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quarta-feira, 3 de agosto de 2016

De Gaulle y la Francia

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)

General De Gaulle

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La apuesta de la Francia libre

¿En junio de 1940 había alternativa al armisticio? Seguro que sí, y en este asunto la responsabilidad del presidente del Consejo, Paul Reynaud, fue abrumadora. Es cierto que había cometido el error de llamar al gabinete al mariscal Pétain, hasta entonces embajador en la España de Franco, cuyo escepticismo era notorio. Pero también hizo que De Gaulle entrara en el gabinete. Su ministro del Interior, Georges Mandel, no era en absoluto partidario de la capitulación. 

Reynaud habría podido transportar la sede de la República a Argelia, entonces parte integrante del territorio metropolitano. Las posibilidades de que el combate continuara eran muchas: que la Asamblea Nacional, el Senado y Lebrun se instalaran en Argel; que la flota de combate, la mejor que Francia haya tenido nunca (aunque el almirante Darían no supiera combatir, había sabido construir una flota ultramoderna) zarpara de Brest y Toulon para ir a amarrar a Mers al Kebir, Dakar y Bizert; que las grandes escuelas se replegasen a África del Norte; la aviación ya estaba salvada (los aviadores fueron por sí mismos a Argelia y a Marruecos; Vichy los hizo volver); y que los regimientos que todavía podían salir de Francia o los que ya estaban replegados en Inglaterra (cazadores alpinos, la Legión) acudieran a reforzar el ejército de África. 

Francia se guardaba una baza: un ejército colonial, una magnífica marina, un Imperio inmenso en África y en Asia. Se dice que los alemanes habrían invadido inmediatamente África del Norte. Una hipótesis absurda: si eran incapaces de franquear el paso de Calais, ¿cómo iban a poder cruzar el Mediterráneo con la supremacía naval anglo-francesa frente a ellos? 

Quedaba Italia, pero ya hemos señalado que, hostil a los nazis, el pueblo italiano no estaba entusiasmado —y esto es lo menos que se puede decir— con esta guerra. En cuanto a Franco, negaba el paso a Hitler. Invadir España no era un camino de rosas. Una vez invadida, el tumultuoso estrecho en el que se asienta la base, aún inglesa, de Gibraltar habría supuesto un obstáculo insuperable. Es verdad que Libia era italiana, pero cuando los alemanes desembarcaron allí en ayuda de Italia, con Rommel, sólo pudieron hacerlo unos pocos. 

El ejército francés de África, aun mal equipado, durante el terrible invierno de 1942-1943 supo detener —solo, pues los americanos habían huido— a los alemanes que llegaron a Túnez a causa de la traición del almirante Esteva. Habría hecho lo mismo en 1940-1941. Claro está que los alemanes habrían ocupado la Francia metropolitana. Pero hay que preguntarse: ¿habrían sido más desgraciados los franceses? La respuesta es no. Habrían seguido la misma suerte que los belgas y los holandeses. Por otra parte, la ocupación total del territorio sólo fue repelida poco más de dos años. 

Moralmente, la situación habría estado clara para los ciudadanos. Si la guerra hubiera seguido desde Argelia, Francia, desafortunada en 1940, se habría mantenido en combate hasta la victoria final. Por lo demás, es lo que se hará con De Gaulle en 1943, pero para entonces las fuerzas ya estaban considerablemente reducidas y el crédito extremadamente mermado por Vichy. Sabemos que Paul Reynaud no fue el hombre de aquel destino. 

Una vez aclarado este punto, el balance del Gobierno de Vichy es catastrófico. Recordemos que las gentes de Vichy nunca habrían llegado al poder por medio de unas elecciones. Representaban a la eterna extrema derecha, alrededor del 10% del cuerpo electoral, y las últimas elecciones libres, en 1936, habían llevado al poder al Frente Popular. Recordemos, sobre todo, que el canciller Adolf Hitler deseaba apasionadamente Vichy. 

