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segunda-feira, 15 de agosto de 2016

La caída de la URSS, la globalización

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


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La caída de la URSS, la globalización

En 1968, una crisis de confianza sacudió al mundo entero: crisis al Oeste y crisis al Este. Pocas veces se comparan ambas crisis, pero sólo se diferencian en el obstáculo al que se enfrentaban, porque no se puede comparar el régimen paternalista de De Gaulle con los estados comunistas ni la Rusia soviética. 

Los «treinta gloriosos» de 1945 a 1975, habían sido años fecundos en reconstrucción y desarrollo, tanto en el Este como en el Oeste. Pero el Oeste adquirió un extraordinario avance económico sobre la economía de Estado. A partir de los años sesenta, empezó a reinar la «sociedad de consumo», opuesta a la «sociedad de penuria» comunista. Los pueblos se daban cuenta de ello (las propagandas, ya la hemos dicho a propósito de Vichy, sólo tienen efecto cuando la gente está dispuesta a escucharlas). Las ideas nuevas se inyectan, diez, veinte años, y luego, de pronto, cambia el escenario. 

Todo empezó en California, en concreto en la Universidad de Berkeley; más tarde, el movimiento se extendió por Europa, en Berlín y Roma. En Praga, los carros soviéticos aplastaron la Primavera de los estudiantes. Los soviéticos todavía eran temibles. En París, al contrario, las revueltas estudiantiles fueron una especie de obra teatral: los dirigentes no tenían ningunas ganas de lanzar a las fuerzas del orden contra sus hijos mientras éstos jugaban en la calle GayLussac a la «Comuna» o a la «Liberación» construyendo barricadas. 

Aquello habría sido realmente distinto si los obreros se hubieran manifestado. Pero, bajo las órdenes del PC y de la CGT, los obreros se negaron a mezclarse con los estudiantes (entonces pertenecientes a la clase media), para limitarse a las clásicas huelgas. La connivencia entre los de las barricadas de la calle y sus papas, que ocupaban puestos en los ministerios o cargos directivos, fue tal que las ideas de los estudiantes hicieron que el régimen se tambalease. 

De Gaulle, con una falsa salida y un auténtico regreso, jugó de manera extraordinaria su última baza. Comprendía que habían cambiado los tiempos. Un año más tarde, tras un referéndum que perdió, se retiró a Colombey: «En la medianoche de hoy, el presidente de la República cesa en todas sus funciones». No se le volvió a ver más que de lejos, en alguna foto robada en una landa irlandesa, y luego tuvo la suerte de morir de repente, en su casa, haciendo un solitario, a los ochenta años, sin que la vejez hubiera sido un naufragio para él. 

Le sucedió Pompidou. Con Giscard d'Estaing (tras la imprevisible muerte de Pompidou) las ideas de mayo llegaron al poder en el Elíseo. Giscard las puso en práctica: reforma de las costumbres, liberalismo, etcétera. 

Únicamente ultraizquierdistas italianos y alemanes habían creído en aquellas ideas revolucionarias. En las Brigadas rojas o en la banda Baader, miles de personas tomaron las armas. En Francia hubo sólo una docena de locos en Acción Directa. Hay que decir que en Italia y Alemania los emprendedores y los políticos eran, a menudo, los herederos de los regímenes destruidos, mientras que en Francia, el jefe del Estado era un héroe de la guerra mundial... 

Las ideas de 1968 eran, en efecto, muy individualistas y todavía más hedonistas: «Bajo los adoquines, la playa». Cuando se tiene buen corazón, es bonito ser anarquista a los veinte años. Algunos se suicidaron, para no renegar. A los cincuenta años, ser anarquista es exclusivamente ganar el mayor dinero posible. Daniel Cohen-Bendit, que lanzaba cócteles molotov desde las barricadas, en la actualidad está acomodado en su sillón de diputado europeo y comparte las ideas, anarquistas de derechas, con Madelin. Es imposible enumerar a los antiguos sesentaiochistas (ahora tienen sesenta años) que ocupan puestos dirigentes: son demasiado numerosos. 

La idea de que existe un «bien común», herencia constante en Europa, se ha convertido en ridícula. En mayo de 1981, la sorprendente elección de Mitterrand en Francia pudo hacer creer en la vuelta del bien público. A partir de 1983, la izquierda se alineó con la moda liberallibertaria: renunció al socialismo, se hizo europea, descubrió las virtudes del capital y transformó lo social en antirracista. La asociación SOS Racismo, creada desde el Elíseo, fue el símbolo de la transformación del socialismo nacionalista francés en antirracismo al estilo americano. Desde entonces, esta asociación ha evolucionado mucho. 

