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segunda-feira, 4 de julho de 2016

El Imperio Napoleonico

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


20 
El Imperio Napoleonico


«Una revolución es una idea 
que ha encontrado bayonetas.»
(Bonaparte) 


El ministro austríaco Metternich, experto irrecusable, decía a menudo: «Napoleón es la Revolución en persona». El período revolucionario francés se extiende desde 1789 hasta 1815; es absurdo querer suprimir la epopeya napoleónica. 

La despiadada Convención (la balanza se había inclinado en el otro sentido) había establecido para sucederle un régimen demasiado débil, el Directorio. Compuesto por dos asambleas —el Consejo de los Quinientos y el de los Ancianos— y por un Gobierno evanescente de cinco directores (de ahí procede su nombre), el Directorio llevaba un mal control de lo que vino a continuación del temporal revolucionario. 

La República seguía siendo terrible en el exterior, pero en el interior no conseguía controlar las crisis económicas, financieras y sociales. Prusia se había retirado de la coalición, pero Austria e Inglaterra no se desarmaban. La segunda coalición amenazaba a Francia: la guerra continuaba. Un joven oficial se ilustró en estos combates. Napoleón Bonaparte, nacido el 15 de agosto de 1769 en Ajaccio, Córcega (un año después de que la ciudad de Génova hubiera vendido la isla a Francia), fue en un principio un nacionalista corso: «Yo nací cuando la patria [Córcega] perecía», escribió. 

La monarquía quería vincularse con la nobleza de la isla. El padre de Napoleón, que soportaba las cargas de una familia numerosa, aceptó que sus hijos se beneficiaran de unas becas de estudio. Por ello, el joven Napoleón fue internado en Brienne, en Champaña (sus compañeros le apodaban «La paja en la nariz»), donde aprendió francés (aunque siempre conserve su acento). De la Escuela Militar de París salió como subteniente de artillería. Siendo pobre, leía mucho, estaba abierto al pensamiento de la Ilustración, era un apasionado discípulo de Rousseau, más tarde, cuando envejeció lo fue de Voltaire. 

La Revolución fue su oportunidad: los nobles fieles a la República, muy pocos, ascendían. Napoleón contribuyó, con su extraordinario manejo de la artillería, a recuperar Toulon de manos de los ingleses. Fue nombrado general. Entre tanto, su padre había muerto. Ironías del destino: Bonaparte, nombrado subteniente a través de un decreto firmado por Luis XVI, fue ascendido a general por Robespierre, a petición del hermano del dictador Robespierre el joven. 

Tras la caída del «Incorruptible», Napoleón pasó unos días en prisión. Rápidamente liberado, vagó sin empleo por París. Pero la Revolución necesitaba militares competentes. El dictador Barras se fijó en él y le confió la represión de una revuelta monárquica (la de vendimiario). Como Barras quería separarse de su amante, empujó a ésta a los brazos del joven general. 

Josefina Beauharnais, una noble criolla nacida en La Martinica cuyo marido había sido guillotinado bajo el régimen del Terror, era una viuda mayor que Bonaparte, madre de dos hijos, pero aún seductora. A Napoleón, que nunca había conocido a una mujer al margen de los amores platónicos o vulgares (con las chicas del Palacio Real), le conquistó y se casó con ella. Como regalo de boda, Barras le dio el mando del ejército de Italia; el general, dejando plantada en ese momento a Josefina, se incorporó de inmediato a su puesto. 

El llamado ejército de Italia (de hecho, estaba acampado más arriba de Niza) contaba con pocos hombres (treinta mil), sin uniforme y mal equipados. Todas las fuerzas de la República estaban concentradas en el Rin, donde se temía el principal ataque imperial. Los austríacos ocupaban la llanura del Po, pero no se movían de allí. Bonaparte utilizó con sus hombres el lenguaje de la verdad: «Soldados, estáis mal vestidos, mal alimentados, el Gobierno no puede pagaros. En lugar de lamentaros, mirad al otro lado de los Alpes: las llanuras más ricas del mundo os esperan. Venid conmigo. Soldados de la República, ¿os faltará valor?». 

