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domingo, 10 de julho de 2016

La Europa en el siglo XIX

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


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La Europa de las naciones

El nuevo presidente de la República, Luis Napoleón, era hijo de Luis, hermano del emperador, y de Hortensia de Beauharnais, hija de Josefina. Nacido en 1808, tenía cuarenta y tres años. Hasta aquel momento había llevado una vida de exilio y conspiración (con los carbonari italianos o contra la Restauración). Prisionero en el fuerte de Ham, se fugó. En definitiva, un personaje aventurero. 

El 2 de diciembre de 1851, el presidente proclamó el Segundo Imperio. Se llamó a sí mismo Napoleón III (el número II quedaba reservado para el hijo del emperador, muerto en Viena). Luis Napoleón ya ocupaba el poder, así que los hechos del 2 de diciembre fueron más un abuso de poder que un verdadero golpe de estado. 

Siguiendo los pasos de su tío, Luis acababa de transformar una República democrática, surgida de los acontecimientos de 1848, en una República totalitaria, de la que se consideraba el dictador «al estilo romano». 

Hubo opositores. Fueron encarcelados o huyeron. Victor Hugo vivió durante todo el período del Segundo Imperio en Guernesey: terrible inconveniente para el nuevo emperador tener en su contra al genial poeta, cuando éste había sido gran admirador de su tío. 

Napoleón III vale más de lo que deja entrever el despectivo retrato que el escritor traza de «Napoleón el Pequeño». Fue un hombre de Estado, al menos durante la primera parte de un reinado, que duró veinte años. Se puede decir que instauró un régimen social-capitalista. 

La importancia del capital es evidente. Napoleón III se rodeó de banqueros, como los hermanos Pereire o Volinsky (a menudo de origen protestante o israelí). Creó entidades de crédito y bancos de negocios, como el Credit Lyonnais. Alentó la financiación de las obras públicas: la plantación del bosque de Las Landas, la mejora de Sologne, el ferrocarril. El emperador fue quien confió en Ferdinad Lesseps para perforar el canal de Suez, que inauguró su mujer: una vía de agua estratégica que redujo a la mitad el camino a la India. 

Los sansimonistas que rodeaban al emperador eran muchos. Saint Simon (al que no hay que confundir con su antepasado de los tiempos de Luis XIV) tuvo una gran influencia: su Catecismo de los Industriales proporcionó una optimista utopía a la revolución económica. También en el Segundo Imperio nació la gran distribución: Le Printemps, la Samaritaine, le Bon Marché.* [*Se refiere a la distribución al por mayor para la venta al por menor. Le Printemps, la Samaritaine, y le Bon Marche son grandes almacenes tipo El Corte Inglés, de diferentes categorías. (N. de la T)]

E, igualmente, fue Napoleón quien inventó el marco jurídico del neocapitalismo: el de las sociedades anónimas. Hasta entonces, los empresarios poseían firmas familiares. Se confundía el dinero personal con el de la sociedad. La sociedad anónima permite al capitalista contar con accionistas. Este avance jurídico quedó codificado en 1867. El mismo año en que apareció El capital, donde Karl Marx se ensaña criticando los defectos inherentes a la economía de mercado. 

No obstante, el emperador siempre tuvo miras sociales. En prisión, en el fuerte de Ham, había escrito una obra con un título sugerente: La extinción de la pobreza. Se preocupó por el nivel de los salarios y siempre pudo contar con el voto obrero y campesino, porque su régimen «populista» organizaba regularmente plebiscitos. 

Había nacido el movimiento obrero y buscaba organizarse con líderes (Fourier, Proudhon, Marx), partidos socialistas y sindicatos (en Inglaterra los trade-unions). La primera Internacional vio la luz en Londres el 28 de septiembre de 1864. Y el emperador no le fue hostil. Respecto a este aspecto se habla de «césar-socialísmo». 

Lo que mejor resume aquel reinado es la transformación de París, que el emperador confió a la poderosa mano del prefecto Haussmann. Con mucha personalidad, la obra de Haussmann dio a París su aspecto actual, el de la ciudad de los veinte distritos, después de haber incluido espacios públicos de las afueras situados entre la muralla de la ciudad, construida por Thiers, y el municipio. Bonitos edificios de un estilo determinado, grandes avenidas (que facilitaban la circulación, y también la intervención del ejército en caso de revuelta): paradójicamente, la inmensa obra del barón Haussmann contribuyó, como consecuencia de la especulación inmobiliaria, a echar a los obreros extramuros y a convertir la ciudad de la luz (expresión de la época; Haussmann mandó instalar el alumbrado público de gas) en una ciudad burguesa. La magnífica ópera de Garnier es un ejemplo de esta transformación. 

