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segunda-feira, 25 de julho de 2016

La crisis, el New Deal, el nazismo

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


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La crisis, el New Deal, el nazismo


Una vez muerto Lenin, el torrente revolucionario volvió a su cauce. Desde 1924 hasta 1929 transcurre una especie de segunda Belle Époque. El mundo, dominado por Francia e Inglaterra, pareció restablecerse con un pacífico progreso; los americanos habían vuelto a sus casas; la Rusia de Stalin y de los «planes quinquenales» había abandonado, por un tiempo, su «revolución». 

Es ésta una época muy próxima a la nuestra, la de la radio, la del cine sonoro, el Tour de Francia, el fútbol. La epopeya del correo aéreo, la línea de aviación (una línea postal) que unía Toulouse con Santiago de Chile sobrevolando el Sahara, el Atlántico sur y los Andes, en la que participaron Mermoz, Saint-Exupéry y Guillaumet. 

En 1927, el americano Lindbergh efectuó en su monoplano Spirit of Saint Louis la travesía aérea del Atlántico norte. Pronto, sobre los continentes, en Europa, en América, en África y en la India, los primeros aviones de pasajeros realizarán vuelos regulares (Air France se creará en 1933). En Alemania, los zeppelines (que habían bombardeado Londres durante la guerra) llevarán los primeros pasajeros sobre el Atlántico. También es la época de la publicidad, que adquirió el esplendor que nosotros conocemos. 

Las mujeres renacían. Durante la Gran Guerra, las mujeres habían tenido que reemplazar a los hombres (que habían marchado al frente) en los talleres, las fábricas, en los campos, en las oficinas, a pesar de que la República todavía se negaba a darles el derecho al voto. Pero en Estados Unidos se lo concedieron en 1920, y a continuación en la Turquía kemalista. La imagen de la mujer cambió, la gargonne se cortó el pelo y cambió el vestido de miriñaque por la falda corta. 

El capitalismo cambió también. Abundaba el dinero, la Bolsa prosperaba. Las empresas se concentraban y pasaban a la producción en masa racionalizada (taylorismo): Ford, General Motors, US Steel. Las fábricas Ford producían nueve mil automóviles a motor diarios, del modelo T. 

Ford creó la teoría de aquel nuevo estilo de capitalismo: para ganar dinero, hay que vender mucho; para vender mucho, no hay que vender sólo a los burgueses sino también a los asalariados; para que los obreros puedan comprar coches, tienen que ganar lo suficiente. Ford aumentó en un 17% el número de sus empleados. La venta a crédito acabó por representar el 60% de las ventas de automóviles. En Nueva York se levantaban los rascacielos (el Empire State Building con sus ochenta y seis pisos). Sin embargo, el sector agrícola se vio afectado por el progreso en Francia y también en Estados Unidos. 

El aumento de los salarios estaba muy lejos de alcanzar al de los precios (35%) y, sobre todo, al de los beneficios (62%). En América también era el momento de la «prohibición» del alcohol, típico de una sociedad puritana —la Volstead Act de 1919 no se derogará hasta 1933—, que trajo consigo el contrabando y el gangsterismo (Al Capone); el momento del racismo antinegro y antisemita del Ku Klux Klan y de los WASP (White, Anglo-Saxon, Protestants). 

En Europa, Alemania parecía recuperar su equilibrio. En 1920 había nacido la República de Weimar (ciudad mediana de Turingia), cuyo presidente electo fue Hindenburg, un general de la Gran Guerra. 

En febrero de 1929, Mussolini firmó con el Papa los acuerdos de Letrán, que pusieron fin a la crisis abierta en 1870 por la ocupación italiana de la ciudad pontificia. El Papa dispuso de un miniestado, el Vaticano, y de una estructura diplomática. Estos acuerdos, aún en vigor, conceden a la Iglesia católica el estatuto original de una religión que se enraiza en un estado simbólico. Decenas y decenas de países tienen destacado un embajador en el Vaticano, que, por su parte, envía nuncios apostólicos. Todavía hoy el Vaticano es un lugar frecuentado por la diplomacia secreta. 

Pero el 24 de octubre de 1929, estalló la crisis en Wall Street. Desde la época de los faraones coexisten el estado y el mercado. En 1929, los liberales mantenían que la «mano invisible» del mercado (según expresión de Adam Smith) bastaba para todo. Los comunistas creían, por el contrario, que el estado debe controlar la economía (los planes quinquenales). Ambos estaban equivocados. La crisis del Estado soviético surgirá más tarde; la del capitalismo, en 1929. 