En 1978, un polaco, Karol Wojtyla, fue elegido papa con el nombre de Juan Pablo II. Era una provocación para los comunistas rusos, que intentaron, en vano, asesinarlo en la plaza de San Pedro en 1981. 

En el Kremlin ya sólo gobernaban ancianos: Brejnev, Andropov, Chernenko. El 11 de marzo de 1985, el Politburó nombró secretario general a Mijail Gorbachov (cincuenta y un años). Gorbachov sabía que la URSS no era capaz de mantener ni el ritmo ni la competencia económica de Occidente, ni tampoco la carrera armamentista. Sabía que incluso en Rusia, el pueblo, comunista en su mayoría, cada día se hacía más consumista y estaba fascinado con el modelo americano, soñando con los supermercados en lugar de con el día de la revolución social. 

Quiso hacer una reforma: la Perestroika. Pero la corriente ya era demasiado fuerte como para que pudiera controlarla. La Iglesia y los sindicatos de Polonia (Lech Walesa), alentados por Juan Pablo II, le desafiaron abiertamente. Gorbachov no envió carros de combate, retiró al ejército rojo de Afganistán. Los pueblos de la Europa del Este, que, al contrario de los rusos nunca habían creído en el marxismo, se lo tomaron con tranquilidad. 

Desde 1945, Alemania (amputada) estaba dividida en dos. Las zonas occidentales habían constituido la República Federal Alemana, cuyo canciller más destacado fue Konrad Adenauer (un antinazi). En el Este, ocupado por los rusos, existía la República Democrática Alemana (con el enclave de Berlín Oeste, que el bloqueo a Berlín no había podido reducir). 

En 1961 se construyó un muro para impedir que las personas del Este fueran a refugiarse al enclave occidental. Aquel muro estaba vigilado por guardias fronterizos comunistas (los vopos), que disparaban sin dudar a los tránsfugas. ¿Pero qué pasa cuando los vopos ya no quieren disparar? Eso ocurrió el 9 de noviembre de 1989. Hemos subrayado en varias ocasiones la importancia del consentimiento. En pocos días, el muro quedó demolido y la RDA desapareció (la película alemana 'Good bye Lenin' lo cuenta). 

Gorbachov dejó hacer. Todos los estados de la Europa del Este rompieron con el comunismo. Entre el 19 y el 21 de agosto, los generales conservadores, enloquecidos, intentaron un pronunciamiento. Su golpe fracasó y a Gorbachov lo sustituyó Boris Yeltsin, quien el 29 de agosto echó al PC del poder. 

En diciembre de 1991, la URSS estalló: Ucrania, Bielorrusia, todas las repúblicas musulmanas del Cáucaso y de Asia central se declararon independientes (Turkmenistán, Uzbekistán, Kazajstán, etcétera), igual que las repúblicas cristianas (Armenia, Georgia): era el último avatar de la descolonización. 

Deteriorado por el alcohol, Yeltsin dimitió en favor de su Primer Ministro, Vladimir Putin, antiguo agente de la KGB, quien fue elegido y reelegido presidente (2000, 2004) e intentó tomar las riendas de lo que quedaba de Rusia: desde San Petersburgo hasta Vladivostok; sin Ucrania, a pesar de que en Kiev se había fundado Rusia. 

Aún en los años ochenta, los expertos occidentales consideraban imperturbablemente que el totalitarismo soviético era indestructible. Aquel tremendo acontecimiento, la caída de la Unión soviética, puso fin al siglo XX, que los soviéticos habían inaugurado con la Revolución de Octubre. 

En Europa occidental se felicitaron por ello. En el Oeste, los estados se habían comprometido desde el tratado de Roma, en 1957, con la construcción de una Unión europea, en un primer momento llamada CEE (Comunidad Económica Europea), y dotada de numerosas instituciones: la Comisión, con sede en Bruselas, gestiona los fondos comunitarios y adopta directivas y reglamentos que se imponen a todos; el Consejo de ministros, creado en 1974, tiene auténtico poder de decisión y reúne a los jefes de Estado y de Gobierno; y el Parlamento de Estrasburgo, que se elige por sufragio universal desde 1979. De Gaulle, una vez en el poder, no se había opuesto. De hecho, que los estados europeos cooperen entre ellos es una buena idea. 

