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terça-feira, 19 de julho de 2016

La Gran Guerra

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


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La Gran Guerra


Esta guerra fue esencialmente europea: en un bando Francia e Inglaterra, unidas en 1915 por Italia; en el otro, Alemania y sus vasallos austríacos, turcos y búlgaros, cuya unión se había formado tras la sangrienta destrucción de Serbia. Una diagonal del mar Báltico al golfo Pérsico. Así la establecieron los «imperios centrales», implicando a Oriente Próximo y separando a los occidentales por el noroeste y el sureste de sus aliados rusos. 

La guerra no tuvo repercusiones en otras partes, salvo en las colonias alemanas (rápidamente ocupadas por los occidentales, a excepción del este africano, en donde el general alemán Von Lettow peleó hasta después del armisticio) y debido a la participación tardía de Estados Unidos. Así pues, nosotros preferimos llamarla la Gran Guerra, en lugar de la Primera Guerra Mundial; porque, en efecto, muchos países —Japón, América latina— sólo fueron virtuales beligerantes. 

También es errónea la expresión, de moda en la actualidad, «guerra civil europea». Una guerra civil, la forma más terrible de guerra, enfrenta a personas de la misma comunidad; separa a los hijos de los padres y a los hermanos entre ellos. El odio es personal. Los europeos de 1914 en ningún caso pertenecen a una única comunidad, sino a naciones con lenguas, costumbres e ideas distintas. El odio era colectivo. 

Los soldados no odiaban en absoluto a un enemigo en particular y, en general, se admitieron las «leyes de la guerra» (respecto a heridos, prisioneros, la Cruz Roja, etcétera). 

Sin embargo, la guerra de 1914 fue «Grande» —digamos mejor «terrible»— por su grado de violencia. Fue la clase de conflicto que ya anunció la guerra de Secesión, nunca antes visto en Europa: la guerra de masas, a escala industrial. 

En todos los países se estableció el reclutamiento, incluso en Inglaterra. La artillería pesada, las armas químicas, las ametralladoras, provocaron hecatombes. La caballería, sustituida por las armas de tiro rápido, desapareció para siempre. 

Desde las Púnicas hasta las de Napoleón (a pesar de las armas de fuego), todas las guerras habían sido siempre iguales. No había frente. Los soldados caminaban mucho, pero se enfrentaban en pocas ocasiones. Las batallas, muy cruentas (decenas de miles de muertos), duraban desde que salía el sol hasta el ocaso (Waterloo), excepcionalmente dos o tres días. Se libraban a caballo o a pie, envueltas en la exaltación de las banderas o estandartes, de los toques de corneta y de los tambores. El general en jefe podía abarcar con la mirada su desarrollo. Nada tenían que ver con los terroríficos combates de la Gran Guerra, librada durante meses, bajo los obuses de un enemigo invisible, entre el barro y el horror. 

Nadie ha descrito el ambiente de 1914 como Maurice Genevoix en sus diarios. En agosto de 1914, Genevoix tenía veintidós años. Acababa de aprobar la oposición de profesor de lengua y literatura. Alumno de la École Normal Superieure de la calle de Ulm, se disponía a ir de vacaciones cuando fue movilizado como oficial (igual que todos los alumnos de la Normal, había hecho el servicio militar y, como la mayoría de ellos, había pasado por la escuela de oficiales de la reserva). De pronto se vio convertido en subteniente a la cabeza de una sección de ciudadanos (obreros, campesinos) movilizados igual que él. El mando de la sección vecina estaba en manos de un oficial en activo de su misma edad, alumno de la Escuela Militar de Saint-Cyr, que se llamaba Porchon. 

