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quarta-feira, 17 de agosto de 2016

El World Trade Center, la demografía y el futuro

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


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El World Trade Center, la demografía y el futuro


En enero de 1991, la guerra de Kuwait fue un explosivo ejemplo de la hegemonía de Estados Unidos. No lo habrían podido hacer si hubiera existido la URSS, porque la Rusia soviética protegía a Irak. El Baas y Sadam Husein eran sus clientes.

Señalemos que Kuwait es una creación completamente artificial del imperialismo inglés (se trataba de cortar a Mesopotamia sus tradicionales accesos al mar). Sin embargo, invadir con armas un estado, aunque éste sea simulado, no es un procedimiento aceptable. Así que, la primera guerra del Golfo fue completamente legal (Francia participó en ella), con objetivos limitados. Se reconquistó Kuwait, el Baas iraquí se mantuvo en el poder. Bush padre había sido prudente. 

Antes de este acontecimiento, la toma del poder en Irán por parte de los mulás del ayatolá Jomeini había sido una buena advertencia. La Revolución iraní, con la ocupación de la Embajada de Estados Unidos, hizo tanto ruido en el mundo musulmán, como lo había hecho la Revolución francesa en el mundo ilustrado con la toma de la Bastilla... 

Por otra parte, el Irak de Sadam se había enfrentado en una encarnizada guerra contra el Irán de los mulás. Cuando Jomeini lanzó una fatwa contra el escritor Salman Rushdie, desafió a la modernidad. El marxismo quería superar 1789, el islamismo borrarlo. Pero Jomeini era persa, y su revolución tenía una base identificable: Irán. 

El atentado antiamericano del 11 de septiembre de 2001 es otra cosa completamente distinta. Fue un atentado muy real, aunque un ridículo libro pretendiera lo contrario. Se comparó con Pearl Harbor. Pero la comparación no es pertinente. Hay ciertas semejanzas: el número de muertos, la sorpresa, el shock. Pero, sesenta años antes, se trataba de una guerra entre estados; el agresor estaba localizable. Los japoneses querían aniquilar una marina militar, y no especialmente a civiles (de hecho, la mayoría de las víctimas fueron soldados). ¿Qué estado quiso hacer saltar por los aires las Torres Gemelas de Manhattan y el Pentágono? ¡Ninguno! Al Qaeda no es ni siquiera una organización centralizada. Es una nebulosa de grupos animados por el fanatismo... Al Qaeda tampoco desarrolla una auténtica guerra. La guerra persigue obtener resultados políticos. ¿Cuáles eran los objetivos de Al Qaeda? ¿Qué exigía Al Qaeda a Estados Unidos? Nada. 

El modo de operar nos dejó estupefactos: la destrucción de las torres del World Trade Center recuerda, sin llegar a confundirse, las películas de catástrofes de Hollywood. En 1994, los integristas musulmanes habían secuestrado un avión de Air France con el fin de lanzarlo sobre la Torre Eiffel. El golpe fracasó, puesto que tuvieron que confiar en los pilotos franceses para aterrizar el airbus en Marignane, donde el GIGN pudo asaltarlo. Los integristas dedujeron de aquello que debían formar pilotos. De hecho, los comandos que se apoderaron de los aviones americanos tomaron ellos mismos los mandos de los aparatos. Como anécdota para la historia, uno de los camicaces recibió su título de piloto —americano— después de haber muerto. 

Convertir aviones civiles (llenos de queroseno después de despegar) en bombas fue una idea perversa, pero eficaz. El calor desprendido por el incendio de las torres licuó su estructura metálica y provocó su derrumbamiento. El propio Bin Laden quedó sorprendido. Consiguió más de tres mil muertos y un efecto visual aterrador. Bin Laden, un buen comunicador, estaba satisfecho: el primer avión atrajo a las cámaras y todas las televisiones pudieron filmar cómodamente el segundo choque. Bin Laden, formado por los americanos, por muy integrista que sea, sigue siendo un hijo de la publicidad. 

El efecto económico y financiero fue enorme. El presidente Bush hijo tuvo que inyectar, en contra de los principios liberales, millones de dólares papel para salvar la economía americana. Los servicios de información se habían mostrado incompetentes. Gracias a sus satélites y ordenadores, escuchaban todas las comunicaciones del mundo. La CÍA sólo había olvidado que los conspiradores no llaman por teléfono (con la excepción de los nacionalistas corsos). La información, desde siempre, descansa en los «topos», agentes infiltrados en las filas enemigas. Pero la CÍA no los tenía. La excusa es que nadie hablaba persa (idioma que se habla en Kabul). 

