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quarta-feira, 27 de julho de 2016

Hitler y las democracias

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


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Hitler y las democracias


 Adolf Hitler había anunciado en Mein Kampf lo que  tenía intención de hacer. Nadie le creyó. Y, sin embargo, todos los dirigentes habían leído su libro. Esta ceguera tiene una explicación: lo que anunciaba era increíble para las mentes racionales. Las reacciones sucesivas de las democracias frente a los golpes de fuerza del canciller son, no obstante, una especie de resumen de lo que no hay que hacer. 

En primer lugar, ya lo hemos indicado, el jefe nazi había relanzado la maquinaria de guerra alemana, dormida por el tratado de Versalles; a continuación, había restablecido el servicio militar obligatorio, mientras que Versalles sólo concedía al Reich un pequeño ejército de oficio. Pero aquellas dos violaciones no acarrearon ninguna protesta por parte de los aliados. 

Hitler fue más lejos. Puesto que el tratado de Versalles había desmilitarizado Renania (la margen izquierda del Rin), el 7 de marzo de 1936 envió allí algunos regimientos para reocuparla hasta la frontera francesa. Los dirigentes de Berlín estaban muy preocupados: en aquel momento, el nuevo ejército alemán contaba con cien mil soldados, pero las fuerzas del ejército francés eran ésas multiplicadas por ocho... 

Sin embargo, Francia no hizo nada. Si el Gobierno de París hubiera reaccionado desplegando sus tropas por el Rin, el Führer se habría visto obligado a dar marcha atrás. Habría quedado en ridículo, y un dictador no resiste el ridículo. Francia no hizo nada porque los ingleses, a los que sólo les preocupaba Amberes, se burlaban de ver a los soldados alemanes en el Rin. 

Aquí nos encontramos con una antigua idea, aún vigente: Francia sola no puede conseguir nada. Es verdad, una diplomacia debe intentar evitar el aislamiento; pero, cuando los intereses vitales de una nación están en juego, no debe dudar en reaccionar según la máxima «ayúdate a ti mismo, el Cielo te ayudará». Si Francia hubiera reaccionado en 1936, la Segunda Guerra Mundial no habría tenido lugar. 

El año anterior, Mussolini había invadido el reino de Etiopía, el único estado independiente de África. Los italianos habían peleado allí el siglo anterior. El Duce quería borrar aquel recuerdo con una victoria. El ejército italiano era un ejército moderno, el del Negus una milicia feudal. En 1896, a pesar de aquella desigualdad, los etíopes habían ganado gracias a su número y a su valentía. Pero en 1935, Mussolini «dio el do de pecho» y los aplastó. El negus Haile Selassie huyó. 

El rey de Italia fue proclamado emperador de Etiopía en 1936, y el país se convirtió en una colonia italiana. El Negus presentó, en vano, su causa en Ginebra, ante la SDN. Inglaterra y Francia estaban muy molestas: aunque, en 1918, estos dos países habían confiscado sin ninguna vergüenza las colonias alemanas y las posesiones turcas. Pero las modas son tiránicas y el Duce no comprendió que lo que se admitía en los círculos dirigentes occidentales dieciocho años antes, en 1936 ya no se podía admitir. La moda de la expansión colonial había pasado (por poco, es verdad: la Exposición Colonial Francesa se había mostrado en 1931 en París). Se condenó la invasión italiana, la SDN votó sanciones. 

Hasta entonces, Mussolini había considerado despreciable el nazismo, sentía una cierta repugnancia por el Führer, y no había dudado en enviar sus tropas a Brenner, en los Alpes, para intimidarle. Después de las sanciones de la SDN, el resentimiento le empujó a los brazos de Hitler. 

¿Qué había que hacer? La cuestión era más compleja que la de Renania. La Etiopía de 1936 se podía comparar con el Marruecos jerifiano de 1912, en donde Lyautey (precisamente presidente de la Exposición Colonial) había logrado que se aceptara el protectorado de Francia. Etiopía era una auténtica nación, con una monarquía venerable (como Marruecos). La hipocresía de Francia y de Inglaterra fue grande. La ceguera de Mussolini, que no vio que se estaba equivocando de época, también. 