"Porchon marcha a mi lado. Yo le pregunto: 
—¿Lo estás oyendo? 
—¿El qué? 
—El tiroteo. 
—No. Cómo es posible que no oiga... esa especie de chisporroteo... 
Es la encarnizada batalla a la que nos dirigimos y que jadea allá, al otro lado de la cresta que vamos a atravesar. Poco a poco, mis hombres se ponen nerviosos. Dicen: «Ahora somos nosotros los que vamos allí. ¡Maldición!.... Aquí mismo, en el sendero por el que caminamos, han aparecido dos hombres... Veo sus rostros ensangrentados sin ninguna venda que los esconda y que van a mostrar a los míos. El primero nos grita: «A cubierto, vienen hombres detrás de nosotros». No tiene nariz. En su lugar, un agujero que sangra y sangra. Junto a él, el otro tiene la mitad inferior de la cara colgando,  sólo es un trozo de carne roja, blanda... ¡A cubierto, a cubierto!» Lívido, titubeante, éste se agarra con las manos los intestinos, que se escapan de su reventado vientre... El que corría se detiene, se arrodilla de espaldas al enemigo, frente a nosotros, con el pantalón completamente abierto, sin apresurarse, retira de sus testículos, con sus dedos pegajosos, la bala que le ha acertado y la guarda en la cartera. Estos hombres que vienen con sus heridas, con su sangre, con su aspecto extenuado, es como si dijeran a mis hombres: «Mirad, esto es la batalla, mirad lo que ha hecho con nosotros..., y hay centenares más de los nuestros cuyos cadáveres, todavía calientes, yacen en el bosque, por todas partes. Si vais los veréis. Pero si vais, las balas os matarán como a ellos u os herirán como a nosotros. No vayáis. 
—Porchon, mírales —digo muy bajo. Y muy bajo también él me responde: 
—Malo; vamos a tener problemas dentro de poco. —Es que al darse la vuelta ha visto todos los rostros ansiosos, los ojos febriles... Sin embargo, nuestros soldados marchan detrás de nosotros. Cada paso que dan les acerca a ese rincón de la tierra en donde hoy se muere. Van a entrar allí dentro, sobrecogidos por el terror..., pero harán los gestos de la batalla. Los ojos apuntarán, el dedo se apoyará en el gatillo del fusil, tanto tiempo como sea necesario, a pesar de las obstinadas balas que silban..., a pesar del horroroso ruido que hacen cuando aciertan y se adentran... Se dirán: «Quizá el siguiente sea yo». Y tendrán miedo en todo su cuerpo. Tendrán miedo, es seguro, es fatal, pero teniendo miedo seguirán vivos."

Al aplicar el plan Schlieffen, el poderoso ejército alemán cruzó Bélgica y, como tenía previsto, atacó a los franceses por la espalda y por sorpresa. Hay que entender que en aquella época todavía se creía en el valor de los tratados. El general en jefe francés, Joffre, no era un genio. (No hubo grandes estrategas en la guerra de 1914-1918, excepto, quizá, Gallieni, Foch y Ludendorff.) Pero grueso y plácido, no perdió la sangre fría y ordenó la retirada general. 

Entre el 4 de agosto y el 6 de septiembre, durante cuatro semanas, la infantería francesa dio marcha atrás, agotada, perseguida por unos alemanes exaltados debido a su triunfo. Los jefes alemanes creyeron que se repetían los acontecimientos de 1870. Cometieron el error de subestimar a su adversario y pasaron sin precaución al este de París, adentrándose hacia el sur. Entonces, el ejército alemán presentaba su flanco a la trinchera parisiense, al mando del general Gallieni. Este sugirió a Joffre un contraataque al flanco. Joffre lo ordenó el 6 de septiembre. Los soldados franceses pasaron a la ofensiva entre el 6 y el 9 de septiembre (el joven Genevoix se refiere a esta batalla en el texto citado más arriba). 

Los alemanes retrocedieron. Uno de sus jefes, el general von Kluck, sancionado, declaró ante la comisión de investigación prusiana: «¿Qué tienen que reprocharme? Todos somos responsables de la derrota. Porque, después de una infernal retirada, padeciendo horribles sufrimientos, sólo hay en el mundo un soldado capaz de levantarse o de atacar..., y ese soldado es el soldado francés, ¡esto nunca nos lo enseñaron en las academias de la guerra!». 

