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sábado, 2 de julho de 2016

La Gran Revolución


(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)




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La Gran Revolución


Lenin llamaba a la Revolución francesa de 1789, la «Gran Revolución». Tenía razón. Para los historiadores, la Revolución de 1789 fue un acontecimiento mayor, la revolución por excelencia. Fue un acontecimiento tan imprevisible que, al principio, nadie lo entendió. Chateaubriand lo señaló:

"Cuando estalló la Revolución, los reyes no la entendieron: la vieron como una revuelta cuando deberían haberla visto como el cambio de las naciones. Pensaron que sólo se trataba de ampliar sus estados con algunas provincias arrancadas a Francia. Creían en la antigua táctica militar, en los antiguos tratados diplomáticos, en las negociaciones de despachos... Y los adscritos a la Revolución iban a expulsar a los soldados del rey de Prusia; y los reyes iban a acudir a solicitar la paz a las antecámaras de algunos oscuros abogados. Y la terrible convicción revolucionaria iba a deshacerse sobre los cadalsos de las intrigas de la vieja Europa. ¡Aquella vieja Europa que creía combatir sólo contra Francia, no se daba cuenta de que un nuevo siglo caminaba sobre ella!"

Donde mejor se ve esta incomprensión, acompañada de una descripción muy precisa de los hechos día a día (los autores no conocían la continuación, al contrario que nosotros), es en los despachos diplomáticos que los dos sucesivos embajadores de Venecia en París enviaron a su Gobierno. (Aquellos «telegramas diplomáticos» han sido reunidos en un volumen y publicados, en 1997, por la editorial Robert Laffont.) 

Sin embargo, aquel incomprensible acontecimiento tiene causas considerables. En primer lugar, la bancarrota. La guerra de América había costado una enorme cantidad de dinero a la monarquía francesa. Al contrario de lo que la expresión «monarquía absoluta» permite creer, los reyes de Francia no podían crear nuevos impuestos sin el consentimiento de los representantes del pueblo: los Estados Generales, compuestos por tres estamentos separados, la nobleza, el clero y el pueblo (llamado el tercer estado). 

En Inglaterra sólo hay dos asambleas: la Cámara de los lores, que reúne a la nobleza y al clero, y la Cámara de los comunes, que agrupa a los elegidos por el pueblo. Desde la restauración de la monarquía tras Cromwell, estas dos asambleas ocupan sus escaños permanentemente. 

En Francia no se habían convocado los Estados desde 1614, porque Luis XIV prefería la escasez de dinero a tener que rendir cuentas a los notables. En efecto, incluso los miembros del tercer estado eran notables, burgueses, ricos granjeros, abogados, notarios —personas que habían estudiado—. Todos estaban imbuidos de las nuevas ideas de los filósofos. Ya lo hemos señalado: las ideas mueven el mundo. 

Victor Hugo entendió bien que los auténticos responsables de la Revolución fueron Voltaire y Rousseau, ambos muertos en el momento de los hechos. Puso en boca de Gavroche sus famosas palabras: “¡Me caí al suelo. / Es por culpa de Voltaire. / Di con las narices en el arroyo. / Es por culpa de Rousseau!” 

La segunda causa de la Revolución fue, por lo tanto, ideológica: la aplicación imprevista de las tesis filosóficas de la Ilustración. 

Luis XVI, acorralado por el peligro de la bancarrota, convocó a los Estados Generales. Las elecciones tuvieron lugar, «por orden» (nobles, clérigos, pueblo) en todas las parroquias de Francia —que aprovecharon para enviar al rey, según procedimiento tradicional, «libros de reclamaciones». Preciosos documentos para conocer el estado de la opinión en 1789. Una opinión reformista, pero aún monárquica. 

Los Estados Generales se reunieron el 17 de junio de 1789, en presencia del rey, quien pidió que sólo se votaran nuevos impuestos. Casi de inmediato, las cosas dieron un mal giro. El 9 de julio, los tres estamentos decidieron formar exclusivamente uno: la «Asamblea constituyente». Luis XVI quiso despachar a los representantes, pero éstos no le obedecieron. Se conocen las palabras de Mirabeau: «Nosotros estamos aquí por voluntad del pueblo y no nos marcharemos más que por la fuerza de las bayonetas». El rey no se atrevió a usar la fuerza.

