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sexta-feira, 3 de junho de 2016

Los tiempos bárbaros o el declive

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


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Los tiempos bárbaros o el declive


Desde el principio del tiempo histórico, el progreso de la humanidad había sido continuado. El ser humano no había cambiado, pero con Sócrates, Jesús y las ciencias chinas y griegas, el mundo había «progresado»; esta noción no implica juicio de valor alguno. De manera sucesiva habían aparecido el alfabeto, la geometría, la filosofía, el derecho romano y, por fin, la ternura evangélica. 

Pero, en el año 410 de nuestra era, se produjo un increíble acontecimiento. Los bárbaros tomaron Roma. La caída de Roma abrió un terrorífico período histórico que va a durar seis siglos. Hay que comprender que lo que nosotros llamamos Edad Media no empieza hasta el año 1000. Los especialistas dan como fecha de referencia la de la coronación del rey de Francia, Hugo Capeto, en 987. 

Para referirse a una regresión, a menudo se dice que «se vuelve a la Edad Media». Es una estupidez. La Edad Media son las catedrales, el poder y la gloria. En ese caso, lo mejor sería mencionar la época merovingia, en la que indolentes reyes reinaban sobre tribus dispersas.

De hecho, si se lanza una mirada sobre París, entre 410 y 987, no hay gran cosa. Nada entre las termas de Cluny y las primeras abadías. Durante seis siglos, allí no se construyó ni un monumento, ni una escuela, ni un lugar de culto. Hasta el siglo X se podría pensar que había desaparecido toda civilización; afirmación apenas exagerada. 

El Imperio se había venido abajo. Pero no en todas partes. Aún subsistía en los Balcanes y en Anatolia, alrededor de Constantinopla. A esta supervivencia oriental del Imperio se la conoce con el nombre de Imperio «bizantino» para diferenciarlo de la Antigüedad propiamente dicha. Sin embargo, los bizantinos, conscientes de la continuidad histórica, se llamaban a sí mismos «romanos». «Romano» también fue el nombre de algunos de sus emperadores. 

Este Imperio será grande: basta con recordar a Justiniano (527-565), recopilador de leyes (el Código Justiniano) y constructor de la admirable cúpula de la basílica de Santa Sofía (su arquitecto fue Antemio de Tralles); a Romano Lecapeno (920-944), o al terrible Basilio II el Bulgaróctono («asesino de búlgaros») (958-1025). El Imperio bizantino durará hasta las invasiones turcas del siglo XV. 

Pero, al margen del mundo egeo, que ese imperio protegió, una ola de barbarie arrasó con todo. Hasta China engulleron los nómadas en aquella época: los «dieciséis reinos de los cinco bárbaros». La expresión «invasiones bárbaras» sugiere la avalancha de innumerables guerreros «con el cuchillo entre los dientes». Romanos y chinos llamaban «bárbaros» a todos aquellos que vivían más allá del limes o de la Gran Muralla. En realidad no eran muy numerosos, sólo unas tribus de cazadores y sobre todo criadores de ganado que se desplazaban del Báltico hasta Mongolia por la gran estepa euroasiátiaca. 

Los hunos, de raza amarilla, en pleno avance hacia Occidente, provocaron con su ardor movimientos en cadena. Todo el mundo recuerda el nombre del más famoso de sus jefes: Atila (395-453). Los hunos son la explicación de los nombres y los rasgos asiáticos de un cierto grupo de europeos: húngaros, búlgaros, algunos rusos (también Lenin tenía los ojos rasgados). Los «gitanos» son algo distintos: no son guerreros, sino unos sin casta llegados de la India y que siempre vivieron en simbiosis dentro del seno de las sociedades agrícolas. 

Roma había sabido contener a esas tribus durante siglos. Por otra parte, los bárbaros estaban fascinados con ella. Al no poder conquistarla, emigraban allí. En el siglo IV se enrolaban en el ejército romano, en donde se convertían en excelentes defensores del Imperio. 

¿Por qué entonces sobrevino la catástrofe de 410? Extraordinario acontecimiento que causó una honda impresión en san Agustín. Roma, en efecto, no había sido conquistada desde la antigua irrupción de los galos, ocho siglos antes. Hay que entender que en aquella época la superioridad militar de los «civilizados» se debía exclusivamente a su organización (a su modernidad). Una legión romana utilizaba las mismas armas que los bárbaros germanos, pero su mando y su disciplina le aseguraban un completo éxito. De manera individual, los bárbaros eran mejores. Y esta superioridad individual de los nómadas sobre los sedentarios se mantendrá hasta que estos últimos utilicen, en el siglo XV, la pólvora y los cañones. 