Sin embargo, los alemanes no abandonaron Francia, donde permanecieron durante cuatro años. Fue la horrible «guerra de las trincheras». De febrero a diciembre de 1916, el general alemán Falkenhayn y el káiser confiaron en aniquilar al ejército francés en Verdún, aplastándolo bajo el tiro concentrado de miles de cañones de calibre grueso. Los soldados resistieron. Lo describe Jean-Jacques Becker en el prólogo del libro de Genevoix: 

"Aquellos estudiantes que se preparaban para marchar de vacaciones..., aquellos campesinos arrancados a los trabajos del campo, los obreros, los millones de simples personas con destinos tan diferentes tenían un punto en común. Un amor común a su patria, la convicción de que nada era más importante que salvaguardar su nación, aunque, por supuesto, esto no es algo que dijeran normalmente."

Esta mentalidad nos es tan ajena que, para bien o para mal, nos cuesta mucho entender los resortes de la Gran Guerra. 

La guerra también se desarrollaba fuera de Francia (aunque Francia fue el epicentro). En Rusia, prusianos y zaristas no cesaban de avanzar y de retroceder. Los austríacos aplastaron a los italianos en Caporeto (salvados por la rápida ayuda francesa). Los ingleses, que habían enviado a un millón de hombres al Soma, condujeron a sus aliados (franceses y australianos) hasta Gallipoli. Se trataba de agarrar al Imperio turco por el cuello. El general Mustafá Kemal los empujó hacia el mar. No obstante, los occidentales mantuvieron un pie en los Balcanes, en Salónica (Tesalónica). 

Tras haber liberado el canal de Suez, a Gran Bretaña se le ocurrió la idea de incitar a los árabes a que se rebelaran contra los turcos. El coronel Lawrence (Lawrence de  Arabia) se ilustró en esta acción, en la que se inspiró para escribir su obra maestra de la literatura universal: Los siete pilares de la sabiduría. Pero, al mismo tiempo que prometían la independencia a los árabes (de Siria, Jordania e Irak), los ingleses, con una urgente necesidad de los banqueros que abrazaban las ideas del movimiento sionista, prometían crear en Palestina el «hogar nacional judío» que Herzl había soñado. Dos compromisos contradictorios. 

Durante ese tiempo, el Gobierno otomano desplazaba en masa a los armenios, sospechosos de ser amigos de los rusos. Decenas de miles de ellos murieron de agotamiento por las carreteras de Anatolia. Un cruel genocidio que la actual Turquía sigue negándose a reconocer. En 1917 se produjo un bajón de moral en todos los beligerantes. 

La Rusia zarista no sobrevivió a aquello. De hecho, los rusos, cuya independencia no se veía realmente amenazada, no entendían por qué luchaban. En febrero de 1917, el zar Nicolás II abdicó y fue encarcelado. El Gobierno de Kerenski, preso de la agitación obrera (los alemanes habían permitido a Lenin, exiliado en Suiza, atravesar en tren su Imperio para ir a sembrar la subversión en Rusia), firmó la paz en Brest-Litovsk. 

Aquélla era una formidable victoria para Alemania. Así pudo ocupar los campos de trigo de Ucrania. Y, sobre todo, sólo tenía que batirse en un frente. Pero, por suerte para los aliados, los jefes alemanes dieron entonces muestras de su presunción. Para hacer pasar hambre a Inglaterra, no dudaron en hundir con sus submarinos (un arma nueva y técnica en la que eran superiores) a los barcos de Estados Unidos que abastecían a Gran Bretaña. El 4 de abril de 1917, el presidente Wilson declaró la guerra a Alemania.

La intervención americana no tuvo la importancia militar que se afirma. En aquella época, Estados Unidos no tenía más que un pequeño ejército y, aunque consiguió enviar a Francia un millón de hombres, éstos fueron equipados, armados e instruidos por los franceses, y no entraron en batalla hasta julio de 1918. Además tuvieron muy pocas bajas. Pero esta intervención tuvo una importancia psicológica capital: compensaba simbólicamente la deserción rusa. La esperanza, después de un período de incertidumbre, volvió a los aliados. 

