Luz para a inteligência, Calor para a vontade

sábado, 23 de julho de 2016

La Revolución Rusa

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


27 
La tentativa de una revolución mundial


El siglo XIX fue largo: desde Waterloo (18 de junio de 1815) hasta la Revolución de Octubre (6 de noviembre de 1917, según el calendario universal, pues los rusos utilizan un calendario diferente), es decir, algo más de cien años.

El siglo XX, al contrario, fue corto: de noviembre de 1917 hasta la caída del Muro de Berlín, noviembre de 1989, es decir, exactamente setenta y dos años, a penas tres generaciones. Los siglos no se corresponden con las fechas oficiales. 

Las revoluciones industriales habían marcado la unidad del largo siglo XIX. El comunismo y los soviéticos marcaron la del corto siglo XX: este siglo empezó con la toma del poder de los soviéticos y acabó con su caída. El comunismo fue su esperanza o su amenaza. 

Hoy el comunismo prácticamente ha desaparecido. China sigue siendo formalmente comunista, pero en realidad se trata de un estado capitalista totalitario. Sólo dos gobiernos subsisten como testimonio de una época desaparecida: Corea del Norte y Cuba (¿hasta cuándo?). 

El régimen de los zares no había resistido la guerra de 1914. En 1905, un Japón apenas modernizado había vencido al ejército ruso: ¿cómo habría podido resistir frente a la formidable máquina de guerra del ejército alemán de 1914? Los trenes eran muy lentos en Rusia, donde no existían verdaderas carreteras. 

Socialmente, la Alemania wilhelmiana vivía a años luz de una Rusia retrasada en la que los campesinos, los mujiks (el 90% de la población), estaban explotados por una pequeña casta de latifundistas. Por otra parte, los alemanes estaban bien vistos en Rusia, en donde muchos de ellos, ingenieros y oficiales, vivían en San Petersburgo. 

Cuando el zar fue apresado, el gobierno Kerenski se mostró inútil. Tras la caída del Imperio, en febrero de 1917, el poder entró en un auténtico agujero negro: los liberales, los socialistas, los mencheviques se lo disputaban dentro de la anarquía. Pero ¿cómo explicar la victoria de Lenin? Por supuesto, había regresado al país (en tren, desde Suiza) con la complicidad de los servicios alemanes, que detestaban a los revolucionarios, pero practicaban la antigua máxima según la cual «los enemigos de nuestros enemigos son nuestros amigos». (Así ayudó la CIA a Bin Laden.) 

Por supuesto, Lenin comprendió inmediatamente que el pueblo ruso, masivamente campesino y masivamente asqueado de la guerra, sólo quería dos cosas: tierra y paz. Él fue el único que les prometió ambas. Pero esto no habría sido suficiente. 

Por lo tanto, hay que hablar de Lenin, cuyo nombre era Vladimir Hitch Ulianov (1870-1924). Militante revolucionario, miembro de los círculos marxistas (en 1895, en San Petersburgo), pronto comprendió que, para ganar las guerras sociales, no bastaba con los ideales. No desconocía la importancia de las ideas, jugó con ellas. Pero era necesaria una organización. En 1902, escribió un ensayo, ¿Qué hacer?, en el que proporcionaba su concepto de partido político. 

Aquello era una novedad. Nunca hasta Lenin había existido un partido político como él lo describía. Ni siquiera en tiempos de la Revolución francesa la Montagne era un partido político, sino un grupo de diputados fascinados por Danton y Robespierre. El partido, según Lenin, tiene que ser una institución casi militar (militante = militar), jerarquizada y dirigida de manera permanente por profesionales, «los profesionales de la revolución», sometidos a un secretario general todopoderoso. 

Este concepto va a marcar la imaginería política. Durante mucho tiempo, cuando se decía «el Partido» con mayúscula y sin ningún adjetivo al lado, sólo se podía tratar del partido comunista. Aún hoy, al menos en Francia, los partidos, incluso los de derechas, se organizan siguiendo este modelo. 

No obstante, en 1902, Lenin no era más que el jefe de la mayoría bolchevique del partido socialdemócrata ruso. No fue hasta 1912 cuando fundó el «Partido» y su periódico, Pravda. De vuelta en Rusia después de febrero de 1917, ordenó a su organización la toma del poder; él se refugió en Finlandia y no volvió a San Petersburgo hasta la víspera del golpe de estado. 

