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domingo, 17 de julho de 2016

La Belle Époque

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


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La Belle Époque


En Francia, después de la tragedia de la Comuna, el vencedor, Adolphe Thiers, fue nombrado jefe del Ejecutivo. En 1873 consiguió que Bismarck ordenara la evacuación del país (excepto Alsacia-Lorena) a cambio de una indemnización de guerra como contrapartida. Una vez se hubieron marchado los prusianos, el mariscal Mac-Mahon le sucedió en el poder. 

En consecuencia, aunque la Comuna había surgido de una insurrección de izquierdas el 4 de septiembre de 1870, la derrota y la propia Comuna habían empujado a la República muy hacia la derecha, lo que no se contradice con la Constitución de 1875, que, aprobada por referéndum con una débil mayoría, habría podido convenir una monarquía constitucional. La restauración monárquica fracasó como consecuencia de la obstinación del conde de Chambord, quien no quería conservar la bandera tricolor. 

La Tercera República durará hasta 1940. En mayo de 1877, los republicanos, tras ganar las elecciones legislativas, dieron al régimen un giro hacia la izquierda. Mac-Mahon se vio forzado a dimitir, y el poder real quedó repartido entre la Asamblea Nacional y el que entonces se llamaba presidente del Consejo, puesto que el presidente de la República sólo gozaba de un cargo honorífico. La «República de los Julios» (denominada así porque muchos de sus ministros se llamaban Julio; el más conocido fue Jules Ferry) pasó por muchas crisis, pero su gobierno fue grande. La crisis más famosa y la más grave fue el caso Dreyfus. Pero antes de esta crisis, los ciudadanos habían tenido tentaciones bonapartistas, encarnadas en un apuesto general, el general Boulanger (ministro de Guerra en 1884). Boulanger había ganado las elecciones de enero de 1889, pero no se atrevió a tomar el Elíseo, sintió miedo, huyó a Bélgica y allí se suicidó en 1891.

El caso Dreyfus fue mucho más serio. Al capitán Dreyfus, miembro de una familia judía de Alsacia, se le acusó, basándose en un simple parecido caligráfico, de haber entregado importantes secretos al agregado militar alemán. El capitán trabajaba en el servicio de información del Estado Mayor. Un consejo de guerra lo detuvo y juzgó con demasiada rapidez. La sentencia le condenó al penal de Guayana (octubre-diciembre de 1894). 

El caso estalló en 1896, cuando se empezó a sospechar que el culpable no era Dreyfus, sino otro oficial llamado Esterhazy. El Estado Mayor se negó a revisar el juicio y absolvió a Esterhazy, entonces, los intelectuales franceses se movilizaron para liberar a Dreyfus. En 1898, Émile Zola escribió en el diario L’Aurore su famoso editorial: J 'accuse. El juicio se revisó en 1899 y el general alsaciano recuperó, en 1906, todos sus derechos. 

Dreyfus fue víctima de una violenta ofensiva antisemita generalizada en Europa. En Rusia se vivía la época de los «progromos». Fue a consecuencia del caso Dreyfus cuando Theodor Herlz llegó a la conclusión de que era necesario crear en Palestina un refugio para los israelitas. Sin embargo, había «dreyfusianos», partidarios de la revisión del juicio, tanto de derechas (el padre de De Gaulle, Lyautey), como de izquierdas (Péguy, Zola). Todos los que en la actualidad utilizan el «caso» como ejemplo de una caza de brujas (y de antisemitismo) contra Francia olvidan que los intelectuales franceses, la audiencia, el ejército y la opinión pública hicieron justicia a Dreyfus. ¿En qué otro país, en aquella época, se habría declarado equivocada la razón de Estado? 

A pesar de las crisis, los aciertos de la «República de los Julios» fueron muchos. El primero de ellos se debe a Jules Ferry, quien en 1881 convocó a las urnas para votar una ley sobre la educación pública obligatoria hasta los catorce años. Aquélla fue la primera en el mundo. Los policías iban a buscar a los recalcitrantes. Se obligó a todos los municipios a construir una escuela (en la que los chicos y las chicas estudiaban separados; entonces no existía la escuela mixta). 