Cuando una sociedad sedentaria se desorganiza, queda a merced de los invasores. Tanto es así que Roma se organizó y, con sus treinta legiones, rechazó con facilidad a los bárbaros en las tinieblas exteriores. Era la mayor potencia mundial. No tenía enemigos a su altura (a excepción de los persas de Partos, enemigos hereditarios). El Imperio se derrumbó porque se autodestruyó. En efecto, a partir del siglo III, Roma inició su decadencia. Sabemos que este concepto es muy criticado, pero no vemos por cuál reemplazarlo. 

La decadencia fue en un principio cívica. Por muy rica y corrupta que fuera, la clase dirigente romana conservó durante mucho tiempo el sentido del bien público, tal y como lo hemos comprobado leyendo las notas del emperador Marco Aurelio. A partir del siglo IV lo perdió. Porque ninguna clase dirigente puede resistirse al egoísmo individualista. La clase dirigente, cuando menos, debe dar la impresión de que se ocupa del bien común; mejor aún, debe ocuparse realmente si quiere justificar sus privilegios. Chateaubriand lo escribió en sus Memorias de ultratumba de una manera definitiva: «Una clase dirigente conoce tres edades sucesivas: la edad de la superioridad, la edad del privilegio y la edad de la vanidad. Una vez que sale de la primera, se degenera en la segunda y se apaga en la tercera». 

Cuando una clase dirigente se hunde, puede arrastrar consigo el derrumbamiento de la sociedad si los dirigentes que la sustituyen no están preparados para ocupar los puestos vacantes. Al caer la nobleza durante la Revolución francesa, la burguesía estaba dispuesta (y deseosa) a asumir el Estado. Nada de esto sucedió en la Roma del siglo V. Las virtudes que habían hecho poderoso al Imperio y a sus patricios — el respeto a las leyes, el valor militar, el sentido de la grandeza— se habían desvanecido. Además, por decirlo de algún modo, el ejército ya no existía. Los bárbaros no encontraron a nadie frente a ellos, pasaron el limes —en esta ocasión no como inmigrantes sino como conquistadores— y empezaron a violar y a matar. 

Fue una formidable regresión de la civilización, una especie de declive. Hay que entender que el progreso no es automático. Durante treinta y cinco siglos, desde la época de los faraones, la humanidad había seguido un progreso continuado; cada siglo era más «moderno» que el anterior. Pero, después del año 410, todo se derrumbó. En el momento en que no hay un Estado, no hay seguridad. Los campesinos, que necesitan la paz para cultivar sus campos, huyeron de ellos. Se instaló la hambruna. Y puesto que un núcleo urbano no puede funcionar sin un superávit agrícola, las bellas ciudades del Imperio romano se transformaron en campos de ruinas. 

Conviene subrayar el hecho de que las ruinas no son «naturales». Demasiado a menudo se cree que las ruinas son el resultado de la usura del tiempo. Nada de eso. Mientras una civilización se mantiene viva, conserva sus monumentos. Algunos templos hinduistas todavía se encuentran en buen estado tras cinco mil años. Notre-Dame fue construida hace siete siglos y parece estar «como nueva». Los monumentos son eternos cuando se reparan. En Notre-Dame siempre hay algún andamio. Si un día la catedral cae en ruinas, querrá decir que nuestra civilización ha desaparecido. Por lo tanto, las magníficas ruinas romanas dispersas por la cuenca mediterránea tienen un significado trágico: nos recuerdan la caída del Imperio. 

Es difícil imaginar cómo fue la regresión en los tiempos bárbaros. Triunfó la anarquía. Y la anarquía mata mucho más que la guerra. Las guerras Púnicas fueron terribles, pero no afectaron en nada a la civilización. La caída de Roma trajo consigo la ruina de la sociedad occidental. La anarquía —cuando los vecinos se asesinan entre sí, cuando se hace imposible circular por las vías sin que te corten en pedazos— es mucho más destructiva que las batallas ordenadas. 

En la actualidad se sabe hacer demografía histórica. Por ejemplo, la fotografía aérea nos da una idea justa de las implantaciones humanas. Así pues, la Galia romana tenía alrededor de diez millones de habitantes. En el siglo VII, con los merovingios, no contaba más que con tres millones, y esto sin ninguna gran guerra ni epidemia por medio. Se había producido una regresión de la población del 70%. 

La inseguridad implica hambre, la muerte de las ciudades y del comercio. Tal vez hoy pasa algo semejante en algunas regiones de África. El antiguo Zaire es extremadamente rico. Allí hay de todo: agua dulce del río Congo, electricidad producida por inmensas presas, los más diversas cultivos (de llanura y montaña), multitud de minerales (oro, diamantes, cobre) y mucho petróleo. Pues este país está hundiéndose en la miseria. En la vecina Ruanda, los hutus y los tutsis se han masacrado sin armas modernas. En todas partes, cuando «se vuelve la tortilla», la anarquía trae hambre y la desaparición de las escuelas. Así sucedió en Europa (a excepción del Imperio bizantino) en los tiempos merovingios. No obstante, es una época interesante de conocer. Aunque las luchas de Brunequilda y de Fredegunda (siglo VI), como los baldíos reinos de Austrasia y Neustria, no tuvieron ninguna importancia, los bárbaros dejaron su impronta en el mundo actual. 

