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quinta-feira, 11 de agosto de 2016

La Guerra Fría

(Continuação da obra "Toda la Historia del mundo", 
de Jean-Claude Barreau & Guillaume Bigot)


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La Guerra Fría


La Segunda Guerra Mundial fue hemipléjica. Ni fue conducida de la misma manera ni dejó los mismos recuerdos en el Este que en el Oeste. Francia conoció aldeas incendiadas con sus habitantes (Oradour-surGlane), pero en la Rusia ocupada se quemaron más de mil novecientas. Por otra parte, y al contrario que el viejo mundo, el continente americano no sufrió destrucciones. 

En 1945, la Europa del Este, Alemania y Francia estaban en ruinas. Hay que recordar el estado en que el Gobierno provisional encontró el país: ni un puente, las ciudades de Normandía arrasadas, la industria destruida. 

Dos gigantes fueron inmediatamente jubilados por el pueblo: Churchill, que perdió las elecciones frente a los laboristas, y De Gaulle, que dimitió en enero de 1946. 

Entre 1946 y 1948, en Francia se instaló la cuarta República. Sus débiles gobiernos, blancos de la oposición comunista y gaullista, se enfangaron en los problemas coloniales. Cuando menos, supieron reconstruir el país y modernizarlo. Una nueva generación había tomado las riendas en la derecha y en la izquierda: la de la resistencia. 

Los tiempos de las conferencias a cuatro bandas, Occidentales-URSS (Teherán, Yalta, Potsdam), se habían terminado. La Organización de las Naciones Unidas no conocerá la suerte de la Sociedad de Naciones: nadie querrá dejarla. Por otra parte, incluye un Consejo de Seguridad del que forman parte obligatoriamente Estados Unidos, China, Gran Bretaña, la URSS y Francia (un éxito involuntario de De Gaulle). El general, tras haber intentado volver al poder a través de las elecciones (el RPF), inició su personal «travesía del desierto» en su casa de Colombey, en Haute-Marne. 

Desde el final de la guerra, los americanos tenían prisa por volver a casa. Bring the boys home. El ejército rojo ocupaba Alemania del Este, Polonia, Europa central y los Balcanes, excepto Grecia, donde la terrible guerra civil que enfrentó a monárquicos contra comunistas duró hasta 1948. En 1947, Estados Unidos inventará el plan Marshall, que ayudó a despegar a la Europa occidental. 

Stalin, por su parte, no sentía ningún deseo de retirarse de los países que ocupaba. No tenía ningún motivo para mostrar indulgencia para con los baltos, búlgaros, rumanos o húngaros que habían combatido bajo la cruz gamada. Polonia se puso del lado de los aliados, pero Stalin (que había permitido que la Wehrmacht aplastara a la Varsovia insurrecta) quería instaurar un gobierno que él mismo controlara. Churchill, siempre profético, denunciaba el «telón de acero» (la expresión es suya) que caía sobre Europa. 

En febrero de 1948 se produjo el golpe de Praga. El 10 de marzo, Jan Masaryk, ministro de Asuntos Exteriores, se tiró por la ventana para demostrar su rechazo a la tutela soviética (tal vez lo empujaron). Todos los países de la Europa del Este se convirtieron en «satélites» o en «democracias populares», excepto Yugoslavia. Tito quería seguir siendo comunista pero independiente. Stalin dudó ante su resolución; sobre todo porque él no tenía tropas en Yugoslavia —puesto que los partisanos habían expulsado solos a los alemanes, se aprovecharon de la derrota nazi —. Así que la Yugoslavia de Tito permaneció abierta a Occidente. 

Berlín molestaba más a Stalin; los acuerdos de 1945 habían dejado allí tropas occidentales. Aquel islote formaba una mancha. Stalin ordenó su bloqueo terrestre. Traman respondió con un puente aéreo masivo: durante un año, centenares de bombarderos pesados llevaron a Berlín el avituallamiento indispensable. Los soviéticos no se atrevieron a disparar contra los americanos. 

Éste fue el principio de la Guerra Fría: rusos y americanos jamás se enfrentaron allí directamente porque entonces la URSS estaba en posesión de la bomba atómica. Se puede pensar mal de la bomba atómica, pero su presencia evitó lo peor. 

Habían nacido dos pactos militares antagónicos: la OTAN, que reunía a los occidentales (y que todavía existe) y el Pacto de Varsovia (1955), que reagrupaba a los satélites de la URSS. 