Al mismo tiempo, en todas las provincias, el Estado abría escuelas de magisterio para formar a los maestros. Estos maestros, a los que Pégui llama los «húsares negros de la República» enseñaban a los niños a leer y escribir, cálculo y ciencias naturales, pero también civismo y amor a la patria. En la calle de Ulm, en París, se creó la escuela de magisterio superior para formar a los maestros de los maestros. 

Francia se convirtió en un pueblo completamente alfabetizado. Los periódicos entonces tenían unas tiradas de uno o dos millones de ejemplares (contra los doscientos o trescientos mil de hoy en día). La Tercera República convirtió La Marsellesa en el himno nacional, y el 14 de julio en la fiesta nacional. El Estado adoptó el rostro de «Marianne» como símbolo. En 1901 se votó una ley fundamental (aún en vigor) que reconocía la total libertad de asociación para los ciudadanos. Basta con tener un presidente, un secretario y un tesorero, además de entregar los estatutos y el objetivo de la asociación en la Jefatura de Policía. Por eso existen en Francia miles de asociaciones. 

El país tenía en la Asamblea sus cimientos políticos: dos derechas (una liberal y otra bonapartista) y dos izquierdas (una liberal y otra totalitaria). 

La República también supo facilitar la promoción social y reclutar a un nuevo personal dirigente: el maestro de los pueblos detectaba a los buenos alumnos y los enviaba internos a la capital de la provincia; si respondía a las expectativas, viajaba a París para ingresar en las Escuelas Superiores. 

Sin embargo, como contaba con el apoyo de las clases medias de la ciudad y del campo, la República no fue tan clarividente en materia social. Había autorizado los sindicatos en 1884, pero subestimó las condiciones miserables en que se encontraban los obreros. La industrialización era violenta. La represión de la Comuna había dejado malos recuerdos a los obreros; recíprocamente, los republicanos temían a los agitadores. 

También la Segunda Internacional, nacida en 1889, fue mucho más reivindicativa que la primera, y la agitación obrera continua. En 1895 se fundó la CGT [Confederación General de Trabajadores], (el partido laborista inglés, en 1901), poco antes que la SFIO, la Sección Francesa de la Internacional Obrera, de Jean Jaurès (1905). El marxismo se convirtió en un modo intelectual apremiante y fueron muchas las huelgas. 

Paradójicamente, el papa León XIII, en su encíclica Rerum novarum, se mostraba más abierto a la cuestión social que los republicanos. León XIII, sin embargo, recomendó a los católicos apoyar el régimen y olvidar sus ilusiones monárquicas: fue la consigna de la «adhesión». A pesar de esto, el conflicto entre la Iglesia y la República dominó una época en la que clericales y anticlericales se enfrentaban con facilidad. En 1905 se votó la famosa ley de «Separación entre Iglesia y Estado». Desde Enrique IV, la ciudadanía en Francia no se sentía vinculada a la religión, pero el concordato napoleónico (acto legítimo pero de circunstancia) seguía garantizando a la Iglesia católica un estatuto particular (el Estado pagaba a los sacerdotes). La separación puso fin a aquella situación. Al final, ganó la Iglesia. 

En Francia están autorizados tanto los creyentes como los ateos, lo que se llama «laicidad». Esto no significa que el Estado no mantenga ninguna relación con los cultos, el ministro de Interior está obligado a debatir con las distintas religiones las cuestiones prácticas que plantea su libre ejercicio. Sin embargo, aquella reforma fue impuesta de una manera demasiado violenta. Las congregaciones religiosas fueron proscritas y se censó el inventario de la Iglesia; los edificios religiosos construidos antes de 1905 pasaban a ser propiedad del Estado. Pero los moderados de la República y de la Iglesia consiguieron evitar los enfrentamientos frontales. Se abandonaron los inventarios. 