Por otra parte, no hay que exagerar, como pretende el conformismo antimilitarista actual, la importancia de los «motines» de 1917. Sólo se produjeron en la retaguardia, ningún soldado abandonó su puesto en las trincheras. El general Pétain, con mucha sensatez y muy poca represión (unas cincuenta ejecuciones), supo restablecer la confianza. El 16 de noviembre de 1917, la Asamblea Nacional invistió a Georges Clemenceau, a quien había nombrado Poincaré (aunque el presidente de la República no sentía ningún cariño por él). Pero el viejo (tenía setenta y siete años) supo galvanizar las energías y se convirtió en una especie de dictador al uso romano. 

De marzo a julio de 1918, los mejores generales alemanes, Hindenburg y Ludendorff, libres de preocupaciones en el este tras el hundimiento de Rusia, se dedicaron a lanzar furiosas ofensivas — Clemenceau, que había ascendido a Foch como jefe del Estado Mayor aliado, no se desalentó—. Finalmente, las ofensivas prusianas fueron aniquiladas. 

Desde entonces, la partida estaba jugada. Los ejércitos aliados hicieron retroceder, en octubre, a los ejércitos alemanes hasta la línea de salida. Desde Salónica, el ejército francés de Oriente, comandado por Franchet d'Esperey, aplastó a los búlgaros y amenazó a Austria subiendo hacia el norte. En Siria, el inglés Allenby hizo lo mismo con los turcos. Los italianos ganaron su primera victoria en Vittorio Véneto. El Imperio turco entregó las armas el 30 de octubre. El Imperio austríaco hizo otro tanto el 3 de noviembre. Al káiser sólo le quedaba huir a Holanda. El 11 de noviembre de 1918, el Gobierno alemán pidió el armisticio. Fue aceptado bajo unas condiciones draconianas: Alsacia-Lorena sería devuelta a Francia, el ejército alemán desmovilizado, la flota destruida y Renania ocupada por los franceses. 

Por lo tanto, Francia resultó victoriosa —junto a sus aliados, es cierto, pero dominando—. Sin embargo, el precio de esta victoria había resultado muy caro. De los ocho millones de hombres movilizados, más de dos millones habían resultado gravemente afectados; de ellos, 1.360.000 muertos: casi uno de cada cuatro hombres, uno de cada dos jóvenes. Ningún otro país beligerante había padecido, en proporción a su población, tan enormes pérdidas. 

A esto hay que añadir que la guerra se había desarrollado, principalmente, en territorio francés. Nunca en la historia del mundo, ninguna ciudad, ninguna patria, había pagado semejante precio por su supervivencia. Los campesinos resultaron diezmados. Cuando se recorre las aldeas de Francia, en los monumentos a los muertos se pueden leer decenas de nombres: no falta ni una sola familia... 

También la burguesía resultó afectada de un modo similar, desaparecieron centenares de estudiantes de los centros de estudios superiores, de militares de academia, decenas de escritores, entre ellos el autor de El gran Meaulnes, Alain Fournier, Péguy y Apollinaire. 

Hay que subrayar que los viejos imperios monárquicos y totalitarios (el de Alemania, el de Austria, el de los zares y el de los otomanos) no superaron la prueba. La democracia coronada inglesa tuvo mejor suerte. Sin embargo, hubo algo de romano (de la Roma de la República) en aquella débil democracia francesa que vivió varias crisis ministeriales durante la guerra, ¡pero aguantó! Es un error creer que la democracia es forzosamente incapaz. 

He señalado a menudo la importancia de que los gobiernos consigan la adhesión popular: la mentalidad rusa, alemana y turca cedió; la República de los Julios se mantuvo con Clemenceau. 

Quedaba ganar la paz. El tratado de Versalles (28 de abril de 1919) dio lugar al nacimiento de una Sociedad de Naciones y —junto a los tratados de Saint-Germain, de Sèvres y de Neully— reorganizó Europa. Pero el tratado de Versalles no fue ratificado por el Senado de Estados Unidos, que no participó (no más que Rusia) en la Sociedad de Naciones, instalada en Ginebra. El presidente Wilson, aquejado de una parálisis, vio cómo su candidato perdía las elecciones de 1920. Estados Unidos volvió a su aislamiento tradicional, del que  sólo le habían podido sacar las provocaciones alemanas. Inglaterra le siguió. 

