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quarta-feira, 22 de junho de 2016

Los grandes descubrimientos y la muerte de las civilizaciones precolombinas

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


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Los grandes descubrimientos 
y la muerte de las civilizaciones precolombinas


En el siglo XV cambia la escena. Este cambio viene anunciado por una mala noticia para la cristiandad: la toma de Constantinopla por parte de los turcos el 29 de mayo de 1453. Algunos historiadores consideran esta fecha como la que pone punto final a la Edad Media e inaugura los «tiempos modernos». 

Hemos visto a los turcos, unos nómadas islamizados, conquistando Bagdad el año 1055 y colocando a su sultán a la cabeza del islam (la dinastía Selyuquí), al que restituyeron la fuerza conquistadora que desencadenó la contraofensiva de las cruzadas. Como Oriente estaba debilitado por el «asalto» de 1204, fueron los turcos quienes se encargaron de la ofensiva. El sultán Mahoma II consiguió tomar Constantinopla; el último emperador bizantino, Constantino IX, encontró una muerte gloriosa durante el asalto. 

Curiosamente, Occidente, excepto venecianos y genoveses, que acudieron de manera esporádica en su ayuda, pareció desinteresarse de la caída de Bizancio. Sin embargo, los otomanos no se limitaron a Constantinopla, sino que siguieron con la conquista de los Balcanes, bajo el mando de un sucesor de Mahoma II, Solimán el Magnífico (1494-1566). Sólo los austríacos detuvieron a los turcos ante las puertas de Viena, en 1529. Éstos volverán a atacar Viena en 1683; el Imperio turco no se destruirá hasta el año 1918. No se puede entender nada de los problemas actuales de los Balcanes si se olvida al Imperio otomano

La caída de Constantinopla aparece como una gran victoria del islam. Con tres restricciones, en cualquier caso. En primer lugar, la cristiandad, junto con Génova y Venecia, conservaba la hegemonía naval en el Mediterráneo. Los turcos eran soldados de infantería. En el mar, sólo podían contar con los corsarios bereberes (Argelia, Túnez), crueles con sus prisioneros y molestos en los puertos pesqueros, pero no realmente peligrosos. Por otra parte, Génova y Venecia se acomodaron bastante bien al dominio otomano en los Balcanes (Venecia conservó en aquella zona las islas, el Peloponeso, Creta y Chipre). Aquellos negociantes no hacían demasiado caso de la religión y, al margen de las crisis, comerciaban con la «Sublime Puerta» (nombre oficial del Gobierno del sultán), que a sus ojos sencillamente sustituía al Imperio romano de Oriente. 

Luego, los bizantinos, antes de perder su independencia, habían «transmitido la llama» de su cultura y de la ortodoxia a una recién llegada: Rusia. Primero fue en Kiev, cuyo rey, Vladimir, se había convertido al cristianismo y se había casado con la hermana de Basilio II en 988; a continuación, a partir del siglo XIV, en Moscú, donde Iván el Terrible (1530-1584) acabó por asumir el título imperial (zar = César). 

Por fin, y fundamentalmente, los europeos dejaron actuar a los turcos porque los occidentales en ese momento daban la espalda al Oriente clásico: habían iniciado la conquista de la Tierra. Los musulmanes no se dieron cuenta de que su mundo saheliano se había deformado y convertido, de alguna manera, en «provinciano». 

Paradójicamente, la caída de Constantinopla desencadenó lo que se llama el «Renacimiento». Durante el sitio, centenares de intelectuales y dirigentes griegos habían huido de la ciudad para llegar a Italia. Muchos lo lograron; uno de ellos, Besarión (1400-1472), incluso se convirtió en cardenal de Roma y fundó la biblioteca de Venecia. Aquellos intelectuales provocaron en Occidente una auténtica revolución. 

Se podría decir que el rasgo distintivo de la «modernidad», lo que la distingue de las civilizaciones «tradicionales», es la exaltación del individuo, el espíritu crítico y de cambio. Tres características que hasta entonces nunca se habían dado juntas. La Antigüedad practicaba dos de ellas: conoció flamantes individualidades (Alejandro, Aníbal, César) y un sentido crítico llevado hasta el cinismo (Diógenes), pero concebía mal el cambio, su visión del tiempo era la del «eterno retorno» (que aparece hasta en la Biblia: «Nada nuevo bajo el sol», dice el Eclesiastés). 