La laicidad francesa, una idea original, está aislada en una Europa en la que la reina de Inglaterra es el Jefe de la Iglesia anglicana, los alemanes pagan impuestos «religiosos», igual que los italianos, españoles y polacos. De hecho, en muchos Estados no existe la religión oficial. Éste es el caso de Estados Unidos. Pero sólo Francia (junto con México) es perfectamente neutra y no confiere ninguna marca de reconocimiento a una religión particular. Y, sobre todo, pocos estados protegen a los agnósticos. 

La Belle Époque fue también la de la segunda Revolución industrial. La primera, que dominó Inglaterra, había sido la del carbón, el ferrocarril y el acero. La segunda fue la de la electricidad, que entonces se aprendió a transportar. La electricidad no era tanto una energía como un modo cómodo de transportar la energía, pues siempre es necesario que la producción se corresponda, en el mismo instante, con la demanda. También fue la de la generalización del uso del petróleo, mucho más fácil de manipular que el carbón. A partir del petróleo, en 1883 se inventará el motor de explosión. El motor de explosión dio origen al automóvil y a la aviación. Los cálculos técnicos estaban hechos desde hacía mucho tiempo, pero a Leonardo da Vinci le faltaba un motor lo suficientemente potente y ligero como para mover sus máquinas. 

Estados Unidos y Francia fueron los países pioneros de la segunda Revolución industrial. En 1903, los hermanos Wright consiguieron que un primer avión (así lo llamó el francés Clement Ader) volara en América, pero Francia fue la patria de la aviación: en 1909, Blériot sobrevoló el canal de la Mancha y, en 1913, Roland Garros cruzó el Mediterráneo. El automóvil se extendió por todas partes. El americano Edison creó el micrófono y el fonógrafo. La fotografía la habían inventado Niepce y Daguerre; los hermanos Lumière proyectaron su primera película (L'Arroseur arrosé) en 1895. En 1898, Pierre y Marie Curie descubrieron la radioactividad y, a partir de 1905, Einstein formuló su teoría de la «relatividad universal» (en Alemania y en Suiza). Freud, en Viena, inauguró las primeras terapias de psicoanálisis a partir de 1895. La telegrafía sin hilo la puso a punto Édouard Branly. Empezaba la era de la radio. 

Para conmemorar con dignidad el centenario de la Revolución, en 1889, la República organizó en París una exposición universal. Pensando en aquella exposición, el ingeniero Eiffel construyó una torre (en principio provisional) en el Campo de Marte. En el parque de las Tullerías se invitó a un banquete a todos los alcaldes de Francia. 

Por otra parte, en aquella época se cruzaban fácilmente las fronteras sin pasaporte (La vuelta al mundo en ochenta días, de Julio Verne). Aquel final del siglo XIX fue infinitamente más «globalizado» que la actualidad. Había mucho menos papel mojado, mucho más comercio internacional y movimientos migratorios. 

Francia, superada en hegemonía por Gran Bretaña y amenazada por Alemania, brilló con luz propia. En los bares del barrio de Montparnasse, en París, se reunían los mejores pintores: Corot, Manet, Monet, Picasso, Degas, Seurat, Toulouse Lautrec, Van Gogh, Cézanne, los impresionistas, los cubistas, los fauvistas... Una explosión de arte plástico sólo comparable con el del Renacimiento italiano. 

En literatura ya hemos visto a Zola y a Péguy en relación con el caso Dreyfus; además surgían genios como Proust (En busca del tiempo perdido empezó a aparecer en 1913), Gide (quien publicó Los alimentos terrestres en 1897) y los grandes poetas —Rimbaud, Verlaine y Wilhlem Apollinaris de Kostrowitzky (quien adoptó el pseudónimo de Guillaume Apollinaire)—, que ilustraban las letras francesas a la sombra de los grandes hermanos mayores del Segundo Imperio: Baudelaire y Flaubert, quienes habían desaparecido recientemente. En los funerales de Victor Hugo —que había vuelto del exilio con la República—, celebrados en el Panteón en 1885, se alcanzó la cumbre de la liturgia republicana. (La historia de esta ceremonia la escuchó muy a menudo uno de los autores de este libro de boca de su abuelo, Théodule Ladislas-Albert Barreau, quien asistió a ella a la edad de veinte años.) 

