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quinta-feira, 14 de julho de 2016

La conquista colonial. Japón.

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


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La conquista colonial. Japón.

Desde los grandes descubrimientos del siglo XVI, los europeos se habían lanzado a la conquista del mundo. Ya hemos relatado las aventuras portuguesas y españolas (a las que contribuyeron los navegantes venecianos y genoveses), y más tarde las de holandeses y franceses; el Reino Unido acabó por triunfar sobre sus competidores —al precio, es verdad, de la independencia de Estados Unidos—. Aquél fue el apogeo de la talasocracia inglesa, the British Empire. 

En África, los boers o afrikaners prefirieron liberarse del dominio inglés. Con sus familias, sus carros y sus bueyes, abandonaron Ciudad del Cabo entre 1834 y 1838 para ir a fundar estados libres en Orange y en Transvaal. En Asia, Holanda pudo conservar Indonesia. En América, Estados Unidos dominaba todo salvo Canadá, que permaneció fiel a Londres. Tras la guerra de Secesión y la guerra franco-alemana (por lo tanto, después de 1870), todas las potencias europeas quisieron estar presentes en el reparto del mundo, y también Estados Unidos (Puerto Rico, Filipinas y Cuba). 

El Imperio británico se consolidó, y con mucha ventaja, como el primer Imperio colonial europeo. La India se había convertido en una colonia de explotación próspera, en la que la reina Victoria había sido proclamada emperatriz en 1877, con Calcuta como capital, más tarde Nueva Delhi, y con Bombay como el principal puerto mirando hacia la metrópoli. 

El Estado de la India, al que los ingleses llamaban Radjih, fue la gran realidad colonial del siglo XIX. Allí las revueltas eran escasas (la de los cipayos, en 1857, que había empezado como un amotinamiento militar). Los ingleses practicaban el gobierno indirecto por medio de príncipes y rajas, y se mantenían cuidadosamente a distancia de los indígenas, con los que —al contrario de los portugueses y españoles— no se mezclaban. Pero ellos fueron los que equiparon al subcontinente (vías férreas, infraestructuras) para su gran provecho y aseguraban la paz con ayuda de un ejército indígena de trescientos mil hombres, bajo del mando de veinte mil ingleses: «el ejército de las Indias». 

Los británicos buscaron proteger el subcontinente (por primera y última vez unido) ocupando sus fronteras: en el Himalaya, Sikkim, Bután, Nepal; hacia el este, Birmania; hacia el sur, Malasia. No lograron instalarse de manera permanente en el oeste, en Afganistán, que también lo ambicionaba el Imperio de los zares. Afganistán se convirtió entonces en un espacio tapón entre rusos e ingleses. Frente a aquel país, en las zonas tribales que aún existen, poderosas guarniciones británicas controlaban las montañas. Se pueden ver, atravesando el paso de Khiber, unas placas clavadas en las rocas con los nombres de los regimientos de Su Graciosa Majestad. 

La gran preocupación de la Inglaterra imperial era controlar las rutas marítimas que la unían con la India por el sur, a eso se debe la conquista de Ciudad del Cabo, o por el norte, el canal de Suez. Construido por los franceses y en sus manos, Suez planteaba problemas a los ingleses. El problema se resolvió con la compra de la mayor parte de las acciones de la compañía, y sometiéndolo a la tutela de Egipto. 

El Cairo se convirtió, por así decirlo, después de Londres, en la segunda capital de Imperio británico. Algo que se pudo comprobar durante la Segunda Guerra Mundial. El control (sobre Egipto y el canal) no cesará hasta 1956. 

Más allá de Suez, los ingleses se establecieron en Aden, y más allá de Malasia fundaron en China el rico enclave de Hong Kong. Para controlar los estrechos del sureste asiático, crearon la ciudad portuaria de Singapur, de alguna manera la tercera capital imperial. 

En África, el Imperio británico se dirigió hacia el sur desde Egipto, y hacia el norte desde Ciudad del Cabo. Conquistó Sudán después de una sangrienta revuelta del mahadi de Jartum y de la muerte de Gordon (1884), por medio de la gran expedición de Kitchener, en 1898. Desde Ciudad del Cabo, Cecil Rhodes extendió la influencia inglesa hacia el norte con la idea de unir Ciudad del Cabo con El Cairo. Por otra parte, los ingleses poblaban Canadá (sin i poder deshacerse de los quebecquenses, prueba de la presencia francesa), Australia y Nueva Zelanda. Estos países se convirtieron en dominios de los «Estados asociados» con sus propias libertades. 