Francia, inmenso país a escala europea, era un pedazo difícil de digerir para la Wehrmacht, al contrario que la pequeña Bélgica. En Francia, el ejército alemán corría el riesgo de hundirse entero. Por eso el empeño del Führer en favorecer la instalación, en junio de 1940, de un gobierno francés en Vichy, en manos del mariscal Pétain, héroe emblemático de la Gran Guerra. 

Los ingleses no se equivocaron cuando, el 3 de julio, hundieron en Mers al Kebir la parte más accesible para los alemanes de la flota francesa. Churchill no podía correr ningún riesgo: ver a la «Real» en manos de los alemanes era inaceptable. 

Hitler hizo a Pétain dos grandes y aparentes concesiones: la no confiscación de la flota de Toulon; una «zona (llamada) libre», es decir, que no habían ocupado las tropas alemanas, en donde se encontraba situado (en la ciudad termal de Vichy) el Gobierno Pétain-Laval; y el respeto al Imperio colonial. Esta última concesión no suponía nada, puesto que, ya lo hemos dicho antes, Hitler sabía muy bien que no tenía medios para apoderarse de él. 

Pero Vichy permitía que Francia, aún administrada por sus prefectos y funcionarios oriundos, sirviera de burdel y de lugar de reposo para la Wehrmacht. Vichy permitía que Alemania saqueara todo a su antojo, los recursos económicos y la industria francesa. Vichy permitió que la Kriegsmarine y la marina italiana no midieran sus fuerzas contra la marina francesa, algo que hubiera sido peligroso para los primeros. Nunca se señalará bastante la responsabilidad en esta cuestión del almirante de la flota, el siniestro Darían. 

Se afirma que Vichy evitó a los franceses algunos de los horrores de la guerra. Es justamente lo contrario de la verdad. Vichy hizo la guerra tres veces, y con gran energía, pero contra las democracias occidentales y contra los franceses libres: en Dakar, en septiembre de 1940; en Siria, en la primavera de 1941, y en Casablanca, en noviembre de 1942. Los soldados de Pétain masacraron a centenares de G.I.* El error de la extrema derecha fue creer que ella podía llevar a cabo una «Revolución nacional» bajo la bota del enemigo. Aquél no era el momento. Pétain, Laval, Darían se deshonraron. Vichy se hundió en el lodo: cuando se entra en la vía de las concesiones ante un tirano, hay que hacer cada vez más. [* Soldado del ejército americano. (N. de la T.)]

Para su vergüenza, Vichy acabó  mandando  a  la  policía, que seguía bajo sus órdenes, a  organizar detenciones masivas de judíos —entre ellas la de Vel’d'Hiv', en París—. Y, sobre todo, Vichy no dudó en empezar una guerra civil, con la famosa milicia. Los traslados masivos de obreros franceses a Alemania fueron los que hicieron funcionar la maquinaria de guerra alemana. Desde un punto de vista puramente jurídico, se puede admitir, a pesar de los abusos de poder del mariscal, que el Gobierno de Vichy tuvo una base legal hasta 1942. Pero cuando, en noviembre de 1942, los alemanes rompieron lo estipulado en el armisticio de 1940, que era lo que fundamentaba su legalidad, con el voto de un Parlamento engañado, Vichy cayó al vacío. Si Pétain entonces hubiera querido llegar a Argel, o al menos dimitir con brillantez en Francia, habría podido salvar su honor. El viejo prefirió conservar una ridícula dignidad a cambio del abandono nacional.

Abordemos ahora la cuestión fundamental sobre el grado de adhesión de los franceses al Gobierno de Vichy. Durante veinte años, la leyenda gaullista describió a un pueblo unánime a favor de la resistencia. Desde que se estrenó la película Le Chagrin et la pitié, [La pena y la piedad] de Marcel Ophuls, una corriente de moda nos pinta, por el contrario, como una nación servil y antisemita. ¿Cuál es la verdad? 