El ejército había encontrado un jefe. Sus oficiales también: los generales subalternos, veteranos de las primeras guerras de la Revolución como Masséna o Augereau, vieron no obstante con desconfianza llegar a aquel generalito de salón, mucho más joven que ellos. Él les subyugó. «Este tipo casi me da miedo», confesó Augereau, quien no temía a nada ni a nadie. 

Bonaparte, en su campaña de Italia, se reveló como un formidable estratega. «Un ejército —decía— es su masa multiplicada por su velocidad.» Por lo tanto, lo más rápido posible, franqueó los Apeninos, forzó a los piamonteses al armisticio y arrolló a los austríacos en unas brutales batallas. Éstos siempre creían que estaba delante de ellos, cuando en realidad estaba detrás. 

En La cartuja de Parma, Stendhal resume con una frase la impresión que produjo en las opiniones de aquella época: «El 15 de mayo de 1796, al entrar en Milán a la cabeza de su joven ejército, Bonaparte iba a mostrar al mundo que, después de tantos siglos, Alejandro y César tenían un sucesor». 

Una carta que él mismo escribió al Directorio dice mucho más sobre el nuevo cesar que todos los comentarios:
"Cuartel General de Plaisance, 9 de mayo de 1796: 
Por fin hemos cruzado el Po... Beaulieu [el general austríaco que tenía cuarenta años más que su rival] está desconcertado. Hace mal sus cálculos y cae constantemente en las trampas que se le tienden; una victoria más y seremos los dueños de Italia. En el momento en que detengamos nuestros movimientos, mandaremos vestir con nuevos uniformes al ejército. Sigue estando que da miedo, pero engorda. Los soldados comen pan de Gonesse y carne en cantidad. La disciplina se restablece todos los días, pero en ocasiones hay que ordenar algún fusilamiento, porque son hombres intratables a los que no se puede dominar. Lo que hemos capturado del enemigo es incalculable. Cuantos más hombres me envíe, con más facilidad los alimentaré. Le envío veinte cuadros de los primeros maestros, de Corregio y de Miguel Ángel. Le agradezco particularmente las atenciones que tenga a bien conceder a mi esposa. Se la recomiendo: es una sincera patriota y la amo hasta la locura... Puedo enviarle una docena de millones. Esto no le vendrá mal para el ejército del Rin. Envíeme cuatro mil jinetes sin sus caballos; yo se los proporcionaré aquí. No le oculto que, desde la muerte de Stengel, ya no queda un oficial de caballería que luche. Me gustaría que pudiera enviarme dos o tres generales adjuntos que tengan prisa y una firme resolución de nunca ordenar estratégicas retiradas." 

Esa carta lo dice todo. Bonaparte habla al Gobierno con autoridad. No esconde su pasión por Josefina. Saquea los tesoros de Italia porque tenía gusto (muchas de aquellas obras hoy están en el Louvre). Restaura la disciplina, envía dinero al Gobierno en lugar de pedirlo —algo inaudito en un general—. Demuestra su ardor cuando habla de oficiales de caballería «que tengan prisa» y se ríe de las «estratégicas retiradas», a las que tenían gran afición los ejércitos tradicionales. 

En una serie de marchas y contramarchas —«hay que hacer la guerra con los pies», decía a los soldados; de hecho la renovación del calzado será para Napoleón una constante preocupación—, coleccionó una sucesión de victorias que se cuidó mucho de ensalzar. Era un artista en comunicación. 

Pasó los Alpes por encima de Venecia y fue a acampar a cien kilómetros de Viena. El emperador se inquietó, Bonaparte le impuso, sin apenas consultar con los ministros, la Paz de Campoformio en octubre de 1797. Luego regresó triunfante a París, donde bautizaron la plaza de las Victorias en su honor; no obstante, simulaba modestia. 