Ellos, los hunos, los germanos y los eslavos, fueron quienes dieron los nombres a las naciones de la Europa actual. Los francos, una tribu germánica, ocuparon la Galia, que hoy se llama Francia, aunque en el fondo la población sigue siendo celta y todavía habla una lengua latina. Los vándalos se desplegaron hasta el norte de África. Su nombre es un testimonio de la detestable fama que se labraron: destrucción y pillajes. 

En la actualidad, resulta imposible leer un periódico sin encontrar en él una referencia a los «anglosajones». Pues bien, los anglos y los sajones fueron unos germánicos que desembarcaron en Gran Bretaña. Y entonces nació Inglaterra. El inglés es una lengua germánica —muy latinizada, por cierto—. Algunos «gran bretones», con el fin de huir de los sajones, fueron al oeste de la Galia para fundar una pequeña «Bretaña» y salvar allí el  galés (el bretón). «Alemania» perpetúa el nombre de los alanos. Los burgundios dejarán el suyo a Borgoña y los lombardos a Lombardía. Ya hemos mencionado Hungría y Bulgaria con gran influencia asiática. Los eslavos legaron su lengua a la Europa del Este hasta Bohemia. 

Algunos bárbaros no eran ganaderos, sino marinos. Los vikingos merecen nuestra atención. Los normandos —«hombres del norte» (northmen)— eran tan saqueadores como los demás. «Cuídanos, Señor, del peligro normando», dice una oración de aquella época. Pero habían sabido perfeccionar la galera mediterránea. Sus drakars, galeras con proa en forma de serpiente, eran los navíos más avanzados de entonces. Entre los normandos están los suecos, noruegos y daneses. Los suecos van a lograr remontar y luego descender los grandes ríos de los espacios que atravesaban. Y a estos espacios les pusieron nombre. A los suecos se les llamaba «rous [pelirrojos]», pues el país se convertirá en Rusia. El comercio entre el Báltico y el mar Negro fue durante mucho tiempo monopolio suyo. En Constantinopla, bajo el nombre de «varegos», formaron la guardia de élite del emperador bizantino. 

Los daneses tuvieron una inmensa importancia histórica. Cada vez que un comentarista, al ocuparse del tema de la Unión Europea, califica a Dinamarca de «un pequeño país», demuestra que ignora toda la historia de Europa. Los daneses bajaron de forma natural hacia el sur y se establecieron en la provincia que lleva su nombre, «Normandía», el país de los hombres del norte, el cual les fue concedido en 911 por un rey carolingio, mediante el tratado de Saint-Clair-sur-Epte. Por este motivo, toda la toponimia de Normandía es danesa, ya sea de un modo evidente —como el cabo de Hague (y Copenhague)—, ya sea de una manera más camuflada: la palabra floor latinizada quedó como «fleur», y así Honfloor se convirtió en Honfleur; beck quedó como bec, y de ahí Caudebec. 

Años más tarde, una vez cristianizados y con Guillermo el Conquistador, los daneses ocuparon en 1066 Inglaterra, que estaba en manos de sus primos los anglosajones. La tapicería de Bayeux, un enorme bordado de aquella época, narra este episodio; allí se ve a los drakars a punto de partir. Habían aprendido el francés. Más tarde aún se establecieron en Sicilia y en el sur de Italia, donde fundaron sus reinos. Y por supuesto, cuando llegan las cruzadas, los violentos normandos se convertirán en la punta de lanza de la cristiandad, y aparecerán en Jerusalén. 

Los noruegos tuvieron menos suerte. En las fronteras de su país no se extendía ni Rusia ni Europa, sino la inmensidad del Atlántico. Sin embargo, por el norte, navegando de isla en isla, consiguieron dominar el gran océano. En el Ártico, el Atlántico se estrecha en multitud de riberas. Los noruegos, a través de las islas Feroe, a partir de 865, se instalaron en Islandia, una tierra que ya conocían los navegantes griegos y romanos (Ultima Thule), pero que estaba deshabitada —con la sola excepción de algunos ermitaños—. Allí siguen todavía, y los islandeses son sus descendientes. 