Por supuesto, aparentemente Inglaterra y Francia triunfaban. Se repartieron las colonias alemanas (Camerún para Francia, Tanzania para Inglaterra). Se repartieron también el Imperio turco —Francia recibió Siria y Líbano, e Inglaterra, Irak—. Pero aquello era un timo. 

Los árabes de Siria, Palestina e Irak, engañados en sus esperanzas nacionales, irritados por la creación del hogar judío en Palestina, tuvieron la impresión, justificada, de haber sido traicionados. De ahí procede el resentimiento antioccidental (y antiisraelí) que explica muchos dramas actuales. 

Sin embargo, Polonia, liberada desde el siglo XVIII, renacía de sus cenizas como un Estado independiente con la ayuda de los franceses. Francia dominaba, en apariencia, el mundo —al menos el mundo continental: los océanos para los ingleses, los continentes para los franceses—. América y Gran Bretaña habían vuelto a sus políticas tradicionales (aislamiento americano y British Empire) y habían abandonado el reclutamiento. En cuanto a Rusia, era presa de la anarquía. 

El ejército francés seguía siendo hegemónico, presente en Alemania, Turquía y los Balcanes. Pero Francia estaba desangrada (al contrario que Alemania, cuyo territorio, apenas menguado, no había sufrido) y sin aliado para colmar su deseo de venganza contra los alemanes. Mientras que Alemania se mantenía como la primera potencia económica de Europa (y quizá del mundo).

En efecto, Clemenceau cometió el terrible error de borrar del mapa a Austria-Hungría. Es cierto que el Imperio de los Habsburgo había perdido la guerra. Pero, tras la muerte del viejo Francisco José, su sucesor, Carlos I, estaba dispuesto a una alianza con Francia (que debería haber existido para detener las ambiciones de Prusia desde Sadowa). 

Hubiera sido inteligente instigar a los pueblos de la doble monarquía para que permanecieran juntos convirtiendo el imperio en triple o cuádruple monarquía: los eslavos del norte o del sur accediendo al poder en igualdad con los húngaros y los austríacos. ¿Qué ganaron checos, eslovacos, croatas y húngaros con separarse? La invasión nazi y, después, cuarenta años de dominación soviética. La desesperanza y el servilismo. Francia habría encontrado en el Imperio que conservaban los Habsburgo, un útil contrapeso al poder de Berlín. 

El principio de las nacionalidades, llevado al absurdo, dio origen a estados débiles con poblaciones entremezcladas, cuando esos pueblos habían vivido durante siglos con los austríacos. Basta con visitar Praga, Budapest, Viena y Zagreb para comprobar su herencia común. Francia, que les ayudó a nacer, no pudo apoyarse en ellos cuando Berlín se volvió amenazante. Igual que el renacimiento de Polonia estaba justificado, la destrucción del Imperio de los Habsburgo fue un error. 

Hay que reconocer que el conformismo de la época empujaba a ello y que los nacionalistas eslavos tenían el viento a su favor. Pero Clemenceau, aun siendo el «padre de la victoria», no tuvo una mentalidad lo suficientemente abierta como para dominar sus reflejos antimonárquicos. 

Desde entonces, la Austria residual estaba condenada a desaparecer si quería permanecer dentro de la cultura alemana. Viena (que antes de 1914 era la capital de Europa, al igual que París, con los austro-marxistas y Freud) se sumergió en una profunda depresión: imaginad por un instante a París reinando sólo en Île-de-France. 

Y ya se sabe lo que ha sucedido con la única construcción inteligente ideada por París: la unión de los eslavos del sur, croatas y serbios, en Yugoslavia. ¡Cómo se ha podido fracasar tan absolutamente en la paz habiendo ganado con tanto coraje la guerra!

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