En el Mediterráneo, Inglaterra poseía Gibraltar, Malta y Chipre (conquistada a los turcos). En África occidental se aseguraba la desembocadura del río Niger (Nigeria). Por desgracia para el Imperio, en la ruta de Ciudad del Cabo a El Cairo, los afrikaners se habían instalado desde 1834 en Orange y en Transvaal. Los colonos holandeses no temieron enfrentarse a los ingleses. Aquélla fue la guerra de los Boers, de 1899 a 1902. Bajo la dirección de su presidente Kruger, los boers se hicieron con varias victorias y Kitchener sólo pudo vencerles, tras una dura campaña, a finales de 1901. Los ingleses triunfaron, pero se vieron obligados, por la Paz de 1902, a hacer amplias concesiones a los afrikaners. Principalmente dejarles el poder en el nuevo dominio de Sudáfrica —lo que, en el siglo siguiente, con el apartheid, comportará muchos conflictos—. Pero en 1899, los boers se ganaron la simpatía general. Sus «comandos» (la palabra que hizo fortuna procede de entonces) aterrorizaron al ejército colonial inglés, y pasaron por defensores de la libertad. 

El Imperio colonial francés, lejos de poder igualar a Inglaterra, fue el segundo en importancia. Instalado desde 1830 en Argel, Francia creó Argelia. En la península del Magreb, entre el Sahara y el Mediterráneo, desde la Antigüedad sólo existían dos países: al este, el África romana, Ifrika árabe, convertida en Túnez; al oeste, Marruecos, islamizado, pero que los turcos no habían podido conquistar. 

Francia hizo retroceder al mundo turco hacia el este y conquistó Constantina, luego empujó al mundo árabe-bereber hacia el oeste y se hizo con Oran. Había nacido Argelia. Durante mucho tiempo, Francia dudó. Tras el sueño del «reino árabe» de Napoleón III, las circunstancias —éxodo de los alsacianos, deportación de los comuneros, inmigración espontánea de españoles y sicilianos— convirtieron a Argelia en una colonia muy poblada. Por lo tanto, la República del 4 de septiembre creó en aquella tierra departamentos franceses. Aunque quiso y logró integrar a los argelinos de confesión judía (el decreto de Crémieux), no se atrevió a proceder de igual manera con los indígenas de religión musulmana. Permanecieron como sujetos sin convertirse en ciudadanos. 

De este modo, la Argelia francesa descansaba cómodamente sobre una ficción. Realmente, en Argelia  hubo un pueblo formado por ciudadanos franceses (una  mezcla de franceses de Francia, españoles, malteses, italianos y judíos indígenas), pero el pueblo indígena musulmán nunca se integró. ¿Lo podría haber hecho? ¿La solución del «reino árabe» era real? 

Sin embargo, en 1881, Francia practicó con éxito la política del protectorado en Túnez. Más tarde, en 1912, llevó esta política a la perfección en Marruecos: el general Lyautey, Alto Comisario, se creyó una especie de Richelieu al servicio del sultán. Desde Marrakech hasta Kairuán, todo el Magreb era francés. 

A partir de 1862, el general Faidherbe creó el gran puerto estratégico de Dakar, que domina el Atlántico sur, y ocupó Senegal en el África negra. Valientes capitanes aseguraron, más o menos, la posesión de la mayor parte del oeste de África. Y un francés de origen italiano, Savorgnan de Brazza, garantizó la de África ecuatorial. En el río Congo, Savorgnan fundó Brazzaville, que aún conserva su nombre. Savorgnan era el heredero de una gran familia veneciana de Brazza, en Dalmacia (Kvar en la actualidad). 

En el sureste de Asia, Francia, presente en Cochinchina desde el Segundo Imperio, conquistó Tonkin y el Imperio de Annam con tropas mandadas por el general Gallieni, impuso a los reinos de Laos y Camboya un protectorado y creó la Indochina francesa (en donde el cultivo de hevea la convertirá en una rica colonia de explotación). El mismo Gallieni, en la ruta de Ciudad del Cabo, anexionó al dominio francés la gran isla de Madagascar tras haber deportado a la reina Ranavalona. Por otra parte, la República conservaba desde los tiempos de la monarquía las Antillas y la isla de Reunión, y se imponía en el sur del Pacífico en Nueva Caledonia y en Oceanía (Tahití). 

