrique V. Puesto que entonces Enrique V era sólo un niño, un regente inglés, el duque de Bedford, se instaló en París. Quedaba aún un Valois, el enclenque Carlos, refugiado al sur del Loira, pero la Francia más rica, la de la cuenca del Soma y del Loira, estaba ocupada por los ingleses, y Borgoña era casi independiente. 

Esto significaba no haber tenido en cuenta la opinión pública, la de las «buenas gentes» del reino. Ya que Francia empezaba a existir en sus corazones. Aquella originaria fusión entre el Mediterráneo y los mares del Norte, creada de un modo accidental por el tratado de Verdún en 843, había alcanzado el éxito. Era deseada. 

Con más motivo aún, cuando el único poder supra-nacional, la Iglesia, estaba dividida por el «Gran Cisma»: varios papas se disputaban el poder eclesiástico entre Aviñón y Roma. Fue necesario un concilio, el de Constanza (en 1417), para acabar con el cisma, pero el prestigio del papado se tambaleaba. En Bohemia, un héroe checo, Juan Hus (1369-1415), había sublevado al pueblo contra Roma. Y casi en todas partes, un sentimiento nacional tomaba el relevo al sentimiento de unidad católico. 

Así las cosas, los pretendientes ingleses a la corona de Francia habían cometido el error de ignorar aquel sentimiento nacional. Al ser grandes señores feudales dentro del reino (y además hablar francés), habrían podido utilizar a las tropas francesas para apoyar su querella. Pero por razones de comodidad (Inglaterra era más sumisa) y de modernidad (los soldados ingleses, arqueros e infantería, eran más disciplinados), prefirieron utilizar a los soldados llegados del otro lado del canal de la Mancha, a los que los campesinos llamaron «godos» porque juraban en inglés: God Damned! Éste fue un error fatal que permitió la intervención de una de las figuras más extrañas de toda la Historia: Juana de Arco. 

Los franceses querían que les gobernasen quienes compartieran su cultura. Los griegos de la Antigüedad habían tenido la misma exigencia, lo que justificó la guerra contra los persas. Pero como el patriotismo todavía nunca había superado el marco de la ciudad, los imperios fueron multiculturales. El milagro francés, como subrayó el historiador Pierre Chaunu, fue transferir a una inmensa realidad (para la época) el fervor que sentía el ciudadano ateniense que podía contemplar la Acrópolis desde su casa o sus campos. 

Nacida en 1412 en Domrémy, junto al río Mosa, en la misma frontera del reino —de ahí el apodo de «Lorraine»—, Juana era hija de unos campesinos destacados. En aquella región, el capitán local, asentado en Vaucouleurs, era partidario de los Valois. Los campesinos también. La aldea se mantenía bien informada. No había ni radio, ni televisión, ni periódicos, pero los vendedores ambulantes, junto a sus mercaderías, llevaban las últimas noticias. Juana estaba más interesada en la política de lo que hoy en día se interesarían las personas de su edad (dieciséis años). Ella lamentaba «la gran desgracia del reino de Francia». Las gentes canturreaban un estribillo que demuestra hacia dónde dirigían sus simpatías: «Amigos míos, ¿qué le queda a este delfín tan amable?» (se trataba del delfín Carlos). Y enumeraban las pocas tierras que no estaban ocupadas por los ingleses: «Orleans, Beaugency, Notre-Dame-de-Cléry, Vendóme». Es comprensible que la noticia de que los invasores habían sitiado Orleans agitara la aldea. 

Juana pensó que había que acudir en ayuda del delfín (nombre del heredero de Francia: por tradición «el señor del Dauphiné», como el heredero de España es el Príncipe de Asturias). Un banal pensamiento, es cierto, para una patriota. Pero lo que resulta extraordinario es que creyera que ella misma, una chica de diecisiete años, podría liberar el país. Esta idea se le imponía (a través de unas voces) y fue a ponerse bajo las órdenes del señor del castillo local, quien la devolvió a casa de su padre. Pero insistió tantas y tantas veces que el capitán mandó que le dieran un pequeño séquito y un caballo. Con tres o cuatro caballeros a sus órdenes, se dispuso a acudir junto al delfín. 

Carlos estaba instalado al sur del Loira, en Chinon. Vestida de hombre, Juana recorrió a caballo (montaba muy bien, como hija de notables) cerca de quinientos kilómetros en tres semanas. Cabalgaba cruzando la Francia ocupada, en pleno invierno y a menudo por la noche —para escapar de los soldados ingleses—. Llegó a Chinon el 8 de marzo de 1429. Carlos la envió a Potiers para que una comadrona y unos expertos la reconocieran (examen de virginidad). La virginidad de Juana no resulta sorprendente: sólo tenía diecisiete años y había sido prometida. Su inteligencia sí que lo era. A los juristas del delfín, que precisamente le preguntaban: «Si Dios quiere la marcha de los ingleses, ¿para qué necesita soldados?», les respondió: «Las personas de la guerra combatirán y Dios les dará la victoria». 