La Edad Media conjugaba otras dos: fue propicia a las individualidades (la extraordinaria aventura de Juana de Arco da testimonio de ello) y le gustaba el cambio. Ya hemos visto cuántos inventos mayores (la brújula, el cañón) pudieron florecer en aquella época. Pero la Edad Media no estaba muy abierta al espíritu crítico, a causa de la influencia de la Iglesia católica. 

Cuando centenares de intelectuales griegos, huyendo de los turcos, recalaron en Italia, llevaron precisamente allí el espíritu crítico que faltaba, además de toda una parte olvidada de la Antigüedad (fundamentalmente a Platón, ídolo del cardenal Besarión). Por primera vez se encuentran unidas las características de la modernidad: iniciativa individual, gusto por el cambio y sentido crítico. Aquello fue una explosión. 

Esto viene a confirmar lo que hemos intuido desde el principio: la Historia depende infinitamente más de factores ideológicos que de factores económicos. A pesar de las apariencias, son las ideas las que mueven el mundo

Aquella explosión tuvo como actores principales a dos países nuevos: España y Portugal. Desde las invasiones árabes, la historia de la península ibérica había sido la de la lucha de pequeños príncipes cristianos, que conservaban su independencia cerca de los Pirineos, contra los musulmanes, lucha que se llamó Reconquista. 

En 1469, Isabel de Castilla, soberana de un reino cristiano continental, se casó con Fernando de Aragón, un reino marítimo alrededor de Barcelona y de Valencia. Esta unión multiplicó la fuerza de los Reyes Católicos. En 1492 tomaron la magnífica ciudad árabe de Granada (el palacio de la Alhambra) y expulsaron a los musulmanes (y también a los judíos 
sefarditas, muchos de los cuales fueron a instalarse en el Imperio otomano). La Reconquista había terminado y se había formado la potencia española. 

La formidable infantería ibérica, aguerrida por la Reconquista, se disponía a invadir Marruecos y Argelia cuando un acontecimiento imprevisto cambió el curso del torrente español: Isabel de Castilla financió la expedición de un marino genovés (desde entonces se produjo una simbiosis entre los navegantes genoveses y España) que quería cortocircuitar el Imperio turco para lograr el tráfico de «especias», aquellas preciosas mercancías (seda, pimienta) que llegaban desde tiempos inmemoriales de la India y China. Porque entre la India, China y España se encontraba el Imperio otomano, que cobraba enormes impuestos por el paso de las mercancías. 

Cristóbal Colón había leído a los sabios de la Antigüedad. Creía, al igual que los sabios de la Alejandría helenística, que la Tierra era redonda. Probablemente también conociera los «cuadernos de bitácora» de los vikingos. Su idea era sencilla y genial: llegar a China navegando hacia el oeste a través del océano. 

Aquella idea se podía llevar a cabo porque la navegación había experimentado grandes progresos. La carabela, invención veneciana, navegaba desde 1415 con velas, timón y codaste. Venecia estaba en contacto con China, en donde, en aquella época, ya navegaban juncos sin remeros, equipados con doce velas de seda. Pero sólo el conocimiento de la «mecánica de las fuerzas» permitió a los occidentales intentar remontar el viento (una vez más, la preponderancia de las ideas). Esta simple ley explica que jamás se haya visto a los juncos chinos llegar a Occidente. 

Los ibéricos se atrevieron con la navegación de alta mar, de «altura». Todo el mundo sabe que un obstáculo imprevisto impidió a las tres carabelas de Colón llegar a China: América. Cristóbal Colón pisó aquellas tierras el 12 de octubre de 1492. No se dio cuenta de inmediato de que se trataba de un nuevo continente. Fue un geógrafo alemán quien lo comprendió y, por error, le dio el nombre de un navegante veneciano al servicio de España, Américo Vespucio. Por este motivo, Colón, que se creía en la India, llamó a los indígenas «indios». No hay que confundir a los indios de América, los «amerindios», con los habitantes de la India. 

1492 fue un año decisivo que vivió la toma de Granada y el descubrimiento de América. En lugar de extenderse hacia África del norte, la fuerza española dio un giro hacia el Nuevo Mundo. 