Luis XVI tenía dos opciones. La primera era la represión. La monarquía, reforzada con decenas de regimientos mercenarios (alemanes, suizos), estaba perfectamente capacitada. Un experto lo subrayó: «Si el rey se hubiera mostrado a caballo, la Revolución no habría tenido lugar», dijo Bonaparte. 

La otra hubiera sido subirse al caballo de la Revolución y tomar las riendas para transformar la monarquía absoluta en monarquía constitucional —lo que habían hecho los soberanos ingleses—. Pero Luis XVI creía con demasiada firmeza en los principios del Antiguo Régimen como para adoptar aquel comportamiento. Así que no supo elegir. Era un hombre superado por las circunstancias. 

El 14 de julio, una insurrección popular parisiense tomó la fortaleza de la Bastilla, casi sin prisioneros y vigilada por suizos jubilados. Éste fue un acontecimiento militar insignificante, pero muy simbólico. Luis XVI, aquel día, escribirá en su diario personal: «Nada reseñable». Se refería a las piezas de caza que no había cobrado, puesto que estaba de caza mientras el tumulto gritaba en el faubourg Saint-Antoine. 

Sin embargo, los diputados de la Constituyente sólo querían dos cosas: reformas razonables y el cambio, con el consentimiento del rey, de la monarquía absoluta en monarquía constitucional, a imagen de la monarquía inglesa (antes de ser antiinglesa, la Revolución fue anglómana). 

La Asamblea Constituyente fue una gran asamblea que trabajó mucho. Estableció el sistema métrico (que acabó triunfando en todo el mundo, incluso en Inglaterra), descompuso las viejas provincias y dividió Francia en departamentos. Y, finalmente, el 16 de agosto de 1789 proclamó la famosa Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales ante la ley” 

Chateaubriand nos dejó sesiones de la Constituyente; una descripción digna del mejor periodista:
"Las sesiones de la Asamblea ofrecen un enorme interés. Había que levantarse temprano para encontrar sitio en las tribunas saturadas de gente. Los diputados llegaban comiendo. Charlando y gesticulando, se agrupaban en las distintas zonas de la sala según sus opiniones. Pronto aquel estruendo quedaba ahogado por otro: los peticionarios, armados con picas, comparecían ante el tribunal: «El pueblo muere de hambre —decían—. Ya es tiempo de tomar medidas contra los aristócratas y ponerse a la altura de las circunstancias». El presidente aseguraba su respeto a aquellos ciudadanos. Las sesiones de la noche ganaban en escándalo a las de las mañanas: se habla mejor, con más audacia, a la luz de las arañas. La sala del Manège era entonces una auténtica sala de espectáculos, en donde se interpretaba uno de los mayores dramas del mundo. Los principales personajes todavía pertenecían al antiguo orden de las cosas; sus terribles sustitutos, escondidos tras ellos, no hablaban poco. Al final de una discusión, vi subir a la tribuna a un diputado de aspecto común, con un rostro gris e inanimado, peinado con normalidad, limpiamente vestido como cualquier gerente de una buena firma o como un notario que cuida su persona. Presentó un informe largo y aburrido, nadie le escuchaba; yo pregunté su nombre: Robespierre. Cuando las personas que calzaban zapatos estaban preparadas para salir del salón, los zuecos ya golpeaban la puerta." 

El 14 de julio de 1790, los constituyentes organizaron una gran fiesta en París, en el Campo de Marte: la fiesta de la Federación. Talleyrand, entonces obispo, celebró la misa; el rey quiso prestar juramento a la Constitución, y las delegaciones de provincias juntas decidieron solemnemente constituir una nación «una e indivisible». A pesar de la lluvia, el entusiasmo era grande. 