Los beneficios de la Bolsa no pueden alcanzar el 15% anual (que exigen los Fondos de Pensiones americanos). Una economía próspera progresa normalmente con un tercio de esta norma. Los períodos de construcción (China) o de reconstrucción (Francia) pueden empujar el crecimiento hasta un 10%. La Francia de Pompidou y el Japón de los años ochenta registraron picos del 8%. Lo que está por encima de esto, es pura especulación. Pero la especulación, como la suerte en los juegos de azar, no puede durar. 

En 1929, en América se habían producido enriquecimientos formidables. El 24 de octubre, la burbuja especulativa explotó. Todo se basaba en la confianza, y ésta desapareció de golpe. Se saben las razones: sobrevaloración de los activos, abuso del crédito para el consumo, especulaciones imprudentes. 

La crisis de la Bolsa de Wall Street fue mucho más grave porque no existía ninguna institución interestatal. A partir de entonces se crearon (el Fondo Monetario Internacional, etcétera). 

Se multiplicaron las quiebras (la firma Hatry, Photomaton) y se propagaron (Kredit Anstalt en Viena). Hombres de negocios se suicidaron tirándose de lo alto de los rascacielos. Los precios bajaron de golpe un 20%. El comercio mundial se hundió. En Estados Unidos, un cuarto de la población activa se encontró sin recursos. En Alemania se contó hasta seis millones de parados (en aquella época no había subsidios) y la crisis se agravó por una inflación que venía de antes (1923). La novela de Steinbeck 'Las uvas de la ira' describe el ambiente de 1929. 

Sólo la URSS, que vivía en la autarquía, dentro de una economía dirigida, se salvó. 

¿Qué hacer? La administración republicana se demostró incapaz de detener la hemorragia. Franklin Delano Roosevelt, demócrata, fue elegido presidente en el otoño de 1932. Será continuamente reelegido hasta su muerte en 1945. Se rodeó de personalidades (brain trust) y proclamó el New Deal (el nuevo reparto de poder) diciendo en un famoso discurso: «Tenemos una cita con la Historia». 

En cien días, el nuevo equipo demostró un impresionante voluntarismo: devaluación del dólar; control del crédito; legislación agrícola (Agricultural Adjustment Act, la AAA); legislación industrial (National Industrial Recover Act, la NIRA) con el fin de luchar contra la bajada de los precios; acuerdos sociales por ramas profesionales; política de obras públicas, en particular la infraestructura del valle del Tennessee (Tennessee Valley Authority, la TVA). 

Los economistas empezaban a darse cuenta de que el liberalismo total era una utopía. El más conocido de ellos, el inglés John Maynard Keynes, publicó su Teoría general, en 1936. Preconizaba la intervención del Estado para garantizar el pleno empleo, llegando hasta recomendar el déficit presupuestario. 

Roosevelt nunca se reunió con Keynes. Roosevelt relanzaba por una parte, y por otra intentaba reducir los gastos. Había comprendido que la economía no es una ciencia, sino un arte de ejecución. Su exagerado respeto por los equilibrios presupuestarios hizo que el New Deal medio fracasara (o medio triunfara): en 1939, el producto interior bruto no había alcanzado el nivel de 1929, y quedaba un 20% de parados. Roosevelt, por otra parte, inventó un estilo de política moderna: charlas junto al fuego, equipos de expertos, comunicación... 

Desde 1929, Estados Unidos ya no es una potencia auténticamente liberal. El Banco Federal, el FED (al contrario que el actual Banco Europeo), persigue un objetivo de pleno empleo, y no una simple estabilidad monetaria. Y el Gobierno americano no teme causar déficits para relanzarse. 

En Francia, la crisis será menos fuerte —lo suficiente, sin embargo, como para crear una agitación política—. El 6 de febrero de 1934, las organizaciones de extrema derecha, «las ligas» (entre ellas, la Acción francesa de Maurras) suscitarán una revuelta en la plaza de la Concorde; hubo muertos. Los partidos de izquierdas ganaron las elecciones de mayo de 1936. 

Se formó «el Frente Popular». Los socialistas gobernaron con el apoyo de los comunistas y el acuerdo de los radicales. Léon Blum se convirtió en presidente del Consejo durante un año (junio de 1936-junio de 1937). Inspirándose en Roosevelt, cerró con los sindicatos los acuerdos de Matignon del 7 de junio de 1936: vacaciones pagadas, cuarenta horas (a las que se renunció en 1939), convenios colectivos. Aquello resultó un fracaso: el producto nacional bruto de 1939 será inferior al de 1929; el paro seguía siendo alto. Pero el Frente Popular, con las ocupaciones de las fábricas y los obreros y obreras marchándose en tándem a la playa, dejaron un emotivo recuerdo en la memoria popular. 