Desde Argel hasta el Congo y de Dakar a Yibuti, la República «pacificaba» progresivamente el Sahara y creaba un vasto dominio francés de una sola pieza. La progresión francesa del oeste al este se encontró en el alto Nilo, en Fachoda, con el movimiento inglés, que se dirigía del norte al sur. 

El 10 de julio de 1898, el comandante Marchand se enfrentaba a Lord Kitchener. Por orden del Gobierno, Marchand tuvo que renunciar. Desde Napoleón III, Inglaterra había pasado del estatus de enemiga al de aliada, más aún después de la anexión por parte de Prusia de Alsacia-Lorena. 

Aquella aventura colonial tuvo sus héroes y sus verdugos: Savorgnan de Brazza liberaba esclavos y hablaba de fraternidad, mientras que los oficiales de una columna que marchaba hacia el Chad, completamente enloquecidos, quemaban ciudades y sumían al Sahel en la desolación. Asesinaron al coronel que la República había enviado en su persecución, pero a ellos los mató su propia tropa de indígenas. 

En 1900, tres columnas francesas bajo el mando de Foureau, Lamy y Gentil, que habían partido de Argel, de Dakar y de Brazzaville, se encontraron en el lago Chad. Se había creado el África occidental francesa y el África ecuatorial francesa. 

Al igual que Inglaterra en la India, Francia enroló a muchos africanos en sus batallones: argelinos, marroquíes, senegaleses constituyeron tropas de «indígenas» bajo el mando de oficiales franceses y formaron un «ejército africano» (del mismo modo que el «ejército de las Indias»). 

En 1900 se creó en París la Escuela Colonial para asegurar la formación de los administradores. Los colonos tenían el mismo grado de formación que los alumnos de la Escuela Nacional de Administración, además de espíritu de aventura. 

En 1885, en el congreso de Berlín, los europeos se repartieron el continente africano. Porque franceses e ingleses no estaban solos allí. La vasta cuenca del Congo, que ambas potencias ambicionaban por igual, quedó establecida como una zona tapón y se entregó al rey de los belgas, Leopoldo II, a título de propiedad personal. Leopoldo explotó las riquezas de la zona (marfil, caucho, cobre de Katanga, diamantes) sin escrúpulos y con una violencia tal que conmocionó al Parlamento belga, el cual transfirió la propiedad del Congo a Bélgica. 

Los rusos se dirigían hacia el este, y fundaron el puerto de Vladivostok en el mar de Japón. En dirección sureste ocuparon las regiones musulmanas del Amu Daría, entre otras, Bukara y Samarcanda. Establecieron una especie de condominio con los ingleses sobre Persia. En el sur, el Imperio de los zares aseguró su dominio sobre el Cáucaso cristiano (Armenia y Georgia) y musulmán (Azerbayán). 

Alemania, que entró con retraso en la competición, porque antes había tenido que llevar a cabo su unidad y vencer a Francia, en 1871 anexionó Camerún, Togo, Namibia y, principalmente, el este africano (que se convertiría en Tanzania). Los portugueses conservaban los restos de su antigua grandeza en África, en Angola y en Mozambique.

También Italia quiso poseer colonias, aunque no tuvo suerte: quería ocupar Etiopía, la única nación del África negra no prehistórica. Pero, en 1896, las tropas del negus (emperador) Ménélik aniquilaron a los italianos en Adúa. No obstante, Italia se apoderó de la costa (Eritrea y Somalia) y, en noviembre de 1911, declaró la guerra a Turquía para quitarle, en 1913 y tras duros combates, Tripolitania (Libia). 

En aquella época, el mundo entero era colonizado por los europeos, o americanos, ya que los estados latinoamericanos estaban bajo protectorado de Estados Unidos. Las potencias, que no pudieron comerse China porque era demasiado grande, la explotaron y establecieron en su territorio «concesiones», sin dudar en enviar allí sus tropas cuando, en 1900, la emperatriz Tseu Hi, manifestando veleidades de independencia, apoyó bajo cuerda la revuelta xenófoba de los Bóxers (los Cincuenta y cinco días de Pekín). 