Todo hubiera podido transcurrir bien si no hubiera sido por las reticencias de Luis XVI, quien no aceptaba el nuevo orden. El 21 de junio de 1791, el rey, su mujer María Antonieta y sus hijos, subieron en plena noche a varias carrozas para ir a Alemania y situarse bajo la protección de los ejércitos extranjeros. Aquella huida, pues es lo que era, también era una traición —a los juramentos y a la patria—, y estuvo a punto de salir bien. En aquella época, las carrozas marchaban rápidas, pero había que renovar a menudo los caballos en los albergues de posta. Gracias a las monedas que llevaban su efigie, el rostro de Luis XVI era muy conocido. En Varennes, a tan sólo treinta kilómetros de la frontera imperial, el dueño de un albergue reconoció al rey y pidió ayuda. 

Los constituyentes devolvieron a Luis XVI y su familia a París, y simularon olvidar el incidente. Dijeron que se había querido secuestrar al rey. Pero hay que dejar claro que la huida de Varennes acabó con la confianza que todavía existía entre la monarquía y el pueblo: cuando el rey fue conducido a París, allí fue recibido con un silencio glacial y no con los vítores habituales. 

La Asamblea Constituyente se disolvió y la sucedió la Asamblea Legislativa. La monarquía constitucional estaba instaurada. Sólo durará un año. La traición de Luis XVI había minado sus fundamentos. El surgimiento en el centro de Europa (y no en la periferia, por ejemplo en Inglaterra), en la nación más poderosa del continente, de una monarquía constitucional con pretensiones universalistas resultaba insoportable para los reyes. 

En el mismo seno de la Asamblea Legislativa, los partidarios de la guerra eran muchos. En su origen, todos aquellos hombres de 1789 eran pacíficos. Todos consideraban que la guerra era un modo superado de solucionar conflictos. Todos pensaban que nunca más habría una guerra. Resulta extraño ver a pacifistas convertirse en belicistas —algo frecuente en la Historia—. 

Así era hasta que, el 20 de abril de 1792, los diputados franceses y los reyes europeos se declararon alegremente la guerra, convencidos de que los ejércitos solucionarían todo —tanto sus conflictos internos como la oposición ideológica—. De hecho, los hombres de la Revolución soñaban con hacer felices a los demás pueblos y exportar los «inmortales principios de 1789». La guerra, que nunca es propicia para la democracia, se llevó la monarquía constitucional francesa. 

El 10 de agosto de 1792, un tumulto popular invadió las Tullerías; el rey, que se había refugiado en el seno de la Asamblea, fue entregado y la familia real, encerrada en Temple. Tras la elección, con un sufragio ampliado, el 20 de septiembre, de la famosa Asamblea conocida como «Convención» (unas elecciones acompañadas de disturbios y de masacres), el 22 de septiembre de 1792 fue proclamada la República «una e indivisible». Dos días antes, los franceses festejaban su victoria en Valmy; Bélgica y toda la orilla izquierda del Rin quedaban anexionadas a Francia, según la doctrina de las fronteras naturales. 

El 21 de enero de 1793, en señal de ruptura, el rey Luis XVI fue guillotinado en la plaza de la Concordia ante una gran muchedumbre. Señalemos de paso que la invención del doctor Guillotin era considerada un progreso humanitario: las personas no sufrían bajo su filo. Era limpia y contundente, al contrario de las decapitaciones con hacha. 

Luis XVI, rebautizado como el señor Capeto (el nombre de la dinastía a la que pertenecía), había sufrido un proceso parcial. Pero, innegablemente, era culpable de traición a la nación, Varennes lo había demostrado, aunque él considerase la Corona o la religión más importantes que la nación. Saint-Just lo subraya: «No se reina inocentemente». 