Sea como fuere, aquel fue un año oscuro para las democracias. En julio de 1936 estallaba la guerra de España. Después de unas elecciones que habían visto el triunfo de la izquierda, instalada en el poder en Madrid, con el Frente Popular, el general Franco sublevó las guarniciones del Marruecos español (durante el establecimiento del protectorado francés, una pequeña zona, al norte, se había concedido a España, quien todavía en la actualidad conserva Ceuta y Melilla) y encabezó un pronunciamiento militar —expresión famosa de De Gaulle— apoyado por la derecha española (la Falange de Primo de Rivera). 

España se vio partida en dos: el oeste (excepto el País Vasco) para los golpistas; el este, con Madrid y Barcelona, para la República del Frente Popular. Inmediatamente, Hitler y Mussolini apoyaron a los nacionales (de aquella época data la fortuna de la palabra «fascismo»). Hitler envió a la Luftwaffe, que bombardeó Guernica; el Duce, tropas italianas para el bando de Franco. Frente a la provocación de un golpe de estado apoyado por la Alemania nazi y la Italia fascista contra la República española, las democracias inglesas y francesas se mostraron blandas. 

Es verdad que el Gobierno del Frente Popular intentó ayudar a los republicanos. Les hizo llegar clandestinamente aviones. André Malraux, un joven y famoso escritor que acaba de ganar el premio Goncourt, se vio de pronto como eje de la escuadrilla «España» sin saber pilotar un avión —pero subía con valentía a los aviones en calidad de observador—. (Malraux tampoco aprendió nunca a conducir un automóvil.) Era amigo de un tal Jean Moulin, jefe del gabinete del ministro del Aire Pierre Cot. Malraux escribió un libro sobre España: La esperanza. También rodó una película con ese mismo título. 

Indeciso, Léon Blum se negó a embarcar a la República francesa en ayuda de la legítima República española, y a poner al Frente Popular francés de parte del Frente Popular español. 

En España, la guerra civil era sangrienta; los dos partidos representaban dos concepciones del mundo irreconciliables. Muchos intelectuales (en aquella época sabían luchar) se comprometieron con la causa republicana, como Malraux o el americano Hemingway (Por quién doblan las campanas), o con la franquista, como Bernanos. Sin embargo, Bernanos, asqueado por la crueldad de los fascistas españoles, pronto les dejó y escribió contra ellos un terrible requisitorio, Los grandes cementerios bajo la luna. Los escritores españoles se dividieron: Federico García Lorca y Miguel de Unamuno. 

A diferencia de las democracias, la Unión Soviética no temió ponerse de parte de los republicanos, tendiéndoles la mano y eliminando a los anarquistas. Aquélla fue la aventura de las Brigadas internacionales dirigidas por Rusia, pero con las que se comprometieron miles de jóvenes comunistas de todos los países. De este modo, España servía de conejillo de Indias para Hitler, Mussolini y Stalin, y para sus ideologías. 

Tranquilos por la falta de respuesta de las democracias, Alemania e Italia, que habían abandonado la SDN, firmaron entre ellas un pacto llamado el «Eje». Aquél fue el error de Mussolini. Hasta entonces, los italianos le habían apoyado. Pero no les gustaban mucho los alemanes, detestaban a Hitler y las derivaciones de Mussolini inspiradas en él. El antisemitismo les era ajeno. Los italianos pasaron del entusiasmo a una descontenta pasividad y muchos intelectuales, entre ellos Mala-parte, rompieron con el Duce. 

Al «Eje» se unió Japón por medio del «pacto anti-Komintern». El Imperio del Mikado, muy imperialista, veía en los enfrentamientos occidentales la ocasión de ocupar China sin que nadie se lo impidiera. De hecho, ocupó toda la China oriental, con Pekín, Nankón y Cantón incluidos. Chiang Kai-chek se refugió en las montañas del oeste y un jefe comunista todavía poco conocido, Mao Tse-tung (que se reconcilió con Chiang), en las del norte. En realidad, a Japón le importaba poco enfrentarse a la URSS; sólo quería tener las manos libres en el sureste asiático. De hecho, la URSS y Japón nunca se enfrentaron en una guerra. Porque no se puede llamar así a la tardía y simbólica intervención de Stalin: hasta el 9 de agosto de 1945 no ordenó ocupar Manchuria y la isla de Sakhalin. Durante la Segunda Guerra Mundial no hubo combates en la frontera ruso-japonesa. Stalin sabía perfectamente que los japoneses no dirigían el pacto antiKomintern contra la URSS, sino contra Gran Bretaña. 