No obstante, fueron los portugueses quienes inventaron la navegación de altura. Portugal había nacido un siglo antes. Por su geografía se situaba de cara a alta mar y, por lo tanto, se interesó por el Atlántico mucho antes que los castellanos o catalanes. El verdadero iniciador de las exploraciones de alta mar fue el príncipe portugués Enrique el Navegante (1394-1460). Desde su palacio en el cabo de Sagres, el Finisterre portugués, alentó las expediciones navales. 

En 1445, las carabelas portuguesas habían doblado el cabo Verde. En 1471, habían sobrepasado el cabo de Buena Esperanza, habían rodeado África por el sur (igual que lo habían hecho, según se dice, dos mil años antes los fenicios, pero en sentido inverso). En 1498, Vasco de Gama desembarcaba en Calcuta, en la India. Si los españoles privilegiaron la ruta del oeste, los portugueses prefirieron la ruta del este. Fundaron desde su capital, Lisboa, una gigantesca talasocracia sembrando de escalas la ruta de la India: Cabo Verde, Angola (incluso en Brasil, adonde les dirigió una tormenta), Mozambique. Crearon un próspero enclave en Goa (que seguirá siendo portugués hasta 1962) y en China, el de Macao (que no fue devuelto a China hasta 1999). Entre China y la India, también controlaban los estrechos de Malasia con Malaca. 

Cabral en Brasil (1500) y Albuquerque (1453, 1515) en Ormuz impusieron la supremacía naval lusitana en los océanos Atlántico, Indico y Pacífico. Los portugueses fueron los mayores navegantes de la historia. Aquí hay que hacer la misma consideración que se hizo páginas antes sobre Dinamarca: Portugal no es un «pequeño país». Fue un Estado oceánico, cuya lengua todavía se habla en Brasil y en África, e incluso en Timor (Indonesia). 

La cumbre de aquella navegación de altura fue alcanzada por un portugués, Magallanes, bajo las órdenes de la monarquía española. Por lo tanto, Magallanes siguió la ruta española del oeste. En octubre de 1520 consiguió bordear Suramérica por el estrecho que lleva su nombre. El 28 de noviembre se adentró en el mayor océano de la Tierra (al que llamó Pacífico porque, por casualidad, no se encontró con ninguna tempestad). Murió durante un enfrentamiento con los indígenas de Filipinas (que se llama así debido al rey de España, Felipe II). Sólo uno de los barcos volvió a España en 1522. Se había realizado la primera vuelta al mundo. Había durado tres años. 

Aquellos navegantes eran mucho más audaces que nuestros astronautas actuales, ya que éstos están en contacto directo con su base, desde donde se les aconseja permanentemente, mientras que los marinos de Magallanes no mantenían relación con nadie durante meses. 

Pero Portugal no era lo suficientemente poderosa como para mantener su talasocracia. Fue España la que fundó un Imperio «en el que nunca se ponía el sol». Los portugueses se limitaron a algunos enclaves; los españoles iban a conquistar el interior de las tierras. A los navegantes les sucedieron los conquistadores. Así pues, el interior de las tierras americanas estaba ocupado por magníficas civilizaciones, llamadas precolombinas («anteriores a Colón»). 

Ya hemos indicado que América estaba ocupada, desde la prehistoria, por hombres que habían pasado a pie por el estrecho de Bering y luego se quedaron aislados debido a la subida del mar. Éste es el motivo por el que todavía allí se hablan lenguas del sureste asiático; así, el apache está próximo al jemer. Aquellos hombres siguieron, dentro de su aislamiento americano, la misma evolución que los de Eurasia, pero con un gran «desfase temporal». 

Al norte de Río Grande habían seguido siendo cazadores nómadas, pero al sur habían construido civilizaciones agrícolas desarrolladas. Ellos inventaron esas plantas que nos resultan tan familiares: la patata es amerindia, igual que el chocolate (cacao) y también el maíz y el tomate. Apenas se puede imaginar hoy a los españoles sin patatas y al Mediterráneo sin tomates (desconocidos, sin embargo, en la Antigüedad grecolatina). Los amerindios también habían construido Estados, y por las mismas razones que lo habían hecho en el antiguo mundo. 

Los mayas, ya en decadencia cuando llegaron los españoles, vivían en Guatemala, en pequeñas ciudades-estado comparables a las de los griegos de los tiempos de Homero. 