Con la bomba atómica, Estados Unidos y la URSS ya no podían enfrentarse en una guerra frontal sin su mutua destrucción. Hay tendencia a olvidarlo, pero nunca desencadena las guerras quien piensa que puede morir en ellas; incluso Hitler creyó ganar con facilidad. 

Stalin se acordó de que la ideología comunista existía. Utilizó la fe en ella. Precisamente, Mao Tse-tung y el PC acababan de hacerse con el poder en China; Chiang Kai-chek y el Kuo Min-tang habían huido a Taiwán, que en la actualidad sigue separada de China. Entonces empezó la guerra de Corea. Con el armisticio, Corea había quedado dividida en dos estados: el comunista en Corea del Norte y el proamericano en Corea del Sur. 

El 25 de junio de 1950, los coreanos del norte invadieron el sur. Los americanos enviaron sus tropas bajo bandera de la ONU, con MacArthur al mando (allí participó un contingente francés). Les barrieron. MacArthur efectuó un desembarco aeronaval por la retaguardia en Seúl, y el turno de retirada les llegó a los norcoreanos. Intervino el ejército chino. Cuando llegó a la frontera de China, MacArthur quiso «noquear» a China, es decir, lanzarles una bomba atómica. Por suerte para la paz mundial, Eisenhower (quien había organizado el desembarco de Normandía) acababa de ser elegido presidente de Estados Unidos (1952). Ello no quería una guerra atómica: destituyó, por lo tanto, al glorioso vencedor del Pacífico. En América manda el poder civil. El frente acabó por establecerse en la frontera entre las dos Coreas, que todavía hoy se miran con recelo. 

Este primer conflicto local de la Guerra Fría fue muy violento. Nunca un G.I. se encontró allí con un soldado ruso, pero América tuvo que enfrentarse a la China comunista —lo que no es cualquier cosa—. Los americanos tuvieron treinta y cuatro mil muertos, los norcoreanos y los chinos centenares de miles. El ejército americano aún era el de la Segunda Guerra Mundial, y Japón, directamente amenazado, representaba para Estados Unidos un interés capital. 

Mientras esto ocurría, Joseph Stalin moría, a los setenta y cuatro años, de un ataque cerebral. Sus sucesores (Malenkov, Bulganin) se mostraron más prudentes. La Guerra Fría se convirtió en una rivalidad. El 4 de octubre de 1957, la URSS envió al espacio el Sputnik. Los americanos quedaron sorprendidos y preocupados. El Sputnik también significaba que potencialmente los soviéticos podían golpear a Estados Unidos en su propio país. Desde su elección en 1960, el presidente Kennedy se hizo con el relevo del desafío y los americanos llegaron a la Luna en 1969. A partir de entonces, la URSS empezó a desmoronarse y, como consecuencia, el motor de la conquista espacial se ralentizaba. Si la Guerra Fría hubiera continuado, los americanos ya habrían llegado a Marte. 

Sin embargo, los países del Este se agitaban. El ejército rojo les había impuesto el comunismo. A pesar de —o debido a— la desestalinización que emprendió Kruchev (cuando una dictadura se hace «liberal» es cuando resulta contestada), Budapest se sublevó en octubre de 1956. Los carros soviéticos aplastaron la insurrección. El balance de la represión fue espantoso: miles de muertos. En virtud del pacto tácito de la Guerra Fría, los americanos no levantaron ni el dedo meñique. 

El año 1958 marcó un cambio. En Francia, después de que la cuarta República se mostrara incapaz de solucionar el problema argelino, la Asamblea llamó al poder a De Gaulle. Él fundó la quinta República, que durante un tiempo consiguió conciliar un ejecutivo fuerte con la democracia francesa. De Gaulle, evidentemente, no era comunista, pero no tenía miedo a los rojos, con los que se había codeado y a los que había calibrado durante la resistencia. Quería que Francia tuviera una política independiente. Para ello, tenía que utilizar a la URSS como contrapeso de Estados Unidos. 

En 1960, Estados Unidos eligió a un presidente demócrata: John Fitzgerald Kennedy (el primer presidente católico), partidario de la disminución de la tensión con Rusia. En China, Mao Tse-tung, soliviantado por la actitud rusa durante la guerra de Corea, quería lo mismo. De Gaulle reconoció al régimen chino, para gran escándalo de los bienpensantes. La Guerra Fría perdió su resorte, aunque desde entonces cada campo mantuvo sus elementos disuasorios: América y la Francia de De Gaulle se dotaron de armamento nuclear, la URSS y China hicieron otro tanto. Pronto existió una especie de alianza tácita entre América y China. Los enfrentamientos de Corea habían quedado olvidados en virtud de la máxima «los enemigos de mis enemigos son mis amigos». 

Sin embargo, la Guerra Fría padeció una nueva tempestad: la crisis de Cuba. Paradójicamente, la isla sublevada contra un caudillo corrupto y cruel se había convertido en comunista. El líder de la revuelta, alumno de los jesuitas, no era comunista. Pero la obstinada estupidez del dominio americano pronto le empujó a hacerse comunista, y a buscar por ello la protección rusa. De mala gana lo aceptaron los americanos, porque Estados Unidos tenía en la isla la gran base de Guantánamo (concedida en arrendamiento en 1898), que Fidel Castro se cuidó mucho de reclamar. 

Vencido por su desmesura, Castro, quien apoyaba poco a las guerrillas de América latina —en donde se formaba su amigo argentino Che (que significa argentino) Guevara—, cometió la imprudencia de permitir a los rusos que instalaran misiles en Cuba. La irresponsabilidad de Kruchev todavía era mayor. ¿Cómo podía imaginar que Estados Unidos iba a permitirlo? 

La CÍA, entonces bastante competente, se informó pronto de la presencia de aquellos misiles a cien kilómetros de las costas americanas. Le enviaron fotos a De Gaulle, quien luchaba contra la hegemonía de Estados Unidos pero no olvidaba que seguía siendo su aliado. Apoyó totalmente al presidente Kennedy, que amenazó con hundir los barcos rusos que se acercaran a Cuba. Kruchev cedió y volvió a embalar los misiles (agosto de 1962). 

El mundo estaba caliente. La expresión «al borde del abismo» no es exagerada. Así lo indican los testigos, entre otros, el secretario de estado americano McNamara. El peligro de la disuasión nuclear estaba ahí. Es verdad que había evitado numerosas guerras entre Rusia y América, pero estaba basada en un montaje: para que funcione, la disuasión tiene que ser creíble, la máxima seguridad apoyada sobre la máxima intimidación. Esto es lo que empujó a escribir a Raymond Aron a propósito de la Guerra Fría: «Paz imposible, guerra improbable». La disuasión exige al máximo dirigente, del que depende la decisión (un solo dedo basta para «apretar el botón»), una sangre fría total. Se puede agradecer a Kennedy haber dado prueba de ella. John Fitzgerald Kennedy fue asesinado el 23 de noviembre de 1963 en Dallas por motivos mal aclarados que probablemente no tengan ninguna relación con esta historia.

Tras esta crisis, la Guerra Fría llevó a los dos contrincantes a librar absurdas batallas y a cometer errores inversamente simétricos en Vietnam y en Afganistán. 

En Indochina, tras la marcha de los franceses (1954-1955), Vietnam había quedado repartido en dos partes: al norte, un estado comunista presidido por Ho Chi Min; al sur, un estado proamericano presidido por el católico Diem. Pronto los comunistas del norte invadieron el sur, pero sin cometer los mismos errores de los norcoreanos: su invasión adquirió la forma de infiltración clandestina y de encuadramiento de guerrillas comunistas en Vietnam del Sur. Estados Unidos envió a numerosos consejeros militares. El presidente Johnson, sucesor de Kennedy, pasó a la guerra abierta. Los cuerpos expedicionarios americanos alcanzaron los quinientos mil hombres. Johnson ordenó bombardear el norte. En el sur, auténticas y continuas batallas enfrentaron a americanos y a sus partidarios vietnamitas contra las tropas regulares comunistas. 

Los americanos actuaron peor que los franceses, cuyo ejército (tres veces menos numeroso) ocupó en su día Vietnam entero. Es verdad que los franceses conocían el país desde hacía mucho tiempo. Los americanos no sabían nada de él. A pesar de sus inmensos medios —centenares de helicópteros (véase la película Apocalypse Now), bombarderos, artillería pesada—, el ejército americano se adentró en la selva; la población se volvía cada vez más hostil. 