Quedaba el Imperio turco, que se extendía desde el Adriático hasta el golfo Pérsico. Pero se le conocía como «el hombre enfermo» y los europeos disputaban su preponderancia en aquellas tierras: los alemanes construían el ferrocarril de Constantinopla a Bagdad; los franceses «protegían» a los cristianos del Líbano; los rusos le declararon la guerra y consiguieron que, en 1878, los otomanos concedieran la autonomía a Bulgaria, que se declaró independiente en 1908. 

También era la época de las grandes exploraciones a las fuentes del Nilo y, sobre todo, del encuentro, en el centro de África, de Stanley y Livingstone. Stanley acabó por encontrar al viejo misionero, el único blanco en mil kilómetros a la redonda; sin perder su flema británica, le tendió la mano y le dijo: «Mister Livingstone, I presume...». En 1890 y 1911, el explorador noruego Amundsen se aventuró en las expediciones al polo Norte y al polo Sur. De hecho, Amundsen murió en la Antártida. 

Poco a poco, se fueron completando las manchas blancas de los mapas. Por primera vez en la Historia, hasta los últimos rincones de la Tierra se visitaban, se censaban y se cartografiaban.

Sin embargo, hubo una excepción dentro de aquel dominio europeo del mundo: Japón. Esta vieja nación feudal, ya lo hemos señalado, estaba cerrada a Occidente desde el siglo XVI. No obstante, un buen día, el emperador de Japón, Mikado, vio aparecer bajo sus ventanas, en la ensenada de Tokio (Edo), a la flota americana del comodoro Peary. Era 1853. El emperador, que reinaba pero no gobernaba, fue repuesto en el poder y el intendente de palacio (el shogún) obligado a dimitir. Los samurais habían aprendido la lección: «Si no nos "modernizamos" como ellos, los perros europeos acabarán con nosotros». 

En 1868, el emperador Mutsuhito proclamó la era Meiji, literalmente, «despotismo ilustrado». Los japoneses acudieron a formarse a Occidente, Japón recibió a sabios y técnicos del mundo entero y en veinte años recuperó su retraso técnico. El ejército de los samurais se convirtió en un ejército moderno que unía el heroísmo tradicional con los equipamientos más avanzados; y lo mismo sucedió en la marina. 

En 1894, Japón anexionó Taiwán, y luego, en 1910, Corea. Progresando hacia el oeste, se enfrentó con los rusos, que iban en sentido inverso. Estalló la guerra. Los valientes oficiales del zar despreciaron a aquellos «indígenas» y pensaron borrarlos de un plumazo. La gran flota rusa del Báltico había dado la vuelta por África y apareció ante las costas japonesas. 

El 28 de mayo de 1905, la «Armada Invencible» rusa del almirante Rojdestvenski fue hundida en Tsuhima. Aquel sorprendente desenlace, que anunciaba el de Pearl Harbor, provocó que el archipiélago se incluyera en los conciertos de las potencias. 

Japón es el único ejemplo de país del Tercer Mundo que consiguió modernizarse en la época. (A pesar de su victoria sobre los italianos, el negus no consiguió modernizar Etiopía.) El motor de aquella modernización autóctona es evidente: el patriotismo. Feudal, anárquico, el Japón de los samurais era una auténtica nación unificada y orgullosa. El patriotismo fue la palanca que impulsó a Japón a entrar en el mundo moderno, para lo bueno y para lo malo. 

¿Qué pensar, qué decir de la aventura colonial? En primer lugar, hay que evitar el anacronismo: los europeos de la época eran plenamente conscientes, como lo demuestra el discurso de Jaurès, del deber de los pueblos superiores respecto a los inferiores

Aquella generosa ambición no fue sólo un deseo piadoso. Francia abrió dispensarios, creó el Instituto Pasteur, envió médicos (entre ellos a Louis-Ferdinand Celine), además de ingenieros y profesores. Junto a crueles gánsteres hubo también santos —entre otros, muchos misioneros católicos y protestantes, que implantaron con éxito el cristianismo en Vietnam y en el África negra—. Al lado de explotadores sin escrúpulos, hubo entregados «cooperantes». En Inglaterra, Kipling exaltaba el «pesado fardo del hombre blanco». 

El colonialismo tenía un aspecto que podría calificarse de «kuchneriano»: generoso, humanista, «de izquierdas». En el discurso de Jaurès aparecen los mismos argumentos que Kuchner utilizó preconizando el «derecho de ingerencia», los 'french doctors' son los hijos espirituales de Ferry y de Jaurès. 