En Gran Bretaña, el laborista MacDonald intentó la misma política. Y rápidamente, la gentry le invitó a retirarse. Para Mussolini, ni la intervención del Estado ni las obras públicas eran un descubrimiento. A pesar de todo, la crisis le empujó a instaurar en Italia una estúpida autarquía. La Unión Soviética, un mundo aparte, no resultó afectada. 

En Alemania, la crisis tuvo consecuencias trágicas, para salir de ella, el viejo presidente Hindenburg no tuvo reparos en nombrar canciller, en enero de 1933, a Adolf Hitler. Hindenburg siguió el ejemplo del rey de Italia, quien había nombrado a Mussolini en 1922. Pero Hitler no era Mussolini, ni el partido nazi era el fascismo italiano —aunque, por una confusión del lenguaje, desde 1936 se llama «fascismo» a toda ofensiva populista. 

Adolf Hitler (1889-1945), de origen austríaco, antiguo combatiente de la guerra de 1914, era un extremista que había fundado, en septiembre de 1920, el partido nacionalsocialista. La República de Weimar lo encarceló en 1924 por su actividad sediciosa; en prisión describió, en su libro Mein Kampf, el «nuevo orden» que pretendía imponer en Alemania y en Europa. La crisis económica, con sus millones de parados, le sirvió de trampolín. 

A principios de 1933, Hitler aplicó su programa: en  junio proclamó al partido nazi (nacionalsocialista) como partido único, creó la Gestapo y no dudó ni un instante en mandar asesinar a compañeros de lucha demasiado indómitos, como Rohm (la noche de los Cuchillos largos, en junio de 1934). 

Cuando murió Hindenburg, Hitler se convirtió en el único amo, el Führer. Abatió a sus opositores. Hitler, sin trabas de control parlamentario ni de la ortodoxia liberal, permitió al doctor Schacht, su ministro de economía, provocar un déficit. Aquello funcionaba. El paro desapareció y el pueblo, desorientado, tomó a Hitler por su salvador. Hitler realizó obras públicas (las autopistas) y desarrolló la maquinaria de guerra alemana. 

No fue su política económica lo que le diferenció de la política intervencionista del New Deal, sino su ideología. El nazismo fue, al igual que el comunismo, una religión. Hoy hay una tendencia a meter a ambos en el mismo saco bajo el nombre común de «totalitarismo». Pero existen diferencias esenciales. Los bolcheviques aspiraban a la felicidad de la humanidad, aunque fuera matando a los hombres; el nazismo sólo quería la de la raza de los señores. 

Adolf Hitler alimentaba una auténtica obsesión antisemita. Porque quizá los judíos alemanes fueran los más alemanes de todos los alemanes. Esto no les disculpaba ante Hitler. Desarrolló un delirio racista y empezó a perseguir a los judíos. La mayoría de los grandes intelectuales alemanes y judíos, entre ellos Einstein, tuvieron que huir. 

Otra diferencia: el marxismo se consideraba racionalista y tenían como objetivo la Ilustración y el progreso; el nazismo se pretendía profundamente antirracional. Exaltaba el instinto vital, quemaba libros y explotaba las pasiones más oscuras del ser humano: el odio hacia los demás, el placer sádico, la aniquilación dentro del colectivo. En cierto modo, el comunismo de Lenin era previsible: un despotismo ilustrado y el deseo de igualdad de la Revolución francesa elevados a sus máximos exponentes. Por otra parte, aunque la esperanza comunista fuera la negación del mesianismo judeocristiano, más o menos se enseñaba la misma moral en las escuelas católicas que a los jóvenes comunistas: el trabajo, el esfuerzo (el estajanovismo), el respeto a los mayores... El nazismo, al contrario, era imprevisible: la religión de la muerte; un inaudito resurgimiento en la Alemania moderna de la religión asiría, pero un resurgimiento caricaturesco, sin su arte ni su poesía, con sacrificios humanos practicados a una escala desconocida para Teglat, Falazar y Asurbanipal. 

