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terça-feira, 12 de julho de 2016

Los Estados Unidos y la Secesión

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)

Lincoln visitando um acampamento de seus combatentes

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Estados Unidos y la Secesión


Los Estados Unidos de América, al margen de la Historia universal, aprovecharon no obstante los conflictos del viejo mundo para crecer. En 1800, construyeron una capital federal llamada Washington, siguiendo unos planos ideados por el arquitecto francés Pierre L'Enfant. 

Las guerras de la Revolución, aunque los ingleses hubieran quemado Washington en 1814, sólo les afectaron de manera ocasional. Pero las aprovecharon sobre todo para, en 1803, comprar a Napoleón el inmenso territorio de Luisiana (el Medio Oeste y el Misisipí) y a España, la Florida. Después de violentas discusiones con los británicos, éstos les habían reconocido la posesión de Oregón, que controlaba el acceso al océano Pacífico. 

Ya hemos señalado que, como consecuencia de una serie de conflictos con México, desde el Álamo (1836) hasta la guerra abierta (1848), se habían apoderado de Arizona, Texas y California, cuya toponimia continúa siendo española (Los Ángeles, San Francisco, San Antonio). 

Estados Unidos se benefició durante todo el siglo de una emigración masiva: a lo largo de sesenta años, veinte millones de europeos cruzaron el Atlántico para establecerse allí. Los desplazamientos masivos de la población ya eran posibles. A la navegación a vela del siglo XVIII le había sucedido la navegación a vapor de la primera Revolución industrial, que desembarcaba en las costas americanas a miles de emigrantes decididos a rehacer allí sus vidas. 

Muchos de los que llegaban procedían de la antigua patria inglesa (en plena explosión demográfica), pero también de Irlanda (depauperada por el dominio protestante y asolada por la hambruna), de Alemania (durante mucho tiempo se habló alemán en el Medio Oeste) y de Escandinavia. Igualmente se veían llegar centenares de miles de europeos del sur (españoles, italianos, portugueses) y del este (polacos, rusos y griegos). Nació entonces un «mito americano» que ilustra la estatua de la Libertad, esculpida por Bartholdi, un regalo de Francia que se instaló delante de Manhattan en 1886. 

La inmigración cambió la naturaleza de la población, hasta entonces constituida principalmente por ingleses protestantes y esclavos negros. En particular, la Iglesia católica se hizo muy poderosa (la primera denominación americana). 

En aquel momento estalló la mayor crisis de la joven historia de Estados Unidos. Los estados del sur, poco afectados por la inmigración, seguían en manos de los terratenientes, que se asemejaban a lo que había podido ser Washington; en sus explotaciones de algodón hacían trabajar a una mano de obra servil, descendiente de la trata de esclavos. Los del norte estaban poblados por campesinos libres, obreros y comerciantes, y contaban con grandes ciudades: Nueva York, Boston. 

Los intereses de los del norte y de los del sur eran opuestos: los terratenientes querían exportar su algodón; los industriales deseaban proteger sus fábricas de la competencia europea. Las mentalidades divergían por completo. Los aristócratas del sur despreciaban a los inmigrantes del norte, y a la inversa. 

La elección como presidente del antiesclavista Abraham Lincoln trajo consigo la ruptura. En 1860, los estados del sur llevaron a cabo la secesión y formaron una confederación de doce Estados sudistas bajo la presidencia de Jefferson Davis. Al contrario de lo que dice la leyenda, el rechazo a la esclavitud no fue el principal motivo de la guerra. La cuestión central que plantearon los confederados era la del derecho de secesión, puesto que la Constitución americana no había previsto ese caso. En la actual Unión Europea, un Estado puede secesionarse renunciando los tratados. La «Unión» americana de entonces, entendiendo, con razón, que estaba en juego la propia supervivencia de Estados Unidos, se negó a conceder a los confederados el derecho a separarse. 