El Directorio estaba feliz con las victorias, pero horrorizado con el general victorioso. Entonces, el Gobierno ideó la expedición a Egipto. Un doble golpe: ponía nerviosa a Inglaterra, la única en liza, al cortarle la ruta de la India, y alejaba a un general del que sospechaba que pudiera tomar el poder. Bonaparte era demasiado astuto como para ignorar las segundas intenciones del Gobierno, pero sabía que todavía no era su momento. Además, estaba fascinado con Oriente. En definitiva, lo aceptó. 

Y llevó a cabo, de mayo de 1798 a octubre de 1799, su famosa campaña de Egipto. A pesar de la escuadra inglesa de Nelson, la flota francesa que transportaba al ejército cruzó el Mediterráneo sin incidentes, conquistando Malta a su paso, y desembarcó al cuerpo expedicionario cerca de Alejandría, que la tomó con facilidad. Luego, siguiendo la ruta del desierto, el ejército se dirigió hacia El Cairo. 

Al pie de las pirámides le esperaba la caballería mameluca. Los mamelucos constituían una oligarquía bajo la soberanía feudal, más honorífica que real, del Imperio otomano. Eran los mejores jinetes del mundo. Cada mameluco combatía heroicamente (el islam es una religión heroica, ya lo hemos señalado), pero sin una auténtica unión con los demás: cada uno para sí y Alá para todos, podría decirse. Los jefes mamelucos habían permitido a los franceses, que marchaban a pie, avanzar hasta El Cairo para derrotarles mejor. Subestimaron y despreciaron las fantasías ateas de la Revolución. Cargaron blandiendo las cimitarras y gritando «Dios es grande». 

Frente a ellos, Bonaparte no necesitó ninguna estrategia. Aquella batalla de las pirámides, de julio de 1798, fue un enfrentamiento entre caballeros de la Edad Media y un ejército de finales del siglo XVIII. El «desfase temporal» era menor que el que separaba a los conquistadores de Pizarro de los soldados incas. Sin embargo, fue devastador. La infantería revolucionaria se enfrentó a ellos agrupados en cuadrados. Se oía a los oficiales dar las órdenes con tranquilidad: «Dejad que se acerquen. Primera línea, fuego. Segunda línea, fuego. Batería número uno, fuego. Batería dos, fuego... Que cese el fuego. Para indicar un desplazamiento de cien metros hacia la derecha del cuadrado de hombres, sonaban tambores, etcétera». 

Aterrorizados, los mamelucos que sobrevivieron huyeron. Bonaparte entró en El Cairo como el sultán vencedor, el «sultán Kebir». Aquella batalla, que sólo tenía una importancia militar limitada, tuvo una importancia psicológica inmensa. El islam se quedó estupefacto y, de pronto, fue consciente de que los europeos habían conquistado el mundo sin que ellos se dieran cuenta. Napoleón era el nuevo Alejandro. Hombre de la Ilustración y de la Revolución, «Diderot a caballo». 

Después de Italia, hizo que se le recibiera en el Instituto de Francia. Había llevado consigo a decenas y decenas de sabios miembros del Instituto. Aquellos investigadores redescubrieron, alucinados, los monumentos del antiguo Egipto, sepultados bajo la arena. Crearon la egiptología y organizaron el valle del Nilo. Los soldados se contentaban con grabar sus nombres en las columnas de Luxor o de Asuán. Todavía se pueden ver: «Caporal Dupont, segundo subbrigada»... 

Los ingleses y los otomanos intentaron reaccionar. Nelson hundió en Abukir la mayor parte de los barcos franceses, y se formó un ejército turco en Siria. Bonaparte acudió a su encuentro. Aunque su flota estaba inutilizada, tenía elaborado el plan de vuelta a Francia pasando por Constantinopla (¿por qué no proclamarse allí sultán?) o marchando sobre la India inglesa (que sólo estaba a treinta y tres etapas de Egipto). 