Los aztecas, en plena expansión en el siglo XV, crearon en México un Estado guerrero que, por la arquitectura, los sacrificios humanos, la importancia de la guerra y de la religión, se parecía mucho a lo que podría ser la Asiría de Sargón y de Asurbanipal. 

Los incas, principalmente, habían construido en América del Sur un inmenso Imperio (desde el actual Ecuador hasta Chile, pasando por Bolivia y Perú) que recuerda, sin exagerar mucho, al antiguo Egipto. El Inca era una especie de faraón, un Rey sol. Igual que a orillas del Nilo, se adoraba al Sol. Allí se pueden encontrar las clases de escribas, soldados y campesinos que había en el valle del Nilo. En cuanto a la arquitectura inca, era tan faraónica como podamos imaginar: ciudadelas, caminos, grandes templos. 

Los mayas y los aztecas construían pirámides. El Imperio inca tenía tres capitales, en las que el soberano vivía alternativamente: al norte, Quito; en el centro, Cajamarca; al sur, la ciudad santa de Cuzco, origen de la dinastía que fundó el rey Pachacuti en 1438, que conoció su apogeo con el gran emperador Huayna Capac (1493-1527). Tras la muerte de éste, sus hijos se disputaron el poder en una guerra fratricida en la que triunfó el emperador Atahualpa. 

Aquellas grandes civilizaciones sabían contar y acababan de inventar la escritura. Salían de la prehistoria y entraban en un triunfante neolítico. Se comunicaban entre ellas y con los nómadas de las praderas norteamericanas, pero ignoraban la existencia del mundo exterior (a excepción de algunos recuerdos legendarios). Eran campesinos, para ellos el océano era lo mismo que para nosotros el espacio interplanetario antes del inicio de la conquista espacial. 

El «contacto» entre las civilizaciones precolombinas y las europeas fue devastador. En 1519, el gobernador Español de Cuba confió la dirección de una expedición a México a un noble llamado Cortés. Llegó a la capital azteca de Tenochtitlán (México) sin ningún impedimento. Cortés fue recibido por el rey Moctezuma, quien durante unos días le tomó por un dios. Cuando llamaron a Cortés desde la costa, su lugarteniente, Alvarado, aprovechó para masacrar a los dignatarios aztecas, provocando un levantamiento en el que murió Moctezuma. Los españoles fueron obligados a abandonar la ciudad el 30 de junio de 1520, por la noche, la Noche triste. Cortés volvió con refuerzos, sitió Tenochtitlán; la tomó el 13 de agosto de 1521, y permitió terribles represalias. El reino azteca había quedado subyugado. 

Los españoles continuaron hasta la tierra de los mayas por el sur, y hasta California por el norte. En 1531, otro capitán español, Pizarro, dirigió una expedición que recorrió la costa americana del Pacífico hacia Perú. El emperador Atahualpa sabía que los españoles no eran dioses. Como sentía curiosidad por verles, les invitó a ir a visitarle cerca de Cajamarca, en donde había levantado su campamento. El 16 de noviembre de 1532, recibió a los «visitantes del otro mundo» sobre su trono, rodeado por su guardia, miles de soldados. Los españoles sólo eran ciento sesenta y tres, con una docena de caballos y algunos cañoncitos. Por la noche, en un gesto de audacia inaudita y de una absoluta deslealtad (eran los huéspedes del Inca), Pizarro secuestró al monarca y el Imperio se derrumbó. 

Se trata de una de las páginas más terroríficas de la historia del mundo. ¿Por qué ese Imperio inca, con una población de entre diez y quince millones de habitantes, se destruirá con tanta rapidez bajo la acción de un puñado de castellanos? ¿Los ejércitos? La pólvora no explica nada: los arcabuces difícilmente lanzaban un tiro por minuto (los arcos de las guardias imperiales eran más eficaces) y su detonación no aterrorizó durante mucho tiempo a los indios. ¿Los caballos? Es cierto que los amerindios desconocían el caballo. Los incas no «montaban» a ningún animal, sólo utilizaban llamas como animales de carga. Al ver cabalgando a los indios en las películas del Oeste, se olvida con facilidad que los europeos fueron quienes llevaron el caballo a América. Pero, precisamente, los indígenas pronto dejaron de temer a los caballos y aprendieron a montar con maestría. 