Éste fue el principio de una larga y sangrienta guerra que duró del 18 de abril de 1861 al 14 de abril de 1865. Aparentemente, la lucha era desproporcionada: veintitrés millones de nordistas contra nueve millones de sudistas (entre ellos muchos esclavos negros a los que no se movilizaba). El norte también contaba con el ferrocarril, industrias y los grandes puertos. Sin embargo, la victoria del sur no era imposible, pues los terratenientes estaban preparados y sus generales eran excelentes. Los sudistas se hicieron, en efecto, con una serie de victorias; pero la marcha del general Lee sobre Washington fue abortada en la batalla de Gettysburg, del 1 al 3 de julio de 1863. 

Desde entonces quedó tan patente la superioridad del norte que sólo podía ganar aquella larga guerra. Sherman se apoderó de la mayor ciudad del sur, Atlanta, y la incendió en noviembre de 1864. Lee tuvo que capitular el 9 de abril de 1865, en Appomattox. Jefferson Davis dimitió. Abraham Lincoln fue asesinado por un fanático sudista, pero la Unión había triunfado. Nunca más volverá a ser cuestionada. 

La guerra de Secesión fue la primera guerra «moderna»: empleo masivo del ferrocarril, cañones, armas de disparo rápido. Causó seiscientos mil muertos: 350.000 nordistas y 250.000 rebeldes. Se abolió la esclavitud en toda la Unión, pero el racismo y el apartheid se mantuvieron vivos (de hecho así fue hasta el Movimiento de los Derechos Cívicos de Martin Luther King). Aquí se encuentran las raíces de los dos partidos actuales, aunque sus recíprocos electorados hayan cambiado. Sólo gracias a la guerra de Secesión, Napoleón III pudo arriesgarse a su aventura mexicana. 

En Estados Unidos, el problema negro está en vías de solución. Esa población es más pobre que la de origen europeo o asiático; al menos es numerosa y está en el camino hacia la ascensión social. 

Otra minoría fue casi aniquilada: los pieles rojas. Sobreviven alrededor de un millón de indios, en la actualidad integrados, pero a finales del siglo XIX su número no superaba los cien mil. Los amerindios, al norte de Río Grande, no eran campesinos como los aztecas o los incas, sino cazadores nómadas. Los americanos se apropiaron de sus tierras de caza para convertirlas en terrenos de cultivo, acabaron con la caza (quizá en 1815 podía haber veinte millones de bisontes, frente a los menos de un millón en 1880) y masacraron a las tribus conservando su buena conciencia. 

Tocqueville, que visitó América antes de la guerra de Secesión, dejó una sorprendente página en 'La democracia en América' sobre el comportamiento de los americanos para con los indios:

"Los españoles sueltan sus perros contra los indios como contra las bestias salvajes; saquean el Nuevo Mundo en cuanto se apoderan de una ciudad, sin criterio y sin piedad, pero no se puede destruir todo, la furia tiene un límite: la población indígena que escapó a las masacres acabó por mezclarse con sus vencedores y por adoptar su religión y sus costumbres. La conducta de los americanos de Estados Unidos para con los indígenas respira, al contrario, el más puro amor a las formas y a la legalidad. Por más que los indígenas permanezcan en estado salvaje, los americanos nunca se mezclan en sus asuntos... Les toman fraternalmente de la mano y les conducen a morir fuera del país de sus padres. Los españoles, cometiendo unas monstruosidades sin parangón, cubriéndose de una vergüenza inefable, no llegaron a exterminar a los indígenas, ni siquiera a impedirles compartir sus derechos. Los americanos de Estados Unidos alcanzaron ese doble resultado con una maravillosa facilidad, tranquila, legal, filantrópicamente, sin violar uno solo de los grandes principios morales a los ojos del mundo. ¡No se sabría destruir a los hombres respetando más las leyes de la humanidad!"