Los franceses, excepto De Gaulle y un puñado de fieles seguidores suyos, todos fueron más o menos partidarios de Pétain durante cuatro meses —hasta la entrevista, el 24 de octubre de 1940, del mariscal con el Führer, en Montoire—. Su famoso apretón de manos, cuya foto difundió masivamente la Propagandastaffel, rompió el encanto; la imagen de un general republicano —entonces Pétain pasaba por serlo— y con gloria estrechando la mano al jefe nazi fue insoportable para los franceses. 

Ni Pétain ni Hitler tuvieron la fineza de evitar ese impacto: Pétain porque no entendía nada de la situación y confundía, ya lo hemos dicho, a Hitler con Bismarck; Hitler porque, aunque conociese bien la psicología de masas de Baviera, ignoraba la mentalidad retorcida de los galos. 

A partir de entonces se acabó el apoyo. Es verdad que se siguió respetando la figura del «vencedor de Verdún» casi hasta el final, pero prácticamente desde el principio, la mayoría de los franceses detestó los gobiernos que formó —sobre todo el de Laval— tanto como a los alemanes. 

Los notables masoquistas y endiabladamente serviles de los que ya hemos hablado siempre fueron una minoría. Uno de los autores de este libro, un septuagenario, recuerda muy bien el ambiente del metro de París. Se marcaban las distancias con los doryphores* (nombre con el que se conocía a los soldados alemanes). Se hacían juegos de palabras del tipo: «Métropolitain — Pétain mollit trop».** Se comentaban los últimos aciertos de Pierre Dac (uno de los presentadores de la emisión francesa de la BBC): «Radio París miente, Radio París miente, Radio París es alemana». Por lo demás, a la hora de la emisión de la radio inglesa del programa nocturno «Los franceses hablan a los franceses», las calles se quedaban vacías, todo el mundo escuchaba la BBC. Hacía falta una inteligencia visionaria como la de un De Gaulle para saber entonces que los alemanes perderían. Hitler iba a atacar Rusia — aquello estaba escrito en el Mein Kampf—, y el general nunca subestimó a sus adversarios. [* La traducción literal de doryphores es «escarabajo de la patata».] [** Juego de palabras que al traducirse pierde el sentido, pero quiere decir: “Metropolitano – Pétain flojea demasiado”.] 

En aquella época, De Gaulle anunciaba por la radio la llegada de las «inmensas fuerzas de América»; pero en esas mismas fechas, Roosevelt consiguió ser reelegido gracias a su eslogan «He kept us out of war» («El nos ha mantenido al margen de la guerra»). 

En ese momento, De Gaulle todavía estaba bastante solo. Es verdad que pudo poner de su parte —con ayuda de algunos héroes locos como el capitán Hauteclocque, escapado de Francia y que se hizo llamar Leclerc — al África ecuatorial francesa y a las islas del Pacífico, pero los americanos tenían a su embajador en Vichy. La suerte de De Gaulle fue que Winston Churchill lo comprendió, lo protegió, lo admiró y lo detestó, todo a la vez.         

Las sórdidas concesiones de Vichy revolucionaban cada vez más a los franceses. Al contrario de lo que se nos quiere hacer creer, los franceses no eran antisemitas (en cualquier caso, mucho menos de lo que lo fueron, en un momento concreto, cuando el caso Dreyfus). Los historiadores israelíes indican con honestidad que fue en Francia donde más judíos sobrevivieron a las persecuciones. Uno de los autores de este libro, cuyo abuelo materno era judío, da fe de ello. 

La STO —Servicio de Trabajo Obligatorio—, ley promulgada por Vichy que pretendía obligar a los jóvenes reclutados para el servicio militar a marchar a Alemania, fue, en 1942, la gota que colmó el vaso. En aquel momento, la mayoría de la población se declaró «gaullista». Los informes de los prefectos de Vichy lo demuestran. 

Por supuesto, esto no quiere decir que la mayoría de ellos fueran héroes. Por entonces, la Resistencia ya estaba estructurada en corrientes. Tres eran las principales: «Combate», de Henri Frenay, oficial en activo; «Liberación» de D'Asister de La Vigerie, un aristócrata, y «Francotiradores» de Jean-Pierre Levy, más bien de izquierdas. 