La Revolución de Octubre no fue, como la Revolución francesa, un cambio de decorado casi involuntario. El pueblo formó parte de ella. Unos cuantos miles de militantes comunistas se apoderaron de los centros neurálgicos del estado: no sólo de las Cortes y del Palacio de Invierno, sino también de las centrales telefónicas y telegráficas, los cuarteles, las estaciones, las fábricas, tanto en San Petersburgo como en Moscú. De este modo, Lenin controló las dos capitales y la vía férrea que las unía, por la que circulaban trenes blindados con la bandera roja (Lenin había adoptado como estandarte la bandera roja de la Comuna de París). 

Malaparte, un escritor italiano admirador de Lenin, escribirá sobre este tema Técnicas de un golpe de estado. El golpe de estado leninista se convirtió en el modelo de los golpes de estado modernos. 

La Revolución de Octubre, que encarna el mito de Espartaco, la revuelta contra el orden, en realidad se impuso a un pueblo que consintió pero del que abusaron los intelectuales burgueses (Lenin entre ellos) seguidores de los ideales del Karl Marx, quien descendía de una buena familia. 

Por supuesto, los generales fieles al zar (Denikin, Wrangel, Koltchak) lanzaron sus tropas contra los soviéticos en 1918. Como, evidentemente, los militantes no podían enfrentarse a los aguerridos ejércitos, Lenin pidió a su compañero Trotski (cuyo auténtico nombre era Lev Davidovitch Bronstein), nombrado comisario del pueblo para la guerra, que creara el ejército rojo. Trotski, inspirándose en Carnot, consiguió hacer lo mismo que la Convención había hecho ciento veinte años antes: una amalgama entre oficiales de carrera de izquierdas, militantes y los marinos de Kronstadt. Aplastó sucesivamente a los ejércitos blancos, mientras los occidentales se mostraban pasivos a pesar del envío de buques al mar Negro y de algunas tropas a Odessa y Vladivostok. El dibujante Hugo Pratt dedicó un álbum a este acontecimiento: Corto Maltes en Siberia. 

Franceses e ingleses no tenían ningún motivo para llevar a Rusia en el corazón, ya que les había abandonado en pleno combate. En efecto, a principios de 1918, con la paz de Brest-Litovsk, Lenin había entregado una parte del territorio a los alemanes. Lenin, admirador de la Convención, se permitió hacer lo que Robespierre y Saint-Just (que fue, antes de Trotski, el comisario de los ejércitos) nunca hubieran hecho: aceptar la derrota exterior para consolidar mejor el poder interior. Lenin ordenó asesinar al zar Nicolás y a su familia en Ekaterimburgo. 

Hay una diferencia esencial, pero muy poco señalada: la Revolución francesa fue una revolución de la victoria; la Revolución rusa fue una revolución de la derrota. Esto explica muchas cosas. Siendo la victoria mejor consejera que la derrota, la Revolución francesa pudo detenerse en los «límites establecidos» por Bonaparte. Como la derrota no conlleva buen juicio, la Revolución rusa será incapaz de eso. 

El retroceso de las fronteras fue definitivo en 1920, establecido por el tratado de Riga. Las fronteras rusas retrocedieron quinientos kilómetros. También se puede desprender de esto una lección: para los rusos, el espacio no cuenta. Francia no puede perder quinientos kilómetros sin quedarse reducida a una mínima expresión de país; cuando los rusos se quedaron sin quinientos kilómetros, Rusia seguía existiendo (de nuevo es el mismo caso que en la actualidad, la Rusia de Putin se ha estrechado a los límites de la de Iván el Terrible). 

Hay que decir que, para la mentalidad de Lenin, Rusia sólo era una etapa. Despreciaba a los mujiks por el retraso en que vivían y, fiel al marxismo, creía que la verdadera revolución no podía estallar más que en los países industrializados con clase obrera muy numerosa: Francia, Inglaterra, Alemania. Rusia no era más que un punto de partida provisional y fruto del azar. Con este fin, Lenin creó la Tercera Internacional en marzo de 1919, el Komintern. 

En todo el mundo se produjo una escisión dentro del socialismo, entre demócratas y totalitarios. En Francia, este cisma se produjo en el seno de la SFIO, en el congreso de Tours (1920), donde vio la luz el partido comunista francés. Ni en Inglaterra ni en Francia tuvo éxito el comunismo. La Francia victoriosa era refractaria a la llamada de Lenin. Habrá que esperar hasta los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial para que los comunistas se hagan poderosos. Ni siquiera hubo una tentativa de golpe de estado. La Comuna de París no se repite. 