Ante la pasividad de las democracias, Hitler decidió, el 12 de marzo de 1938, el Anschluss, es decir, la anexión de Austria. Aquello fue un paseo militar. Desde el hundimiento de su Imperio en 1918, los austríacos veían su única escapatoria en una anexión al Reich alemán. En Viena se aclamó a la Wehrmacht, y también a Hitler. Suponía una grave violación del tratado de Versalles. 

Ni siquiera entonces, Inglaterra y Francia hicieron nada; su fe en los derechos de los pueblos a disponer de ellos mismos se lo impedía. 

El Führer había obtenido la complacencia italiana en 1936. Hay que señalar que, aunque Hitler despreciara a los italianos, Mussolini fue el único hombre hacia el que el jefe nazi manifestó, hasta el final, una auténtica admiración. El nazismo alcanzó su apogeo el 12 de septiembre, en el congreso de Nuremberg. Aquel congreso, con su batir de estandartes, el sonar de sus trompetas y la luz de miles de fuegos (que impresionaron mucho a Brasillach), marcó su apoteosis. 

Sin embargo, entre Austria y Sajonia, la República checa avanzaba amenazando los montes de Bohemia. Checoslovaquia entonces era una potencia industrial (las fábricas Skoda). Creada por Clemenceau, disponía de un excelente ejército y de formidables fortificaciones de montaña. Por suerte para Hitler, aunque la llanura era eslava, los alemanes vivían desde siempre en las alturas de Bohemia: los Sudetes. Una vez más, en nombre del derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos, Hitler reclamó la anexión del país de los Sudetes. Sin sus montañas, Checoslovaquia no era más que una tortuga sin su caparazón. 

Horrorizados, Francia e Inglaterra reaccionaron. Francia se movilizó. Mussolini propuso mantener una conferencia el 29 y 30 de septiembre en Munich. Hitler y Mussolini se enfrentaron allí al primer ministro británico, Chamberlain, y al presidente del Consejo francés, Daladier. Aun así, los dirigentes alemanes no se sentían seguros: en 1938, la Wehrmatht no estaba preparada, a pesar de su rápido rearme. 

Para sorpresa del Duce, ingleses y franceses cedieron, con el fin de salvaguardar la paz. La Wehrmacht pudo ocupar los montes de Bohemia. Se extendió por todas partes un «despreciable consuelo» (dixit Léon Blum). Cuando, al volver de Munich, su avión aterrizaba en Burget, Daladier vio que le esperaba una enorme muchedumbre. Pensó que querían lincharle por haber cedido. Acudían a aclamarle. Débil pero lúcido, murmuró: «¡Qué estúpidos!». 

La capitulación de Munich se convirtió en un símbolo. Todavía hoy se habla de los que estaban a favor y de los que estaban en contra. De hecho, aquel criterio dividió a los partidos. En Francia y en Inglaterra hubo partidarios de la conferencia de Munich de izquierdas (Blum) y contrarios a ella de derechas (Reynaud). Nunca se hablará lo suficiente de la responsabilidad, o, mejor, de la irresponsabilidad, de los gobernantes ingleses del momento, en particular la de Chamberlain (conocedor del rechazo de Francia a enfrentarse sola y de que los dirigentes franceses siempre seguían a los ingleses). 

De golpe, los alemanes más reticentes se unieron: ¿cómo resistirse a un hombre que gana todas las manos de póquer, ante el que las potencias se inclinan? Nuestro punto de vista actual está falseado por el conocimiento que tenemos de los hechos históricos y por la magnífica resistencia de los ingleses a la Alemania hitleriana. Pero de 1918 a 1939, durante más de veinte años, los ingleses, obsesionados por el poder de Francia, reconstruyeron Alemania. Igual que Napoleón temía más a Austria que a Prusia en la época de Sadowa, Chamberlain se equivocó de enemigo. 

Y además, ¿querer la paz a cualquier precio tiene algún sentido? El eslogan de los Verdes alemanes: «Mejor rojos (esclavos) que muertos», ¿no es obsceno? Precisamente en aquel momento, un hombre de Estado británico, entonces en la oposición, lanzó a los partidarios de Munich, en plena Cámara de los Comunes, esta frase que lo resume todo: «Ustedes han aceptado el deshonor para evitar la guerra». 

