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sexta-feira, 8 de julho de 2016

Las «réplicas» de la Revolución. El fracaso de las restauraciones

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


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Las «réplicas» de la Revolución. El fracaso de las restauraciones.


Un gran temblor de tierra, después de la principal y destructora sacudida, tiene una sucesión de «réplicas» de menor intensidad. Así, el siglo XIX fue acompasado por el ritmo de las «réplicas» de la Gran Revolución. El siglo empezó después de Waterloo, con el congreso de Viena, y acabó con la guerra de 1914. 

En Viena, reunidos en un congreso, los vencedores de la Revolución —prusianos, austríacos, rusos e ingleses— pensaron despedazar Francia. 

En buena hora, Talleyrand representaba en aquel congreso al país vencido. Era un personaje extraño y temible. Había pasado, y todavía pasará, por todos los regímenes: ministro de Asuntos Exteriores de Bonaparte, le traicionó a tiempo para convertirse en el del rey Borbón. Victor Hugo escribió sobre él: «Era noble como Gondi, exclaustrado como Fouché, espirituoso como Voltaire y cojo como el diablo». 

En Viena, Talleyrand supo enfrentar a los reyes vencedores entre sí, mientras Francia recuperó, más o menos, los límites que tenía con Luis XVI, perdiendo sólo la orilla izquierda del Rin y Bélgica. El siglo XIX estuvo marcado por la supremacía naval británica (supremacía que se mantendrá hasta Pearl Harbor, en 1941) y por la amenaza revolucionaria francesa. 

Los reyes vigilaban Francia de cerca, pero, en aquella época, el inmenso París era incontrolable. Inglaterra dominaba, Francia preocupaba. 

Instruido por la desafortunada experiencia de los Cien Días, Luis XVIII, a su vuelta al trono, impuso a los monárquicos concesiones decisivas. Así, renunció a revisar la reforma agraria revolucionaria que había dotado a Francia de una clase media de campesinado. 

Subrayemos al respecto que éste es precisamente el motivo por el que la caza en Francia es una actividad popular, algo que no entienden los ecologistas. En 1789, los campesinos franceses lograron el derecho a cazar y a tener fusiles; ahora no quieren renunciar a ello. En Inglaterra o en Prusia, la caza se ha mantenido como un privilegio de los nobles (landlords, junkers) y el pueblo se ríe de ellos. 

Además, Luis XVIII supo conservar la organización napoleónica del Estado (Consejo de Estado, Tribunal de Cuentas, departamentos y prefecturas), la Carta se inspiraba en la Constitución de los Cien Días (una cámara baja elegida por sufragio censitario, una cámara alta —los pares—, un ministerio) y en el Código Civil. 

Su prudencia fue recompensada: en 1824, Luis XVIII moría en el trono. Le sucedió Carlos X. Recordemos que Luis XVI, Luis XVIII y Carlos X eran hermanos. 

La primera «réplica» revolucionaria se produjo en América Latina. Las revoluciones de América están estrechamente vinculadas a la Revolución francesa. La revolución de Estados Unidos la precedió, la de América del Sur la siguió. Hacia 1820, los intelectuales, oficiales y pequeños nobles latinoamericanos estaban impregnados de las ideas de la Revolución francesa. Ante de Waterloo se desencadenaron, casi por todas partes, revueltas contra España, que todavía dominaba el continente desde California hasta Chile. 

Los más conocidos de  aquellos “republicanos” – los libertadores-- fueron  Bolívar (1783-1830), Sucre, Miranda y San Martín. En 1824, las tropas españolas fueron aniquiladas en Perú y en Ayacucho. 

Esta excepción a la regla más arriba señalada, la de los fracasos de las guerrillas, se explica por la decadencia de la monarquía española: los castellanos, bastante motivados para luchar contra Napoleón, no lo estaban tanto para defender su Imperio. 

Sin embargo, España consiguió conservar tres importantes colonias: Cuba, Puerto Rico y, en el Pacífico, las Filipinas. 

En cualquier caso, la revolución suramericana cometió dos faltas graves. En primer lugar, la falta de unión. Bolívar no consiguió mantener la unidad del Imperio, que se fraccionó en repúblicas independientes y en competencia: México, Perú, Colombia, Venezuela, Chile, Argentina, Bolivia, por citar sólo a las principales.

A continuación, y la más grave, el apartheid: aquellas insurrecciones contra la Madre Patria fueron revueltas de colonos (como en Estados Unidos), a los indios prácticamente no se les involucró. En América del Norte eran poco numerosos, pero en América latina, en donde seguían viviendo millones de campesinos mexicanos o incas, aquello era un problema mayor. 