Sin embargo, una ola revolucionaria barrió el resto del mundo. En primer lugar, en Alemania, la patria de Karl Marx, los comunistas, a los que se llamaba «espartaquistas», conducidos por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, se levantaron y tomaron el control de Berlín a principios de 1919. En el mismo momento, en Munich, con la caída de los príncipes bávaros, Kurt Eisner proclamó la República de los Consejos (soviets). Tras el hundimiento del Imperio de los Habsburgo, Bela Kun instauró en marzo de 1919, en Budapest, la dictadura del proletariado tan querida por Lenin. 

El comunismo fue una religión. Una religión es algo por lo que se da la vida. La fe en Dios no es necesaria. En Francia se dio entre los soldados la religión de la patria. Pues bien, millones de hombres dieron sus vidas por la esperanza comunista, por otra parte perfectamente adaptada (algo que Lenin no había previsto) a un fondo místico ortodoxo: Marx, Lenin y Stalin formaban la Santísima Trinidad, y Moscú se conservaba como «la tercera Roma». 

De hecho, se convirtió en la capital de Rusia con los soviets. Pero ni el ejército alemán ni siquiera el austríaco eran comparables al ejército de los zares, disuelto en la anarquía. A pesar de sus derrotas, estaban intactos. Por lo tanto, los regimientos a las órdenes de los generales conservadores aplastaron las revueltas de Berlín. Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron asesinados (al igual que Kurt Eisner en Munich). En Budapest, el almirante Horthy expulsó a Bela Kun. 

El ejército rojo intentó conquistar Polonia (protegida del comunismo por su catolicismo), pero esta vez, los franceses reaccionaron y ayudaron con eficacia al general Pilsudski (la misión francesa, al mando de Weygand, incluía a un oficial llamado De Gaulle) a rechazar a los soviéticos. 

En China, Sun Yat Sen había proclamado la República en 1912. Después de una corta restauración imperial. Chiang Kai-chek, que realizó su aprendizaje político en el Moscú de los soviets, le sustituyó sobre un fondo de insurrecciones revolucionarias que Malraux relata en Los conquistadores. Chiang, cediendo a las «sirenas» occidentales, aceptó masacrar a los comunistas en Shangai (tragedia de fondo en la novela de Malraux La condición humana). Pero el jefe del Kuo Ming-tang antes que nada estuvo muy influido por Moscú. 

Si el comunismo de Rosa Luxemburgo, de Karl Liebknecht y de Bela Kun es indiscutible, el de Chiang Kai-chek en la actualidad se oculta porque todos sabemos el giro que tomó. Está emparentado con otros sobre los que, hoy en día, parece un sacrilegio hablar. 

En Italia, Benito Mussolini (1885-1945) fue un jefe socialista, director del diario Avanti. Si su patriotismo le levantó contra los alemanes (al contrario que a Lenin), el partido fascista, que conquistó el poder en 1922, todavía se inspiraba mucho en el modelo leninista. Malaparte, intelectual italiano, en un principio partidario del Duce, admiraba a Lenin. 

Mussolini fue lo suficientemente inteligente como para dejar una función honorífica al rey y sobre todo para no tocar al Papa, el auténtico soberano del país (al contrario de Lenin, quien cayó en los excesos de la persecución anticristiana), pero conservaba sus ideas socialistas. En aquella época no era antisemita: apoyaba al sionismo. Su amante, Margarita Sarfati, la mujer de su vida, era una intelectual judía de Venecia. El era completamente ateo. Por supuesto, sabemos cómo siguió aquello: asesinato del diputado socialista Matteotti en 1914, la oposición comunista... Pero si el Duce no hubiera firmado la alianza con el demonio hitleriano, habría muerto en su cama y en el poder. 

Turquía, también en 1922, vio triunfar a Mustafa Kemal (1881-1938), emparentado con el leninismo, igualmente olvidado... Turquía, victoriosa en los Dardanelos, no había sido vencida, pero el Imperio otomano no pudo sobrevivir a la derrota de su poderoso protector alemán. De un modo inconsciente, los aliados —ingleses, franceses, italianos y griegos— creyeron en la desaparición de los turcos. Se repartieron los restos del Imperio (Siria para Francia; Irak para Inglaterra; a Italia el Dodecaneso, etcétera). 