Ésta es la razón por la que aquella época, a pesar de la miseria obrera, está legítimamente calificada como Belle [bella], puesto que se creía en el progreso: «La humanidad se levanta, todavía vacilante pero, con la frente bañada por la oscuridad, camina hacia la aurora». La felicidad procede de la esperanza, mucho más que del dinero. Nuestra época es infinitamente más rica en el aspecto material, pero los jóvenes, mucho más mimados, tienen menos esperanza. 

Por otra parte, éste fue un período de paz. La guerra de 1870 había sido corta y la de Secesión lejana. En cuanto a las expediciones coloniales, que exaltaban a Psichari, y sus sombras (represiones, masacres), se ignoraban. Una vez más, se consideraba superada la posibilidad de la guerra. En 1911, Norman Angell, ensayista inglés, se permitía escribir: «La guerra entre Gran Bretaña y Alemania es imposible, porque si se produjera se arruinarían las Bolsas de Londres y de Berlín...». 

Sin embargo, las amenazas pesaban sobre el siglo. El gran Imperio austríaco caía en la ruina. En 1867, Francisco José se veía obligado a conceder una amplia autonomía a Hungría. Desde entonces se habló de «Austria-Hungría». Pero checos y croatas se agitaban. A pesar de todo, los Habsburgo ocuparon en 1878 Bosnia, arrancada al Imperio otomano y que contaba con un número importante de población serbia (que soñaba con anexionarse a la Serbia independiente). La anexión se produjo en 1908. Las reivindicaciones de los eslavos del sur fueron incrementando su violencia, adquiriendo un carácter terrorista. 

Las islas británicas, por su parte, se veían desgarradas por el patriotismo irlandés. En Irlanda, el Sinn Fein («nosotros solos») de Arthur Griffith reclamaba el Home Rule, que Westminster rechazó en 1886 y 1892, a pesar del primer ministro Gladstone. Este bloqueo desembocó en un levantamiento sangriento contra los ingleses en la Semana Santa de 1916 (en plena guerra). Pero más tarde, las amenazas procedieron de la expansión alemana.

Unificada e industrializada, Alemania, con sesenta y siete millones de habitantes, se había convertido en la primera potencia económica de Europa. Buscaba su lugar bajo el sol. En 1890, el káiser se deshizo de Bismarck. Éste se retiró a Pomerania, criticando con amargura al emperador, y murió en 1898. Guillermo II, nieto de Guillermo I (reinaba desde 1888), no valía lo mismo que su abuelo. A pesar de su formidable industria, Alemania sólo se había quedado con las migajas del festín colonial. Alsacia-Lorena le había alineado con los franceses; entonces, Guillermo entró en conflicto con el zar, su aliado tradicional. 

Como contrapartida, Alemania ejercía una especie de protectorado sobre Austria-Hungría y Turquía; pero se trataba de imperios inestables. Su ejército, el más poderoso del mundo, era tan fuerte que Guillermo II, muy poco inteligente, se creyó invencible. Con el fin de deshacerse para siempre de Francia, el Estado Mayor alemán había ideado un plan, el plan Schlieffen, que consistía en sorprender al ejército francés por la espalda violando la neutralidad de Bélgica. Imparable estratégicamente, aquel plan —que recuperó Moltke, sucesor de Schlieffen, en 1906— era políticamente absurdo por lo evidente que resultaba que Gran Bretaña, que había creado Bélgica para salvaguardar Amberes, nunca aceptaría la ocupación de ese país por parte de un ejército continental. De hecho, ésta había sido la razón principal de su encarnizada oposición a Napoleón. Y Alemania, a pesar de sus recientes construcciones navales, no tenía medios para enfrentarse en altamar a la flota inglesa. 