Tomó Jerusalén, pero, debido a la escasez del material de asedio, fracasó ante San Juan de Acre, una fortaleza de Galilea en la que turcos e ingleses se habían atrincherado (aquella fortaleza, ironías del destino, estaba bajo el mando de uno de sus condiscípulos de Brienne, un noble emigrado). 

Bonaparte volvió a El Cairo. Allí supo que la situación de Francia había sufrido cambios: aumentaba la anarquía interior y Austria, que había vuelto a la guerra, expulsaba a la República de Italia. Dejando a Kléber el mando del ejército de Egipto (a quien se repatriará a Francia en el momento de las convenciones del armisticio), Bonaparte consideró que había llegado su hora. Se embarcó en un navío y llegó a Francia. En poco tiempo, el poder le cayó en las manos —fue más un malentendido que un golpe de estado—. Era el día 18 brumario (9 y 10 de noviembre de 1799). 

Los revolucionarios buscaban una espada republicana; dieron con la horma de su zapato. Y a la vez, disuelto el Directorio, empezó el Consulado. Con treinta años, Bonaparte se convertía en el Primer Cónsul, es decir, en Jefe de Estado. 

Le faltaba cumplir una formalidad: en Marengo, el ejército consular venció a los austríacos en una difícil batalla (junio de 1800) en la que murió el joven general Desaix. En marzo de 1802, incluso Inglaterra pareció renunciar (la Paz de Amiens). Había vuelto la paz, validando al mismo tiempo las fronteras naturales de Francia. Quedaba por canalizar el potente torrente revolucionario. El Primer Cónsul lo logró completamente, salvaguardando los valores de la Revolución (igualdad de derechos, promoción según méritos, reparto de los bienes eclesiásticos) y repudiando sus excesos. Se atrevió a decir: «La Revolución se detuvo en los límites que yo establecí». 

Y era verdad. Napoleón supo practicar el «despotismo ilustrado» que había aprendido de Voltaire. En julio de 1801, al firmar un concordato con el Papa, restableció la paz religiosa. Bonaparte no era cristiano, pero sabía valorar la importancia del hecho religioso. Él mismo lo decía: «Yo soy musulmán en El Cairo, judío en Jerusalén, católico en Francia». 

Fue él quien creó el Estado republicano actual: El Consejo de Estado (al que se sometía a menudo), el Tribunal de Cuentas, los prefectos, las escuelas, las administraciones modernas y el franco germinal (moneda que permanecerá estable durante más de cien años). Sobre todo, mandó redactar los valores revolucionarios en su famoso Código Civil. En el ejército, la administración y el Gobierno hizo una amalgama entre nobles y hombres nuevos. Muchos emigrados decidieron volver. 

Pero que nadie se equivoque: Bonaparte seguía siendo la encarnación de la Revolución. En marzo de 1804, por ejemplo, mandó secuestrar más allá del Rin y ejecutar al duque de Enghien (probablemente inocente). Sin embargo, devolvió la paz a Vendée. Los reyes europeos veían a Bonaparte, convertido en Napoleón, como una especie de jefe del ejército rojo. (Que se nos perdone el anacronismo: ya hemos dicho que los anacronismos no se pueden considerar una verdad, pero sirven para ilustrar una comparación.) 

Por otra parte, Inglaterra había roto la Paz de Amiens en mayo de 1803 y en 1805 consiguió reagrupar a las monarquías continentales en una tercera coalición. 

En mayo de 1804, el Imperio seguía al Consulado. Aquélla no era una mala idea: ¿no había sucedido el Imperio romano a la República romana? Pero Napoleón se quiso coronar como los antiguos reyes. Exigió que lo hiciera, no el arzobispo de Reims, sino el Papa en persona. Pío VII así lo hizo. La ceremonia tuvo lugar el 2 de diciembre de 1804 en la catedral de Notre-Dame. Aquella coronación fue un alarde propio de un advenedizo. Una anécdota revela su sentido oculto. Napoleón estaba en la sacristía con los miembros de su familia. Mientras, en la nave, los grandes del mundo, entre ellos el Papa, lo esperaban. Entonces dijo a su hermano mayor: «¡José, Giuseppe, si papá nos viera!». 