Al contrario de lo que sucedió después de Pearl Harbor, el dragón americano golpeó en el vacío. Es verdad que ocupó legítimamente Afganistán (país en el que la CÍA, poco tiempo antes, apoyaba a los talibanes frente a los rusos). Pero, acto seguido, no supo qué hacer. La segunda guerra de Irak fue una trampa. Sadam Husein, dictador socialista y laico, se parece más a Stalin que a Bin Laden. Detestaba a los integristas y no tuvo contacto alguno con Al Qaeda antes del 11 de septiembre de 2001... Por otra parte, sólo disponía de un pequeño ejército desprovisto de «medios de destrucción masiva» y muy disminuido desde la aventura de Kuwait. 

La conquista de Irak por parte del ejército americano en 2003 fue una operación tan fuera de lugar que se podría llegar a pensar, casi en el delirio, que había sido programada por Al Qaeda. ¿Para quién fue provechosa? La destrucción de un régimen notoriamente ateo, el caos en Irak y la humillación (una vez más) de los musulmanes son las consecuencias más evidentes. Bin Laden debería felicitarse. 

La Francia del presidente Chirac no quiso participar en aquella locura que, sin embargo, aprobaron la mayoría de los países de la UE. Esto demuestra de manera sorprendente que la voluntad política reposa no en una burocracia desfasada, sino en la voluntad de las naciones. No basta con ser poderoso, hay que ser inteligente y estar motivado. Como dijo Woody Allen en una de sus películas: «¡Gracias a Dios que existe Francia!». 

Al Qaeda es un fenómeno inquietante: ¿una parte del islam ha cambiado reconvirtiéndose (el suicidio no es musulmán sino budista) en una ideología totalitaria? Por primera vez en siglos, se contesta a la modernidad (el Japón Meiji no había hecho más que imitarla). Al Qaeda tiende a las potencias la trampa de las guerras de religión.
¿Qué sucede con el estado del mundo después de esto?

Ahora hay que hablar un poco de demografía. Hemos indicado su importancia al observar, por ejemplo, las explosiones demográficas debidas a la revolución del neolítico y a la industrial, y el desclasamiento de Francia (la potencia europea con mayor número de población en 1815 y con menor en 1915). 

El estado «natural» de los pueblos es aquel en que se dan muchos niños por mujer (la demografía se ocupa de las mujeres) y mucha mortalidad en general. Éste fue el estado habitual hasta el siglo XIX. En el estado moderno de la demografía se cuentan pocos nacimientos por mujer, pero también una débil mortalidad. 

La medicina (a partir del momento en que se convierte en eficaz con Pasteur) casi ha suprimido la mortalidad infantil, produciendo un alargamiento de los medios que se confunde con el alargamiento de la vida individual. En 1700 era necesario que una mujer tuviera siete u ocho hijos para que sobrevivieran dos o tres. En la actualidad sólo hace falta tener dos o tres, porque (felizmente) los bebés apenas mueren. 

La medicina ha revolucionado el mundo más que la agricultura o la industria. Los médicos, que a menudo son grandes individualistas (juramento hipocrático), apenas son conscientes de ello. 

A este paso de un estado demográfico a otro se le llama «transición demográfica». Esta transición exige tres o cuatro generaciones, las mujeres no se dan cuenta de inmediato de que sus bebés ya no se mueren. Este desfase explica las «explosiones» demográficas. En el siglo XIX, Europa «explotó», expandiendo por el mundo decenas de millones de emigrantes. Luego hizo su «transición» hacia 1960. 

La historia demográfica de Francia fue singular. La «gran nación» efectuó su «transición» mucho antes que el resto de los países europeos, por culpa de —o gracias a— la «Gran Revolución», que provocó un profundo vuelco en las costumbres. En la actualidad, parece vacunada contra el maltusianismo. Siguen naciendo, más o menos, el mismo número de niños por mujer que durante el reinado de Luis Felipe. Paradójicamente, su tasa de fecundidad (1,90 niños por mujer) es mucho más alta que la de sus vecinos europeos (1,30) y próxima a la tasa de sustitución de las generaciones (con las condiciones de la medicina moderna, son necesarios 2,10 niños por mujer para sustituir las generaciones). La actitud, fuerte durante mucho tiempo, de integrar a la inmigración (comparable con la de Estados Unidos) contribuyó también a su relativa buena salud demográfica. 