El pueblo francés había matado al padre. Los reyes reaccionaron mal ante esta inaudita provocación, y Francia fue invadida. Entonces, la Convención mandó pegar en todos los lugares públicos el siguiente mensaje: «Desde este momento y hasta que hayamos expulsado a todos nuestros enemigos del territorio de la República, todos los franceses son requeridos de modo permanente para el servicio de los ejércitos. Los jóvenes entrarán en combate; los hombres casados forjarán las armas y transportarán el avituallamiento; las mujeres harán tiendas, ropa y servirán en los hospitales; los niños destrozarán la ropa blanca para hacer vendas». Y este final, que es tan grande como antiguo: «Los ancianos mandarán que les lleven a las plazas públicas para excitar el valor de los guerreros, y exhortar el odio hacia los reyes y la unidad de la República». 

El mismo tono que aparece en el Canto de guerra para el ejército del Rin, compuesto por un oficial zapador, Rouget de Lisie, y popularizado los reclutas marselleses (de ahí su nombre, La Marsellesa, hoy himno nacional francés). 

La Convención acababa de inventar su mejor arma: el reclutamiento. En efecto, los reyes estaban convencidos de que sus excelentes ejércitos profesionales triunfarían con facilidad. El ejército francés ya no existía. Desde antes de la fuga de Varennes, viendo lo que se les venía encima, o fieles a sus principios, muchos nobles habían abandonado Francia. Esta emigración privaba al ejército de sus cargos superiores, porque era necesario ser noble para ser oficial. La República encontró la respuesta en la movilización general. Desde la Roma de las guerras Púnicas no se había conocido un ejército civil. En efecto, movilizar a los ciudadanos (algo sobre lo que Maquiavelo estaba a favor) supone para ellos una gran motivación (muy superior a la de los mercenarios que luchan por un sueldo). Por eso, el tono afectivo de La Marsellesa contra los invasores: «¡Quienes vienen, hasta nuestros brazos, para degollar a nuestros hijos y a nuestros compañeros!»... 

Si no hubiera entusiasmo, el reclutamiento resultaría imposible, incluso contraproducente. Eso es lo que sucedió en Vendée, en donde los campesinos prefirieron alzarse en armas contra la República, a la sombra de sus campanarios, antes que ir a servir al Estado a orillas del Rin. 

La insurrección en Vandée se reveló masiva. Pero, en otros lugares, la Convención consiguió levantar y equipar a un millón de soldados, una cifra nunca antes alcanzada en la Historia. Las masas contra las que se enfrentaban desmoralizaron a los ejércitos profesionales. Esto lo explica Valmy: «Veinte mil mercenarios prusianos en uniforme de gala se enfrentaron a doscientas mil personas cantando a gritos La Marsellesa; los oficiales prusianos, desconcertados, ordenaron la retirada». 

Pronto, los campesinos y artesanos se convirtieron en formidables soldados, y los burgueses, respaldados por algún noble infiel a la monarquía pero fiel a la República (Bonaparte entre ellos), en muy buenos oficiales. El ministro de la Guerra, Carnot, supo practicar la «amalgama» entre nobles y reclutados. 

Aquel levantamiento en masa sorprendió a los reyes. Durante veintitrés años, los ejércitos franceses fueron invencibles. (En este sentido, Napoleón fue un buen heredero de la Revolución). Aquellos ejércitos barrieron el mundo desde Suecia hasta Egipto, desde España hasta Prusia y Rusia. Francia fue capaz de formar filas con tres millones de hombres armados. 

Sin embargo, hubo un momento en que la situación pareció casi desesperada para la República, invadida como estaba por cinco ejércitos extranjeros, al norte, al este y al sur, y devastada por terribles insurrecciones en Toulon, Lyon y, principalmente, en Vendée. Uno de sus grandes líderes, Danton, gritaba: «¡Audacia, aún más audacia, siempre audacia!». 

La Convención creó en su seno el Comité de Salud Pública en abril de 1793. Constituido por impulso de Danton, Robespierre, Couthon, Saint-Just y de Carnot (entre otros), ejerció un poder dictatorial cada vez mayor y bastante paranoico. El propio Danton, bajo sospecha de flaqueza, fue guillotinado. Mientras subía al patíbulo dirigía esta extraordinaria frase a su verdugo: «Tú mostrarás mi cabeza al pueblo, ella bien lo vale». 