En efecto, el Imperio surgido de una Revolución meritocrática no podía ser hereditario (como tampoco lo pudo ser el Imperio romano). El principio de herencia es absolutamente contrario al principio de igualdad, fundamento de la Revolución. Sólo en este aspecto, Napoleón se equivocó. Incluso convertido en padre, nunca estableció el derecho de sucesión. Prueba añadida de que encarnó la Revolución. A pesar de la coronación, siempre escapó de la verdadera monarquía. 

Mientras esperaba, intentó invadir Inglaterra. Puesto que su flota había sido destruida por Nelson en Trafalgar (allí murió el almirante inglés), Bonaparte ya no podía cruzar el mar. Desde Boulogne, en donde había reunido a la Gran Armada, se volvió contra los austríacos y los rusos, y más tarde contra los prusianos, a los que aniquiló. Entre 1806 y 1807 Bonaparte se convirtió para siempre en Napoleón; «el dios de la guerra en persona», escribió Clausewitz, quien combatió con él, en su libro De la guerra. El filósofo alemán Hegel, que le miró al pasar, creyó ver «¡el espíritu del mundo concentrado en un punto, sobre un caballo!». 

Unas semanas después de haber desafiado en vano a Inglaterra en Boulogne, Napoleón estaba en Baviera. Consiguió, con unas rápidas maniobras, encerrar al ejército austríaco en la ciudad de Ulm, donde capituló y se rindió ante el emperador y general en jefe. A continuación, el conquistador entró en Viena, la capital imperial. Otro ejército austríaco y el ejército ruso se concentraban en Moravia (la República checa actual). 

A las puertas de Austerlitz, Napoleón consiguió hacer creer al zar Alejandro y al emperador Francisco II que tenía miedo: al dejar en sus manos los altos de Pratzen, les insinuó la idea de que rodearan al ejército francés por su derecha. Cuando vio a las tropas rusas y austríacas desfilar por la llanura en dirección hacia la ruta de Viena, gritó: «¡Ese ejército ya es mío!», y, empujándolo por el flanco, volvió a los altos y lo aplastó. El zar se retiró. El emperador germano se rebajó, acudiendo al campamento del capitán revolucionario a mendigar la paz. 

La batalla de Austerlitz, que se libró el 2 de diciembre de 1805, es una obra maestra de estrategia, digna de la llevada a cabo por Aníbal en Cannas veinte siglos antes, e igual de sanguinaria para los vencidos: cayeron miles y miles de muertos... 

Prusia, que había entrado a destiempo en la coalición, exaltada por el recuerdo de Federico II y por los discursos de la reina, fue aniquilada en octubre de 1806, en Iéna y en Auersted. El 27 de octubre de 1806, la Gran Armada, con Napoleón a la cabeza, efectuaba un desfile triunfal bajo la Puerta de Brandeburgo, ante los atónitos berlineses. Excepto la Guardia, con uniforme de gala, los soldados franceses caminaban a paso de marcha, cubiertos de polvo y con pollos asados clavados en sus bayonetas. 

Faltaba Rusia. En Varsovia, los franceses fueron recibidos como liberadores. En aquella ciudad, durante un baile, el emperador se había enamorado de una bella aristócrata de dieciocho años. Durante días, María Walewska rechazó al hombre más poderoso del mundo. Este, desarmado, le enviaba cartas propias de un colegial tímido. María acabó cediendo ante los galanteos de Napoleón y bajo las repetidas presiones de los más altos señores de Polonia, quienes pensaban que su sacrificio dulcificaría la suerte de Polonia. Aquella mujer se enamorará de Bonaparte, le dará un hijo y le será fiel en los duros momentos. Esta historia de amor no tendría un hueco en la Historia si no fuera porque ilustra de maravilla una verdad: cuando se habla de amor, ya no es cuestión de dominio. Durante aquellos días en Varsovia, en el momento de su mayor gloria, el «ogro» revolucionario sólo era un amante pendiente del consentimiento de una jovencita. 