La política exterior del Segundo Imperio, al principio, fue muy inteligente. Desde Waterloo, Francia estaba aislada y se la consideraba sospechosa. Pues Napoleón III consiguió aliarse con Inglaterra. Bajo su reinado, Gran Bretaña pasó de ser la enemiga hereditaria a ser la mejor aliada de Francia. 

El zar de Rusia quería intervenir en Constantinopla y en los Dardanelos. Inglaterra, la potencia marítima, se oponía. Este asunto desencadenó la guerra de Crimea en 1855. Napoleón III envió un cuerpo expedicionario que tomó la fortaleza rusa de Sebastopol. El tratado de paz, un signo de aquellos tiempos, fue firmado en París en 1856. Rusia renunció a apoderarse del Bósforo. Para recompensarla, sustrajeron dos provincias al Imperio otomano: Rumania y Serbia, dos países ortodoxos, sometidos a la influencia rusa. La turbulenta Serbia hizo de este modo su entrada en la historia contemporánea. 

La gran idea de Napoleón III era que cada pueblo tenía derecho a su unidad y a su independencia nacional. Italia fue un modelo ejemplar de aplicación de esta idea. Napoleón III conocía Italia por haber frecuentado a militantes del Risorgimento que luchaban por la unidad italiana. 

En aquella época, la península todavía estaba dividida. Desde que Napoleón I había destruido la República de Venecia, Austria dominaba el norte, excepto el reino del Piamonte. El reino de Nápoles (o las Dos Sicilias) seguían con su indolente vida en el sur. El Papa permanecía como un soberano temporal. 

El reino del Piamonte, en el que reinaba una dinastía saboyarda (de la casa de Saboya), se extendía a ambos lados de los Alpes, la capital había pasado de Chambery a Turín. El rey Víctor Manuel II había nombrado a un excelente Primer Ministro, Cavur (1810-1861), que había modernizado el país. Napoleón III decidió llevar a cabo la unidad italiana alrededor de la monarquía de Saboya. En Plombiera prometió su ayuda a Cavur, quien declaró la guerra a Austria apoyado por los ejércitos franceses que Napoleón III dirigió en persona en Magenta y Solferino (junio de 1859). Con ocasión de aquellas batallas, el suizo Henri Dunant creó la Cruz Roja. Austria, vencida, se retiró de Italia. El Piamonte alentó entonces la expedición de los «Camisas rojas», encabezada por Garibaldi, que fue a echar a los Borbones de Nápoles. 

La unidad de Italia casi estaba realizada. Como agradecimiento, el rey de Piamonte, convertido en rey de Italia, entregó a Francia Saboya y el condado de Niza. Varios plebiscitos ratificaron esa anexión. Saboya, situada en el lado francés de los Alpes y francófona, estaba destinada por naturaleza a inclinarse hacia París más que hacia la península. Sin embargo, Niza era una ciudad muy italiana, y allí se hablaba italiano. Garibaldi, héroe del Risorgimento, era originario de aquella ciudad. La rápida integración de Niza demuestra la fuerza de atracción de la Francia imperial. 

Aquella operación, tal vez, hubiera podido ser la obra maestra del Segundo Imperio: anexión pacífica de interesantes provincias; creación en la frontera de una potencia amiga. Pero la estropeó la «cuestión romana». Roma era, en efecto, la capital natural de la nueva Italia. Napoleón III no se atrevió a entregarla porque pertenecía al Papa y el emperador no quería molestar a los católicos franceses. Por lo tanto negó Roma a los italianos e incluso mandó instalar allí una guarnición francesa. Hasta 1871, Italia no anexionará la ciudad (el Papa se encerrará en el Vaticano). De pronto, los italianos pasaron del reconocimiento al resentimiento contra Francia. 

Esta manera de no llevar a término sus buenas ideas es una característica de Napoleón III, cuya indecisión no hará sino crecer con la edad. Por ejemplo, en Argelia, que Francia había conquistado en 1830 — de hecho desde la enérgica y en ocasiones sangrienta actuación militar del mariscal Bugeaud, bajo Luis Felipe (el emir Abd al Kader se rindió a los franceses en diciembre de 1847)—, el emperador, influido por los sansimonistas, ideó primero una política liberal de protectorado. Mandó liberar al emir (que se estableció en Damasco, ciudad en la que murió en 1883) y soñó con un «reino árabe» en el que indígenas y franceses tendrían los mismos derechos, pero no tuvo la capacidad de decisión necesaria para imponer aquella inteligente política a los europeos. 

Además, había caído en la desmesura. La Beresina del sobrino no se desarrolló como la del tío en Rusia; tuvo lugar en México. Estados Unidos se había convertido en una poderosa nación, tan poblada como Francia (treinta y dos millones de habitantes). En 1848 había declarado la guerra al México independiente con el fin de poder anexionarse California, Arizona y Texas. 

Explotando el resentimiento antiyanqui de los mexicanos, Napoleón III quiso crear en México un imperio bajo la influencia francesa que se opusiera al avance anglosajón. El ejército francés de Bazaine sentó en el trono de México a un pariente del emperador de Austria, Maximiliano. Pero, si a los mexicanos no les gustaban los yanquis, todavía les gustaba menos que les invadieran los franceses. Francia, impotente para dominar a las guerrillas, al cabo de unos cuantos años volvió a embarcar dejando atrás a Maximiliano, que acabó fusilado. Los mexicanos olvidaron aquella aventura, pero probablemente es la causa original de la desconfianza que Estados Unidos siente por Francia, pues el único ejército europeo que fue a aposentarse a sus puertas fue el francés. 

Y, para terminar de arreglarlo, Napoleón III había apoyado a los sudistas. No es una idiotez oponerse a la hegemonía americana, pero sí que lo era hacerlo tan lejos de Europa, a orillas de Río Grande. 

Mientras los franceses se hundían en México, una hegemonía, de otro modo amenazante, se formaba más allá del Rin. La ceguera que mostró Napoleón III hacia la amenaza alemana es sorprendente. El «principio de las nacionalidades» probablemente le impedía —a él, al artesano de la unidad italiana— oponerse a la unidad alemana. Además, Austria, desde hacía siglos, y también durante el mandato de su tío, había sido el principal enemigo de Francia en todo el continente. Pero, precisamente, ya no lo era. Napoleón III había sabido acercarse a Inglaterra en contra de Rusia. Pero no supo acercarse a Austria en contra de Prusia. 

Viena, un viejo imperio multiétnico y frágil, una vez realizada la unidad italiana, ya no representaba un peligro para París. Prusia, al contrario, constituía una terrible amenaza. En 1862, el rey de Prusia Guillermo I había nombrado canciller a un hombre de hierro: Bismarck (1815-1898). Aquel prusiano, perteneciente a una familia de junkers, quería de un modo apasionado llevar a cabo la unidad alemana alrededor de Prusia. Era algo así como un Garibaldi germano. Pero Garibaldi era tan romántico como cínico y frío Bismarck. Ante nada tenía escrúpulos que le retuvieran, pues la confianza del rey le había otorgado, en cierto modo, una especie de dictadura. 

Además, al igual que Inglaterra y Francia, la Alemania de aquella época se estaba convirtiendo en una gran potencia industrial, así como en una enorme fuerza militar —la única en Europa—. Gran Bretaña descansaba sobre su flota. El ejército francés, un buen ejército profesional, era poco moderno, estaba mal dirigido y sobre todo comprometido en las aventuras de ultramar (Argelia y México). La guerra de Italia de 1859 fue una excepción. El ejército prusiano, al contrario, era un ejército de reclutamiento (idea tomada de la Revolución, abandonada luego en el Segundo Imperio), nacionalista y bien equipado con artillería moderna (los famosos cañones Krupp). 

Para Bismarck, el primer obstáculo a superar era Austria. Desde hacía mucho tiempo, Viena y Berlín se disputaban el gobierno de los alemanes. Hay que señalar que, por otra parte, Viena había aportado al mundo germánico mucho esplendor y paz (Mozart, etcétera), mientras que Berlín le traerá guerra y desgracia. Para construir la unidad alemana alrededor de Berlín, era necesario vencer a Viena. Algo que hizo Bismarck. 

En Sadowa, el 3 de julio de 1866, los prusianos, conducidos por el rey Guillermo y el general Moltke aplastaron con facilidad al anticuado ejército Habsburgo (convirtiendo, hasta 1918, a Austria en vasalla). Esto habría resultado de otra manera si el ejército francés se hubiera mostrado en el Rin. Bismarck, despreciando a Francia, había concentrado sus fuerzas contra los austríacos. En aquel momento, una intervención francesa hubiera sido decisiva. Napoleón III prefirió no hacer nada y, de paso, reclamar algunas compensaciones (por ejemplo, la anexión de Luxemburgo), a las que Bismarck calificó despectivamente de «propinas» —propinas que él, por su parte, rechazó—. 

A partir de entonces, la suerte estaba echada. El último obstáculo que impedía la unidad alemana alrededor de Prusia era, en efecto, Francia. Aquel país, con un pequeño ejército colonial, no suponía enemigo frente al poderoso ejército de reclutamiento alemán. Además, Napoleón III se dejó llevar y fue él quien, estúpidamente, declaró la guerra primero. 

Ese hombre, en ciertos aspectos un administrador genial, siempre fue un negado en materia militar —al contrario que su tío—. Su mando fue deplorable. En dos meses el ejército francés estaba aniquilado, y el 2 de septiembre de 1870, Napoleón III era hecho prisionero en Sedan. 

Con su jefe prisionero, el Segundo Imperio se derrumbó. Bismarck pensaba, que una vez aniquilado el ejército regular, la guerra había terminado. Se equivocaba. Los franceses, ante la invasión, creyeron volver a 1793. El 4 de septiembre, un levantamiento en París condujo hasta el Ayuntamiento, el centro emblemático del poder revolucionario, a los diputados de la capital. Éstos se autoproclamaron «Gobierno de la Defensa Nacional» y restablecieron la República (de hecho, la tercera en cuanto a número, aunque no será votada hasta 1875). Entre ellos se encontraba un enérgico hombre, un italiano recientemente nacionalizado: Léon Gambetta. 

Los ejércitos alemanes, sorprendidos, cercaron París, pero se cuidaron mucho de atacar su inmensa trinchera. Bismarck contaba con el hambre. Fundamentalmente, pensaba que, a diferencia de la República de 1793, ésta no tenía ejército. Se equivocaba. El 7 de octubre de 1870, Gambetta, ministro del Interior y de la Guerra, abandonó la ciudad, sitiada en todo su perímetro, para ir a organizar la resistencia en provincias. Se detuvo en Tours, compró fusiles en el extranjero y movilizó unos ejércitos improvisados («los móviles», palabra que procede de «movilización») que obligaron a los prusianos a adentrarse en el corazón del territorio nacional. Incluso los 
derrotaron el 9 de noviembre de 1870 en Coulmiers, donde el general Chanzy emprendió una gloriosa retirada por el Loira. 

Sin embargo, los móviles necesitaban tiempo para acostumbrarse a la guerra. Pero el tiempo faltaba. París, sitiada desde hacía meses, moría de hambre. Aun después de la pérdida de París, Gambetta pensaba que la resistencia tenía posibilidades: los ejércitos prusianos, alejados de sus bases, en pleno invierno, se mostraban vulnerables. Pero para aprovecharlas hubiera sido necesario —restaurando la Convención— hacer una guerra salvaje. El Gobierno, compuesto por moderados y burgueses de provincias, no quiso aceptarlo por temor a los disturbios sociales. 

El 28 de enero de 1871, el Gobierno pidió el armisticio. Bismarck lo concedió (tenía miedo), no sin aprovechar el momento para imponer a los príncipes alemanes, reunidos en Versalles, la aceptación del rey de Prusia como emperador de Alemania. Durante siglos, dejando al margen a Austria, Alemania, dividida en un puñado de pequeños estados, no había sido considerada. Ahora surgía armada de la cabeza a los pies, amenazante y con las chimeneas de sus fábricas echando humo. 