Los noruegos habían llevado consigo esclavos celtas y pequeños caballos. En Islandia, un explorador, Eric el Rojo, descubrió en 982 una inmensa tierra a la que condujo a unos centenares de familias. La llamó Groenlandia, «Tierra verde» —algo que durante mucho tiempo se consideró humor negro, hasta que los historiadores comprendieron que en aquella época el clima era mucho más cálido que en la actualidad: lo que se conoce como el «óptimo climático medieval». De hecho, los vikingos pudieron criar vacas en Groenlandia y segar el heno, algo imposible en nuestros días a pesar del «calentamiento». Sin embargo, más tarde se produjo un «enfriamiento» y los vikingos no pudieron quedarse en Groenlandia, en donde los reemplazaron los esquimales. 

Desde Groenlandia, los islandeses llegaron de modo natural al Labrador, al estuario de San Lorenzo y, quizá, al Caribe. En el siglo XVI, el emperador azteca Moctezuma relatará a Cortés que, en México, a los españoles les habían precedido, mucho tiempo antes, unos navegantes grandes, rubios, «con unos barcos que tenían cabezas de serpientes». ¿Cómo no pensar en los drakars? 

Así que, por lo tanto, los noruegos fueron quienes descubrieron América cinco siglos antes que Colón. Pero este descubrimiento se quedó en nada. Los vikingos, buenos navegantes pero unos negados en geografía universal, pensaron que aquellas costas sólo eran otro litoral. Europa, en plena anarquía, tampoco estaba preparada para seguirles. Pero los navegantes se transmitieron estos relatos a través de sus «cuadernos de bitácora» y parece que Colón tuvo conocimiento de ellos. Con esto se demuestra que un descubrimiento no significa nada si no va rodeado de una buena predisposición mental y económica. Muy escasos en número, a los vikingos los absorbieron o mataron los indígenas. 

Expulsados de Groenlandia por el enfriamiento climático, los noruegos únicamente pudieron permanecer en Islandia —en donde rápidamente cayeron bajo el dominio danés, del que no se liberaron hasta 1941. 

La destrucción de la civilización en el tiempo de los bárbaros no fue una destrucción definitiva. Ya lo veremos: a partir del siglo IX, la civilización renacerá en Europa occidental. Porque en Oriente subsistía el Imperio bizantino, que conservaba en Constantinopla el tesoro de la cultura grecorromana. También perduraba, incluso en Occidente, la Iglesia católica. 

Planteémonos sólo una pregunta: Si en la actualidad el mundo cayera en declive, ¿quién lo reconstruiría? ¿En dónde está nuestro Imperio bizantino? ¿Dónde nuestras iglesias? ¿Quién conservaría, en un hipotético derrumbamiento, el saber? ¿Quién podría pasar el testigo a los nuevos mundos? La civilización es un milagro; su reconstrucción, un milagro aún mayor. 

Los tiempos bárbaros, aquellos siglos de anarquía y masacres, sin escuelas, sin comercio y casi sin ciudades (Roma sobrevivía, pero apenas contaba con más de diez mil habitantes, en lugar de un millón, y el Coliseo sólo servía para hacer carreras), fueron una época espantosa. Lo que no significa que los hombres hubieran sido todos desgraciados: la felicidad individual, la de los pequeños grupos (como los vikingos), se puede acomodar dentro de la desgracia colectiva. Pero esta última era grande. 

Esta desgracia, muy bien podría no haber terminado jamás. Subrayemos, una vez más, que el progreso no es algo automático. Del declive del Imperio romano se puede extraer una lección: cuando una civilización pierde su razón de existir, combatir, tener hijos, educarlos, transmitirles, a ellos y a los inmigrantes, sus convicciones y su cultura, puede derrumbarse como un árbol muerto, al que, aun conservando una bella apariencia, el más pequeño toque abate. 

En la Edad Media hubo una última oleada de invasiones llegadas de las estepas: la del Gengis Khan (o Temujin) y la de los mongoles. Gengis, un nómada pagano, consiguió unir durante su reinado (1115-1227) a los rápidos y peligrosos jinetes de Siberia hasta Karakorum, en Mongolia. Su nieto se instaló en el trono de China (en donde el viajero veneciano Marco Polo lo conoció). Pero los mongoles fracasaron frente a Europa, que mucho tiempo atrás había salido de la anarquía. Eran los portadores del último sueño de los bárbaros (antes de la invención de la pólvora de cañón). 

Al contrario que a sus predecesores — los jefes nómadas germanos o eslavos—, a Gengis no le fascinaba Roma. Quería convertir el mundo en un inmenso territorio destinado a la caza. Sólo fue un sueño fulgurante. Su nieto, Kubilay, convertido en Gran Khan, en el trono de Pekín, pasó a ser emperador chino. En cuanto al sueño del «Imperio de las estepas» se disipó por completo en el momento en que los cañones del zar de Rusia dispersaron a los jinetes de la «horda de oro»: con la artillería, los sedentarios habían vencido definitivamente a los nómadas. 

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