En la actualidad, casi toda Europa forma parte de la UE. Pero hay dos maneras de concebir la Unión: la pragmática, la de la cooperación de las naciones; y la ideológica, la de los europeístas, cercana a la utopía. Puesto que es una utopía olvidar la existencia histórica de las naciones-estados. Europa no sabría construirse según el modelo de los Estados Unidos, cuyos estados forman (de hecho) una única nación. La riqueza de Europa es haber dado a luz a varias grandes civilizaciones comunicantes y universales: la inglesa, la francesa, la alemana, la italiana, la española, la portuguesa, etcétera. Desde este punto de vista, la civilización rusa (Tolstoi, Dostoievski) es indiscutiblemente europea; mientras que la de Turquía, históricamente otomana, no lo es. 

El desafío europeo: hacer trabajar juntas las realidades forjadas por los siglos. Airbus, Ariane, etcétera, muestran de lo que los europeos son capaces cuando cooperan. La ideología, al contrario, quiere ignorar la historia (cuando los europeístas se refieren a ella, mencionan el evanescente Imperio carolingio, modelo revelador). De hecho, la Europa ampliada es en primer lugar una zona económica. 

Pero esa utopía tiene sus inconvenientes. Las utopías siempre los tienen. (Es importante distinguir los «grandes proyectos», realistas; de las «utopías».) La democracia, para funcionar, exige una «comunidad de afecto». Estas comunidades afectivas construidas con el paso del tiempo existen en Francia, en Inglaterra. Europa no es una de ellas. Las elecciones al Parlamento europeo se han vivido a través de los prismas nacionales. Sin embargo, la mayoría de las leyes y reglamentos que en la actualidad rigen la vida de los ciudadanos, y sin que éstos sean realmente conscientes, son elaborados por los aparatos de Bruselas, y en inglés. Europa no tiene nada que ganar convirtiéndose en una «subAmérica» burocratizada. 

Por otra parte, esta negación de la realidad ha transformado, de hecho, a la Unión en una simple zona de libre intercambio. Y aún peor: difundiendo un discurso a-nacional (de hecho, antinacional), los europeístas —en ocasiones procedentes de mayo de 1968, como Cohn-Bendit— favorecen el nacimiento de micronacionalismos destructores. La utopía de una «Europa de las regiones» en la que (habiendo desaparecido Francia) una Bretaña independiente dialogaría con una Córcega y con una Cataluña también independientes, bajo la condescendiente autoridad de Bruselas, sería una utopía destructiva. 

En Yugoslavia, tras la muerte del mariscal Tito en 1980, las instituciones federales, descalificadas por considerarlas pasadas de moda, se disgregaron: serbios y croatas, separados en Sarajevo por la milenaria frontera que desde Teodosio divide a Oriente de Occidente, estaban unidos desde 1918. Pero no estaba escrito que la existencia de Yugoslavia tuviera que limitarse al siglo XX. La idea imperial había vivido; la idea comunista también, pero la de una federación de los eslavos del sur (que hablan la misma lengua, aunque utilicen alfabetos diferentes) no era absurda. Por otra parte, muchos jóvenes, a menudo descendientes de matrimonios mixtos, se sienten yugoslavos. 

En junio de 1991, eslovenos y croatas proclamaron la independencia de sus repúblicas. Bosnia y Macedonia hicieron lo mismo unos meses más tarde. Los serbios, extendidos por todo el país, no lo admitieron. Aquello significó la guerra. Sencillamente, una encarnizada guerra en Eslovenia entre Serbia y Croacia. Los croatas, vencidos, aceptaron un armisticio en enero de 1992. Sin embargo, la guerra se reanudó en abril de 1992, esta vez por el control de Bosnia (con una población mixta serbocroata, a la que hay que añadir una importante minoría musulmana, alrededor de Sarajevo, descendiente de los otomanos). 

Apoyados por Estados Unidos, los croatas vencieron en 1995. Duplicaron la superficie de su estado, con la anexión de toda la costa Dálmata, y expulsaron a la población serbia de Krajina. La Serbia de Milosevic, considerada responsable de la guerra de Bosnia, vio cómo se le negaba el escaño de la antigua Yugoslavia en la ONU. Los Cascos azules (ingleses, franceses, americanos) intervinieron e impusieron a Milosevic los acuerdos de Dayton. Estos mismos Cascos azules ocuparon Bosnia, dividida en la práctica en tres estados (uno serbio, otro croata y el último musulmán alrededor de Sarajevo). 

Las desgracias de Serbia no habían terminado, puesto que Milosevic estaba demasiado frustrado como para ser prudente. La población de Kosovo, una de las provincias serbias, cuna de la nación (el patriarcado tiene su sede en Pee), es en un 80% musulmano-albanesa. Al querer secesionarse, el ejército serbio empezó a expulsarles. Entre marzo y junio de 1999, la OTAN bombardeó Belgrado y obligó a Serbia a renunciar a sus pretensiones y a evacuar Kosovo. 