Con los rusos resultó más duro. En Eylau, bajo la nieve, en febrero de 1807, se jugó una especie de sangriento partido nulo. Napoleón se recuperó aplastando al ejército ruso en junio, en Friedland. El zar solicitó la paz. El principio monárquico y el principio revolucionario, el nacimiento y el talento, es decir, el zar de todas las Rusias y el emperador francés mantuvieron una famosa entrevista sobre una balsa, en medio del Niemen. Allí, en julio de 1807, se firmó la Paz de Tilsit, que marcó el apogeo de Napoleón. 

Durante once años (tomó el mando del ejército de Italia en 1796), Napoleón había hecho un recorrido sin falta alguna. Gracias a él, a Tilsit, las guerras de la Revolución concluyeron victoriosamente. Imaginemos durante un segundo que se hubiera detenido allí y que la Gran Armada hubiera vuelto invicta a París (si la nariz de Cleopatra...), ¿qué habría podido hacer Inglaterra? 

En aquel preciso instante, la desmesura, el 'ubris' de los griegos, perdió a Napoleón. Nada le obligaba a intervenir en España, entonces aliada de Francia. Pero quiso expulsar a los Borbones y sentar en el trono de Madrid a su hermano José. Un error fatal. Durante las campañas precedentes, las poblaciones italianas, checas, polacas o bávaras consideraban (salvo excepciones) a los soldados franceses liberadores que traían la igualdad y la abolición de los derechos feudales en el cañón de sus fusiles. «Una revolución —decía Bonaparte— es una idea que ha encontrado bayonetas.» 

De aquel espíritu existe una prueba concreta: en todos aquellos países, los soldados franceses se podían acostar para descansar en las casas de sus habitantes. Pero el pueblo español, poco abierto a la Ilustración, consideraba a los franceses vulgares invasores. El valiente José pudo llegar a Madrid, pero las guerrillas (la palabra viene de entonces) surgieron  por todas partes, masacrando a los  franceses, que estaban aislados. Ya no podían acostarse en las casas de los habitantes; les habrían degollado. 

De pronto, el ejército inglés pudo desembarcar. Napoleón en persona ganó las batallas, pero, al ver a la Gran Armada bloqueada en España, el emperador de Austria lamentó haberse rebajado y pensó que Madrid estaba lejos de Viena. En mala hora. Bonaparte dejó la Gran Armada en España y arremetió contra Viena con una tropa de reclutas, «con mi sombrero, mi espada y mis reclutillas —decía, añadiendo aquella consigna autoritaria como hacían sus generales—: Actividad, actividad, rapidez...». 

En Wagram, en julio de 1809, el soberano germano vencido tuvo que entregar en matrimonio al «Ogro» a su hija María Luisa (entre tanto, Bonaparte había repudiado a Josefina) —un descendiente de Carlos V empujaba a su hija a la cama de un revolucionario francés—. María Luisa dio a Napoleón su único hijo legítimo (quien murió como príncipe austríaco). 

Quizá, una vez más, igual que después de Tilsit, el emperador hubiera podido detenerse. Pero, al no poder reducir a Inglaterra a pesar del embargo al que le había sometido (el bloque continental), rompió la paz con el zar y, en 1812, atacó Rusia. Como en España, el pueblo ruso, refractario a Voltaire, se levantó contra la invasión. 

El 14 de septiembre de 1812, Napoleón pudo dormir en el Kremlin. Pero el zar, negándose a someterse, mandó incendiar la ciudad. La Gran Armada, apenas recién salida de España, tuvo que retroceder y se perdió en el invierno de la «retirada de Rusia». Esto demuestra, como escribe Clausewitz, que es imposible conquistar Rusia. Al menos cuando su Gobierno no cede y su pueblo resiste. Es un país demasiado grande. Allí, el ejército invasor está fatídicamente muy alejado de sus bases. La Gran Armada se había perdido en la nieve (véase Guerra y Paz de Tolstoi). 

