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domingo, 14 de agosto de 2016

Israel y los palestinos

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


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Israel y los palestinos

El conflicto palestino-israelí no es una película del Oeste, es una tragedia. En una película de vaqueros hay buenos y malos; en una tragedia, todo el mundo tiene razón (o se equivoca). 

El antiguo judaísmo tenía dos vertientes: una religión tradicional, en la que los sacerdotes realizaban los sacrificios de animales en los templos; y una religión de conjunto, en la que los creyentes se reunían en las sinagogas para escuchar y meditar sobre la Escrituras. En el año 70 de nuestra era, el futuro emperador Tito había aplastado una insurrección judía destruyendo el Templo de Jerusalén. En el 135, el emperador Adriano dispersó a los judíos como consecuencia de una nueva insurrección. El judaísmo se convirtió entonces en una religión dispersa —la diáspora—, sin Templo, que conservaba sólo la nostalgia de Palestina ("El año que viene en Jerusalén"). Lo que vemos en los informativos de televisión son los basamentos del Templo destruido, el Muro de las Lamentaciones y las mezquitas que se construyeron en aquella misma explanada, la cúpula de Omar y Al-Aqsa. 

Los judíos que permanecieron en Palestina se convirtieron primero en cristianos y más tarde en musulmanes (excepto una pequeña comunidad autorizada a volver en 394). Los que participaron en la diáspora se establecieron por todas las partes del mundo, alrededor de las sinagogas que ya existían (véanse las Epístolas de Pablo). Hubo muchas conversiones al judaísmo, desde tribus bereberes del Magreb (el director del Nouvel Observateur, Jean Daniel, es un indígena magrebí) hasta las castas dirigentes del reino turco de los Yazars. Incluso hubo un Estado judío en el Volga. 

Es imposible deducir por sus rasgos físicos la religión de Smaïn, de Yamel Debuzze o de Enrico Macias; Zinedine Zidane, nacido en Cabila, es físicamente más europeo que Gérard Darmon. De aquí procede la dificultad de explicar cómo Sharon, de facciones eslavas, es más semita que Arafat, quien por sus rasgos parece la caricatura de un judío Sus... 

En el siglo XIX, había un gran número de judíos en el Imperio otomano y en el del zar. Los judíos de Turquía no vivían preocupados, mientras que los de Rusia padecían los estragos de los progromos. El populacho quemaba las casas de los judíos sin que interviniera la policía zarista. 

Entonces, un intelectual judío vienes, Theodor Herzl, pensó que aquel escándalo no se podía consentir. Y como estaban de moda las naciones-estado, se le ocurrió crear un estado que sirviera de refugio a los israelíes perseguidos. En 1896 publicó su libro 'El Estado judío'. El caso Dreyfus, que le hizo perder la confianza durante un tiempo en la República francesa, no fue ajeno a su proyecto. Había nacido el sionismo (Sión es uno de los nombres bíblicos de Jerusalén). 

Herzl habría aceptado de buena gana refugiarse en Uganda, pero, en definitiva, como todos los textos de la Biblia hablan de Palestina, el congreso sionista decidió crear el 
refugio en el país de origen del judaísmo. Nada más lógico... 

La desgracia fue que aquel país estaba, desde hacía casi dos mil años, ocupado por antiguos judíos y árabes musulmanes (o cristianos). En Jerusalén y en Hebrón se podía encontrar algunas comunidades fervientes a Safed, pero eran minúsculas. Los sionistas rechazaron aquel aspecto inoportuno de la realidad. 

Herlz fue a negociar con el sultán y, cuando éste alegó la presencia de árabes en Palestina, él esgrimió el argumento del carácter nómada (beduino) y no sedentario de aquéllos. Algo que es falso, muchos árabes palestinos eran agricultores. 

Los primeros colonos sionistas, alentados por los Rothschild, compraron tierras para convertir a los comerciantes y artesanos de la diáspora en campesinos semejantes a los de la Biblia. 

En 1918, el Imperio turco desapareció. Los ingleses habían prometido al mismo tiempo la «independencia» de los árabes y un «hogar» a los sionistas: ¡Lawrence y Balfour! 