Sin embargo, Bismarck también cayó en la desmesura. Exigió la anexión de Alsacia (francesa desde 1683) y de una parte de Lorena (francesa casi desde la Edad Media). Un error fatal y de pésimas consecuencias: si Bismarck se hubiera limitado a realizar la unidad alemana sin anexionar nada, seguro que Francia y Alemania se habrían reconciliado rápidamente. Pero Bismarck ya no era un hombre de la Ilustración; era un pangermano. Para los franceses, la nación se basaba en las leyes; para los pangermanos y Bismarck, se basaba en la raza. 

Evidentemente, Estrasburgo es una ciudad germana; pero, afrancesada, cohabitaba desde siglos atrás con la Marsella mediterránea o con la celta Quimper. El derecho al suelo fundó Francia, el derecho de sangre, Alemania (la República Federal Alemana no renunció a eso hasta muy recientemente). Esta idea étnica de la nación encontrará su apogeo con Hitler. 

Mientras tanto, una cuarta parte de los habitantes de Alsacia abandonaron sus viñas y sus casas para conservar la nacionalidad francesa; muchos se instalaron en Argelia. Aquella anexión hizo imposible la reconciliación franco-alemana. Alsacia-Lorena fue una herida abierta en un costado de Francia, una obsesión, hasta cuando nadie se atrevía a hablar de ello por temor a Alemania: «Pensar en aquello siempre. Nunca hablar de ello». 

Aquel error pangermano desencadenó la guerra de 1914 y el horror del siglo XX. 

Por otra parte, el armisticio de 1871 fue muy mal recibido en Francia por muchos patriotas, para empezar por los parisienses. Da testimonio de ello la carta de un oficial de carrera, Louis Rossel, a su ministro, desde el campo de Nevers:

"Tengo el honor de informaros de que vuelvo a París para ponerme a disposición de las fuerzas que allí se puedan constituir. Me he informado por un despacho [...] de que hay dos partidos en lucha en el país, yo me alinearé sin dudarlo del lado de aquel que no haya firmado la paz y no formaré parte de las filas de los generales culpables de la capitulación. Al tomar una resolución tan grave y dolorosa, lamento tener que dejar suspendido el servicio al genio del campo de Nevers [...]. Tengo el honor de ser, mi general, vuestro obediente y devoto servidor. L. Rossel" 

Tras el armisticio, las elecciones dieron la mayoría a la derecha, que se reunió en Asamblea en Versalles, y Adolphe Thiers se convirtió en el Jefe del Estado. 

Pero París, invencible después de cuatro meses de asedio, aceptaba mal la derrota. Cuando el Gobierno de Versalles quiso recuperar los cañones colocados en la colina de Montmartre, hubo una insurrección en la capital, y el 18 de marzo de 1871 se declaró “Comuna libre”, independiente del gobierno del señor Thiers. Karl Marx vió en la Comuna la primera «dictadura del proletariado». 

Durante dos meses, la bandera roja ondeó en el Ayuntamiento. Es cierto que la Comuna era una insurrección social, pero más aún una insurrección patriótica. Oficiales como Rossel se pusieron a su servicio. Oficiales franceses se enfrentaron a otros oficiales, compañeros de promoción, tal y como lo muestra la nota de Rossel, convertido en jefe militar de la Comuna, dirigida a un oficial de Versalles:

"Querido camarada: La próxima vez que os permitáis enviarme una intimidación tan insolente como vuestra carta autógrafa de ayer, le mandaré fusilar, señor parlamentario, conforme mandan los usos de la guerra... Vuestro devoto camarada Rossel, delegado de la Comuna de París." 

Las semanas perdidas habían permitido al Gobierno de Versalles hacer llegar de provincias tropas fieles. El 21 de mayo, éstas entraron en París y se hicieron con la ciudad después de ocho días de duros y realmente sangrientos combates —«La Semana Sangrienta», del 21 al 28 de mayo de 1871—. A las ejecuciones sumarias que Versalles perpetró, se respondió con la masacre de los rehenes (entre ellos el arzobispo de París, monseñor Darboy) y el incendio de las Tullerías y del Ayuntamiento. Los últimos comuneros, 147, fueron fusilados en el cementerio de Pére-Lachaise. La represión había provocado miles de muertos. 

El Segundo Imperio terminaba no sólo en el desastre, sino también debido a una auténtica guerra civil en el «tiempo de las cerezas». El Gobierno legal de Adolphe Thiers había triunfado bajo la mirada de los prusianos.

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