Napoleón consiguió volver a París en trineo. Un nuevo reclutamiento —los «reclutas de 1813», o los «María Luisa», por el nombre de la emperatriz— le permitió lanzar una campaña contra Alemania. Victorioso al principio (Lützen, Bautzen), cayó derrotado en Leipzig, como consecuencia de la deserción de las tropas del rey de Sajonia, su aliado. Ahora, el sentimiento nacional de los pueblos jugaba a favor de los reyes y en contra de los franceses. Fitchte acaba de escribir su Discurso a la nación alemana. 

Entonces, los reyes se atrevieron a invadir Francia. Napoleón arremetió contra ellos en 1814, en su brillante «campaña de Francia» (quizá la más brillante), pero no consiguió nada: el pueblo estaba cansado y los mariscales del Imperio no tenían más de veinte años..., estaban hartos.

En Fontainebleau, el conquistador caído aceptó abdicar y se marchó a la isla mediterránea de Elba, que se habían dignado dejarle. Una islita después de un Imperio que se había extendido desde Gibraltar hasta el Niemen y desde Nápoles hasta Suecia... 

El hermano de Luis XVI hizo su entrada en París, y sólo podía actuar en favor de los Borbones. Chateaubriand, ya entonces, nos dejó una descripción de gran periodista:

"El 3 de marzo de 1814, Luis XVIII (se había reservado el número XVII para el hijo de Luis XVI, muerto en prisión) acudió a Notre Dame. Se había querido ahorrar al rey la visión de las tropas extranjeras; era un regimiento de la vieja Guardia el que formaba filas desde el Puente Nuevo, a lo largo de todo el quai des Orfebres. No creo que nunca antes unos rostros humanos hubieran tenido una expresión tan amenazante. Cubiertos de heridas, vencedores de Europa, los granaderos, que habían visto volar por encima de sus cabezas tantas balas de cañón y olido el fuego y la pólvora, aquellos mismos hombres, privados de su capitán, se veían forzados a formar ante un viejo rey, inválido por el paso del tiempo, no por la guerra, y vigilados en la capital invadida de Napoleón por un ejército de rusos, austríacos y prusianos. Unos movían la piel de la frente, provocando la caída de sus gorros de piel sobre los ojos para no ver; otros bajaban las comisuras de los labios con desprecio y rabia, y otros detrás de sus bigotes dejaban ver sus dientes como los tigres. Cuando presentaban armas, era con un movimiento de rabia, y el ruido de aquellas armas daba miedo. Al final de la fila estaba un joven húsar a caballo; tenía el sable desenfundado…, estaba pálido… e fijo en un oficial ruso: la mirada que le lanzó no se puede describir. Cuando la carroza del rey pasó delante de el, hizo ponerse a sus caballo a dos patas; seguro que tuvo la tentación de precipitarse sobre el rey y matarlo."

La historia de la Revolución parecía terminada. Pero no lo estaba. Los monárquicos en el poder se mostraron tan torpes y despreciables, sin «haber aprendido ni olvidado nada», que la población francesa se volvió de nuevo revolucionaria. 

Desde la isla de Elba, Bonaparte observaba aquel giro. Esperó nueve meses. El 1 de marzo de 1815, desembarcó en Provenza con algunos veteranos que le habían dejado y se lanzó a los Alpes. Luis XVIII envió un regimiento para detenerle. El encuentro tuvo lugar delante de Grenoble. Pero se trataba de un regimiento que había estado bajo las órdenes del emperador. Jugándose el todo por el todo, Napoleón avanzó solo hacia los soldados y les gritó: «¿Quién de vosotros quiere matar a su emperador?». Los soldados le alzaron triunfante. 