También fue el nazismo una exaltación de la juventud. Es verdad que los jóvenes comunistas y los scouts de Baden-Powell participaban de los fuegos de campamento por la noche y del amor a la naturaleza. Pero el objetivo de la educación de la Unión Soviética, y de la que ofrecía el movimiento scout y las corrientes católicas, era formar hombres (y mujeres). Los jóvenes hitlerianos, por el contrario, exaltaron la juventud en sí misma. Hacían de ella el apogeo de la vida. Los antiguos griegos admiraban el cuerpo de los jóvenes, pero situaban el acmé de la existencia a los sesenta años y preferían a Sócrates antes que a Alcibíades. A un adolescente le resulta muy difícil pensar de un modo distinto al de sus amigos. Porque exaltaba el instinto contra la razón, la naturaleza contra el pensamiento (una de las primeras leyes que promulgó Hitler fue de protección de la naturaleza), Hitler prefería a los adolescentes de la Hitlerjugend a Einstein (quien, además, era tan feo como Sócrates). Se puede discernir en el culto contemporáneo a la juventud una herencia escondida del nazismo. Siempre se coge algo de los enemigos

El culto a la juventud resulta desesperante para los propios jóvenes, que no pueden avanzar en la vida más que a trompicones, con los ojos vueltos hacia aquel fugitivo instante de su pasado. El comunista Paul Nizan tiene razón al reconocer, en contra de los nazis: «Nadie tiene derecho a decir que los veinte años es la edad más bonita de la vida». Sin embargo, el escritor Robert Brasillach, un autor con talento pero un eterno adolescente, se equivoca al magnificar, ante los fuegos de campamento, las esvásticas (la cruz gamada) y los estandartes bailando durante la noche del congreso nazi de Nuremberg, el «fascismo inmenso y rojo» y sus «catedrales de luz». 

El nazismo fue la religión del odio. En ese sentido necesitaba del racismo. Sin cabezas de turco, ¿cómo se puede odiar? De ahí la importancia estratégica (y fantasmagórica) del antisemitismo para los nazis. En definitiva, el nazismo fue la exaltación de la guerra como nunca jamás la guerra ha sido exaltada, a excepción quizá de los antiguos reyes asirios. Napoleón, «el dios de la guerra en persona», decía mientras recorría a caballo las enrojecidas nieves de Eylau: «No hay nada más triste que un campo de batalla». Para las SS, el campo de la masacre era muy bello. La guerra siempre es horrible (incluso cuando sea obligado hacerla, contra los nazis precisamente). 

El nazismo ha sido una de las mayores regresiones de la historia de la humanidad. Queda por entender cómo esta regresión pudo atrapar al pueblo alemán, entonces el más civilizado de la Tierra. Porque quitémonos la venda de los ojos: Hitler fue encumbrado por una inmensa oleada de popularidad. Los alemanes, los jóvenes principalmente, murieron por él con un entusiasmo digno de la mejor causa. Hubo algunos opositores, muertos, exiliados o deportados (los primeros en poblar los campos de concentración), pero, en proporción a la población, bastantes pocos —muchos menos, por ejemplo, que los que encontraron los soviéticos en Rusia—. 

Ninguna de las explicaciones racionales que se puedan dar sobre este fenómeno resultaría satisfactoria: ni la crisis, ni la derrota (ya habían transcurrido quince años en 1933), ni el deseo de venganza de los alemanes contra el diktat del tratado de Versalles. Hay en nuestros contemporáneos una fuerte voluntad de no volver la mirada sobre aquel lamentable hecho: la gran mayoría de los compatriotas de Marx, de Einstein, de Beethoveen y de Goethe apoyaban a Hitler. Es un hecho molesto, incomprensible, imprevisible, trágico, irracional. 

Los dirigentes del resto de las potencias tardaron en ser conscientes de la magnitud de aquellos sucesos, se empeñaron en tratar al Führer como a un dictador corriente y vulgar. Por otra parte, el canciller fue muy popular en América. El aviador Lindbergh y la alta sociedad de Wall Street le admiraron como a una estrella. 

Las escuelas históricas actuales nos llevan a subestimar la importancia de las personalidades en la Historia: puede pasar cuando éstas tienen un lado positivo, como Juana de Arco o Napoleón, pero ¿Hitler? Hitler, quien él solo, puesto que él era la SDF, hizo una mezcolanza de elementos cogidos de aquí y de allí en una biblioteca pública: socialismo, leninismo, fascismo italiano, racismo biológico, antisemitismo, misticismo hindú (la esvástica), creencias parapsicológicas... Hitler fue un loco delirante, es verdad, pero un loco genial, porque existen los genios del mal. La continuación de la Historia nos lo demostrará.

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