Tras la guerra de Secesión, Estados Unidos reanudó su expansión. En 1867 compró Alaska al Imperio del zar, colonizada hasta entonces por los rusos. Nos podemos imaginar lo que habría sido la guerra fría si la URSS hubiera contado con Alaska. 

En 1898 Estados Unidos declaraba por segunda vez la guerra a una potencia europea. España conservaba de su antiguo Imperio Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Los americanos no tuvieron que esforzarse para ganar a aquella monarquía, entonces decadente. Puerto Rico todavía les pertenece. Filipinas, independiente desde 1946, permanece bajo su influencia. Sólo Cuba se liberó, pero Washington conserva la base de Guantánamo, donde envía a sus prisioneros talibanes. 

En 1901, el presidente Theodore Roosevelt formuló la teoría, todavía en práctica, del gran palo (big stick) contra los enemigos de Estados Unidos. Sesenta años antes, el presidente Monroe había pronunciado el famoso eslogan: «América para los americanos» que entonces y ahora significa: «América latina para los americanos del norte». 

Al mismo tiempo se operaba una formidable expansión industrial, facilitada por la llegada de inmigrantes y de capitales, por la inmensidad de espacios vírgenes con un clima templado y por la libertad para emprender. En 1869, el primer ferrocarril continental, el Grand Pacific Railway, unía Nueva york con San Francisco. El magnate del ferrocarril era Van de Bilt. A continuación, el petróleo salió a flote en Texas, creando la fortuna de la familia Rockefeller. Las acerías de Carnegie y de Morgan empezaron a producir acero en abundancia. 

Un poderoso movimiento sindical, en lucha contra la agresiva patronal americana, se desarrolló al precio de las primeras revueltas sociales sangrientas. (Éste es el  origen de la fiesta del trabajo del 1 de mayo.) Se crearon grandes sindicatos como el AFL (American Federation of Labor). Al final, patronal y sindicatos firmaron compromisos aún difíciles. 

La violencia de las luchas sociales después de la guerra de Secesión no impidió la integración de los inmigrantes y un patriotismo —común entre obreros y patronos, gánsteres de Chicago y financieros de Wall Street— que hizo posible esa integración: el meltingpot. El patriotismo es una cualidad americana. Cuando uno se convierte en ciudadano americano, se compromete. Se obtienen derechos pero se acepta estar sujeto a los deberes. Se presta juramento a la Constitución y a la bandera. También lo hacen en las escuelas, hasta los catorce años, todos los americanos: «Aledge allegeance to the flag of the United States of America and to the Republic which it stands for. One nation under God, with justice and liberty for all». 

A finales del siglo XIX, Estados Unidos ya se había convertido en un país muy poderoso. Sin embargo, intervenía poco en el antiguo mundo. Cuando se dice que el americano es aislacionista, no se sabe bien hasta qué punto esto es exacto. América es una isla —mucho más que Inglaterra, que necesita importar y exportar—. América es una isla continental muy grande que no necesita del mundo exterior. Incluso tiene petróleo, sólo lo importa por razones estratégicas. Si el mundo exterior desapareciese, América no se inmutaría. Ese Estado-continente se basta a sí mismo. 

Además cuenta con una población cuyos antepasados, todos ellos, por una u otra razón, huyeron del viejo continente. El americano del Medio Oeste no se interesa por el resto del amplio mundo. Si un intelectual parisiense quiere medir la importancia de Francia por medio del número de líneas que se le dedica en los periódicos de Minneapolis, es que desconoce que el «exterior» en general y Francia en particular no le interesa en absoluto al americano profundo, quien, por cierto, antes de las guerras del Golfo desconocía hasta la existencia de Irak. (Sin embargo, en tiempos del Imperio británico, apenas había una familia inglesa que no tuviera un primo en el ejército de la India.) En realidad, la epopeya americana es completamente «interior»: la conquista del Oeste, convertida en imágenes por las películas de vaqueros.

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