Estos dos males siguen teniendo actualidad. Latinoamérica permanece dividida en una veintena de Estados. Los indígenas (los indios) todavía participan muy poco en los gobiernos. Muchas de las sediciones contemporáneas son étnicas, la de Sendero Luminoso en Perú, o Chiapas en México. La Iglesia católica tiene mucho que ver en este asunto (puesto que los indígenas se convirtieron al catolicismo), y se encuentra dividida entre los poderes y la «Teología de la liberación», que empuja a algunos sacerdotes hacia el maquis. Los denominados protestantes fundamentalistas tienen un gran éxito. 

En Brasil, la América portuguesa, la historia fue mejor. Ya hemos señalado la ausencia casi total de racismo entre los colonizadores portugueses. El rey de Portugal, en el momento de la ocupación de Lisboa por Junot, había huido a Río. Después de Waterloo, el rey Bragança regresó a Lisboa, pero dejó en Brasil a su hijo como soberano. Dom Pedro tuvo el buen juicio de declarar Brasil independiente en 1822, y Portugal de no oponerse a ello. Pero hasta 1888 la República no sustituirá en Brasil a la monarquía. Por esto, la América portuguesa no se dividió. Por otra parte, la mezcla de razas fue más armoniosa allí que en la América española: portugueses, indios y muchos negros africanos llegados con la trata. Quizá éstas sean las razones que explican por qué en la actualidad Brasil es la única potencia mundial de América del Sur: los ciudadanos, a pesar de las sangrientas luchas sociales, están más integrados nacionalmente. El mercado y la industria se benefician de esta integración. Brasil vende café pero fabrica aviones, aunque la injusticia social sea grande.

Grecia también es hija de la Revolución. Desde hacía mucho tiempo, los cristianos ortodoxos de los Balcanes se rebelaban contra los turcos, y Europa se mantenía completamente indiferente a la suerte de aquéllos. Con la Revolución, el «derecho de los pueblos a disponer de sí mismos» y la vuelta de antiguos recuerdos hicieron más sensibles a los intelectuales europeos sobre la desgracia de los helenos. Cuando en 1821, éstos se rebelaron y crearon en Epidauro una Asamblea, los escritores de Francia (Victor Hugo) y de otros países se pusieron de parte de los griegos. El famoso poeta inglés lord Byron murió en 1824 en aquellas costas, en Misolongui. Los gobiernos se pusieron en movimiento. Gran Bretaña, Francia y Rusia aplastaron a la flota otomana en 1827, en Navarín. Una porción del mundo griego se declaró independiente en 1830 —primera alteración a la antirrevolucionaria Santa Alianza—. El derecho de los pueblos a disponer de ellos mismos resulta muy peligroso para las viejas monarquías. Desde ese momento, las potencias impusieron a Grecia un príncipe bávaro como rey. 

En Bélgica se representaba un guión semejante. Tras Waterloo, Holanda había anexionado el país. Pero los belgas, entonces dominados por los valones francófonos y los flamencos católicos, no se adaptaban. Sus Estados Generales reclamaron la separación de Holanda. El 4 de octubre de 1830, Bélgica fue reconocida como Estado independiente (segunda alteración de los principios del congreso de Viena). Sin embargo, las monarquías consiguieron que el país asumiera un régimen monárquico, y no republicano. Y se ciñó la corona un príncipe de Sajonia Coburgo, convertido en rey de los belgas: Leopoldo. 

Inglaterra había aceptado a Bélgica como un estado tapón contra Francia. Aquel Estado, declarado neutral, proporcionaba a los británicos la garantía de que el puerto de Amberes —«Una pistola apuntado al corazón de Inglaterra»— no le amenazaría. El Estado belga, creado por cuestiones de estrategia, a duras penas conseguía superar el enfrentamiento entre flamencos de lengua neerlandesa y valones francófonos. La Piazza Mayor de Lieja se llama Plaza de la República Francesa. Este enfrentamiento todavía dura.

En Francia, Carlos X, el último superviviente de la rama francesa de los Borbones, distaba mucho de tener la inteligencia de su hermano Luis XVIII. Era apuesto y buen jinete, pero estúpido. Al intentar restablecer algunas leyes del Antiguo Régimen, desencadenó una grave «réplica» de las jornadas revolucionarias de antaño: los «Tres Gloriosos». Los días 25, 26 y 27 de julio de 1830, el pueblo de París se sublevó contra las ordenanzas que el rey había establecido. Éste no pudo reprimir la revuelta. El 5 de julio de ese mismo año había enviado a su ejército a conquistar Argel. Carlos X abdicó y siguió el camino del exilio. Su caída significó el fin del reinado de los Borbones en Francia. 

Entonces, la burguesía liberal subió al trono a un príncipe de Orleans que pasaba por no ser antirrevolucionario, Luis Felipe. En aquella época, los reyes de Europa todavía no estaban dispuestos a aceptar la vuelta a Francia de la República. La monarquía de Luis Felipe fue un mero trámite. No fue coronado «Rey de Francia» (como lo fue Carlos X), sino designado «rey de los franceses». La fianza de La Fayette (sí, el de América) proporcionó seguridad a los intelectuales de carácter liberal de la «monarquía de julio». 