Así pues, fueron tres guerras: la de 1991; la de Bosnia, la más larga, y la de Kosovo en 1999, la más cruel. Milosevic fue detenido y conducido ante un tribunal internacional. En la actualidad, Serbia es más pequeña que en el momento de su independencia en el siglo XIX. Muchos serbios viven fuera de sus límites (en Bosnia y en Macedonia). Kosovo se ha convertido en un protectorado internacional (Bernard Kuchner fue durante un tiempo su gobernador) en el que los Cascos azules mantienen una paz precaria. 

El bombardeo de Belgrado en 1999 fue el primero en Europa desde 1945. ¿Se podía haber evitado la masacre? ¿La condena sin matices de los intercambios de población llamados «depuraciones étnicas» sigue estando justificada? Cuando se ha alcanzado ese nivel de odio, puede ser preferible separar a los que no quieren vivir juntos (por ejemplo, los griegos y los turcos hoy viven reconciliados gracias a los intercambios de población de 1923). El radicalismo ideológico nunca es bueno. 

Estas guerras han causado centenares de miles de muertos, junto a los abusos (violaciones, etcétera) propios de las guerras civiles. Puesto que en Yugoslavia la mayoría de las poblaciones al principio vivieron las guerras como guerras civiles, antes de convertirse progresivamente en guerras nacionalistas. Checos y eslovacos supieron separarse pacíficamente, rusos y ucranianos también. La violenta intervención de los rusos en Chechenia se explica, sin justificarla, por la voluntad de controlar el petróleo del mar Caspio. 

La tragedia yugoslava podría suceder en otros lugares. Francia, por ejemplo, une poblaciones mucho más diferentes que las de la antigua Yugoslavia: entre los germanos de Alsacia y los celtas de Bretaña, o entre los flamencos de Lillois y los mediterráneos de Provenza, las diferencias son mayores que entre serbios y croatas. 

Francia no es «eterna»; es una invención política deseada por París, y milenaria. Los sueños «regionalistas» podrían disolver la voluntad de los franceses de vivir unidos. Hoy en día, en Rennes, los paneles indicativos se traducen al bretón (lengua que nunca se ha hablado en Rennes). Al escuchar el discurso de Jean-Guy Talamoni hay que echarse a temblar por Córcega, por Francia y por Europa. 

Sin embargo, parece que los franceses siguen sintiéndose felices de ser franceses. Incluso podrían sentirse orgullosos. Pero ¿cómo va a sentirse orgulloso un joven francés, descendiente de la inmigración, en un país al que los bienpensantes no dejan de calificar como retrasado y enmohecido? 

Tras la caída de la casa comunista, el mundo ya no es un hogar múltiple. Estados Unidos se ha convertido en la única gran potencia. Ya hemos señalado que los americanos no quieren construir el Imperio romano, los ciudadanos del medio Oeste apenas se interesan por el mundo exterior. América no es imperial; es hegemónica. 

Hay que subrayar que la moda del término «globalización» coincide con la desaparición de la URSS. Antes de 1989, cuando la URSS existía, nadie hablaba de la globalización. La globalización no es más que un eufemismo para designar a la hegemonía americana. Esta hegemonía es militar y cultural. Existen facultades en Francia en las que se imparten las clases en inglés. Es verdad que hay que aprender bien el inglés (esta nueva Koiné), pero cuando un pueblo cesa de dispensar la enseñanza en su propia lengua, desaparece. 

Esta hegemonía también es económica. La Unión Europea se muestra aquí como un instrumento con doble efecto. Un efecto positivo en el terreno económico, por el que llega a plantear una eficaz oposición a las pretensiones de las empresas americanas (no hay verdaderas «multinacionales»: por más que una empresa se extienda por el mundo, conserva una nacionalidad principal). Un efecto negativo en el terreno cultural o político, puesto que no es más que una correa de transmisión de las voluntades americanas. El uso agresivo de la lengua inglesa y el servilismo de la mayoría de los países de la Unión durante el conflicto de Irak, lo demuestran suficientemente. 

Porque la hegemonía es mala. Mala para el mundo, en el que aparecen «zonas grises» presas de la anarquía (las zonas que no interesan a los americanos). Mala para la propia hegemon, que se osifica debido a la falta de competencia y de oposición. Platón había reflexionado sobre la cuestión de una hegemonía mundial. (No era teórica: Alejandro pronto iba a conquistar el universo.) La consideró contraproducente. Para el equilibrio mundial era bueno que coexistieran Atenas y Esparta. «Dominar las rutas del petróleo» (del Caspio, Irak, Venezuela) no debería sustituir, en Estados Unidos, a una auténtica reflexión sobre el mundo exterior.

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