Además, Guillermo II, a quien Moltke mantenía aislado, estaba convencido de que el Reich aplastaría a Francia en pocas semanas, igual que en 1870. Pero Francia había cambiado desde el Segundo Imperio. Ahora estaba dotada de un ejército de reclutamiento que compensaba con la duración del servicio militar (tres años) la inferioridad de su población (treinta y nueve millones). 

Como consecuencia de su malthusianismo demográfico, Francia, el país más poblado de Europa en 1815, se había convertido en la potencia con menor población, superada por Alemania, Rusia e Inglaterra. 

Pero la Francia de los maestros patriotas esperaba, con la «revancha», recuperar Alsacia-Lorena. La rápida victoria de griegos, serbios y búlgaros frente a los turcos en 1913 reafirmó a Guillermo II y a Moltke en su idea de «guerra iluminada». 

El tratado de Londres, de ese mismo año, expulsó a los otomanos de Europa, excepto de Constantinopla. Aquello no convenía a los alemanes, aliados del Imperio turco: Alemania alentó a los búlgaros, descontentos con el tratado, a volverse contra sus aliados. Los otomanos vencieron a Bulgaria, esa guerra les permitió recuperar Andrinópolis y a los alemanes implantarse aún más en el Imperio turco. 

El 28 de junio de 1914, un joven nacionalista serbio-bosnio asesinó al archiduque de Austria y a su esposa en Sarajevo, Bosnia. El Gobierno serbio probablemente no tenía ninguna relación con el atentado, pero Austria-Hungría aprovechó la ocasión para acabar con el eslavismo que comprometía la solidez del Imperio.

El 23 de julio, el Gobierno de Viena remitió un ultimátum al de Belgrado, que incluía una cláusula inaceptable (la participación de Austria en la investigación llevada a cabo en Serbia). Con la excusa de esa negativa, Austria declaró la guerra a Serbia el 28 de julio. Este conflicto habría podido quedar como un conflicto local de los Balcanes si no hubiera sido por la inconsciencia de Guillermo II y de su Estado Mayor, que estaban convencidos de que debían aprovechar las circunstancias para eliminar a Francia. 

Creían que, como en 1870, Francia quedaría aislada. Pero ya hemos visto que, desde Napoleón III, Francia había cambiado de enemigo hereditario. Preocupados por la expansión germánica, Inglaterra y Francia se habían acercado a través de la Cordial Entente, firmada en 1904. Además, el Imperio del zar, protector natural de la ortodoxia, no podía desentenderse de la suerte de Serbia. 

El 29 de julio, Rusia se movilizó y el 1 de agosto arrastró con ella la movilización muy organizada del poderoso y moderno ejército alemán. Como medida de precaución, Francia también se movilizó. El 3 de agosto, París recibió la declaración de guerra de Alemania. Puesto que Berlín ya había violado la neutralidad de Bélgica —con la aplicación del plan Schlieffen—, Gran Bretaña reaccionó declarando, para sorpresa de Guillermo II, la guerra a Alemania... 

La Primera Guerra Mundial había empezado, desencadenada por la irresponsabilidad y la presunción de Moltke y de Guillermo II. Este será el fin del siglo XIX. Una espantosa aventura en la que se vieron ensombrecer las esperanzas pacifistas. 

El asesinato del socialista Jean Jaurès el 31 de julio, la víspera del conflicto, no impidió que, a pesar de las ilusiones de la Internacional, los obreros franceses aceptaran con entusiasmo la movilización. Los obreros alemanes hicieron otro tanto. Nosotros, que conocemos las dimensiones de la masacre, no podemos juzgar como absurda aquella actitud. Pero ¿tenía elección la República? Un segundo fracaso de Francia en cincuenta años habría borrado del mapamundi al país. Si un hombre de Estado tan hábil como Bismark se había dejado llevar exigiendo la anexión de Alsacia-Lorena, se pueden imaginar las exigencias que habrían tenido los enanos políticos que fueron Guillermo II y Moltke.

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