La explosión demográfica fue a continuación la del Tercer Mundo. Las mujeres del Tercer Mundo no tuvieron más hijos que sus abuelas (como ellas, tenían siete u ocho). Pero no habían entendido que esos niños (gracias a los dispensarios) ya no morían. La Argelia musulmana ha pasado de este modo de dos millones de habitantes en 1830 a seis millones actualmente. 

La explosión demográfica es una «tarta de nata» mediática. Sin embargo, ha terminado. La «transición demográfica» está realizándose casi en todas partes. Ya lo hemos dicho, las ideas se extienden como las epidemias. Desde el año 2000, las mujeres del Tercer Mundo han caído en la cuenta. Saben que les basta con tener tres hijos. 

En estos momentos, la tasa de fecundidad de Argelia es comparable a la de Francia. Por supuesto, como los hombres se parecen a los árboles, existe una «inercia demográfica». Las mujeres argelinas han alineado su comportamiento al de las francesas, pero los millones de adolescentes nacidos antes de la transición corren por las calles. Dentro de veinte años se apreciará la transición argelina. 

La verdad es que la humanidad, hoy en día formada por seis mil millones de individuos, ya no sufre la amenaza de una explosión demográfica. Sólo en algunos países siguen naciendo muchos niños por ideología o con la esperanza de una «revancha de las cunas» (expresión inventada para explicar cómo los sesenta mil campesinos franceses abandonados en Canadá han podido convertirse en seis millones): los palestinos, los musulmanes y los judíos integristas también se vengan así. 

En conjunto —una verdad desconocida—, la humanidad no está amenazada por una explosión, sino por una implosión demográfica. Desde dos generaciones atrás, en China, Japón y la India tamil nacen pocos niños. Es el «envejecimiento», un eufemismo (a nuestra época bienpensante no le gusta llamar a las cosas por su nombre) con el que se designa a la disminución de los nacimientos. Esta disminución es terrible en Rusia, en donde probablemente se corresponda con una «desmoralización» consecuencia de la caída del comunismo. Pero también afecta de manera trágica a Europa (excepto a Francia): en Italia, en España, en Alemania, apenas nace un hijo por cada mujer. 

Así las cosas, la Unión Europea está amenazada por una desaparición física. La inmigración sólo puede suplir esta carencia de modo marginal. Porque existe una gran diferencia entre la «integración» de los recién llegados y la «sustitución» de una población por otra, la cual rompe la continuidad y compromete la transmisión cultural. En algunas zonas de los extrarradios de las ciudades se ha producido la sustitución de la población. Se pueden comprobar las consecuencias. Hace falta tiempo para la inserción, pero la rapidez de la implosión europea apenas se lo da. 

Y las cosas pueden ir peor porque cuanto más aluden los reaccionarios a los problemas de natalidad, más afirman los anglosajones que la intimidad de los hogares no concierne al Estado. Algo evidentemente falso: el nacimiento de un niño es un hecho social. Son los niños indígenas los que integran a los niños inmigrados. El eslogan de los yuppies americanos expresa la mentalidad de la época: DINK (Double income, no kids, «Doble sueldo, ausencia de niños»). Cuando estos inconscientes yuppies sean viejos, lo pagarán caro. Porque después del 11 de septiembre, no es seguro que los jóvenes inmigrados empujen sus sillas de ruedas. 

A pesar de estos interrogantes, el final anunciado de la explosión demográfica es más bien una buena noticia para la humanidad. Lo ideal sería que las poblaciones alcanzasen el «crecimiento cero» demográfico: la simple —pero segura— sustitución de las generaciones. Hay que recordar que este ideal exige que las mujeres acepten tener dos o tres hijos cada una. 

En la actualidad se habla más de ecología que de demografía. La ecología no es sólo una moda: es una toma de conciencia respecto a que los recursos de la Tierra no son inagotables y a que la humanidad influye — desde el neolítico— en el medio ambiente. La ineludible subida de los precios del barril de petróleo es, en este sentido, una buena noticia. Esta subida contribuirá más que los discursos a imponer un comportamiento ecológico.