La Resistencia, al principio era, atrevámonos a usar la palabra, un caos. Excepto Frenay, sus jefes eran improvisados. Debe su supervivencia al incuestionable apoyo de la población. 

Las historias sobre este asunto son innumerables. Un resistente al que persigue la Gestapo entra en una peluquería en donde el peluquero trabaja con el retrato oficial de Pétain colgado en la pared. El peluquero, poniendo en peligro su vida, esconde al fugitivo. El riesgo que corrían las redes era el de hacerse la guerra entre ellas, por el fuerte espíritu corporativo. Así derivaron los movimientos yugoslavos (Tito contra Mihailovic) o los griegos (comunistas contra monárquicos). El mérito de De Gaulle fue haber evitado eso federando las corrientes bajo su autoridad. 

Aquí interviene la historia de Jean Moulin. Lo hemos visto como jefe de gabinete de Pierre Cot en 1940. Luego fue prefecto de Chartres. Antes que acusar injustamente a unos senegaleses, intentó cortarse el cuello. Cuando Vichy lo expulsó, llegó clandestinamente a Londres. La historia de la relación entre este prefecto de izquierdas y el general De Gaulle fue, de pronto, la historia de una confianza absoluta.

Señalemos que, aunque alrededor del general no estuviera toda Francia, sí había franceses de todas las tendencias: católicos e israelitas, ateos y francmasones, de derechas y de izquierdas. Un gran gaullista, Pierre Brossolette, que se opuso a menudo a Moulin, había sido editorialista del Populaire; un gobernador colonial negro, Félix Eboué, fue uno de sus primeros partidarios en el Chad. 

Jean Moulin, lanzado en paracaídas en Francia como delegado del general De Gaulle, consiguió después de muchas peripecias crear y reunir (en la calle de Tour, en París) el Consejo Nacional de la Resistencia (CNR), que reagrupaba a todas las corrientes y partidos políticos. Jean Moulin fue traicionado (en las estructuras siempre aparecen agentes dobles), detenido y torturado; murió. Pero había cumplido su trabajo. 

Era la época de los mensajes personales, a los que Pierre Dac aportaba su punto de humor (del tipo: «Mi anciana tía se ha caído del granero»); la época de los paracaidistas en la noche: los pequeños Lysander hacían de transporte entre la Francia ocupada e Inglaterra y, durante las horas de luna llena, dejaban caer a los paracaidistas delante de las narices de los alemanes. 

El homenaje que Malraux dedicó a Jean Moulin, cuando sus cenizas fueron trasladadas al Panteón, no tiene desperdicio:
"Jean Moulin no creó Combate, Liberación, Francotiradores... No creó los regimientos, pero fue él quien los armó. Él fue el Carnot de la Resistencia... Era la época en la que escuchábamos atentamente los ladridos de los perros en los campos, en lo más oscuro de la noche..., paracaidistas multicolores, cargados de armas y de cigarrillos, caían del cielo sobre el fuego que ardía en los claros... La época de los sótanos [la Gestapo] y de los gritos desesperados que lanzan los torturados con voz de niños... Jean Moulin, detenido, salvajemente golpeado, con la cabeza ensangrentada, los órganos reventados, alcanzó el límite del sufrimiento humano sin jamás traicionar un secreto; él, que los sabía todos... Como Leclerc entró en los Inválidos con su cortejo de exaltación del sol de África y de los combates de Alsacia, entra aquí [en el Panteón] Jean Moulin, con tu terrible cortejo. Con los que han muerto en los sótanos sin haber hablado, como tú; e incluso, lo que quizá sea más atroz, habiendo hablado; con todos los marcados y los despellejados en los campos de concentración, con los últimos cuerpos de las horrorosas filas de «noche y niebla» que tropiezan y finalmente caen a culatazos; con los ocho mil franceses que no volvieron de los bagres*, con la última mujer muerta en Ravensbrück por haber dado asilo a uno de los nuestros. Entre nuestros hermanos dentro del orden de la noche, junto al pueblo nacido de la sombra y desaparecido con ella." [* Bagre, establecimiento penitenciario en donde los presos se ven obligados a realizar trabajos forzados. (N. de la T.)]