Los griegos, que habían entrado tarde en la guerra, tenían una idea fija: restaurar el Imperio bizantino, recuperar de manos turcas la Constantinopla que habían perdido en 1453. Aquella idea no era una locura: los helenos, mayoría en Constantinopla, también ocupaban el oeste de Anatolia. Se les entregó Esmirna, donde fueron recibidos por los griegos de Asia como libertadores. 

Pero el pueblo turco existía, el ejército turco también, y Mustafa Kemal había vencido a los aliados en los Dardanelos. Se sublevaron. El propio Kemal, originario de Salónica, instauró una república en Ankara y su ejército aplastó al de los griegos en 1922. A continuación, expulsó a la población helena (igual que otros generales turcos habían expulsado poco antes a los armenios). 

Nadie ha subrayado que la Grecia actual ocupa apenas la mitad del antiguo territorio poblado por los helenos. Homero era de Asia Menor, los filósofos presocráticos también. Cuando, hoy día, se recorre Anatolia, convertida en turca, allí se pueden admirar las más bellas ruinas helenísticas del mundo: Éfeso, Afrodita, el teatro de Aspendos, Marmaris, Pérgamo, etcétera. Aquella tragedia supuso el éxodo de millones de griegos de Asia Menor, adonde nunca volverán. Territorialmente hablando, la actual Grecia vendría a ser como si Francia se hubiera quedado reducida al territorio de «zona libre» de Vichy. 

Se ha olvidado que Kemal y Lenin se apreciaban y se admiraban. Kemal era ateo, persiguió al sultán, jefe de los creyentes, y abolió el califato. Suprimió la saria y creó un estado laico, llegó incluso a sustituir los caracteres árabes por caracteres latinos en la escritura turca. Firmó un tratado de buena vecindad con los soviéticos y en 1938 murió, cubierto de gloria, en su casa (como habría podido hacerlo su vecino Mussolini). Constantinopla se había convertido en Estambul. 

Los campesinos musulmanes de Anatolia prefirieron salvar la patria con un general notoriamente ateo (y dado al alcohol) a mantenerse en la servidumbre con el califato. Los turcos son «ante todo, turcos» (eslogan que se puede leer por las carreteras de Anatolia). También detestan a los árabes, que se levantaron contra ellos en 1914-1918 (éste es el motivo por el que, hoy en día, los turcos son excelentes aliados de Israel). 

No obstante, los partidos árabes de Oriente Próximo también pretendían ser laicos y socialistas. El partido Baas, siempre en el poder en Siria, también lo estuvo en Irak con Sadam Husein, fue —hasta la desaparición de éste— protegido de la Unión Soviética. 

Sin embargo, la revolución mundial había sido pólvora mojada. Disminuido por un derrame cerebral, Lenin murió en 1924. Le sucedió Stalin —Iossif Vissarionovitch Yugachvili es su verdadero nombre—. Stalin renunció a la subversión internacional, y se limitó a utilizar la fe de los comunistas extranjeros en favor de Rusia. Inventó la teoría del «comunismo en un solo país» y,  bastante poco ideólogo, estableció — bajo una tapa de  comunismo— una terrible y sangrienta dictadura: multiplicó las purgas y los asesinatos y abrió por todas partes campos de concentración (el gulag). Expulsó a Trotski, un competidor con demasiada gloria, quien se refugió primero en Francia, donde André Malraux le conoció, y luego en México. Stalin dio la orden de asesinarlo a un agente soviético, en 1940, en México. 

En cualquier caso, la esperanza casi religiosa se mantenía a pesar de la dictadura estalinista. El sol rojo de Octubre seguía iluminando fuera de la URSS a millones de militantes de buena fe. Es difícil entender el prestigio de los soviéticos, al que fueron sensibles personas no comunistas como Malraux y Gide, si no se tiene en cuenta su dimensión mesiánica. También esto explica por qué, hasta los años sesenta, ni la desilusión de Gide en El regreso de la URSS (1936), ni la de Boris Souvarine, expulsado del partido comunista francés por haber apoyado a Trotski, consiguieran hacer perder la fe a los creyentes. «Júpiter vuelve locos a los que quiere perder», recuerda el refrán latino. 

Nenhum comentário: