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terça-feira, 9 de agosto de 2016

La Gran Guerra Mundial

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


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La Gran Guerra Mundial


"En Hiroshima murió cierta idea de progreso. 
En Auschwitz, cierta fe pacifista: 
la falsa idea de que todo es preferible a una guerra."


El conflicto de 1939 a 1945, ya lo hemos dicho, fue de hecho la primera guerra realmente mundial; la guerra de 1914 había sido una contienda europea con algunas operaciones en ultramar. En el pasado no habían faltado las operaciones de ultramar (los conflictos entre portugueses y árabes en el mar Rojo o en el Golfo, entre franceses e ingleses en América y en la India, entre americanos y españoles en Cuba), pero se puede decir que realmente la Segunda Guerra Mundial es el primer conflicto en el que se enfrentan beligerantes del mundo entero. Por eso la llamamos la Gran Guerra Mundial (queda el nombre de Gran Guerra para la de 1914). Aunque no se convirtió en mundial hasta 1941. 

Tras la caída de Francia, Gran Bretaña se quedó sola, con su imperio colonial —el ejército de la India tuvo para Inglaterra una importancia comparable a la del ejército africano para Francia— y la ayuda de sus dominios. Aunque no estaban obligados, Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica acudieron en ayuda de la metrópoli, principalmente Canadá y Australia. Pero la República de Irlanda (independiente desde 1922) se mantuvo obstinadamente neutral. 

El canciller nazi admiraba la Inglaterra imperial. Dentro de su escala de valores racistas, los ingleses, «grandes arios rojos», estaban situados justo por debajo de los arios rubios (Hitler era bajo y moreno). Habría evitado con gusto continuar las hostilidades con Gran Bretaña. Es verdad que había ordenado a su Estado Mayor un plan de invasión, el proyecto «Otaria», que proyectaba el desembarco en las islas; pero, en aquel momento, el Führer deseaba la paz con Albion. (Rudolf Hess, delfín de Hitler, aún en 1941, saltó en paracaídas sobre Escocia para proponer un plan de paz por separado. Se le consideraba un loco, pero quizá no lo fuera tanto.)

Hitler decía a propósito de los ingleses: «Para ellos el mar, para nosotros la tierra». Muchos nobles ingleses habrían aceptado aquella oferta. Entre ellos había simpatizantes nazis; por ejemplo, el duque de Windsor, antiguo rey destronado (y sustituido en Londres por su hermano Jorge VI en diciembre de 1936) por haber querido casarse con una divorciada americana que residía en Lisboa. Temiendo que se uniera a los alemanes, Churchill le nombró, de modo honorífico, gobernador de las Bahamas. 

Durante todo el mes de julio de 1940, Hitler esperó. No podía contar con Winston Churchill. En el poder desde hacía tres meses, el Premier británico era un personaje shakespeariano. El escritor Albert Cohen, que lo conoció entonces, lo describe «viejo como un profeta, apuesto como un genio y serio como un niño». El deal con Alemania habría salvado los intereses del Imperio británico, pero esto era contrario al concepto que el viejo león tenía del honor. 

Hitler, pues, se resignó a desencadenar la «Batalla de Inglaterra» (del 13 de agosto al 12 de octubre de 1940). Pidió a la Luftwaffe que aplastara la RAF. Cuando los ingleses ya no tuvieran aviación, la Luftwaffe podría hundir impunemente los barcos de la Navy y Alemania podría ocupar las Islas Británicas con toda facilidad, puesto que el ejército inglés no había vuelto de Dunkerque. Churchill levantaría otro ejército, pero necesitaba tiempo, a pesar de haber restablecido el reclutamiento. 

La batalla aérea fue violenta. Los alemanes destruyeron las bases aéreas inglesas; después, error fatal, empezaron a bombardear Londres para acabar con la moral del pueblo. Hoy en día se sabe, sin embargo, que los bombardeos exaltan el patriotismo de los bombardeados. (Siempre hay una excepción: los bombardeos atómicos hicieron ceder a los japoneses.) 

De hecho, el Blitz fracasó. Y, sobre todo, la RAF superó a la Luftwaffe. La primera perdió novecientos aviones, pero los alemanes mil cazas y miles de bombarderos. Un invento reciente que los ingleses pusieron en práctica, el radar, se reveló decisivo. También el valor de los pilotos británicos. Churchill les rindió homenaje con una frase lapidaria: «Never in the field of human conflict was so much owed by so many to so few», [Nunca en el campo de los conflictos humanos se debió tanto a tan pocos]. 

Sin embargo, Inglaterra seguía sola. Mussolini, pretendiendo hacerse el interesante, invadió Grecia; su ejército fue vencido y la Wehrmacht tuvo que acudir en ayuda de los italianos. Los alemanes, ocuparon los Balcanes, Yugoslavia y Grecia, e hicieron retirarse a las tropas inglesas. Los paracaidistas hitlerianos saltaron sobre la isla de Creta y la conquistaron tras unas pérdidas inauditas (los paracaidistas no están preparados para las acciones en masa; más tarde quedará demostrado en Arnhem). El Mediterráneo ya no era seguro para la Navy... 

Los alemanes, un año después de la campaña de Francia (mayo de 1941), parecían invencibles. Inglaterra, salvada por el mar, permanecía inviolable en su isla. 

El 22 de junio de 1941, el Führer, inició la operación Barbarroja para invadir la URSS. Quienes habían leído Mein Kampf sabían que lo haría. A Stalin le cogió por sorpresa. El dictador ruso no tenía nada en contra del nacionalsocialismo, al que su régimen se parecía mucho (excepto en su delirante racismo). Con Hitler se había repartido Polonia y los países Bálticos. En 1941, los trenes rusos llenos de trigo o de petróleo seguían viajando a Alemania. Hasta a un gánster puede engañarlo otro que lo sea más que él. El ejército rojo fue aplastado por completo, dejando al enemigo millones de prisioneros. La campaña de Francia se repetía. Sólo su propia inmensidad salvó a Rusia, de la que Clausewitz ha dicho que es inconquistable. 

Sin embargo, los pánzer se dirigían hacia Moscú. Tras días de silencio y depresión, Stalin habló por radio. Ya no por una cuestión de comunismo y cantaradas; pedía a sus queridos hermanos que salvaran a Rusia de la invasión de los teutones. Los alemanes fueron detenidos a unos cuantos kilómetros de Moscú, por el invierno ruso y por el contraataque de las tropas siberianas que Stalin (sabiendo que Japón no se movería) mandó volver de Extremo Oriente. 

El 7 de diciembre de 1941 se producía un acontecimiento más sorprendente todavía: sin previa declaración de guerra, Japón aniquilaba la flota americana reunida en la base de Pearl Harbor, en las islas Hawai (con la excepción de tres portaaviones que estaban patrullando). Los aviones nipones, que habían despegado antes del amanecer desde los puentes de diez portaaviones, enviaron a los acorazados americanos al fondo del mar. 

Ya en junio, los ingleses habían firmado una alianza con los soviéticos. «Para vencer a Hitler, estoy dispuesto a aliarme con el diablo», había dicho Churchill. 

Entonces es cuando Italia y la Alemania nazi declaran la guerra a Estados Unidos. Se vieron aparecer submarinos alemanes (los famosos UBoote) ante Manhattan. En el puente del principal portaaviones japonés, los marinos ofrecían un cóctel a los valerosos aviadores. El almirante nipón permanecía en silencio. Un joven piloto le preguntó por qué después de una victoria tan brillante parecía preocupado. El almirante le respondió: «Hemos despertado al dragón y no sabemos cuándo volverá a dormirse». 

Sin embargo, como a Stalin, al presidente Roosevelt le habían cogido desprevenido. La leyenda que dice que él habría dejado voluntariamente hundir su flota es ridícula. Todo demuestra que Estados Unidos no quería entrar en guerra (aunque, en su fuero interno, Roosevelt deseara lo contrario). El presidente había sido reelegido con un programa pacifista. El aislamiento era tradicional; un reciente sondeo ha destacado la importancia de la población alemana en aquel país. El poderoso lobby formado por americanos de origen alemán, extremadamente numeroso, incitaba a los americanos a plebiscitar la neutralidad. La firma IBM proporcionaba tarjetas perforadas* a las SS y el abuelo de Bush, igual que el de Kennedy, realizaba fructíferos negocios con los alemanes. [* Las tarjetas perforadas son unas fichas en las que se memoriza, por medio de perforaciones, determinados emplazamientos, datos que una máquina informática interpreta. (N. de la T)]

Pero, acorralados, los americanos patriotas no podían más que defenderse. Supieron morir por América. Una vez aniquilada la flota americana, hundidos los mejores acorazados ingleses y holandeses, la flota nipona reinaba en los océanos Pacífico e índico. Apareció frente a las costas de Ceilán y Bombay. Se la esperaba en Madagascar. Si los japoneses hubieran desembarcado en California, ¿quién hubiera podido detenerles? 