De hecho, Atahualpa habría podido mandar degollar a los españoles. Bien es cierto que habrían llegado otros, pero, teniendo en cuenta la organización inca y la enorme distancia que separaba a los españoles de su base, la lucha no habría sido desigual. Una vez más, la respuesta se encuentra en la psicología de los indios, en su «mentalidad», en sus ideas. Eran personas muy civilizadas, pero fatalistas y colectivistas, para ellos, la iniciativa individual no existía (¿qué hacer si el emperador está prisionero?). Su civilización era incapaz de reaccionar ante lo imprevisto. La conducta de Pizarro les resultaba inimaginable. Para ellos, los españoles eran una especie de «extraterrestres» (realmente venían de «otro mundo»). El «desfase temporal» entre españoles y amerindios era inmenso (mucho mayor que el desfase comprobado entre los romanos de César y los galos de Vercingetórix). Los incas apenas acababan de salir de la prehistoria. Por su parte, los conquistadores eran comandos individualistas, superhombres casi nietzscheanos (a pesar del anacronismo) que no temían ni a Dios ni al diablo y que sabían explotar las imprevisiones. De este modo, la modernidad puede matar. Entre los españoles de Pizarro y los incas de Atahualpa, se puede decir que había seis mil años de desfase. 

No tengamos miedo del anacronismo pedagógico: ya lo hemos subrayado, el Imperio inca recuerda al de los faraones. Pues bien, si los españoles del Renacimiento hubieran podido desembarcar en Egipto en la época de Ramsés II, creemos que la sorpresa habría sido comparable y que los castellanos habrían destruido el Egipto de los faraones. 

Los españoles fueron crueles (cuando combatían, los franceses no lo eran menos), pero no fueron racistas. A menudo los conquistadores se casaron con princesas indias. Hasta el punto de que, a día de hoy, todos los «grandes de España» tienen sangre india por las venas. 

Los españoles eran «marcianos». Las inmensas civilizaciones amerindias desaparecieron como por «encanto» (sería mejor decir como por «maleficio»). La modernidad mató a las civilizaciones precolombinas, pero las poblaciones amerindias siguen existiendo. En América Central y en América del Sur, los indios aún se cuentan por millones (la mayoría en Perú y en Bolivia). Pero de su glorioso pasado sólo quedan lenguas locales (el aymará y el quechua) y supersticiones populares. Se han convertido en católicos e hispánicos; hablan español. 

La catástrofe se agravó con lo que los médicos llaman el «choque de microbios», o viral. Dado su aislamiento, las poblaciones de América no eran inmunes a los microbios de Eurasia. El sarampión y la gripe, a que los españoles resistían, tuvieron el mismo efecto devastador entre los indios que la gran peste había tenido en el siglo XIV sobre los europeos. Murieron a millones; principalmente los dignatarios, más en contacto con los invasores. Siempre se subestima la función histórica de las epidemias. 

Así, la conquista de América fue una terrible tragedia, sin que siquiera los españoles fueran conscientes de ello, ya que no entendían muy bien lo que sucedía. 

A algunos españoles les atrapó la simpatía de aquellos nuevos sujetos, como por ejemplo, al dominico Bartolomé de las Casas, quien escribió al rey de España una Muy breve relación de la destrucción de Las Indias en 1542, pero en vano. Evidentemente, los españoles no eran mejores que los indios. Incluso se puede pensar que, desde el punto de vista moral, los incas eran más simpáticos. Pero los españoles eran más modernos. 

Los valores de la modernidad —iniciativa individual, espíritu crítico, gusto por el cambio— aseguraron en el siglo XV la victoria de los europeos sobre los otros pueblos de la Tierra. ¿Son suficientes esos valores para dar sentido a la vida? No cabe duda de que no. Son valores de acción. Sólo las religiones y el conocimiento justo de las cosas permiten vivir. Por otra parte, aunque los españoles actuaban de manera «moderna», utilizaban, para dar sentido a sus vidas, los valores espirituales del cristianismo, en cierto modo su «capital moral». En el siglo XXI, se puede pensar que el mundo moderno dilapidó ese capital, quedándose como única referencia el placer individual. Pero esto es «otra historia» de la que hablaremos más adelante.

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