El movimiento sionista adquirió amplitud tras la Revolución rusa y la independencia de Polonia. La emigración hacia Palestina fue revalorizándose (fue una alija, una ascensión). La élite dirigente israelí procede del Este de Europa (judíos de Lituania o de Polonia). 

Las disputas, luego los enfrentamientos, se multiplicaron entre las comunidades rurales judías (los famosos Kibutz) y los agricultores árabes. La ciudad de Tel Aviv absorbió rápidamente a Jaffa. 

En 1925 había doscientos mil judíos en Palestina; en 1935, cuatrocientos mil, y en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, setecientos mil. 

Palestina estaba bajo protectorado inglés. Durante la guerra, los judíos de Palestina jugaron el juego de Inglaterra. Formaron unidades israelíes, mientras que el mufti de Jerusalén (por antisemita) fue proalemán. 

En 1945, las potencias victoriosas fueron brutalmente conscientes de la Shoá y padecieron tardíos remordimientos. El Holocausto legitimaba el pensamiento de Herzl a los ojos de las naciones. Si no hubiera sido por el choque frontal que supuso la destrucción de los judíos de Europa por lo nazis, la URSS, Gran Bretaña y Estados Unidos nunca hubieran jugado aquella carta. 

La ONU aceptó en 1984 la creación de un Estado judío en Palestina. Los judíos de Palestina (los Yichuv) era lo único que esperaban. Los estados árabes emancipados en ese mismo momento —Siria, Jordania, Irak y Egipto (aquí los ingleses se mantuvieron muy presentes hasta Nasser)— no lo admitieron. Sus ejércitos invadieron el nuevo Israel. 

Los ejércitos árabes, puesto que nunca habían combatido, no eran aguerridos. Los ingleses, que desconfiaban del progermanismo de los árabes, al contrario que los franceses, no los habían empleado contra Rommel. La Haganah, convertida en Tsahal, sí era aguerrida y estaba bien equipada (por rusos y checoslovacos). Ganó la guerra de la independencia. 

Centenares de miles de campesinos palestinos se dieron a la fuga (lo menos que se puede decir es que los dirigentes sionistas no se opusieron; también se cita el nombre de alguna ciudad incendiada) y abandonaron sus granjas. 

La «independencia» de unos fue la catástrofe (la Nakba) de los otros. Israel había ganado las fronteras de la «línea verde» que más tarde reconoció la ONU, por lo tanto legales. 

En 1956, Israel participó, sin provecho alguno, en la funesta expedición anglo-francesa sobre el canal de Suez, consiguiendo que los árabes lo miraran todavía algo peor. Sin embargo, poco a poco, los palestinos del oeste del Jordán se convertían mentalmente en jordanos. Se preparaba el camino hacia un mutuo reconocimiento de facto. 

La guerra de los Seis días, en 1967, volvió a poner todo en cuestión. Del 5 al 10 de junio, los carros de combate, los aviones Mirage del Tsahal, aniquilaron por completo a los ejércitos jordanos, sirios y egipcios (a los iraquíes no les dio tiempo a llegar). El Tsahal demostró que era (y sigue siendo) el mejor ejército de Oriente Próximo. Fue a «secar su ropa al Canal de Suez». (Alusión a una canción de los soldados ingleses de la guerra mundial: «Iremos a recoger la ropa a la línea Siegfried».) 

Los territorios jordanos del oeste se convirtieron en «territorios ocupados». Ocuparon los altos del Golán. El ejército israelí, formado por reclutamiento (tres años de servicio militar para los chicos y dos para las chicas) es un admirable ejército. Cómo no regodearse imaginando la cara que pondría Hitler si viera a los magníficos combatientes judíos en sus pánzer, él, que tanto los despreciaba. 

Los generales de los Seis días recuerdan a Rommel, o a Leclerc. Esto demuestra, una vez más, que el valor en el combate depende de la motivación. Los sionistas que se formaron heroicamente durante la revuelta del gueto de Varsovia (en 1943) sólo sentían desprecio por la resignada pasividad de algunos judíos de la diáspora. 