Luis Felipe llegará a reinar durante dieciocho años rodeado de primeros ministros con talento —como Guizot, el portavoz en los asuntos de negocios, cuyo eslogan sigue siendo famoso: «Enriquézcase usted». 

El reinado del rey burgués coincidió con una extraordinaria mutación técnica: la primera Revolución industrial. La máquina de vapor de Denis Papin se convirtió en la locomotora. Las líneas de ferrocarril (ParísOrléans) se inauguraron gracias a la fuerza del vapor. Las manufacturas se transformaron en fábricas con humeantes chimeneas —triunfo del carbón, que proporciona energía, y del hierro, que sustituye a la madera. Muchos campesinos pobres abandonaron los campos para convertirse en obreros de las fábricas. 

Hasta Luis Felipe existían trabajadores de la construcción o artesanos; a partir de aquel momento surgió en Francia, Inglaterra, Alemania la «clase obrera». La vida de aquellos obreros de las fábricas, que los socialistas llamaban proletarios, era dura. Pero el rey burgués y Guizot se mostraron completamente indiferentes a la cuestión social. Cuestión que les iba a borrar de un plumazo: el 24 de febrero de 1848 estalló una gran insurrección en París. 

Esta «réplica», la Revolución de 1848, alcanzó a Europa entera, casi a imagen de la gran sacudida de 1789. En París, se osa proclamar la República (la segunda). Los republicanos de Budapest, con Kossuth, fundaron la República húngara. El Papa huyó de Roma cuando los revolucionarios tomaron el poder. Hubo revueltas hasta en Viena, donde el emperador Fernando abdicó. En París, un Gobierno provisional se había instalado en el Ayuntamiento, un Gobierno autoproclamado del que formaba parte el poeta Lamartine. Esto es lo que dice Victor Hugo en Las cosas vistas:

"Lamartine me arrastró hasta el vano de una ventana. «Lo que me gustaría daros es un ministerio: Victor Hugo, ministro de Instrucción Pública, eso estaría bien». Como le hacía notar a Lamartine que yo no había sido hostil a Luis Felipe, me dijo: «Las naciones están por encima de las dinastías». Nos interrumpió el ruido de unos disparos de fusil... Una bala rompió el cristal por encima de nuestras cabezas. «¿Qué significa esto?», gritó con amargura Lamartine. La gente se precipitó hacia la plaza del Ayuntamiento para ver qué pasaba. «¡Ay, amigo mío! —siguió Lamartine—, qué duro de soportar es el poder revolucionario. Son tantas y tan repentinas las responsabilidades que hay que asumir... Desde hace dos días ya no sé ni cómo vivo...» Al cabo de unos minutos, llegaron para decirle que era una escaramuza sin sentido, que un fusil se había descargado solo, pero que había muertos y heridos. Un joven trajo un plato con una pata de pollo: aquél era el almuerzo de Lamartine." 

En ese mismo momento, o casi, un tal Karl Marx publicó (con su amigo Friedrich Engels) El Manifiesto del Partido Comunista, con el fin de plantear no sólo los problemas políticos, sino también la cuestión social: En él se reclamaba no tanto las libertades públicas como la justicia social. 

Por otra parte, en París, la revolución política se transformaba en una revuelta obrera: en junio, los obreros destrozaron todo para reclamar mejores salarios. La burguesía se asustó y mandó disparar al ejército contra el pueblo. El general Cavaignac acabó con los alborotadores. Los moderados se agrupaban frente al «peligro rojo». La bandera de 1848 era, en efecto, una bandera roja. A Lamartine le había costado mucho mantener los colores azul, blanco y rojo de la Revolución y del Imperio como emblema nacional. 

El 10 de diciembre de 1848, los republicanos moderados, unidos en el Partido del Orden, aseguraron la elección por sufragio universal de un inesperado candidato frente a Cavaignac y Lamartine, un sobrino del gran Napoleón: Luis Napoleón Bonaparte. Volvió el orden. 

En el resto de Europa, el ejército austríaco aprovechó para ahogar con sangre las insurrecciones, permitiendo solamente algunas concesiones al nacionalismo húngaro. El joven emperador Francisco José se sentó en el trono de los Habsburgo (y allí estará hasta su muerte, en 1916). El Papa volvió a Roma. 

Aquella primera mitad del siglo XIX puso fin a los sobresaltos revolucionarios. Luis Napoleón era presidente de Francia. El orden estaba restablecido. Inglaterra dominaba el mar. Habían nacido los Estados de América latina, Brasil, Grecia y Bélgica, como hijos de la Revolución francesa.

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