Estados Unidos corría peligro de muerte. De hecho, Japón es el único país al que los americanos han temido. Pero los japoneses no se atrevieron a tanto; prefirieron conquistar el sureste asiático, Filipinas, Malasia e Indonesia, de donde echaron a los americanos, holandeses e ingleses. Se presentaban como libertadores, como vencedores de la lucha de los pueblos de color contra los blancos. 

Desde entonces, nadie se atrevía a atacar América en su tierra, porque la prodigiosa potencia industrial de aquel vasto país, reconvertida en industria de guerra, se convirtió en el arsenal de las democracias y empezó a fabricar en cadena aviones, cañones, jeeps y liberty ships. Roosevelt restableció el reclutamiento y formó un ejército de diez millones de hombres. Necesitó tiempo para transformar a los buenos chicos del medio este en soldados y para reunir el formidable armamento que la industria había forjado. 

Durante ese tiempo, los ingleses soportaron dos terribles derrotas en la primavera de 1942: en Libia, el Afrikakorps de Rommel conquistaba Tobruk; y en Malasia, el ejército del Mikado tomó al asalto la base de Singapur sin mayores dificultades, haciéndose con cien mil prisioneros británicos, algo que humilló a Churchill. 

En Rusia, aprovechando la llegada del buen tiempo, los pánzer se dirigían hacia el Volga, que alcanzaron en Estalingrado. Fue el apogeo de las potencias del Eje. No obstante, en el Pacífico, la flota americana reconstruida restablecía su preponderancia durante el curso de la batalla naval de las islas Midway (del 3 al 5 de junio de 1942), poniendo fin a una hegemonía naval japonesa de seis meses. 

Ya hemos contado que en noviembre de 1942, después del desembarco de los americanos, el África del Norte francesa se había inclinado del lado de los aliados. Todavía a finales de 1942, la suerte de los ejércitos parecía favorable al Eje. En octubre, el general Rommel, el jefe militar nazi más brillante, libraba una batalla con su Afrikakorps a sesenta kilómetros de Alejandría, amenazando al canal de Suez —eje vital del Imperio británico—, en Al Alamein. Y el general Paulus, en Rusia, se esforzaba en conquistar la ciudad de Estalingrado. Si Paulus cruzaba el Volga, columna vertebral de Rusia, la URSS habría visto amenazada su línea de flotación. 

A principios de 1943, la suerte dio un vuelco. Rommel se vio obligado a retirarse y el ejército del mariscal Paulus tuvo que rendirse. La batalla de Estalingrado marcó el cambio de sentido de la guerra. 

El resto ya se conoce: campañas de Italia y de Rusia; desembarco en junio y agosto de 1944 en Francia; capitulación de Alemania el 8 de mayo de 1945 y de Japón el 15 de agosto de ese mismo año. La Alemania nazi, la Italia fascista, y el Japón imperial habían capitulado «sin condiciones». Adolf Hitler se suicidó en el bunker de la cancillería de Berlín. A Mussolini le mataron los partisanos y le colgaron por los pies en una carnicería de Milán. Sólo el Mikado salvó la piel y el trono, el procónsul americano MacArthur consideró que no podía pasar sin él. 

Aquella terrible y justificada guerra la ganó, en primer lugar, el estoicismo heroico y flemático del pueblo inglés durante los años 1940 y 1941: las «horas más bellas», de las que habla Churchill. Luego, sobre todo a partir de 1942, la infantería rusa y los obreros americanos. La URSS tuvo la importancia que había tenido Francia en 1914. Estalingrado es Verdún. 

En lo que a los americanos se refiere, sin olvidar el valor ni la importancia capital de su ejército en la formidable operación aeronaval del desembarco, el 6 de junio de 1944, por ejemplo, ganaron la guerra principalmente en las fábricas. Estados Unidos superó definitivamente a Alemania, la antigua primera potencia industrial. Y no hay que olvidar tampoco la importancia de la Resistencia.

 Queda por establecer una constante y plantear dos preguntas. La constante: el valor de los soldados alemanes. El argumento de que estaban obligados no se mantiene. No se puede obligar a los soldados a ser valientes. Lo demuestra el ejemplo de los italianos: valerosos contra los turcos en Lepanto, en 1942 resultaron deplorables porque no estaban motivados. El ejército alemán, además de tener un buen mando, estuvo heroico. En diciembre de 1944, la Wehrmacht todavía hacía frente a los aliados en las Ardenas. Y todos los soldados rusos, ingleses y franceses pudieron observar el heroísmo trágico de los adolescentes de la Hitlerjugend al dispararles en medio de las ruinas. 