De hecho, Hitler no se detuvo ahí. El 15 de marzo de 1939, ocupó Praga. Checoslovaquia se convirtió en el «protectorado de Bohemia-Moravia» sin un tiro de fusil. Hay que decir que los checos, aun abandonados por las potencias, deberían haberse defendido después de Munich. En sus montañas de Bohemia habrían podido detener a la Wehrmacht durante un tiempo. Si hubieran peleado, franceses e ingleses se habrían visto obligados a seguirles. La guerra habría estallado antes, pero de una manera menos desfavorable. 

En ese mismo mes de marzo de 1939, Franco entraba en Madrid. La guerra de España había acabado. Miles de republicanos españoles huyeron a Francia. Muchos de ellos participarán en la resistencia. Este último éxito fascista le resultó al Führer menos provechoso de lo que había calculado. En efecto, el generalísimo Franco, que en 1940 se reunió con Hitler en San Sebastián, donde este último había acudido para verle, se negó a participar en la guerra junto a él. España se mantuvo neutra. Infinitamente más antipático y cruel que el Duce, Franco también fue más hábil. Murió, todavía en el poder, en su cama, después de haber instalado en el trono de Madrid al actual rey Juan Carlos I, su protegido. 

Hay que añadir que la política militar francesa —la del mariscal Pétain, todopoderoso en el Estado Mayor— era absurda: ¿cómo acudir en ayuda de Checoslovaquia permaneciendo retirado tras la línea de Maginot? 

Al observar desde Moscú aquella falta de energía y aquellas incoherencias, Stalin pensó: si los alemanes atacan la URSS, los otros no me apoyarán; más vale que me alíe con los fascistas. El secretario general del Partido Comunista recibió al ministro de Asuntos Exteriores del Reich, Ribbentrop, en Moscú. Aquélla fue la representación teatral del «pacto germano-soviético», el 29 de agosto de 1939. Miles de militantes comunistas, asqueados, dejaron el Partido, pero el Führer tenía el campo libre: desde el Rin hasta Japón, no tenía enemigos. Esto constituía un enorme espacio continental. 

Inmediatamente, Stalin empezó a suministrar a los alemanes lo que les faltaba: petróleo y trigo. Sólo Polonia suponía un impedimento entre los soviéticos y Alemania, basta con mirar un mapa. El 1 de septiembre de 1939, el ejército alemán entraba allí. Para sorpresa de Hitler y de Stalin, que no esperaban el menor reflejo de dignidad, Inglaterra y Francia declararon la guerra a Alemania. Fue el principio de la Segunda Guerra Mundial; de hecho, ya lo hemos dicho, la Primera Guerra Mundial de verdad. 

Aquel reflejo de dignidad no salvó a Polonia, que Hitler y Stalin se repartieron. Polonia resistió valientemente hasta el 26 de septiembre, fecha de la capitulación de Varsovia. Ingleses y franceses, a pesar de su declaración de guerra a Alemania, no hicieron nada. Los ingleses, aún dirigidos por los derrotistas, no tenían ejército de tierra. Y los franceses se mantuvieron escondidos detrás de su línea de trincheras. 

Hitler despreciaba de tal manera al Estado Mayor francés, que se había atrevido a transportar la totalidad de su ejército a Polonia. Delante de los búnkeres de Maginot no había más que el vacío. El generalísimo francés de la época, Gamelin, un imbécil diplomado, se resistió con energía a cualquier acción. En cuanto a Mussolini, seguía manteniéndose neutral. Ante el ejército alemán sólo estaban el ejército francés y la flota inglesa. Hitler no tenía una flota lo suficientemente poderosa, pero se podía pensar que, liberado de preocupaciones en el frente de Rusia, iba a lanzarse inmediatamente contra Francia. Nada de eso se produjo. 

Alemanes y franceses se miraron con hostilidad —es lo que se llama «la extraña guerra»— durante siete meses: desde la capitulación de Varsovia hasta el ataque contra Sedán; del 26 de septiembre de 1939 al 10 de mayo de 1940. ¿Por qué? Generalmente se alegan razones meteorológicas: el mal tiempo. En cualquier caso, se puede pensar que no fue ésa la verdadera causa de la larga inactividad alemana, tan contraria a la psicología del Fuhrer. La realidad es que los generales de la Wehrmacht conservaban un recuerdo muy doloroso de los combates de Verdún, en los que habían participado como jóvenes oficiales. Sentían una gran admiración por el coraje de los soldados franceses y un auténtico terror por el ejército francés. Por lo tanto, se opusieron el mayor tiempo posible a la ofensiva que el Führer quería. Temían una nueva batalla del Marne. ¿Sobrestimaban al ejército francés?

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