Pero la insurrección de Vendée quedó aplastada y, a finales de diciembre, el general Westerman pudo escribir a la Convención aquella enérgica carta, con una robusta pluma: «Vandée ya no existe, ha muerto bajo nuestro sable libre, con sus mujeres y sus hijos. Acabo de enterrarla en las marismas de Savenay, siguiendo vuestras órdenes. He aplastado a los niños bajo las patas de mis caballos, he masacrado a las mujeres para que no den a luz más bandidos. No tengo ni un solo prisionero que reprocharme». 

La Revolución también fue eso: una terrible violencia, llamada el Terror; el idealismo fraternal se transformó en un espíritu guerrero. Su canto más significativo es el estribillo de La Carmagnole, sobre el que conviene reflexionar: «¿Qué quiere un verdadero republicano? Quiere plomo, hierro, pan. Hierro para trabajar, plomo para vengarse, y pan para sus hermanos. ¡Viva el ruido del cañón! ¡Eso es bueno! ¡Bailemos La Carmagnole! ¡Viva el ruido del cañón!». 

Cuesta imaginarse a un socialista francés de nuestra época cantando eso. Sin embargo, tampoco hay que exagerar la amplitud del Terror. Hay mucho «revisionismo» en el aire sobre esta cuestión. Por ejemplo, la idea de moda que afirma que la Revolución habría marcado los principios del totalitarismo es anacrónica. Robespierre vivía en el seno de una familia de artesanos y se desplazaba por las calles a pie y sin guardia. 

El riesgo de caos y anarquía, las invasiones, la traición de la nobleza (desde un punto de vista nacional; su fidelidad a la monarquía desde otro punto de vista), excusan en parte aquellas licencias, en las que el miedo de los reyes y los aristócratas desempeñó un papel tan importante como el entusiasmo del pueblo. 

La Revolución quiso cambiar el mundo. Inventó su propio calendario, el calendario republicano, con poéticos nombres («nivoso» evoca la nieve, «vendimiarlo», la vendimia, «brumario», las brumas, «termidor», el calor), para contar los años, como en Roma, a partir de su fundación. Aquel calendario estuvo en funcionamiento diez años. 

La pasión revolucionaria dominante fue la de la igualdad, más que la de la libertad: igualdad de oportunidades, igual posibilidad a todo el mundo para acceder al Gobierno. (Dos de las tres palabras del lema francés actual aluden a la igualdad: «Igualdad» y «Fraternidad»-) Paradójicamente, la Revolución también fue un extraordinario vivero de talentos políticos, científicos y militares. 

Una nueva clase llegaba al poder: la burguesía. La oscuridad de nacimiento, según la antigua fórmula de Pericles, ya no era un límite para las ambiciones (numerosos mariscales del Imperio serán de origen modesto). El 26 de junio de 1794, en Fleures, Jourdan aplastó a los ejércitos monárquicos. Para sorpresa general, a pesar de la emigración de la nobleza, unos hombres nuevos habían surgido del pueblo francés y habían vencido rebeliones e invasiones. 

La prueba de que la Revolución no fue la invención del totalitarismo se deduce de estos hechos: una vez cumplido su trabajo, la dictadura no pareció necesaria a la República. La Revolución (al contrario que la siguiente, la de los soviéticos) no era un fin en sí misma. Por no haberlo entendido a tiempo, la Asamblea derrocó a Robespierre el 9 de termidor del año II (el 27 de julio de 1794) y al día siguiente fue guillotinado. 

La Convención victoriosa, tras haber firmado con los reyes el tratado de Bale el 5 de abril de 1795 (el que establece el Rin y los Alpes como fronteras de Francia) y después de haber reprimido las reacciones extremistas (el 20 de mayo, el 1 de pradial) y monárquicas (el 5 de octubre, 13 de vendimiario), se disolvió el 20 de octubre de 1795, dejando operativa una Constitución moderada, la del Directorio. Consciente del trabajo cumplido, la República escapaba para siempre del Terror.

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