Al final, el delfín se decidió a jugar con Juana su última carta. Ella obtuvo permiso para acompañar al último ejército francés a Orleans. Aquel ejército estaba bajo el mando de sólidos y robustos hombres. Dunois, el Bastardo de Orleans, el duque de Alençon y Gilles de Rais quedaron subyugados por aquella joven (Pucelle, su apodo, quiere decir sencillamente «chica joven»). Liberaron Orleans y, el 18 de junio de 1429, aplastaron al ejército inglés en Patay. Pero Juana tenía una cabeza política y se daba cuenta de que la victoria militar no bastaba para legitimar al delfín. Convenció al delfín de que acudiera al arzobispado de Reims para ser coronado y le acompañó. 

La liberación de Orleans y la figura de Juana suscitaron una especie de insurrección general de los campesinos. Aunque Reims estuviera en la Francia ocupada, los ingleses se encontraron en una difícil situación y se replegaron a Normandía. En julio de 1429, Carlos fue coronado en Reims con el nombre de Carlos VII. La partida política estaba ganada. 

A partir de ese momento, Carlos VII sólo protegió a la Pucelle de lejos. Tras haber tomado Compiègne, los borgoños la capturaron y la vendieron a los ingleses. Éstos, queriendo desacreditarla, hicieron que fuera juzgada por bruja en Ruán. Su proceso es el prototipo de un proceso político. El 30 de mayo de 1431, Juana fue quemada en la hoguera. Tenía diecinueve años. 

Veinte años más tarde, Carlos VII, que no quería sustentar su trono en una bruja, mandó organizar un proceso de rehabilitación, al término del cual quedó anulada la condena de bruja. André Malraux escribió sobre Juana una magnífica oración fúnebre:

"Juana era muy femenina. No por ello dejó de demostrar una incomparable autoridad. Esta jovenzuela exasperó a los capitanes, a los que quería enseñar el arte de la guerra. En aquel mundo en el que Ysabeau de Baviera había firmado en Troyes la muerte de Francia, anotando sencillamente en su diario la compra de una nueva pajarera, en aquel mundo en el que el delfín dudaba de ser delfín, Francia de ser Francia, el ejército de ser un ejército, ella rehízo al ejército, al rey y a Francia. Ya no quedaba nada, y de pronto, una esperanza; de ella fueron las primeras victorias que restablecieron el ejército. Más tarde, por ella y en contra de casi todos los jefes militares, la coronación que restableció al rey... 

"Veinte años después de su muerte, Carlos VII, al que atormentaba haber sido coronado gracias a una bruja, ordenó el proceso de rehabilitación. Su madre fue a presentar el decreto del Papa por el que se autorizaba la revisión. Volvió todo el pasado y salió de la vejez como se sale de la noche. Había transcurrido un cuarto de siglo. Los pajes de Juana se habían convertido en hombres maduros. Todos habían visto o se habían cruzado con aquella joven. El duque de Alençon la había visto, una noche, desnuda mientras se vestía, cuando junto a muchos otros se acostaba sobre la paja: «Era bella —dijo—, pero nadie hubiera osado desearla». 

"Ante los atentos escribas, el jefe de la guerra recordó aquel minuto, hace ya veintisiete años, a la luz de la luna." 

La historia de Juana de Arco no es una leyenda. Es la mujer de la Edad Media sobre la que más documentación existe porque hubo dos procesos, el de condena y el de revisión. Dos «grandes procesos», así los vivieron los hombres de leyes de la época, de los que se conservan centenares de páginas de la instrucción, en varios ejemplares: interrogatorios, declaraciones, etcétera. 

Aquella extraordinaria y breve aventura es rica en enseñanzas. En primer lugar, la importancia de la adhesión popular (como ya hemos señalado a propósito de la Atenas de Pericles): Juana fue la abanderada del pueblo de Francia. Hizo cambiar la opinión campesina, y la hostilidad del pueblo les puso las cosas muy difíciles a los ingleses. Es absurdo legar la figura de Juan de Arco a un Le Pen. Juana fue antes que nada una resistente. Y si hay alguien estúpido, no fue ella, sino el obispo Cauchon, que la condenó en Ruán. Por otra parte, ella no detestaba a los ingleses; sólo deseaba verles de regreso a su país. 

La función de lo profético en la Edad Media permite explicar la importancia de Juana. Hoy su historia nos resulta incomprensible. A Juana no se la recibiría en el Elíseo. Los generales no la obedecerían. Por otra parte, historiadores fantasiosos intentan encontrar en la historias de Juana atribuciones inconfesables. Dicen que era un pariente secreto del delfín y otras banalidades. Todo eso es ridículo. 

Los reyes medievales creían que Dios podía dirigirse a ellos por mediación de cualquiera. Creían (igual que el Israel bíblico) que había profetas. Juana fue un profeta del patriotismo francés. Vox populi, vox Dei, “la voz del pueblo es la voz de Dios”, afirma una máxima eclesiástica. 

Por fin, la historia de Juana confirma, tras la de Eloísa (quien tenía la misma edad, pero procedía de un medio literario parisiense, en lugar de un medio rural provinciano), el extraordinario feminismo de la Edad Media. A pesar de las apariencias, nuestra época es mucho menos feminista que la de Juana. No olvidemos que en 1429, en el momento de sus victorias, Juana sólo era una joven de diecisiete años. Pues esa joven cambió realmente la historia del mundo; Francia e Inglaterra, las más viejas naciones de Europa, también eran las primeras potencias del momento. Se podría añadir que la debacle de las élites es algo bastante frecuente. Mientras que generales, juristas, obispos y barones colaboraban o se echaban a dormir, una joven desconocida supo levantar Francia.

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