Tras la demografía y la ecología, recordemos algunos hechos geopolíticos. China ha entrado de manera brutal en el período salvaje de la acumulación primitiva capitalista. Sus ciudades rebosan de torres de cristal. Se ha convertido en la fábrica del mundo. Necesita importar petróleo y acero. Es la era «Meiji» de China, pero mucho más caótica que lo fue en Japón. A la familia patriarcal china la ha sustituido la del hijo único, «pequeños emperadores» maleducados y caprichosos — increíble transformación de la tradición de Confucio —. 

La ciudad faro de Singapur muestra una modernidad china hiperactiva, pero conformista y triste, completamente aceptada por Pekín (al contrario que Taiwan). Porque el pasado sigue pesando en China: continúa siendo el Imperio del Medio, y todavía más en la actualidad, que el Gobierno de Pekín ha abandonado por completo los sueños universalistas de Mao Tse-tung, quien empujaba a los cooperantes chinos hacia África. 

La India también ha entrado en la modernidad como un elefante en una cacharrería, a través de la informática y de los servicios más que de la industria. Pero este desarrollo afecta esencialmente a la India tamil del Dekkán, cada vez más alejada del norte hinduista —con el riesgo de un nuevo estallido del subcontinente. 

Rusia, por su parte, se despeja con dificultad de los escombros de la URSS. Aceptó la secesión de Asia central y de Ucrania. Paradójicamente, se enfrenta en una cruel guerra con Chechenia. A propósito de esta guerra, hemos mencionado el petróleo, pero, reflexionando, quizá se trate de una crispación imperial comparable a la de Gran Bretaña cuando, en 1982, declaró la guerra a Argentina por la posesión del insignificante archipiélago de las Malvinas. 

El Cáucaso, en donde se unen iraníes, turcos, eslavos, armenios y georgianos, conservatorio de todas las etnias, zona de conflicto de todas las religiones, se ha convertido en una de las zonas grises del planeta. El formidable antiguo ejército rojo, descompuesto por completo, sólo consiguió acabar con el odioso secuestro de un colegio en Ossetia provocando una masacre el 3 de septiembre de 2004. 

Las poblaciones rusas desertan de las zonas boreales o siberianas en un gran éxodo hacia el sur. El abandono de las zonas rurales difíciles del planeta es, por otra parte, una realidad general y preocupante en el mundo entero.

Por lo demás, el futuro es imprevisible. Los que hacen previsiones siempre se equivocan; siempre sucede lo imprevisible. Según los distintos puntos de vista se puede confiar o temer. En primer lugar, confiar. El potencial de la ciencia es enorme. El «buen juicio de las naciones» puede prevalecer sobre la locura: así, los países musulmanes no explotaron después del 11 de septiembre de 2001. 

Pero también hay razones para temer el futuro. Las «zonas grises» se multiplican, la inseguridad aumenta. Incluso para construir ordenadores es necesario que subsistan zonas seguras en las que se pueda construir en paz. Las guerras de religión se reaniman. Más grave aún: en el corazón de la modernidad, el espíritu público desaparece. La decadencia nunca es ineludible si se mantiene el sentido del bien común. 

Una pregunta esencial para el futuro del mundo moderno: ¿encontrarán los países modernos su razón de existir? Porque cierta moda amenaza a los hombres de nuestras sociedades desarrolladas: «Al debilitarse entre ellos el sentimiento del bien común, al dispersarse las familias, al interrumpir la cadena de recuerdos, al incrementar de manera desmesurada las necesidades, se han convertido en menos civilizados de lo que eran». Tocqueville hablaba de la influencia nefasta de la modernidad en los indios...
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Nota

Este libro no incluye bibliografía de manera voluntaria. Las obras históricas son, en efecto, tan numerosas que su enumeración, aunque fuera sucinta, ocuparía más páginas que el propio libro. Los autores esperan que, presos de la curiosidad, los lectores vayan a comprar esas obras, generalmente reagrupadas por épocas, a las librerías. Tampoco hay índice onomástico, pues todos los nombres aparecen en las enciclopedias. También es voluntario el hecho de que este libro no incluya mapas. No es porque los autores desprecien la geografía, al contrario, sino porque serían necesarios centenares de mapas para ilustrar esta obra. Aunque existan pocos relatos cronológicos de la Historia del mundo, sí que hay excelentes atlas históricos y numerosos atlas universales (en su defecto, se puede consultar cualquier diccionario enciclopédico). Los autores ruegan a los lectores que si están interesados se dirijan a ellos.

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