Aquella generosidad no era sólo un pretexto. A todas las naciones, salvo a Inglaterra, la colonización les ha costado más de lo que les ha reportado. El auténtico motivo de la colonización no fue ni humanitario, ni económico (a pesar de la crisis de 1880, que empujó a los países a asegurarse mercados en ultramar); sino que residió en la rivalidad entre las potencias, dentro de la voluntad de no dejar sitio a las demás. (Las crisis de Fachoda, entre franceses e ingleses; de Agadir, entre franceses y alemanes.) 

¿La colonización era ineludible? Podría pensarse que sí. Ya lo hemos subrayado, la modernidad es semejante a una epidemia. El mundo «prehistórico» del África negra no hubiera sobrevivido a un simple contacto. Los mundos feudales (árabe-musulmán, turco, etcétera) tenían muchas posibilidades, como lo demuestra el ejemplo de Japón. Sucede que sólo Japón supo aprovechar esa oportunidad. 

¿La colonización fue buena o mala? Según se mire. Es seguro que la colonización destruyó todas las estructuras e instituciones tradicionales del Tercer Mundo. Recordemos que sólo se habla de «colonización» cuando los pueblos presentes no ocupan el mismo lugar en la escala del tiempo que el pueblo colonizador. Es la noción de «desfase temporal» (este desfase nos sirvió para explicar el sorprendente éxito de los españoles frente a los incas). Cuando Napoleón se enfrentaba en una guerra con los reyes de Europa, era un conquistador, no un colonizador (lo que sí fue en Egipto). Napoleón vencía por su genio estratégico a ejércitos tan modernos como el suyo. Sin embargo, en el combate colonial hay siglos de diferencia entre el ejército invasor y las tropas del pueblo conquistado. El coraje de los mamelucos o de los guerreros zulúes no podía nada contra ellos. Este es el motivo por el que en la aventura colonial hay escasas guerras de verdad. De hecho, sólo hubo dos: la guerra de los Boers, porque los afrikaners eran europeos, y la guerra ruso-japonesa, porque los japoneses se habían modernizado. 

Recordemos también que, dentro de la noción de imperio (incluso imperio colonial), hay una idea de intercambio. El imperio, evidentemente, adquiere mucho, pero pretende aportar algo y, de hecho, lo aporta: paz, equipamientos. El imperio es algo distinto de la hegemonía: la hegemonía no tiene deberes, el imperio sí. 

Y para terminar, se pueden distinguir dos tipos de colonización: la colonización de cargos superiores y la colonización de población. La colonización de cargos superiores mantiene el país conquistado con poca población metropolitana. Los ingleses gobernaron el subcontinente indio y a sus centenares de miles de indígenas (el término «indígena» no tiene ninguna connotación peyorativa: los ingleses son los indígenas de Inglaterra) con cien mil colonos, funcionarios, oficiales y comerciantes. Cuando acaba la colonización, los cargos superiores vuelven a la metrópoli. Ese tipo de colonización, por lo general, no deja demasiado mal recuerdo a los colonizados. Los indios (al menos los dirigentes) siguen siendo muy 'british'. Y los senegaleses se consideran los «franceses africanos». 

La colonización de población instala en ultramar a una población europea numerosa y de manera que se pretende definitiva. En este sentido el «sionismo» que inventó Theodor Herzl en 1896 para refugiar a los judíos perseguidos, se inscribe en este contexto. Aunque, en el caso de Palestina, ese movimiento se considere un «regreso» y no una conquista. Ya hablaremos de ello. 

La colonización de población, al yuxtaponer a dos pueblos, desemboca a menudo en la evicción de uno de ellos: el de los indígenas. De hecho, los americanos desposeyeron a las tribus indígenas, los australianos a los aborígenes, y los neozelandeses a los maoríes; en estos casos, los europeos ya no tienen problemas. También puede que se dé la evicción de los colonos, que es, como ya veremos, lo que pasará en Argelia: los indígenas musulmanes expulsarán a los europeos de un país en el que vivían desde hacía un siglo. Sin embargo, el compromiso no es imposible. En Nueva Caledonia, europeos y canaqueses coexisten bajo la protección tutelar de Francia. En Sudáfrica, afrikaners y negros, en este caso sin intervención exterior, parecen resueltos a vivir juntos. 

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