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sexta-feira, 19 de agosto de 2016

El drogadismo


- de Jorge Botella


La influencia de las drogas sobre la vida de las personas no es una cuestión contemporánea, sino que en muy diversas culturas y en tiempos muy distintos la relación con las drogas ha sido relevante. La afición hacia el alcohol, las hiervas, los vapores, se remonta tanto como la historia, y si su influencia negativa sobre la salud física y mental ha sido bien patente cabe preguntarse el por qué de su sugestión. 


Frente a las drogas convendría individualizar los dos sentidos de la afección: una, la que las drogas por sí ejercen sobre el organismo humano en virtud de la adicción que provocan; otra, aquella por la que la personalidad humana recurre al consuelo de las drogas. Las dos tienen una importancia por igual para justificar el consumo y del deterioro que generan sobre el organismo de quien recurre a su auxilio. El sentido más criticado por la sociedad es el que se orienta desde el poder de adicción del producto, lo que se ha venido a llamar drogadicción. El otro, el que contempla la disposición de la personalidad al consuelo de la droga está más relegado, quizá porque ha de abordarse desde la defectibilidad del ser humano para asumir su responsabilidad. Éste, a diferencia de aquél, es al que podremos llamar drogadismo. 

La vinculación del hombre a las drogas puede tener en su inicio un componente de ignorancia, sobre todo cuando la relación afecta a adolescentes, pero, dado que una gran parte del consumo se da entre la sociedad con una cultura asentada, habría que considerar que, el menos, una parte de esa ignorancia es tan vencible que habría que admitir sobre la misma una importante dosis de complicidad de la voluntad. No obstante admitir esa ignorancia como una deficiencia de los recursos de la personalidad frente a las drogas, no puede dejar de aceptarse que el consumo se generaliza sobre personas maduras y formadas cuya afición a las drogas se superpone al conocimiento de su poder destructivo. Por ello, sobre el drogadismo cabe especular en cuánto es causa del debilitamiento de la personalidad y en cuánto es consecuencia de la previa neutralización de la personalidad

La creatividad consustancial al ser humano le lleva a que su personalidad haya de asumir la responsabilidad de crear el propio mundo donde se sienta realizado. Esto se logra mediante el esfuerzo por el que se organizan los medios externos en orden a alcanzar objetivos que reporten la satisfacción existencial. La personalidad, que comprende el conjunto de actitudes de cada persona respecto a la vida, es la garante de la responsabilidad por la que se logran esos objetivos, pero cuando por la debilidad de la propia existencia no se platean objetivos sino que se vive a merced de los acontecimientos externos, o cuando por la dificultad de progresar hacia los objetivos creativos marcados se resiente la responsabilidad, esa flojera afecta a la personalidad de tal modo que ésta procura la evasión del conocimiento de todo cuanto pueda complicar su existencia. Esa negligencia es la que el sujeto tiende a paliar con el estímulo de las drogas a fin de que le distancien mentalmente de la carga de una realidad para la que no encuentra recursos con qué afrontarla. La irrealidad con que satisface la droga es lo que objetivamente se acostumbra a buscar cuando la personalidad se debilita porque no se siente capaz de enfrentar la realidad. 

Esa complicidad mental con el efecto material de la droga constituye un tándem cada vez más necesario, porque incluso en muchos casos el drogodependiente no se quiere así y se reincide en la droga como un huida hacia adelante a fin de escapar de la irresponsabilidad que se vincula a esa condición. 

Causas para el abatimiento de la personalidad y quebrar su conciencia de creativad hay tantas como relaciones establece el hombre con el entorno: familia, trabajo, posición social, salud, desenamoramientos, traiciones... pero a éstas se unen otras más subjetivas, pero no menos reales, como pueden ser la desafección al propio cuerpo, la razón de sí, la disocialización, la desmotivación moral... Todo ello hace que un sujeto no se quiera cómo es o en las circunstancias a las que la vida le ha conducido, y por ello estima que la droga le conferirá la seguridad que la quiebra de la responsabilidad le niega a su persona. 

Atajar el drogadismo es un de las grandes tareas de los profesionales de la psicología, mediante la detección precoz de la neutralización de la personalidad y la efectiva aplicación de una terapia regenerativa que rearme la responsabilidad para enfrentar los problemas que causan la desmoralización, por más que éstos sean arduos y complejos. El control del comercio de las drogas facilita sólo en parte una pequeña reducción de la tendencia al consumo, en función de la restricción que se logra al contacto, pero si no se ataja la causa última, que no está en la materia sino en las personas, es muy posible que lo que se consigue es una trasferencia de unas drogas a otras, según su disponibilidad, pero de uno y otro modo la drogadicción se perpetúan por un adicción que se desea como subterfugio de la realidad.

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