Un día de Año Nuevo vietnamita (la fiesta del Tet), los regulares comunistas ocuparon Saigón y Huê, de donde resultó muy difícil desalojarles. Por entonces la prensa hacía lo que quería. Sentados frente al televisor, los americanos podían ver combates, muertos y heridos en directo. La opinión pública no entendía qué hacían sus 'boys' (todavía era época de reclutamiento) en aquel país desconocido. Exigía la retirada del cuerpo expedicionario. El presidente Nixon aprobó la retirada. En abril de 1975, la evacuación de las tropas pareció una auténtica debacle (veinte años antes, los franceses se habían marchado poco a poco, escalonadamente). 

A pesar de su valor, no fueron los vietnamitas los que vencieron a los americanos; fue la opinión pública americana la que se impuso a su Gobierno. La resistencia vietnamita había hecho tan impopular la guerra que el presidente no podía seguir librándola. Hemos señalado a menudo la importancia del apoyo de la opinión pública. El movimiento en contra de la guerra del Vietnam fue fuerte y multiforme. Allí murieron unos cincuenta mil G.I., los vietnamitas perdieron setecientos treinta mil combatientes. 

Los americanos vivieron durante mucho tiempo un terrible trauma debido a esta guerra: era el primer fracaso del ejército americano. Vietnam se unificó entonces bajo un régimen comunista. Hoy, los veteranos americanos van allí como nostálgicos turistas. 

En Afganistán, los rusos cometieron exactamente los mismos errores. Su excusa era que Afganistán, situada a lo largo de la frontera de la URSS, les separaba del océano Índico.

La Unión soviética invadió Afganistán para apoyar un gobierno comunista en Kabul. Pero, como a los americanos en Vietnam, la población consideraba a los rusos un ejército de ocupación. Las cordilleras de Indukuch sustituyeron a la selva. Los afganos son guerreros, ya sean patsun o tayiks. El jefe del norte, el comandante Masud, se labró un nombre. Las diversas tribus estaban unidas por el islam. Los comunistas rusos y chinos habían apoyado a los norvietnamitas; la CÍA apoyaba a los musulmanes, los formó y los armó contra los soviéticos. 

El ejército ruso (como el americano en Vietnam) era un ejército de reclutamiento. La opinión pública rusa rechazó cada vez más abiertamente la guerra que sus dirigentes hacían contra Afganistán. 

Se nos puede objetar que es comprensible la importancia que reviste la opinión pública en Estados Unidos, un país democrático, pero ¿qué importancia puede tener en una dictadura como la de la URSS? Una vez más, la respuesta es: cualquier poder, incluido el de las dictaduras, se basa en la adhesión del pueblo (con la única excepción de los gobiernos fantoches apoyados por un ejército de ocupación extranjero, como fue el caso de Vichy apoyado por los nazis y las «democracias populares» apoyadas por el ejército rojo). 

Ninguna dictadura rusa (ni la de los zares, ni la de los soviets) pudo hacer callar, en Rusia, a las abuelas. Las babuchkas son sagradas. Detestaron ver a sus nietos volver a casa dentro de bolsas para cadáveres. 

El nuevo secretario general, Gorbachov, ordenó la evacuación de Afganistán en 1988. Los rusos dejaban veinte mil muertos, los afganos lloraron a un millón de víctimas. 

Aquellas dos guerras inversas, la americana anticomunista y la rusa procomunista, fueron los últimos sobresaltos de la Guerra Fría. Ambas son absolutamente comparables. Duraron el mismo tiempo. Las dos provocaron un número elevado de muertos tanto entre las filas de los invasores como entre las de los invadidos. Las dos chocaron con los patriotismos locales apoyados, los vietnamitas por la URSS, los afganos por Estados Unidos. Tanto los americanos como los rusos eran unos absolutos extraños en aquellos países desconocidos para ellos. Los americanos odian las selvas tropicales y los rusos, gente de llano, odian las montañas. Las dos guerras se perdieron no por el valor del enemigo, sino como consecuencia de la salvaje oposición de las opiniones públicas americanas y rusas. Ambas se convirtieron en una pesadilla para los gobiernos invasores y acabaron en una casi desbandada. 

Sin embargo, entre las dos guerras hay una diferencia capital. La guerra de Vietnam sacudió pero no rompió a Estados Unidos. La sociedad americana se mostró lo suficientemente fuerte como para encajar el golpe y seguir viviendo. Sin embargo, la URSS quedó destruida por la guerra de Afganistán. El régimen no pudo sobrevivir a ella. No fue la única causa de su hundimiento, ya lo veremos, pero sí una causa definitiva.

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