El resto del camino hacia París sólo fue una formalidad. Ney se unió. El rey huyó. Y Bonaparte entró en las Tullerías rodeado de la alegría popular y acompañado por los acordes de la Carmagnole. Entonces se restauró la República popular. Se conoce aquel episodio con el nombre de los Cien Días. 

Los monárquicos, que no podían aceptar aquello, se rearmaron. El 18 de junio de 1815, Napoleón, a pesar de una hábil estrategia, perdió su primera batalla en Waterloo. Por la noche abandonó el campo de batalla y volvió a París. En el momento en que admitió que todo estaba perdido, pidió asilo a los ingleses y se refugió en uno de sus barcos. Los ingleses tuvieron la bajeza de enviarle a pudrirse en una malsana islita de la inmensa África, Santa Elena, en donde murió en 1821, probablemente de paludismo. 

Luis XVIII había vuelto a París. Santa Elena añadió a la gloria militar y civil de Napoleón la del mártir: si Bonaparte hubiera muerto de viejo en América, su leyenda habría sido menos completa. 

Hay que señalar que el 18 de junio es una fecha especial para Francia: el 18 de junio de 1429, Juana de Arco; el 18 de junio de 1815, Waterloo; el 18 de junio de 1940, De Gaule. Esto es lo que Chateaubriand escribió sobre los Cien Días (el autor de Memorias de ultratumba era monárquico, pero sensible a la grandeza):

"El uno de marzo, a las tres de la mañana, Napoleón aborda la costa de Francia en el golfo Juan. Desciende, recoge violetas y acampa bajo los olivos. Se lanza a las montañas... En Sisteron, veinte hombres le hubieran podido detener. No encuentra a nadie. Avanza sin obstáculos... En el vacío que se forma alrededor de su gigantesca sombra, si entra algún soldado, inevitablemente es atraído por él... Sus enemigos, fascinados, no le ven... Los sangrientos fantasmas de Arcole, de Marengo, Austerlitz, Iéna, Friedlan, Eylay, Moscú, Lützen, Bautzen forman un cortejo de millones de muertos… Resultó menos sorprendente cuando Napoleón cruzó el Niemen, a la cabeza de cuatrocientos mil soldados de infantería y de cien mil caballos, para hacer saltar por los aires el palacio del zar en Moscú que cuando, tras romper el bando y tirar su espada a la cara de los reyes, fue solo de Cannas a París, a dormir plácidamente en las Tullerías."

¿Hay algo que añadir a esto? El más grande capitán de la Historia, «el dios de la guerra en persona», también fue un hábil hombre de Estado, el del Código Civil. Fue un «comunicador» genial (sin necesitad de gabinetes de comunicación) que impuso su inmortal «logo»: en medio de los abigarrados mariscales, con uniformes relumbrantes (Ney, Murat), un hombrecillo vestido con redingote gris, sin insignias (excepto la de la Legión de Honor que él mismo creó), con su célebre sombrero. Wellington decía: «Ese sombrero vale cien mil hombres». 

Es ridículo comparar a Napoleón con Hitler, incluso aunque ambos dominaran parcialmente Europa. Napoleón no era un fanático racista, era un hombre de la Ilustración, un Voltaire o Diderot con casco. Nunca mató si no fue por las exigencias de la guerra (salvo al duque de Enghien) y no abrió campos de concentración. Sus enemigos —Chateaubriand, la señora de Staël— le admiraron. 

Prototipo de la promoción por mérito propio, icono del éxito individual, Napoleón es profundamente moderno. Ejerce una inmensa fascinación. A pesar de los centenares de miles de muertos en combate, los franceses no le guardan rencor, puesto que lo colocaron en los Inválidos. Gracias a él, los principios de la Revolución sobrevivieron y el período imperialista de Francia fue brillante. 

La desmesura perdió a Napoleón. Pero, sin un punto de desmesura, ¿habría podido Bonaparte convertirse en Napoleón el Grande?

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