De Gaulle combatía contra los alemanes, pero también tenía que imponerse a los aliados. Sabemos que sus relaciones con Churchill fueron tormentosas, pero marcadas por la mutua admiración. Churchill decía del jefe de la Francia libre: «Es un gran animal». Roosevelt, un puritano demócrata que desde junio de 1940 pensaba que Francia estaba acabada, no podía comprender a De Gaulle, aquella especie de Cirano empenachado. Después del desembarco americano en el África del Norte francés, el presidente americano se atrevió, por un momento, a aliarse con Darían, el almirante de Vichy; luego, tras su asesinato por un joven patriota (si se pudiera justificar el asesinato político habría que mostrar indulgencia con este Bonnier de La Chapelle), Roosevelt rechazó a Giraud, un general valiente y estúpido, además de servil con los americanos. A De Gaulle no le costó triunfar por encima de aquel obtuso. 

La República francesa renacía en 1943 en Argel. El general se impuso al ejército francés reconstituido en la batalla final. El ejército de África desembarcó en Provenza —es el único caso de indígenas de una colonia (mezclados con evadidos de Francia y descendientes de segunda generación de franceses, ya nacidos en África) que acuden a liberar a su metrópoli—. 

Desde Normandía, el general Leclerc, antiguo capitán del Chad, y su fogosa Segunda División Blindada se lanzaron hacia París. De Gaulle intentó también controlar las insurrecciones de la Resistencia, a la que, a veces, los alemanes ahogaban en sangre, como sucedió en Vercors, en julio de 1944. Por todas partes los «comisarios de la República» sustituían a los prefectos de Vichy. 

Cuando los alemanes se llevaron al mariscal a su país, a Sigmaringen —una ciudad termal, pero en la Selva Negra—, París se sublevó. (En ese mismo momento, los alemanes arrasaban la Varsovia insurrecta.) Era un golpe de una audacia inaudita. Salió bien. El 24 de agosto de 1944, el pelotón blindado del capitán Dronne (formado por muchos soldados, antiguos republicanos españoles; que también se llamaba la Nueve*) llegó a las puertas del Ayuntamiento, que estaba ocupado por el Consejo Nacional de la Resistencia. 

El 25 de agosto, tras haber recuperado la oficina del Ministerio de la Guerra que cuatro años antes había abandonado, De Gaulle, zarandeado por la muchedumbre, lanzaba su famoso grito: «París ultrajado, París humillado, pero París liberado...». El 26 recorrió los Campos Elíseos a la cabeza de una multitud anárquica, entusiasta e inmensa. 

Un momento de gloria que sólo fue un farol: los alemanes todavía estaban en Bourget. En Berlín, el general de Lattre de Tassigny firmó la capitulación nazi junto a rusos, americanos e ingleses. Al entrar en la sala, el plenipotenciario alemán no pudo contener el grito de: «¡¿Cómo, los franceses también?!». 

De Gaulle y Francia, a pesar de Vichy, habían ganado. Militarmente, la «Francia libre» (que a pesar de todo aún seguía siendo la tercera potencia militar de la alianza occidental, después de los americanos y de los ingleses: un millón de soldados; más de cien mil resistentes, muchos de ellos amalgamados en el ejército), a diferencia de lo que había sucedido en 1914, no tuvo el protagonismo. Pero sin la Francia libre, el honor de la nación se habría visto comprometido. 

Aquélla fue una loca epopeya. Dejemos las palabras finales a Leclerc. Cuando De Gaulle le escribió en enero de 1945: «Todo lo exagerado es insignificante», Leclerc le respondió: «No comparto esa opinión. Todo lo que hemos hecho de grande y de útil siguiéndole a usted era "exagerado e irracional"».

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