Pero, aunque aquella guerra de 1967 supuso un triunfo militar, fue un terrible error político. En vísperas del combate, De Gaulle había advertido al embajador de Israel: «Hasta el momento ustedes se han beneficiado por las circunstancias excepcionales. Conténtese con lo que tienen. Si superan la «línea verde», crean en nuestra experiencia, se convertirán en ocupantes», dijo en resumidas cuentas al diplomático. El ubris [la desmedida] venció al sionismo. 

Aquella guerra, triunfo de las armas al estilo de Bonaparte, fue un desastre geopolítico. Con ella nació una conciencia nacional palestina que se expresó en la OLP, presidida por Arafat desde 1969 hasta su muerte en 2004. El 6 de octubre de 1973, el sucesor de Nasser, aliado de los sirios, lanzó un violento ataque sorpresa (el día de la fiesta judía del Yom Kipur) demostrando que los árabes también sabían pelear. Los carros sirios bajaron por el lago Tiberíades. El genio militar del general Sharon, que contraatacó con sus blindados al otro lado del canal de Suez hacia El Cairo, salvó a Israel (Sharon es un gran general. ¿Será un buen político? Sólo hay un Bonaparte o un De Gaulle por siglo). 

La alerta había sido sonada. El Tsahal, fatal error, había subestimado a su adversario. Aprendida la lección, Israel se apresuró a pactar la paz con Sadat, al precio de la evacuación del Sinaí. Esto le costó la vida al presidente Sadat, quien no tuvo miedo de acudir en persona a Jerusalén y fue asesinado por un integrista musulmán el 6 de octubre de 1981. 

Tras una vana ocupación del Líbano, Israel se encontró enfrentado no sólo a los ejércitos, sino también a una resistencia. Así lo entendió y, en septiembre de 1993, admitió el establecimiento de una autoridad palestina en los territorios ocupados. El lúcido general Rabin, asesinado por un integrista judío en noviembre de 1995, lo pagó con su vida. 

Desde aquella fecha, el proceso de paz patina y las intifadas palestinas se suceden agravadas por un ciego terrorismo. Israel en Palestina recuerda a la Esparta del Peloponeso, un campo militar en medio de los hilota. 

Ambas legitimidades, la israelí y la palestina, son incuestionables. La legitimidad de Israel no es ni religiosa ni racial, es histórica. Procede de la sangre vertida y de los sacrificios consentidos por los colonos judíos. Sin embargo, los árabes ocupan desde tiempos inmemoriales un territorio que hasta el siglo XX nadie les cuestionaba; los otomanos eran su potencia protectora. 

La inmensa tragedia de la Shoá, objetivamente no se puede comparar con la Nakba, pero, de modo subjetivo, el árabe palestino piensa lo contrario. El mundo árabe tiene la impresión de que se le pide que pague la factura nazi. Sí el odio tiene alguna excusa (nunca la tiene: incluso cuando hay que combatir se debe hacer sin odio), el joven sionista debería odiar al alemán y no al árabe. 

En sentido contrario, Israel se ha convertido para los árabes en la «perfecta excusa» que les impide modernizarse. Si todos los males proceden de Israel, basta con esperar a que desaparezca (o con hacerla saltar por los aires). 

En cuanto al mecanismo que conduce a los jóvenes franceses musulmanes magrebíes a detestar a sus compatriotas, de origen magrebí como ellos, porque son de religión judía es aberrante: ni unos ni otros tienen nada que ver con Oriente Próximo. «Magrebí» quiere decir «occidental»; el Magreb es el Occidente de los árabes de Oriente. Aquí estamos en plena negación de la realidad francesa. 

En Palestina, la única salida admisible intelectualmente sería la coexistencia de un Estado judío y de un Estado palestino. Para ello haría falta que los árabes aceptasen los hechos. Y para ello también sería necesario que un De Gaulle israelí mandase evacuar las «implantaciones» de los territorios, porque corren el riesgo de que el Tsahal dispare contra los judíos como el ejército francés acabó por disparar contra la OAS en Bab el-Oued. Queda un arduo camino.

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