El malestar del alma alemana procede del hecho de que le resulta imposible asumir y honrar el heroísmo de los soldados. Los franceses depositaron al «Soldado Desconocido» bajo el Arco del Triunfo y a Napoleón en los Inválidos. El valor de las tropas hitlerianas no se puede negar, a pesar de que el perverso horror de la causa defendida haga imposible celebrarlo. Los soldados alemanes murieron dos veces: en la guerra y en la memoria de sus hijos. 

La primera pregunta es sobre la Shoá. ¿Cómo fue posible aquel horror inenarrable? Los campos de concentración no son una invención alemana: los ingleses los emplearon contra los boers, también se conoce el gulag. Pero los campos de exterminio son exclusivos del hitlerismo. Es verdad que no sólo pasaron por ellos los judíos. Muchos resistentes murieron en ellos, pero los judíos (y los cíngaros) sufrieron un «tratamiento especial»: de los nueve millones de víctimas, seis millones eran judíos... La mayor parte de los demás pereció por los malos tratos y la falta de alimentos. 

Las cámaras de gas no se construyeron para los deportados «normales»; funcionaron para los «raciales». Los nazis habían intentado practicar el exterminio de los deficientes antes de la guerra. Tuvieron que renunciar a ello por presión de la Iglesia. Pero el delirio de Adolf Hitler encontró en el estado de guerra un cómodo parapeto. En enero de 1939, afirmaba en un discurso «que una guerra significaría la destrucción física de los judíos». La decisión de aportar al «problema» judío una «solución» se tomó durante la conferencia secreta de Wannesee. Las masacres empezaron inmediatamente. 

¿Los aliados estaban al corriente? Lo supieron por múltiples canales: refugiados judíos de Estados Unidos, el clero católico del Vaticano. Pero no quisieron creerlo: era demasiado horrible... Por otra parte, era una cuestión secundaria para ellos. Roosevelt decía: «Yo no hago la guerra de los judíos», y Pío XII pensaba primero en la seguridad de los católicos alemanes. Para los aliados, lo prioritario era la victoria. 

Salvo a los sionistas de la Europa del Este, a los resistentes judíos se les consideraba ante todo resistentes franceses y a los G.I. asquenazíes* de Brooklyn, soldados americanos. De Gaulle, mantenido voluntariamente al margen de importantes asuntos, supo de las persecuciones antijudías, pero no de las exterminaciones. Por su parte, los dirigentes judíos del Yichuv de Palestina, lo subestimaron. [* Miembro de una comunidad judía de un país europeo no mediterráneo. Se opone a sefardí. (N. T.)]

La Historia ha conocido numerosas masacres, pero nunca ninguna de la envergadura del Holocausto. Lejos de ser un detalle (es lo que fue desde el punto de vista estrictamente militar), las cámaras de gas significaron la firma moral del horror nazi. Porque la guerra no es sólo «política con otros medios» (dixit Clausewitz), también es moral (dixit De Gaulle). 

La segunda pregunta que hay que plantear es la de Hiroshima. El 6 de agosto de 1945, el presidente Traman, que desde la vicepresidencia había sucedido a Roosevelt, muerto por enfermedad el 12 de abril, ordenó lanzar una bomba atómica sobre la ciudad japonesa de Hiroshima, seguida de otra, tres días después, sobre Nagasaki. (La primera explosión experimental había tenido lugar en el desierto de Nevada.) Un arma terrorífica desarrollada por físicos del mundo entero, entre otros Einstein. ¿Estaba justificado? 

En favor de la decisión de Traman hay que dejar claro que, al contrario de Alemania, el Japón imperial todavía era poderoso y sus combates tan encarnizados que los marines necesitaron tiempo para saber enfrentarse a ellos. La isla de Okinawa sólo pudo ser conquistada pagando el precio de sangrientos combates. La mentalidad samurai o kamikaze inflamaba a los soldados japoneses. Se podía temer que la conquista del archipiélago japonés costara la vida de centenares de miles de G.I. Desde el punto de vista moral, hay una diferencia entre las cámaras de gas y la bomba atómica: la bomba aniquila, pero no humilla... 

Sea como fuere, las bombas produjeron un efecto de terror, mientras que los «clásicos» bombardeos de Tokio, que habían matado a tantas personas (cien mil), no habían aterrorizado a los nipones. El emperador habló a través de la radio por primera vez. Dijo a su pueblo que hacía falta «aceptar lo inaceptable y resignarse a lo inevitable». Japón capituló. La Gran Guerra Mundial había terminado.

En Hiroshima murió cierta idea de progreso. En Auschwitz, cierta fe pacifista: la falsa idea de que todo es preferible a una guerra. 

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